lunes, 29 de octubre de 2018

Cielo de octubre.


-J. Lykaios.



¿Alguna vez notaste lo especial que es el cielo de octubre? Con la llegada de los fríos
vientos del norte, casi inadvertidos; aparecen como portadores de noticias que plasman
en el cielo, usan sus nubes y anuncian el ocaso del año, enero y febrero yacen ya
irreconocibles bajo los incontables escombros de recuerdos que se han llevado a la
tumba. Amores que terminaron y nos dejaron a la deriva del mar de incertidumbre, que
con la quietud de sus aguas lleva la cordura de quien las navega hasta el más extremo de
los límites.
Es esto lo que lo hace especial, pues ha vivido las irreverencias del verano y las dejo
atrás en el cielo de julio, pero ahora octubre se sabe próximo a morir.
Desde aquí abajo podemos ver a los fantasmas que son acogidos por octubre y nos
refugiamos bajo la sombra que proyectan en la tierra; bailotean en sus nubes y se
esconden detrás de ellas, para luego saltar a la mirada cuando menos lo esperas, sientes
como tu piel se eriza con este encuentro, quizás tu corazón de un sobresalto o tal vez,
simplemente, exhales un suspiro profundo, de esos que nacen en las entrañas del alma y
presagian la nostalgia inherente al invierno próximo. Amanece y comienza su ataque, sin
molestarse en sutilezas, pues ante todo desea ser visto para hacer extensivo su fatal
mensaje. Acomoda sus nubes con suave soplido para que tomen la forma que tenían en
aquel formidable amanecer que junio nos regaló en la playa cuando entre arena y cerveza
fría reíamos por no haber dormido nada, pero seguíamos bailando con el mismo ritmo de
toda la noche.
Viste a la nostalgia con colores brillantes para ser admirados, es su última y desesperada
jugada contra el tiempo y así poder prolongarse un poco más, porque aun veces siente
miedo del aniquilamiento inminente, anhela transformarse en un recuerdo para no ser
olvidado. Más luego reconoce lo absurdo de este deseo infantil y estalla en briosa
carcajada. Llegado el atardecer se precipita en una hermosa hoguera roja en la que
incinera esos recuerdos que lo invitaban a mirar hacia atrás ¿Cómo no te diste cuenta de
ello cuando aún eras cielo de agosto o de septiembre? No hay quien viva de recuerdos o
quien logre sobrevivir en ellos, pues si saltamos en ellos, como si fueran piedras que
sobresalen del rio, estaremos condenados a vivir el mismo episodio con diferentes
rostros, cayendo una y otra vez en las mismas decisiones disfrazadas de nuevos
culpables.
Porque las cosas son como debieron ser y aunque lo niegues, cielo de octubre, y cada
brillo tuyo al amanecer sea la expresión de esta negación propia del derrotado; sabes que
es así y reconoces en ello una verdad. Y la verdad una vez conocida no puede ser
enterrada y simplemente olvidada y tú mejor que nadie lo sabes, esto hace que las llamas
de tu hoguera ardan con furia al atardecer hasta que el sol se oculta, pues siente pena por
los recuerdos incinerados y no soporta escuchar sus alaridos de dolor.

¿Dices que no sabes de qué hablo y que todas mis palabras te suenan a disparate?
Descuida, no te juzgo, todo nos parecen cuentos de mundos extraños cuando nos
privamos de reír y de llorar; cuando con obsesiva atención vigilamos cada paso dado sin
darnos la oportunidad de perdernos alguna vez y enamorarnos de las novedades en el
recorrido. Vamos, levanta la cabeza y abre bien los ojos, encontraras lo especial que es el
cielo que presagia el final y lo confronta inútilmente con nostalgia para luego aceptarlo y
ver en este final una última redención. Abre los ojos y notaras lo especial que es, el cielo
de octubre.

Te recuerdo.

De algunas personas ya no regresas.

