En
este manual usted podrá encontrar una serie de pasos para perder su libertad. Sé de antemano que esto le
sonará raro, pero así es ¿Piensa usted que nadie desearía perder su libertad? Créame, este mundo vasto
alberga algunas singularidades que con agonía desean poder leer este pequeño
instructivo.
Este
pequeño documento de frágil aspecto que se encuentra en sus manos ahora mismo
ha sido creado como una advertencia, con la idea de que quien lo lea sea capaz
de actuar tempranamente gracias a un autodiagnóstico, que los pasos de este
manual puedan fungir la tarea de criterios diagnósticos.
Si
usted ha llegado hasta este punto del manual ¡Enhorabuena! Permítame
felicitarlo por su valor y seguridad, pero queda mi conciencia limpia al
haberles hecho una advertencia, puesto que ahora es su responsabilidad saber el
uso que le darán al contenido de este trozo de papel de cocina.
Comencemos
por definir lo que adolece, aquello que con ahínco anhela su extinción: la libertad. La libertad es una derivación de la conciencia de sí mismo. Dado que,
aquel ser que es incapaz de ser consciente de que su existencia es una
llamarada finita, como tal, es incapaz de ver más allá del futuro próximo, no
puede concebir una perdida imaginaría o simulada, no tiene mayor preocupación
que las que el presente inmediato le presenta. La existencia como tal para
estos seres es inmediata, es únicamente lo que en el momento del acto se
presenta y no hay nada más fuera de ello, nada que no corresponda a las
necesidades de orden biológico y natural, encontramos que en estos seres no
existe la construcción de algo como un yo, como una singularidad, como un ente
aparte, es entonces que estos seres carecen de libertad, dado que no existe una singularidad trascendental que
proteger, no hay nada más que necesidades de orden biológico en estas
existencias.
La libertad nace cuando nos reconocemos
singulares, cuando percibimos que somos capaces de interactuar con el medio y
otorgarle algo que nadie más lograría… justo en ese momento, en que nos
reconocemos singulares, es que se rompe la eterna sinfonía del universo al que
pertenecemos y, como un rayo que ciega todo a su paso, nace la libertad. Cuando se reconoce el riesgo
de la muerte y se siente miedo del aniquilamiento de algo único, algo que jamás
nadie podrá repetir con semejante exactitud. La libertad es la creación más codiciada que el hombre ha adquirido
hasta ahora. Tan es así, que lo primero que un ejército invasor busca es doblegar
la voluntad de los invadidos al privarlos de su libertad, romperlos, crear, al menos temporalmente, seres corruptos
y sin voluntad, seres quietos e indolentes.
Una
vez establecido lo anterior, procedamos a explicar cada uno de los pasos:
Primero.-
Pase una larga temporada sin ninguna otra compañía que usted mismo, enamórese,
véase todos y cada uno de los días, pero sobre todo, procure mantener
acaloradas charlas con usted mismo; cuestiónese y sométase a juicio, haga de
juez y verdugo. Observe cada paso que da con profundo detenimiento y busque
faltas en todas las cosas que haga, díctese sentencias duras ante sus
acusaciones y cumpla sus castigos al pie de la letra. Siga esta rutina y
hártese de mantener esa voz siempre acusatoria en su cabeza que le exige
alcanzar una perfección que de antemano usted ya sabe que le es imposible
lograr, alcance sus límites y rómpalos sin dudarlo. Si usted logra este
ensimismamiento, comenzará a sentir asco de su propio ser al encontrarlo
altamente corrupto e indiferente ante el mundo que le rodea.
Segundo.-
Salga a caminar por las calles, disfrute del clima, mire los arreboles que se
le ofrecen y deje que esta imagen le enternezca hasta sus últimas
consecuencias. Déjese llevar por esas emociones que reblandecen cualquier
corazón humano. Mire a los niños reír por la calle y extrañe esos atisbos de
inocencia que aún le restaban, pero que tuvo que sacrificar en el paso
anterior. Es bien importante que camine todos los días por la calle, que
encuentre eso detalles que en antaño le exaltaban los sentidos pero ahora no
son más que simples construcciones carentes de una significancia sincera, vea
en ellos únicamente la belleza que el acuerdo social les ha otorgado y lamente
haber perdido esa sensibilidad que le salvaba del constante absurdo. Es
primordial para este paso, que el lamento sea sincero, que raspe su alma hasta
hacerla sangrar, que deje una huella a manera de recordatorio de la pobreza
interior que ahora experimenta y que le aqueja.