lunes, 19 de marzo de 2018

Manual para perder su libertad (1/3)


En este manual usted podrá encontrar una serie de pasos para perder su libertad. Sé de antemano que esto le sonará raro, pero así es ¿Piensa usted que nadie desearía perder su libertad? Créame, este mundo vasto alberga algunas singularidades que con agonía desean poder leer este pequeño instructivo.
Este pequeño documento de frágil aspecto que se encuentra en sus manos ahora mismo ha sido creado como una advertencia, con la idea de que quien lo lea sea capaz de actuar tempranamente gracias a un autodiagnóstico, que los pasos de este manual puedan fungir la tarea de criterios diagnósticos.
Si usted ha llegado hasta este punto del manual ¡Enhorabuena! Permítame felicitarlo por su valor y seguridad, pero queda mi conciencia limpia al haberles hecho una advertencia, puesto que ahora es su responsabilidad saber el uso que le darán al contenido de este trozo de papel de cocina.
Comencemos por definir lo que adolece, aquello que con ahínco anhela su extinción: la libertad. La libertad es una derivación de la conciencia de sí mismo. Dado que, aquel ser que es incapaz de ser consciente de que su existencia es una llamarada finita, como tal, es incapaz de ver más allá del futuro próximo, no puede concebir una perdida imaginaría o simulada, no tiene mayor preocupación que las que el presente inmediato le presenta. La existencia como tal para estos seres es inmediata, es únicamente lo que en el momento del acto se presenta y no hay nada más fuera de ello, nada que no corresponda a las necesidades de orden biológico y natural, encontramos que en estos seres no existe la construcción de algo como un yo, como una singularidad, como un ente aparte, es entonces que estos seres carecen de libertad, dado que no existe una singularidad trascendental que proteger, no hay nada más que necesidades de orden biológico en estas existencias.
La libertad nace cuando nos reconocemos singulares, cuando percibimos que somos capaces de interactuar con el medio y otorgarle algo que nadie más lograría… justo en ese momento, en que nos reconocemos singulares, es que se rompe la eterna sinfonía del universo al que pertenecemos y, como un rayo que ciega todo a su paso, nace la libertad. Cuando se reconoce el riesgo de la muerte y se siente miedo del aniquilamiento de algo único, algo que jamás nadie podrá repetir con semejante exactitud. La libertad es la creación más codiciada que el hombre ha adquirido hasta ahora. Tan es así, que lo primero que un ejército invasor busca es doblegar la voluntad de los invadidos al privarlos de su libertad, romperlos, crear, al menos temporalmente, seres corruptos y sin voluntad, seres quietos e indolentes.
Una vez establecido lo anterior, procedamos a explicar cada uno de los pasos:
Primero.- Pase una larga temporada sin ninguna otra compañía que usted mismo, enamórese, véase todos y cada uno de los días, pero sobre todo, procure mantener acaloradas charlas con usted mismo; cuestiónese y sométase a juicio, haga de juez y verdugo. Observe cada paso que da con profundo detenimiento y busque faltas en todas las cosas que haga, díctese sentencias duras ante sus acusaciones y cumpla sus castigos al pie de la letra. Siga esta rutina y hártese de mantener esa voz siempre acusatoria en su cabeza que le exige alcanzar una perfección que de antemano usted ya sabe que le es imposible lograr, alcance sus límites y rómpalos sin dudarlo. Si usted logra este ensimismamiento, comenzará a sentir asco de su propio ser al encontrarlo altamente corrupto e indiferente ante el mundo que le rodea.  
Segundo.- Salga a caminar por las calles, disfrute del clima, mire los arreboles que se le ofrecen y deje que esta imagen le enternezca hasta sus últimas consecuencias. Déjese llevar por esas emociones que reblandecen cualquier corazón humano. Mire a los niños reír por la calle y extrañe esos atisbos de inocencia que aún le restaban, pero que tuvo que sacrificar en el paso anterior. Es bien importante que camine todos los días por la calle, que encuentre eso detalles que en antaño le exaltaban los sentidos pero ahora no son más que simples construcciones carentes de una significancia sincera, vea en ellos únicamente la belleza que el acuerdo social les ha otorgado y lamente haber perdido esa sensibilidad que le salvaba del constante absurdo. Es primordial para este paso, que el lamento sea sincero, que raspe su alma hasta hacerla sangrar, que deje una huella a manera de recordatorio de la pobreza interior que ahora experimenta y que le aqueja.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Hoy volví a escribir. 0