Y si regresas;
no estás completo

-Calixto Gama

domingo, 21 de octubre de 2018

Sentimientos entre líneas

J. Lykaios


Palabras dichas en el silencio, ocultas entre la complicidad de las miradas que se encuentran en el sepia cotidiano de un atardecer. Complicidad expresada por la dilatación de las pupilas que abren paso al encuentro de toda clase de deseos prohibidos que atentan con escapar, deseosos de bañarse en la luz del exterior y manifestarse sin temor a ser observados. Se acumulan y golpean con fuerza, es una lucha de poderes con frenética rabia entre lo que se es en sí y lo que puede ser para sí.
Secretos contados en voz alta por los sudores que lentamente nacen en su cuello y con parsimonia bajan al encuentro con su pecho, gotas de sudor deseosas de sentir el latido de su corazón acelerado por la proximidad de nuestra piel, la cual se eriza para darnos cuenta de que esta lista para convertirse en el lienzo donde nuestros dedos, embriagados por el éxtasis del momento, escribirán infinidad de manifiestos y poemas que darán fe de estas palabras entre líneas, palabras mudas que gritan lo que nadie más es capaz de escuchar, letras que nadie más es capaz de leer, letras convertidas en fuego que arderá hasta que se haya consumido el torrente de deseo que en cada mirada se ha vertido sobre nosotros, porque a fin de cuentas, esas letras que deben consumirse para no volver a ser leídas después de esta noche, somos nosotros buscando el aniquilamiento en la piel del otro, dejándonos llevar por las gotas de sudor que se arrastran por cada centímetro del cuerpo; nos dejamos llevar por estas para olvidarnos de nosotros mismos y del bullicio de la noche, con cada gota que se consume nos acercamos más al punto de ruptura de esta amarga tensión, un paso más cerca de la nada.
Sentimientos entre líneas, palabras dichas en silencio, escritas con dedos que reptan por una espalda desnuda y ardiente, letras que se evaporan y se funden en la oscuridad de una noche que se transforma en cómplice, palabras que serán olvidadas al amanecer, solo eso; sentimientos entre líneas.

viernes, 19 de octubre de 2018

Enfermos de belleza.

