miércoles, 2 de octubre de 2019
Entrevista
- J. Lykaios.
Era una tarde cálida de verano, luego de una fuerte tormenta que había azotado al puerto, salí al jardín para sentir la brisa que aun se percibía al pie de la vieja Ceiba que había ahí. Mi pequeño sobrino se acerco con una libreta en mano. En sus ojos pude reconocer una inocencia pura, típica de la infancia y la cual ahora es para mí apenas y una tierna ensoñación.
–Hola tío –dijo, al tiempo que abría su cuaderno y se hacía con un lugar junto a mí.
– ¿Qué tienes ahí, amigo? ¿Necesitas ayuda con la tarea? –le dije con tono de ligera burla al tiempo que lo despeinaba para molestarlo. El solamente sonrió me dijo que sí, que tenía que hacer una pequeña encuesta para saber cuáles eran las cosas favoritas de las personas y cuáles eran las que más les desagradaban.
– ¿Cuál es tu cosa favorita en el mundo, tío? – pregunto con toda la seriedad de la que era capaz, pues en aquel momento no era a mi sobrino a quien tenía frente a mí, sino a un investigador, deseoso de respuestas que saciaran su curiosidad y su calificación.
–El chocolate, los perros y los amigos –respondí pausadamente para que él pudiese anotar.
– ¿Y tu cosa menos favorita, tío? –antes de responder, me tome un suspiro y di un trago largo para terminar mi taza de café.
– ¿A caso puede existir un mundo peor que este? No lo creo.
Casi siempre, cuando la duda está por asaltarme ante la pregunta anterior, algo ocurre y mi postura se reafirma, el mundo con sórdidas carcajadas me echa en cara que no. No existe peor mierda que este mundo-infierno en el que llevamos esta condena, la arrastramos hasta el día de nuestra muerte por este desolado sendero que llamamos existencia.
Seré sincero contigo, hablar de Dios, Satanás; como gustes llamarle a tus deidades, es algo que me produce pereza, pero, como has venido hasta aquí, supongo que será inevitable, a fin de cuentas, conceptos como ellos son algo inherente al alma humana, siempre están ahí, creas o no en ellos.
¿Cambiaría en algo esta podredumbre, si un día por la mañana todos conociéramos la identidad del todo de dónde venimos? Imagínalo de esta forma; miércoles por la mañana, enciendes el televisor para escuchar las noticias, porque debes empaparte de la realidad que otros vomitan para no ser una presa fácil. Muertes, secuestros, asesinatos, cosas atroces, pero tan cotidianas que los escuchas sin prestar atención, el infierno es un lugar duro, en el que la sensibilidad poco a poco va muriendo y más temprano que tarde, la indiferencia se vuelve tú tarjetea de presentación. Cuando das el primer sorbo a tu café, un estridente sonido sale de la pantalla, todos están conmocionados, pues en cadena internacional Dios mismo, en persona, ha descendido (de donde quiera que hubiese estado al menos durante los últimos dos mil años). Con túnicas blanquísimas que reflejan toda la luz en el foro de grabación, con la parsimonia que solo los eternos pueden tener, pasa las manos por su barba plateada y perfecta, toma asiento sin necesidad de que le inviten y ante la incrédula mirada del mudo entero, se toma un largo rato para hablarnos acerca de su sagrado plan universal.
Personalmente, en ese escenario, me reiría en su omnisciente rostro y después blasfemaría con todas mis fuerzas contra él y toda su sagrada obra. Y cuando las blasfemias se me acabasen, inventaría nuevas, porque solo eso me habrá quedado de la libertad que con su gloria acaba de arrebatarme ¿Las cosas serían distintas luego de su anuncio? No, salvo que todo el dolor habrá quedado suprimido al deseo trazado por un ser para el que esto no es más que un pasatiempo grotesco y asqueroso, ya que él sería el primer cómplice en la larga lista de atrocidades de la humanidad.
¿Recuerdas que hace unos meses, el padre de Carlos murió cuando volvía a casa después del trabajo? Un adicto al crack lo apuñalo tres veces para quitarle su cartera. Luego de meses de psicoterapia para salir del duelo y de la grave depresión que esto le causo a Carlos y de apenas salir vivo de las incontables oleadas de culpa que por las noches le golpeaban, una tras otra, incontables veladas en las que se debatía entre arrojarse al vacío o no… por semanas Carlos, le tuvo miedo a la oscuridad, pues pensaba que si esta le devoraba entraría en un mundo del que no habría retorno. Pero esta mañana, cuando Carlos encendió el televisor, luego de ver el divino numerito; salió corriendo a toda prisa y se arrojo por la ventana del octavo piso en el que vivía. Así como Carlos, muchos más alrededor del mundo harían lo mismo, porque ellos inmediatamente reconocerían la negación absoluta de lo que ellos quisieron ser. El santo sermón habrá removido la cadena que los anclaba como prisioneros en este mundo, y al igual que Carlos, preferirían arrojarse en ofrenda a la nada, antes que reconocer lo divino y lo justo en el ser que una vez le había destruido la vida y que ahora se veía obligado a abrazarlo como un hermano que únicamente estaba al servicio del plan superior de nuestro salvador.