Hoy volví a escribir… Fuera de cualquier guion, largo o corto. He vuelto a ingerirlo todo, como aperitivo los acentos, las palabras se sazonan en el plato fuerte y como postre, unos amplios puntos suspensivos para no darse abasto.
Hoy volví a escribir y los ingredientes no los defino con total certeza, futilidad o trascendencia, quizá ambas, dependiendo el paladar. Adicción o abstinencia, quizá ambas, dependiendo el hambre. Amor o desamor, quizá ambas, dependiendo la cocina.
¿Una u otra? ¿Ambas? ¿Ninguna?
Hoy volví a escribir y siento estrellas binarias en donde se supone que debería haber un estómago, en fin, paralelismo por doquier, la sal y la pimienta en el mismo recipiente, esperando a ser vertido en un sartén rebosante de agua y aceite.
¿Es tan complicado lograr la certeza?
Hoy volví a escribir y extrañamente sí, no sé cocinar siquiera un huevo revuelto y dentro de mi ignorancia y de lo incierto que pueda llegar a ser el número 2, naturalmente sí, los caminos abundan, por lo menos en cantidad. La certeza es evasiva, un camino se pierde en el principio de otro y el fin como principio, premia de sobremanera la dicotomía, sorpresivamente sí, la comida se pierde en las palabras y el sentido del texto en la saciedad.
Hoy volví a escribir y de cualquier receta puede salir tinta, humo, fuego, sudor, lágrimas, decepción o innovación, sin importar el comensal, uno nunca tendrá enteramente la certeza de si el camino en el que se encuentra es el correcto o no, de las porciones, de los ingredientes, de los gustos de las personas y es entonces, donde yo me encuentro y me pierdo a la vez…
Hoy volví a escribir, como antes, como todos los días, como nunca, como oficio, como gusto, como abrazo gravitacional, como Juan, como revolución cubana, como Stephen Hawking, como analfabeta, como cocinero de la fondita de la esquina, como Levon Aronian, como un niño con una paleta, como bola 8. Si no conozco siquiera la certeza, ¿Qué sé yo sobre cómo o por qué he vuelto a escribir?
Hoy volví a escribir debido al hambre, al recetario vacío, a los ingredientes en mis manos y al servicio de la cocina literaria.
Hoy, reverenciando las letras, escalando la libertad y desempolvando las pestañas puedo decir, con esa tan evasiva y total certeza que, todos los días, como hoy, volveré a comer, a dormir, a soñar, a sentir asco, a repetirme que “hoy volví a vivir” e incluso más que eso,  que “hoy volví a cocinar” y aún más que eso, quiero repetir, una y otra vez, sin importar lo extraño que parezca que hoy, “volví a escribir”.
-Ulises García.

lunes, 12 de marzo de 2018

Hoy volví a escribir.