J. Lykaios.

Hemos sido derrotados y la vergüenza de esta derrota que nos ha golpeado en lo profundo de los huesos, nos ha hecho cerrar los ojos y agachar la cabeza. Hemos tomado la actitud del niño que se esconde tras las palmas de sus manos creyéndose invisible; cerramos los ojos y somos cobardes, pretendemos ocultar la mejilla que la realidad nos ha golpeado.
Y después de arrastrarnos por el frío fango que las guerras pasadas dejaron tras de sí, hemos enfermado. De tanto arrastrar el pecho contra la tierra húmeda y fría contra la que nos aplastaba el duro píe de todo lo crudo y lo real, después de tanto tiempo de estar atrapados contra aquella frialdad de esa pequeña dosis de mal que siempre es necesario para soportar el paso por esta existencia fugaz, nos volvimos decadentes, solamente escuchamos lo que a nuestros oídos convenía e ignoramos las advertencias de los que tuvieron una vista privilegiada y erramos al no ponernos de píe y en lugar de rebelarnos, nos hundimos en el fango para huir de la presión, lo que nos hizo enfermar del sentido de belleza. Somos enfermos de belleza, condenados, en fase terminal; tenemos la cabeza en la guillotina, pero eso nos interesa poco, por no decir que nada, pues antes de subir a la guillotina pagamos el precio requerido y ofrecimos nuestros ojos, para ignorar nuestra derrota y arrojarnos de lleno en ese nocivo imaginario en que la belleza lo rige todo y es ésta un fuerte tirano que sonríe mientras azota con su látigo sin miramiento alguno.
Esclavos de la belleza,  sometidos a su voluntad, doblegados ante su egoísmo que nos invita a aniquilar todo aquello que no tenga la mirada en la misma dirección que sus ideales, porque todo aquello que no está en favor suyo debe ser aniquilado y borrado sin guardarle siquiera el derecho preservar un legado para tiempos futuros; la belleza ha tiranizado el mundo y ha confiscado los sentidos con que lo conocemos y nuestro enfoque fue cambiado; ahora no mirábamos con los ojos puestos en el futuro e incluso la sola idea del tiempo se volvió algo espantoso, puesto que este era su peor enemigo; mirar el futuro implicaría reconocer la propia muerte, una llama extinta que dejaría de brillar, un egoísmo frustrado pues ya no sería admirado; el tiempo ahora era sinónimo de marchitamiento y de extinción de la belleza ¿Podríamos de alguna manera vencer a la voluntad universal presente en todos lados, pero siempre ausente en cada situación? Por supuesto que no; seriamos como una hormiga tratando de tapar al sol con una pata y la sola idea de embarcarnos en esa fútil odisea destrozaría la cordura de cualquiera de nuestros campeones del pensamiento.
Y habiendo perdido la pelea sin siquiera haberla iniciado, nos refugiamos en el interior de nuestro raquítico ser, e inventamos un mundo lleno de reglas absurdas y normatividades para morirse de risa; un mundo trastornado y con los pies en la cabeza, que se ríe a carcajadas de sí mismo porque esta es la única forma en que era capaz de mantenerse en píe, a través de la broma y del ridículo, del reconocerse un invento innecesario con una finalidad irrisoriamente absurda; prolongar el error humano hasta sus últimas consecuencias, preservar la cordura de este simio que juega a ser creador de realidades, cuando apenas y es capaz de diseñar unas gafas que cambien el color con sus ojos perciben el mundo.
Enfermos de belleza, pálidos como sabanas de un hospital pero igualmente esperando a que la muerte se pose sobre nosotros, más temprano que tarde; enfermos de belleza, tambaleantes vamos por el mundo, renegando de la realidad y trastornándola a nuestro antojo; perdimos de vista el norte y aniquilamos todo aquello no se ajuste a nuestros parámetros de belleza (si es que alguno de estos nos pertenece realmente), levantamos enardecidos el estandarte que con colores chillones anuncia la llegada de la verdad, de la patrulla de todo aquello que pueda considerarse bello, la guardia real que salvaguardará la seguridad de todo ser o idea que agache la cabeza ante el canon humano; todo lo que haya sido señalado con la marca del nuevo régimen y no tendrá que volver a pasar fríos o pensar en la aniquilación, puesto que las alas de la benevolente belleza, cubrirán los vientos fríos venidos de la más remota profundidad del infinito sideral que llegan hasta nosotros como susurros de antaño que demandan la restitución de la realidad y la forma en que la experimentamos.