Entonces… te preguntaras ¿Qué te quedaría luego de esto? ¿A dónde iras después de renegar del todo que te otorgo la vida? No espero irme a ningún lado, y después de esto, no tendré nada que no sea mi deseo. Caminaré sin levantar plegaría alguna, afrontaré todas las dificultades con mis propias manos, confiando en mi juicio, avanzando con mi voluntad, que luego de ser pisoteada mil veces, es ahora inquebrantable.
Padezco al igual que todos los habitantes de este infierno, no hay nada de particular en mí, salvo una cosa, tal vez, y no creo ser el único, antes de que me catalogues erróneamente. Yo no quiero ser salvado. Quiero medir mis fuerzas contra las del infierno y ver hasta dónde puedo llegar. El mismísimo Demonio tarde o temprano perderá su interés en darme el sufrimiento eterno que a mi alma humana le corresponde y le será indiferente mi estadía o mi ausencia en este lugar, pues de mis labios no escuchará nunca los gritos de misericordia que con tanto placer disfruta, porque él mismo habrá de reconocer que si muero, será bajo el filo de mi voluntad y cuando venga por la noche a amedrentarme, verá en mis ojos las ansias de más infierno que me ponga a prueba hasta la extinción de mis ser. Hasta el fin de mi voluntad he de disfrutar el infierno y cuando por fin lo inevitable se haga presente, y las fuerzas de mi alma vean superadas, gastaré hasta mi última gota de aliento para prevenirme de no alzar plegaria alguna al padre de todo, pues, si él realmente está ahí, con toda su gloria, su amor y su redención, sabe muy bien que lo mejor que puede hacer por mi es reconocer al embustero al canalla que le dio la espalda. De ese Dios salvador solo podría pedir el autentico olvido, que me arranque del pensamiento universal y que, cuando llegue mi hora final, no envíe ni a sus ángeles ni a mis hermanos en mi búsqueda ¡Déjame tranquilo! ¡Quiero la autentica libertad, aquella en la que ni tu ni nadie podrá interferir en mis errores ni en mis dolores! ¡No olvides mis burlas, mis pecados y mis blasfemias! Pues mi trabajo me ha costado.
Me has preguntado ¿Existe algún otro mundo peor que este? No, no lo hay, pero si existe algo peor, y es vivir en un mundo en el que la voluntad ha sido devaluada. Porque para mi, una vida sin libertad, es una vida despreciada. –.
–Oye tío, pero eso no me va a caber en el cuadrito de las respuestas –repuso tristemente mi sobrino –solo me cupo hasta donde dudabas de tu respuesta –.
–No te preocupes – respondí con tono comprensible y amigable –Puedes escribir que mi cosa menos favorita son las cucarachas – Mi sobrino dio una carcajada larga y anoto rápidamente.
–Vamos por un chocolate tío, yo te invito –me tomo de la mano y me invito a pararme –se ve que te hace falta –.
jueves, 12 de septiembre de 2019
Vagabundo
Eder Barajas
¿Mi obra literaria?
No, señor,
yo no tengo eso que usted dice,
yo no soy escritor.
A mí me gusta contar historias,
hablar con la gente y escucharlos,
darles voz a los que,
a pesar de que la tienen,
nadie los escucha;
ser la voz de los que no tienen voz.
No, no me confunda,
yo no soy intelectual
ni nada de eso que usted dice,
no leo tanto como usted cree;
yo prefiero ir sin camisa bajo el sol,
recolectar experiencias y tragedias,
encontrar el rostro pálido del dolor,
caminar entre la miseria, la soledad,
la alegría perdida, los triunfos ajenos,
las frustraciones y la desolación.
No conozco esos pensadores
ni filósofos de los que usted me habla
con tanta admiración y devoción,
yo prefiero reír con los viejos locos del pueblo
y sufrir por las putas del burdel del barrio,
las que tantas veces me han despreciado.
No tomo tanta cerveza, no fumo
ni soy un "poeta maldito" como usted,
pero tampoco le juzgo,
hay quienes pueden elegir su veneno,
a mí no me dieron otra opción.
Adelante, amigo,
vaya usté con Dios.
Espero que en mi próximo desvelo
mis oraciones hagan que mis demonios
me ayuden a encontrar también su voz.
miércoles, 4 de septiembre de 2019
Otoño.
-Eder barajas
—¿Por qué te fuiste tanto tiempo? ¿Por qué vienes hasta ahora? —le preguntó con voz apenas audible.
—Porque siempre me dijiste que te gustaría ser la chica de mis sueños —le contestó él mirando el piso.