Hoy, después de mucho tiempo, volví a escribir.
Hace tan solo un par de meses, parecía yo una imprenta pensante y mi cabeza rebozaba de ideas. Cada mañana, a cada hora del día, mi mente traía oleadas de historias, mundos extraños, parajes de infinita belleza e infiernos de un lamento sin precedentes inundaban cada una de aquellas oleadas que las vastas aguas del pensamiento me traían.
Pero todo cambio cuando te conocí. Entraste y con el somnífero que exhalas en tu aliento, adormeciste la rebosante vida dentro de mi cabeza; santificaste los demonios y condenaste a los dioses, trastornaste cada razonamiento que se daba por sentado y te apoderaste de la (ahora apacible) realidad que habitaba en mi cabeza. Ya no miraba al cielo brillar y los colores de la naturaleza chillaban con furia al ya no interesarme por ellos cuando mi pensamiento meditaba en búsqueda de pensamientos elevados y hermosos, puesto que ahora me bastaba con volcarme a ese nuevo mundo interior que me habitaba, para resolverme en la conclusión de que eras tú el perfecto referente de belleza al que había estado buscando incesantemente. Aniquilaste con furia la flora y fauna endémica de mi alma y te instalaste con toda confianza, sabiéndote poseedora de un nuevo imperio.
Y un día te fuiste y ese mismo día deje de escribir, mis letras se detuvieron o quizá se fueron corriendo tras de ti, esto no me extrañaría para ser sincero, pues desde el momento en que te conocí, te volviste el objetivo de cada una de ellas.
Ahora cada mañana cuando los rayos del sol se abrían paso poderosamente por entre los fríos vestigios de la noche y la llevaban hasta su aniquilamiento, todo seguía siendo igual. Abría los ojos, respiraba y me arrojaba a la existencia, salía de casa y nuevamente las olas de mundos extraños y criaturas nunca antes vistas acudían a nuestro encuentro matutino, nos volvíamos a encontrar y con familiaridad nos saludábamos. Pero estas no eran mis criaturas ni mis mundos, no era para nada lo que en mi cabeza había nacido. Estas falsas y retorcidas imágenes de lo que anteriormente para mi habían sido verdad, ahora se encontraban impregnadas de tus miradas y tu aroma, las aberraciones abrían sus extrañas bocas y resonaba en ellas tu risa y el sol eran tus ojos que fijos se posaban sobre mí a donde quiera que iba. Te habías ido pero nunca devolviste lo que te llevaste, te largaste y me dejaste con esta insana realidad que se alimentaba de mis entrañas y me privaba de toda inspiración. Y aunque las ansias quemaran mis manos y hubiese escrito con sangre si no hubiese alguna otra alternativa, deje de escribir, quería hacer que te fueras y tenía miedo de verte reflejada en mis letras, la sola idea de que tomaras posesión de este último escape a mundos ultramarinos en los que tú no habías podido penetrar me resultaba aterradora y cruel. Y conforme los días pasaban los mares fueron calmando sus aguas, murieron de cansancio al estrellarse contra las paredes de mi cráneo y no encontrar salida alguna. Vi esos mundos morir, cada una de aquellas criaturas extrañas vino a despedirse de mí en sueños hasta que llego la noche en que deje de soñar y todo se transformó en oscuridad.
Pero este amanecer fue diferente. Después de agonizar en cada nuevo despertar al sentirme hueco, me arme de valor y mire nuevamente para mis adentros. Las verdes planicies habían desaparecido y los mares furiosos no eran más que bastos desiertos secos, con fuertes corrientes de viento que se llevaban todo. Anduve horas enteras por aquellos arenales muertos, no había quedado nada, me resultaba un espectáculo imposible de soportar. No habías golpeado solamente mi corazón, sino que con saña habías triturado secciones enteras de mi razón desquebrajado partes de mi alma y te habías llevado todo cuanto habías podido.
Y hoy, volví a escribir, y como verás, mi miedo era bien fundamentado, al momento en que todas mis letras regresaron a mí, tu venías incluida como polizón entre algunas de ellas. Pero no te confundas, pues yo sabía que esto ocurría y es por eso que hoy te escribo desde lo más profundo de mis desiertos, para dejar que una ráfaga de sus ardientes vientos se lleve consigo esta última exclamación de tu nombre y que mis letras se confundan en los granos de arena y con ellos te pierdas en esta basta soledad. Hoy, volví a escribir, si, pero con la esperanza de mañana no volverte a encontrar. 
 
-J. Lykaios.

Incuestionamientos

Los signos tienen un sentido, Las preguntas un propósito, Las dudas un misterio, Los adivinos un secreto. Hay que empezar a pensar y a cuest...