¡Que se preocupen aquellos que han escuchado esta voz sideral! Con todo el derecho del mundo pueden comenzar a temblar, pues el régimen enviara a los portadores del estandarte en llamas para aniquilarles, pues no hay espacio para rebeldes ni cabos sueltos que atenten con profanar este nuevo mundo recién creado.
¡Que se preocupen aquellos que no recibieron la marca en sus frentes! Pues los veo acercándose rápidamente, a la guardia real. Buscan hasta debajo de las piedras, no hay forma en la que puedas escapar. Veo naranja ondulante que sale de sus estandartes en llamas jugando una danza macabra con las sombras de su próxima víctima. Están llegando, puedo escuchar sus pasos en la proximidad; entrenados para matar, diestros asesinos en el arte de aniquilar, fueron entrenados para no escuchar, para mirar hacia otro lado cuando clavan el puñal. Sordos para no escuchar razones, ciegos para no observar evidencias y mudos por elección, pues el contenido de su cráneo se ha vaciado, aquí están, esperando con frialdad a que abra la puerta para aniquilarme y borrar conmigo todas estas letras de una vez y para siempre; porque ese es su deber, porque fueron amaestrados en el arte de repetir y no en el de producir.
Enfermos de belleza, condenados a la extinción. Uno a uno los cuerpos de las especies que en honor de una  belleza que se impuso como rigor de verdad fueron tomadas van marcando un rastro con sangre del que ahora nos es imposible escapar; algunos ofendieron y sacudieron los parámetros de esta nueva y poderosa institución; y fueron desollados vivos, desterrados, mutilados y condenados al olvido. Otros fueron incluso más allá y en un acto de completa rebelión, portaron una belleza de superior a cualquier otra que los humanos pudiesen aspirar, ofendieron al régimen superándolo, humillándolo con una fuerte cachetada de realidad; lo que llevo a nuestro cruento tirano a despojarlos con saña de dicha facultad, fueron aniquilados uno a uno, condenados al encierro en altas montañas y densos bosques, ocultándose de los ojos que quisieran posarse en sus inigualables pieles y sus coloridos plumajes, porque pasaron de ser una marca de distintiva clase y elegancia a ser la diana que llamaba a la flecha del celoso cazador, deseoso de robar tan preciado tesoro.
Enfermos de belleza, enfermos terminales de la verdadera humanidad. No podemos justificar nuestros actos bajo el pretexto de un régimen que nos obliga y nos condena, no existe pretexto alguno que nos exima de esta culpa que nos corroe las entrañas y nos hace vomitar pretextos estúpidos y sin razón, porque el cruel tirano que ahora nos aniquila es nuestro proyecto, nuestra creación; es un vergonzoso recordatorio de la gloria que el miedo colectivo ante las imperantes leyes naturales nos han causado al sabernos finito e ínfimos en este bien estructurado orden natural de la realidad. Enfermos de belleza, condenados a morir, intoxicados con egoísmo nos regocijamos de saber que no solo nosotros estamos condenados a muerte cuando el reloj llegue a su minuto final, pues nos hemos encargado de esparcir un legado mortal a lo largo de la historia, en cada rincón del mundo, pues no concebimos un mundo sin bípedos egocéntricos que requieran de saberse en la cima para sentirse realizados. Enfermos de belleza, condenados a morir, eso somos, partículas de polvo sideral, condenadas a morir por mano propia, víctimas de una cura que no se supo administrar, condenados a sufrir hasta las últimas consecuencias de esta mortal decisión.