Ella tosió con desesperación. En el lecho en el que yacía, los tubos que le habían conectado en el hospital le lastimaban al hablar.
—¿Y tuviste que venir sólo para ver cómo me voy extinguiendo? ¿No fue suficiente con matarme una vez? —le preguntó con dificultad.
—No —contestó con voz seca —, vine a decirte que siempre te guardé en mis recuerdos y en mis fantasías. Que siempre soñé con regresar y encontrarte, que me fui huyendo de tu realidad porque tú merecías algo mejor que unos sueños estúpidos y locos como los míos.
Ella lo veía fijamente y en silencio. Las fuerzas se alejaban, hubiera querido decirle tantas cosas, abofetearle, reclamarle, expresarle su resentimiento, decirle que lo odiaba, decirle cuánto había sufrido y llorado por su culpa… Abrazarlo y decirle cuánto le había extrañado.
—Sólo quería decirte que lo logré —continuó él —, siempre fuiste y seguirás siendo la chica de mis sueños —titubeó un instante, como siempre lo había hecho frente a ella y no pudo evitar recordar su primer encuentro.
—Hola, chica. Se te cayó esto —le había dicho tartamudeando y extendiéndole la mascada que había recogido entre las hojas secas que cubrían el pasto del parque en el atardecer de aquél otoño del ‘64.
—Gracias —le dijo ella con una sonrisa y dejándola caer con gracia una vez más entre la hojarasca.
Él quedó atrapado en esa sonrisa que hacía resplandecer más el brillo de aquellos grandes ojos cafés. Hizo a un lado su bicicleta para recoger la mascada otra vez, sin dejar de verla como un tonto y temblando por dentro. Dieciséis años de edad no eran suficientes para controlar las emociones. La chica de quince seguía sonriendo coqueta y divertida.
—¿Crees que algún día encontrarás a la chica de tus sueños?—lLe preguntó ella aquella vez.
Esa tarde de otoño transcurrió sin darse cuenta, sentados en el pasto hasta que la luna y algunas estrellas se asomaron en el lago. Desde entonces, y aún después de separarse en el inicio del ’70, el otoño había sido ella. La luna, los parques, hojas secas, árboles, lagos, el atardecer, parejas jugando, sonrisas… todo era ella.
El olor del hospital y la tos que resonó en el pecho de la enferma lo volvieron a la realidad.
—Bueno, sólo quería que lo supieras. Que en mi mundo de fantasías locas y estúpidas siempre fuiste y seguirás siendo la chica de mis sueños.
Se arrepintió de haberla buscado al encontrar ahora en ella tanto silencio. Tal vez estaba pasando lo que tanto había temido, que la chica de sus sueños tomara la imperfección de una forma terrenal. Quizás había escapado del mundo de sus recuerdos y sus sueños. No había podido ver con claridad que en el lecho de sábanas blancas la vida se iba apagando, que el brillo de sus ahora cansados ojos color café se iba extinguiendo.
Soltó su mano, besó su frente y salió del cuarto desconcertado, mientras un hombre mayor y sus hijos entraban de prisa y se acercaban a la cama. ¿Cómo había sido posible que aquella tragedia se hubiera presentado cuando su mujer había quedado sola en casa? Consternados, no prestaron atención al viejo de cabello blanco que se alejaba lentamente, con la cabeza baja y paso cansado.
El otoño ya había terminado.
—¿Por qué te fuiste tanto tiempo? ¿Por qué vienes hasta ahora? —le preguntó con voz apenas audible.
—Porque siempre me dijiste que te gustaría ser la chica de mis sueños —le contestó él mirando el piso.
Ella tosió con desesperación. En el lecho en el que yacía, los tubos que le habían conectado en el hospital le lastimaban al hablar.
—¿Y tuviste que venir sólo para ver cómo me voy extinguiendo? ¿No fue suficiente con matarme una vez? —le preguntó con dificultad.
—No —contestó con voz seca —, vine a decirte que siempre te guardé en mis recuerdos y en mis fantasías. Que siempre soñé con regresar y encontrarte, que me fui huyendo de tu realidad porque tú merecías algo mejor que unos sueños estúpidos y locos como los míos.
Ella lo veía fijamente y en silencio. Las fuerzas se alejaban, hubiera querido decirle tantas cosas, abofetearle, reclamarle, expresarle su resentimiento, decirle que lo odiaba, decirle cuánto había sufrido y llorado por su culpa… Abrazarlo y decirle cuánto le había extrañado.
—Sólo quería decirte que lo logré —continuó él —, siempre fuiste y seguirás siendo la chica de mis sueños —titubeó un instante, como siempre lo había hecho frente a ella y no pudo evitar recordar su primer encuentro.
—Hola, chica. Se te cayó esto —le había dicho tartamudeando y extendiéndole la mascada que había recogido entre las hojas secas que cubrían el pasto del parque en el atardecer de aquél otoño del ‘64.
—Gracias —le dijo ella con una sonrisa y dejándola caer con gracia una vez más entre la hojarasca.
Él quedó atrapado en esa sonrisa que hacía resplandecer más el brillo de aquellos grandes ojos cafés. Hizo a un lado su bicicleta para recoger la mascada otra vez, sin dejar de verla como un tonto y temblando por dentro. Dieciséis años de edad no eran suficientes para controlar las emociones. La chica de quince seguía sonriendo coqueta y divertida.
—¿Crees que algún día encontrarás a la chica de tus sueños?—lLe preguntó ella aquella vez.
Esa tarde de otoño transcurrió sin darse cuenta, sentados en el pasto hasta que la luna y algunas estrellas se asomaron en el lago. Desde entonces, y aún después de separarse en el inicio del ’70, el otoño había sido ella. La luna, los parques, hojas secas, árboles, lagos, el atardecer, parejas jugando, sonrisas… todo era ella.
El olor del hospital y la tos que resonó en el pecho de la enferma lo volvieron a la realidad.
—Bueno, sólo quería que lo supieras. Que en mi mundo de fantasías locas y estúpidas siempre fuiste y seguirás siendo la chica de mis sueños.
Se arrepintió de haberla buscado al encontrar ahora en ella tanto silencio. Tal vez estaba pasando lo que tanto había temido, que la chica de sus sueños tomara la imperfección de una forma terrenal. Quizás había escapado del mundo de sus recuerdos y sus sueños. No había podido ver con claridad que en el lecho de sábanas blancas la vida se iba apagando, que el brillo de sus ahora cansados ojos color café se iba extinguiendo.
Soltó su mano, besó su frente y salió del cuarto desconcertado, mientras un hombre mayor y sus hijos entraban de prisa y se acercaban a la cama. ¿Cómo había sido posible que aquella tragedia se hubiera presentado cuando su mujer había quedado sola en casa? Consternados, no prestaron atención al viejo de cabello blanco que se alejaba lentamente, con la cabeza baja y paso cansado.
El otoño ya había terminado.
jueves, 29 de agosto de 2019
Confidencias.
J. Lykaios.
Escribir
como si tuviera la certeza de que alguien alguna vez leerá esto me ha servido.
Seamos cómplices, (si hay alguien ahí, ahora mismo) de un secreto que no estará
oculto para nadie.
La
tarde de hoy era calientísima y la parsimonia se las arreglaba para hacerse
presente, aún en aquellas horas más ajetreadas. Todo corría con extraña
normalidad y sin que nadie diera alguna clase de alerta que nos pusiera sobre
aviso, todo se detuvo. Los enamorados dejaron de amarse, los que lloraban
dejaron de hacerlo y como si una infinita luz estuviera sobre nosotros, todo se
ilumino con colores de asquerosa verdad. Todos y absolutamente todo quienes nos
encontrábamos debajo de aquella luz
repulsiva, fuimos aniquilados por una niña de doce años, cuando en sus pequeños
ojos marrones la suplica se hizo realidad y en el temblor de su voz se advertía
una agonía anticipada.
No
le basto nada más que la pureza de su sinceridad, bañada en lágrimas de miedo
ante una realidad en la que nunca pidió vivir, para doblegar ante ella a la historia entera.
La hidra cultural no pudo hacer otra cosa que ofrecerle varias de sus cabezas
como una ofrenda para poder regresarle el respeto que le fue arrebatado cuando
ella aun no era, siquiera, un posible dentro de la infinidad del azar.
Somos
hipócritas cuando apelamos al avance y al progreso, pero justificamos el mal
adscrito a la corrupción de nuestro ser con argumentos que crucifican a una
tendencia biológica, irracional, no-humana. Sin el ser no existiría la humanidad
en los humanos, pero ¿Qué es el ser, sino aquel que es causa de la causa del
mal causado?
Somos
asesinos cuando celebramos victorias fatuas mientras que la guerra continúa
tomando vidas y dejando un rastro de certezas hechas trizas, vidas hechas añicos
que mojan con sus lamentos un largo camino de angustia que se cierne sobre cadáveres de futuros
interrumpidos.
¡Qué
razón tenía Schopenhauer cuando nos gruñía que este era el peor de los mundo
posibles¡ Porque sinceramente, me es imposible imaginar una calamidad peor que encontrarme con que mi peor enemigo
lleva la misma piel que yo y que en sus ojos pueda ver reflejada la hoja de la
guillotina precipitándose sobre mi cuello.
Perdóname,
niña, te pido perdón en nombre de todo este asqueroso devenir que ha causado
que tu peor miedo, sea encontrarte con un hombre igual a tu padre.
miércoles, 14 de agosto de 2019
Rojo
Sigo pensando en el vestido, en lo hermosa que me sentía cuando me lo puse, en lo sorprendido que estuviste: "te ves espectacular", mientras sostenías un ramo de rosas y yo fingía no darme cuenta, querías sorprenderme pero poco sabías; tú serías el sorprendido esa noche.