miércoles, 10 de octubre de 2018

1

Janeth Plazola.

Esperar es una clase diferente de demonio:
hará que te sientas hueco,
te enloquecerá,
te dejará sin respiración;
como una cáscara vacía que anhela afecto.

Llevarás las manos a tus bolsillos
ofreciendo su contenido hasta que no tengas nada que dar.

Incluso entonces,
vas a ofrecer tu propia carne mientras suspiras
 "tomala, no la necesito, a fin de cuentas es tuya".

sábado, 6 de octubre de 2018

Sin los ojos que nos miran.


J. Lykaios.

Sin los ojos que nos miran, sin las reglas que como cadenas se enredan a nuestro cuello y nos asfixian sin consideración alguna. Cadenas invisibles que pesan lo mismo que una existencia y nos hunden hasta el fondo, donde habitan la angustia y la resignación como especies endémicas. En esos mundos ultramarinos somos aplastados por la presión que día con día se va acumulando; esa presión que toma el corazón en sus manos y la estruja sin reparos hasta no verlo sangrar entre sus dedos.  Y aquí, abajo, en la perpetua oscuridad que la vergüenza nos ha otorgado, no conocemos diferencia alguna entre el día y la noche.

Cuando se está acostumbrado a la oscuridad, aprendes que existen varios tipos de oscuridad; aprenderás a distinguir unas de otras. Hay oscuridades frías, silenciosas en las que su helada canción se nos mete hasta las entrañas y parecemos medio muertos y empezamos a aferrarnos a la calidez que de algún momento pasado se nos quedó guardada en la memoria; nos aferramos con todas nuestras fuerzas, esperando que vuelva a amanecer. Algunas otras oscuridades son más cálidas, debes vivirlas rápido e intensamente porque tienden a consumirse en un breve lapso, entre sudores y caricias que estremecen las fibras del tiempo y las hacen acortarse considerablemente. Pero entre todas las oscuridades, había una que raramente podíamos experimentar, algo que podría confundirse con lo ínfimo o superfluo. Hay oscuridades como la de hoy, en que no hay ojos que nos miren y se puede escuchar como en la lejana superficie las olas han cedido y las frías aguas se tornan calmas. Sin ojos que nos  juzguen, sin juez que nos demande, las cadenas se aflojan de nuestro cuello y emprendemos un viaje a la superficie. Sin cadenas pesadas que aplasten mi garganta, me siento libre, me siento feliz. Aquello que alguna vez había sido condenado a perecer en la caverna, es liberado y conoce la realidad por vez primera, se afirma a ella y no quiere soltarla nunca más.
Es de noche, lo sé porque por más que subo, no abandono la oscuridad; no soy capaz de ver lo que busco, el anhelado premio que aguarda en su cálido regazo, no lo conozco, pero sé que cuando este frente a mí, podre reconocerle y quedará en mi impresa la huella del aroma que siempre le acompaña. Y a medida que subo, a medida que la noche avanza, puedo darme cuenta que esta noche y su oscuridad no son muy distintas del resto; llenas de recuerdos que se enganchan como arpones en la cabeza y en el pecho, sacándonos borbotones de sangre manchada de recuerdos. Esta noche y su oscuridad no son distintas  las otras que he vivido, pero yo no soy el mismo que en otras noches vivió. Subo y puedo ver las cosas desde la perspectiva del hombre libre, del que puede abrir la boca para que sus palabras encuentren los oídos indicados y que estas palabras liberen la presión que las cadenas habían acumulado. Veo las cosas con los ojos que miran y no soy más a quien los ojos miran.
Sin los ojos que nos miran, puedo levantar la mirada y darme cuenta de lo especial que era esta oscuridad, que con su densidad y fuerza nos regalaba el cielo estrellado más limpio que unos ojos jamás habían visto. Indiferentes ante el resto, las estrellas brillaban con toda su fuerza más allá de todo y todos, donde la frialdad de estas aguas jamás podría llegar a alcanzarlas, porque para ellas ya no hay más oscuridad, ellas mismas han convertido el sentido de su existir en ser su propia luz, su propio sentido y pasan los eones poniendo todas sus fuerzas y su tiempo en vivir aquel propósito que se pusieron, sabiendo que este propósito era su literal aniquilamiento, consumirse hasta desaparecer en el basto olvido y su oscuridad que todo lo consume. Y quise ser como la estrella que brilla en las alturas y nunca más tener que sentir las cadenas que oprimían mi pecho y ponían dura cerradura para que nada escapara de su resguardo para matar a las palabras con crueldad, asfixiándolas para que no volviesen a salir de ahí nunca más, pues estas atentaban con el aparente orden que ya hasta ahora pretendía existir. Quise ser como la estrella, para ser mirado por otros ojos y vivir con autentico orgullo mi aniquilamiento en cada uno de mis días, lejos de cadenas pesadas que nos arrastren al fondo; fuera del alcance de las frías aguas y todas sus diferentes oscuridades. Brillando allá en la lejanía, alcanzando la inmortalidad a través de la pasión con que construimos la realidad de nuestro cuerpo, porque, sin los ojos que nos miran, podemos entregarnos al deseo más sincero por más infantil que este parezca, pues ya no hay ojos que miren, ojos que nos condenen por la forma en que consumamos lo que nuestros instintos gritan.

Todo es fácil cuando se vive sin los ojos que nos miran, lo difícil, es aprender a cerrar los propios ojos. 

jueves, 4 de octubre de 2018

El ocaso de la carne.