Recuerdo cómo empezó todo.
Una mirada diferente, llamadas a las 2 am, a las 3:30, las afirmaciones parecían inocentes hasta que ya no lo fueron: "eres mía, no puedes hacer eso"
Pero, ¿dónde estaba el contrato?, ¿dónde firmé y con ello perdí mi libertad?
Eras el rey pero yo no era la reina.
Fui un país que tenías que conquistar a toda costa, incluso haciendo trampa, recuerdo como siempre contabas la historia de Troya a tus amigos mientras tu mirada permanecía en mí, como presumiendo tu trofeo.
Así que para salir, supe que tendría que hacer lo mismo:
me visto con un vestido blanco y pequeño, me pongo mi sonrisa más brillante, tú parado ahí, me entregas las flores, yo te abrazo para decir gracias
y luego
mi vestido ya no es tan blanco,
ya no.
Rojo.
Todo lo que puedo ver,
es una mancha extendiéndose,
creciendo y creciendo,
rojo por doquier.
Por: @janethplazola
Recuerdo cómo empezó todo.
Una mirada diferente, llamadas a las 2 am, a las 3:30, las afirmaciones parecían inocentes hasta que ya no lo fueron: "eres mía, no puedes hacer eso"
Pero, ¿dónde estaba el contrato?, ¿dónde firmé y con ello perdí mi libertad?
Eras el rey pero yo no era la reina.
Fui un país que tenías que conquistar a toda costa, incluso haciendo trampa, recuerdo como siempre contabas la historia de Troya a tus amigos mientras tu mirada permanecía en mí, como presumiendo tu trofeo.
Así que para salir, supe que tendría que hacer lo mismo:
me visto con un vestido blanco y pequeño, me pongo mi sonrisa más brillante, tú parado ahí, me entregas las flores, yo te abrazo para decir gracias
y luego
mi vestido ya no es tan blanco,
ya no.
Rojo.
Todo lo que puedo ver,
es una mancha extendiéndose,
creciendo y creciendo,
rojo por doquier.
Por: @janethplazola
miércoles, 7 de agosto de 2019
El Gato
-J. LYKAIOS
Por las noches una
sombra recorría las calles vacías del Puerto. Preciso, inmutable y más negro
que la propia noche. El Gato gustaba de estar solo, sentía un enorme placer
cuando subía al mausoleo más alto del cementerio inamovible, monumento de
memorias que yacía iluminado por la luz fría de la luna. Solo una cosa lograba
hacerlo bajar de sus contemplaciones; las ratas que merodeaban el cementerio.
Las encontraba particularmente sabrosas.
–Vida que nace y se sostiene en los pies de la
muerte –decía al tiempo que saboreaba su recién atrapada cena.
Por años, El Gato había
hecho sus recorridos nocturnos sin que las cosas fueran distintas; esperar a
que el cielo se pintara de rojo para despertar y estirar las patas, tal vez se
acicalaría por un rato, gustaba de ir a su cita de cada noche bien presentado.
Una vez en la cima del mausoleo, El Gato no hacía la gran cosa, perdía la
mirada en el vasto cielo nocturno, no entendía muy bien que eran aquellos
pequeños destellos que alteraban el orden del interminable manto oscuro que
todo lo cubría. Algunas veces pensaba que se trataba de ojos de gatos del
pasado, que habían logrado subir hasta mausoleos más altos que los que él había
subido durante su vida. Algunas otras noches, le gustaba creer que se trataba
de canas en el pelaje del espacio que conforme avanzaban los años el cielo
acumulaba como tesoros que lucía con orgullo. Así pasaba horas El Gato, sin
advertir lo que pasaba a su alrededor hasta que un mal paso dado por una rata de
cementerio le hacía rugir el estómago y con toda la precisión que incontables
lunas le habían concedido atacaba sin pensarlo dos veces. Era una rutina que
había llevado por tanto tiempo, que algunos días le costaba darse cuenta si
había despertado o aún se encontraba soñando con lo que había hecho antes de
irse a dormir. Aunque la verdad, poder diferenciar en cuál de los dos mundos
estaba poco le importaba, a fin de cuentas, no le interesaba lo que pudo ser
diferente.
Con la llegada del
atardecer, el sol parecía derramar su sangre sobre el blanco inmaculado de las
nubes para luego morir y convertirse en la larga alfombra roja que daría
bienvenida al largo velo color negro infinito que traía tras de sí la luna y con
él cubría el firmamento, era entonces cuando El Gato salía de su escondite,
para caminar entre las numerosas lápidas de aquel cementerio de historias
olvidadas que se resisten a ser descuartizadas por el olvido.