La naturaleza es usualmente definida como aquél tan crudo y singular principio creador y organizador de todo lo que existe. Acaso… ¿Cambiamos las fuerzas primordiales de éste principio? Dime tú, lector: ¿Qué representa actualmente la especie humana para el planeta que habita? lo sabes… la humanidad sumida en depresión. Muchos con miedo a perder sus trabajos y otros que ya no lo tienen. El dinero… que con gran desespero todos buscan aquí y allá ya no es capaz de tapar nuestros ojos o calmar ese temor que todos sienten. Los comerciantes guardan pistolas bajo el mostrador. Los inocentes son encarcelados y los ladrones: algunos sin estudios, otros con corbatas; andan libres.

En ningún lado la gente parece saber qué hacer. El aire que en este momento respiras es inadecuado y también lo es nuestra comida. Nos sentamos a cenar frente al televisor mientras el locutor en turno nos dice que hoy hubo miles de homicidios o millones de asaltos. Por donde mires… es una locura; algunas personas eligen no salir. Nos sentamos en casa o en nuestros trabajos o nuestras escuelas mirando el reloj a cada momento, ¿Y para qué? Para organizar nuestros tiempos y permanecer el menor tiempo fuera que nos sea posible… pues nos sentimos expuestos.

Y así, poco a poco, el espacioso mundo en el que solíamos vivir de pronto se empequeñece por nuestras propias manos… esas manos temblorosas que alguna vez sostenían una piedra para afilarla con otra, esas manos que hoy en día son capaces de crear inteligencias sin carne tanto o más grandes que la suya. Es válido preguntar, lector: ¿Cómo podemos controlar algo que es más inteligente que nosotros? Sería como ver a una colonia de hormigas tratando de domesticar a una sola persona… simplemente inconcebible.

Y partiendo de esa analogía, piensa en la forma en que tratamos a las hormigas. Creo que nadie de nosotros siente algún tipo de odio o rencor hacia ellas… pero ciertamente si ellas están en medio del camino entre nosotros y algo que tenemos el capricho de tener… a la mayoría no podría importarle menos su existencia. E incluso si les importara, ¿Cómo podríamos explicarles que tienen que moverse porque queremos construir una discoteca, un hospital o una biblioteca?

Intentar explicar a los millones de animales que viven en la selva las razones geo-políticas y socio-económicas por el cual seguimos destruyendo sus casas. ¿Cómo lo harías?.
Ellos simplemente no tienen nuestro tipo de inteligencia para comprender. 

Así que éste miedo que sentimos en nuestros huesos no tiene nada que ver con maldad...

Es simplemente miedo a perder el control.

A perder el trono.

-Calixto Gama.

lunes, 1 de octubre de 2018

Contradicción.