Esta había sido la vida
de El Gato por años. Algunas noches, cuando en la cima del mausoleo divagaba
entre las estrellas, los recuerdos de hembras con las que había pasado algunas
noches de cortejo le hacían compañía y con más de uno de estos recuerdos, El Gato
esbozaba una sonrisa. Algunas otras, El Gato recordaba y sentía un poco de
culpa por haber amado más a unas que a otras, sin embargo, él sabía que con
ninguna de aquellas hembras él había sido lo mismo con una que con otra. Ni
siquiera era el mismo que una tarde antes había subido al mausoleo a su
encuentro diario con el cielo celeste. Para El Gato eso era felicidad, saber
que si aquella rutina existía era porque él lo permitía y el hecho de pensar
que mañana podía ser diferente, solo porque él así lo quería le daba la
satisfacción de no ser el mismo que había abierto los ojos al atardecer.
Eso era su felicidad y
la razón por la que nunca se le escuchaba quejarse, El Gato resolvía ser
solitario porque esto le daba la atmosfera tranquila que tanto disfrutaba y
esto le hacía callar las voces de culpa que le susurraban reproches al oído. El
Gato, no se arrepentía de ninguna de esas noches, pues en su momento todo fue
como debió haber sido, y arrepentirse –pensaba Gato –sería sentir vergüenza de
lo que alguna vez había sido, sería rechazar el estar vivo y de todos los
momentos que vinieron después.
Cierta noche de otoño,
mientras devoraba una de sus ratas, El Gato escucho crujir las hojas secas que
cubrían los caminos del cementerio, esto interrumpió la racha de quietud que
había mantenido el felino por varias noches y le hacía salir de aquel sopor que
lo mantenía prisionero quien sabe desde cuándo. El Gato dio un gran salto y rápidamente
pego su cuerpo al suelo para ocultarse entre las sombras de las lapidas
-Venga, Gato, nos
conocemos… –
Él tenía buena memoria y
al escuchar aquella voz fría e indiferente supo de quien se trataba.
-Ha pasado tiempo – dijo
Gato sin mirar a su visita, tratando de recuperar la compostura que el susto le
había arrebatado –la primera vez que te vi, fue cuando el humano que tuve hace
muchas lunas, dejo de respirar. Una voz tan vacía como la tuya, jamás se olvida
–
La muerte miro a El Gato
y en su mirada se adivinaba algo que pudiese ser interpretado como simpatía,
aunque era difícil saberlo con certeza ante la tremenda frialdad de su sola
existencia –en aquel entonces no eras más que un cachorro. Tengo que reconocer
que estoy sorprendido de que no nos hayamos encontrado antes –.
Ambos guardaron silencio
por un rato, quién sabe cuánto tiempo habrá sido, en los panteones el tiempo no
corre de la misma manera, es como si la atmosfera del lugar contagiara al
tiempo con su indiferencia. Aquí ya no había citas a las cuales llegar tarde ni
pendientes que debían ser resueltos y entonces el tiempo únicamente pasaba por
compromiso, porque esa era su eterna encomienda y no porque tuviese un motivo
real por el cual pasar en el cementerio.
El Gato se acicalaba el
pelaje una y otra vez, sin prestar la mínima atención a su acompañante. De
pronto, en la lejanía sonó la sirena de una ambulancia que se clavaba en el
silencio de la noche, dejando tras de sí una estela de incertidumbre y agonía.
-¿No deberías ir con
ellos? – Maulló El Gato.
-Estoy donde debo estar
¿No es así? –Pregunto la muerte con una voz que no expresaba emoción alguna, al
tiempo que pasaba su mano por la espalda de Gato.
-Supongo –repuso Gato
–he visto muchas cosas al pasar de las noches, hace mucho que no tenía compañía
y más aun que no tenía un maullido de asombro. –
El Gato se quedo sentado
sin mirar a la muerte, meneaba la punta de su cola. Tenía los ojos fijos en algún
lugar de la nada, eran como dos pequeños medallones de oro que brillaban con
fuerza y rompían la armonía de su oscuro camuflaje, como reflejo del mismo
cielo que tanto había contemplado.
-Aun cuando tus visitas
no eran para mí, nunca me perdí ninguna de ellas –hacia cientos de años que la
muerte no era tomada por sorpresa, fue tan vergonzoso esto para ella que se
alegro de no ser capaz de sonrojarse.
-Al contrario –continuo El
Gato –te seguí muy de cerca. Fue pura cosa del destino que terminaran por
gustarme tanto las ratas de cementerio. Y fue aquí donde lo entendí, al menos a
mi manera; no importaba cuantas ratas comiera o no, ni importaba que fueran
ratas de alcantarilla, ratas de campo o ratas de cementerio. El día que tú
vinieras por mí, nada de eso tendría sentido -.
La muerte miro a El Gato.
Pudo notar, no sin cierta sorpresa, que su pelaje negro había sido invadido por
un puñado de manchas color plata, era como si luego de tantas noches de quietud
y contemplación, las estrellas hubiese vertido un poco de su polvo sobre él.
Brillaban las canas con la misma melancolía que las estrellas del firmamento,
eran como un mensaje, la señal de salida que abría el camino a lo infinito.
Las horas pasaron sin
que ninguno de los dos se diera cuenta, pronto la luna regresaba la sangre que
había tomada prestada antes y se marchaba sin mirar a los ojos al sol que
recién nacía. Las gotas de sereno atrapadas entre las hojas de plantas y
hierbas del cementerio destellaban como diamantes entre las lapidas, eran cómplices
en el silencio y detrás de ese silencio, lo obvio y lo inevitable se
presentaban con tal fuerza que aplastaban el momento hasta su exterminio. Gotas
de despedida que la noche había dejado atrás como último regalo a quién había
sido su fiel compañero. Pero, para El Gato, no había diferencia entre este
momento y su nacimiento, él había crecido entre el hastió y la contemplación
del final. Fuera hoy, fuera mañana o hace diez años. Para él esto era
indiferente. Al contrario de otros de su especie a El Gato no le habían hecho
falta seis vidas más para abrazar este ultimo amanecer, desde el momento en que
cada nuevo día se había vuelto único, perdió la cuenta de cuantos días, años o
vidas había vivido.
Habían sido buenos años
y no tenía nada porque arrepentirse –perdón por la espera –dijo El Gato
rompiendo el silencio, la muerte no dijo nada, El Gato se levanto y camino
hacía su compañera y se dio cuenta que ya no había dolor en sus patas y el
negro de su pelaje volvía a ser infinito, miro por última vez el viejo panteón
que tantas noches le había seguido en sus cacerías nocturnas y verlo
indiferente ante su partida le dio gusto y se sintió regocijado al saberse
libre de culpa de dejarlo atrás y no volver a hacer esos paseos que solía hacer
en sueños, era libre del miedo de ser olvidado por el cementerio, sus ratas
dejarían de temerle a la silueta entre las sombras de las lapidas, porque para
cuando esto pasara, él ya no pensaría más en aquellas cosas, ni en las hembras
de sus noches pasadas, probablemente no podría ni recordarse a el mismo -Acaricia mi espalda una vez más –dijo Gato
con esos aires altaneros que solo los de su especie pueden tener y en sus ojos
se advertía la satisfacción de aquel que alcanza el deseo anhelado.
-Gatos… -dijo la muerte
al tiempo que sonreía, procurando ser disimulada. Tomo a Gato entre sus brazos
y camino hasta desaparecer entre la sombra de las lapidas. Regresando juntos a
la nada, de donde todo alguna vez nació.
domingo, 4 de agosto de 2019
Infinitos.
-Eder Barajas
Y cuando terminó la fiesta y descubrió que todos se habían ido, se encontró a sí misma sentada en el sillón de la sala, con un amargo sabor a alcohol y vacío, la ropa impregnada con olor a humo de tabaco y un repentino sentimiento de soledad. El silencio de la madrugada había acabado con la euforia, ya no había más música, no más choques de copas y botellas, no más risas ni coqueteos entre los invitados.
—Cambio de planes, amiga. No llegaré a casa. Mañana te digo qué tal besa el chico del coche rojo —leyó en el mensaje que llegó a su celular.
—Ok. Cuídate. Ya me voy a dormir —contestó.
La madrugada era el mejor momento para pintar, era el instante íntimo para encontrarse consigo mismo. Incienso con olor a su último encuentro y a un volumen bajo se reproducía la canción que escuchaban en silencio abrazados en el colchón viejo tirado en el piso del cuartucho que compartían en aquella época de miseria. El olor, el sonido y su recuerdo envolvían la atmósfera mientras pintaba a la protagonista de cada imagen del pasado. Salió a la terraza del apartamento de aquella zona exclusiva para encontrarse con la soledad, ver las luces de la ciudad y admirar el cielo que, extrañamente, estaba bastante estrellado. Tal vez ella tenía razón, ¿de qué sirve ya todo esto? Eres un maldito perdedor. Aburrido. Patético...
Ya estaba en su habitación, se puso su ropa para dormir, fue a la cama y el insomnio hizo que la asaltara el recuerdo. Se levantó, fue por un vaso de agua y lo llevó consigo a la terraza del departamento que compartía con su amiga Lucía. “¿Qué estará haciendo en este momento?, ¿qué será de él?, ¿seguirá con su sueño de ser un pintor famoso?” Miró el hermoso cielo estrellado y recordó la época en la que compartían aquel cuartucho miserable. Cerró los ojos y se vio desnuda, recostada boca abajo en el colchón viejo en el centro del cuarto y la sábana cubriéndole hasta la cintura. Los labios de él recorrían la desnudez de su espalda, subían por su hombro hasta llegar a su oído y en voz baja le compartía sus promesas y sus sueños. La luna y las estrellas estaban tan lejanas en aquel momento, y ahora el cielo inundado de ellas se veía tan cerca. Qué ironía.