J. Lykaios


Vivir es una contradicción.
Y todo en nuestro existir respalda esta afirmación. Vivimos prolongando nuestra presencia en este lugar, nos esforzamos por permanecer un día más, siempre queriendo un poco más para satisfacer un hambre insaciable, un hambre egoísta, un deseo de vernos reconocidos en el otro, aun cuando la única seguridad a la que tenemos acceso es a la verdad de la derrota, la certeza del manto eterno de la nada que todo lo abraza bajo sus frías alas.
Y hoy quiero unirme a esta horrorosa broma que se desarrolla entre un calor que nos funde la voluntad y nos deja pasmados. Quiero pararme delante de los absurdos reflectores y soportar más calor del que ahora experimento si es necesario para tratar de extender mi sombra un poco más allá de los límites que mi existencia proyecta. 
Y por ello hoy, mientras me sirvo este primer vaso de ron, lo tengo claro. Nada ni nadie puede escapar de esta contradicción, ni siquiera el tiempo que estuvo desde el origen mismo del todo, si es que alguna vez lo hubo. Condenado en el eterno castigo de ser un caminante errante que va por la existencia sin ir, porque donde ya paso, siempre está; a la vez que permanece distante cuando lo acabas de encontrar. No estoy siquiera seguro si este es mi primer trago, porque no me preocupo por pensar en los que me he tomado antes, o en si he tomado antes, y mucho menos me preocupo por pensar si el ron que tengo será suficiente para arrastrarme hasta el amanecer de un nuevo día. 
Elevo la mirada y la fijo en las estrellas que comienzan a multiplicarse más allá del firmamento cuando el sol, lentamente, se pierde en tierras extrañas y por primera vez dejo atrás el vaso de ron que suda gotas frías que se evaporan en mis dedos y ahora no solo me ha dejado de importar el ron que pude haber tomado o el que aún no tomo, ni siquiera me importa el que ahora me estoy tomando y es relegado al preconsciente, pierdo noción del calor que me rodea y pienso construir con mis letras un puente que llegue hasta los confines de la tierra en donde el sol se ha ocultado. Quiero que mis palabras me vuelvan absurdo, dar el salto y mirarme como una contradicción cuando encuentre mis ojos en el espejo. Ver en ese reflejo la luz esperanzadora de la muerte que aguarda paciente en el momento y el lugar preciso, ni antes ni después, pero siempre incierto, danzando y cortejando; algunas veces lejos y otras veces cerca, pero siempre certera, conoce bien su tiempo y lo baila con asombrosa sensualidad, nunca antes y nunca después, siempre bailando al tiempo. 
Quiero ser contradicción que baile con la pálida dama, pero que con la otra mano escribe estas palabras para que sus ideas permanezcan. Estas palabras se transforman en cuchillo que clavo en la espalda de mi compañera de baile, porque en cada punto, en cada acento que escribo, busco perpetuarme; escondo semillas que esperan para entrar en la cabeza de algún inocente y echar raíces en ella porque he visto el final de mis días, porque he visto hasta donde se proyecta mi sombra y deseo que mis ideas entren en aquel que se encuentra más allá del ocaso de mis días proyecta y que con cada semilla germinada ganarle una pequeña batalla a la nada, aferrándome con todas mis fuerzas de los hombros del tiempo que no detiene su marcha, esperando no caer para ganar la siguiente batalla aun sabiendo que es de la nada la guerra y que al final del día siempre será la única que salga victoriosa. 
Vivir es una contradicción llena de pequeños espacios apenas perceptibles que nos hacen enfrentarla con la mejor de nuestras caras, porque es ahí donde reside nuestra última esperanza y nuestra más grande libertad. Vivir no es nada en sí, es algo que cualquiera puede hacer, pero que no todos saben hacer; esta contradicción merece ser vivida hasta la última de sus consecuencias, donde algunos instantes se hacen eternos y se extienden de tal manera que vuelven significante nuestro viaje hasta el atardecer. Porque la vida no es la estrella que miramos con anhelo más allá del firmamento y mucho menos se encuentra las tierras más altas desde la que muchos se lanzan a lo eterno; la vida está en el camino, en la corteza del árbol en el que nos recostamos a descansar y a tomar fuerzas para seguir, en los ojos que nos miran fijamente y se roban una parte de nuestra alma, es ahí donde radica la más grande contradicción; en encontrar toda una vida en un instante que nos brinde la fuerza necesaria para seguir, en no llenar la vida con momentos que atiborren nuestro camino y nos hagan perder de vista la meta, por el contrario hay que llenar de vida los momentos.  
Hoy la vida estaba en un vaso de ron, escondida en los hielos que chocaban entre ellos con cada trago de amargos recuerdos y hermosas promesas y juntos nos consumíamos al mismo ritmo al ir encontrando la vida que para hoy me había preparado, vida limitada por el tiempo que esos hielos tardaran en consumirse. Mañana quien sabe dónde la he de encontrar; tampoco es seguro que la encuentre, pero es en esta incertidumbre donde radica nuestra última razón para vivirla, mirando las cosas cada día a través de un vaso diferente.

Incuestionamientos

Los signos tienen un sentido, Las preguntas un propósito, Las dudas un misterio, Los adivinos un secreto. Hay que empezar a pensar y a cuest...