“¿Dónde estará en este instante? ¿Será la misma chica soñadora y encantadora que conocí?” Pensó mientras recordaba que su encanto y audacia le permitieron conseguir un puesto importante en el área de relaciones públicas de una gran empresa de publicidad y medios, de las más influyentes del país, y por ello tuvo que mudarse a otra ciudad. El colchón viejo, el cuarto miserable y un maldito perdedor, un intento de artista que perdía el tiempo y el poco dinero pintando, ya no tenían cabida en el glamur de la vida profesional que ella iniciaba. No la culpaba de desear ser una mujer triunfadora ni por haberse cansado de él. Ahora de nada servía que Leslie, su agente, descubriera su obra en una exposición callejera en el centro histórico de la ciudad y que en unas cuantas semanas hubiera logrado vender una gran cantidad de sus cuadros en Nueva York. Ya se había cotizado lo suficiente para la que sería su primera exposición. Nada de este cambio y éxito vertiginoso le causaba emoción, sólo deseaba pintar sus recuerdos.
Le dio un trago al vaso de agua y recordó cómo lo conoció en el centro histórico, en el café a un costado de la catedral. Estaba aburrida y distraída en una mesa cercana a la banqueta, esperaba a una amiga que la dejó plantada. Cuando levantó la vista y lo descubrió en otra mesa, estaba dibujando ávidamente en su block de hojas mientras la veía de reojo. Después de un rato, la mesera se le acercó para preguntarle si ordenaría algo y se tuvo que retirar del lugar: no tenía dinero para pagar un café. Cuando se alejaba, después del disgusto de la mesera, le dejó el dibujo en la mesa. Era un retrato de ella que meses después se convirtió en una pintura que aún conservaba en la pared de su sala. Ella le ofreció un café, él lo rechazó y se fue caminando por los portales de la plaza pública. “Él era así de orgulloso, ¿o podría decirse que digno?” Pensó mientras tomaba agua con los ojos cerrados.
Hizo un esfuerzo para evitar un suspiro y luego repasó mentalmente la lista de lugares que habían hecho para visitarlos algún día: Monte Albán, Real de Catorce, San Sebastián del Oeste, Cuatro Ciénagas, vivir un tiempo en San Miguel de Allende… también viajarían a Macchu Pichu, la Isla de Pascua...
—¡No olvides que tenemos que visitar los castillos medievales en Europa! Tenemos que ir aunque sea una vez en la vida —sintió que su voz emocionada lo interrumpía y continuaba enlistando actividades—. ¿Qué tal beber café de grano de cada región del país, aprender una lengua indígena y escribir un libro juntos? Ah, también probar cervezas de todo el mundo y construir una cabaña en Aticama…
—¿Dónde? —la había cuestionado extrañado.
—En Aticama. Un pueblo de pescadores que está cerca de San Blas, en Nayarit, perdido entre la selva, el mar y huertos de frutos tropicales. Tiene una placita con kiosco en la playa y la espuma de las olas vuela en mil pedazos al chocar contra el muro cuando sube la marea. Ahí nos esconderemos cuando queramos huir de todo y de todos, veremos juntos la puesta de sol desde una banca o sentados en la arena.
Apretó los pinceles que llevaba en la mano y su mirada se perdió en la luz de la estrella más grande y brillante.
Mordió el borde del vaso de plástico vacío y sonrió al recordar su primera cita, después de haber coincidido varias veces. Él había vendido un cuadro y la invitó a un café, al que estaba a un lado de la catedral. Estaba segura de que lo había tomado como una revancha después de aquella situación bochornosa que había vivido. No se trataba del tipo más guapo, difícilmente ganaría una discusión con sus amigas sobre su galanura, pero a ella le gustaba y eso era suficiente. Era un muchacho inteligente, con buen sentido del humor, su plática era agradable, tenía talento para pintar y, lo más importante, se identificaban uno con el otro. Pensaba que si existía un alma gemela, seguramente se trataba de él que siempre tenía las palabras correctas, un abrazo o una caricia cuando no se sentía bien, y él siempre sabía y estaba ahí cuando lo necesitaba. Siempre tenía para ella una sonrisa, una broma, un detalle, un sueño, una promesa, una locura… era auténtico, ambos lo eran en ese tiempo. Ahora su trabajo le obligaba a proyectar la imagen de una mujer triunfadora, segura, con liderazgo y autosuficiente, una mujer que aparte de bella, siempre sabe lo que quiere. “Las relaciones públicas requieren de una buena imagen, ¿pero en el fondo qué soy? ¿Le importará a alguien?” Pensó en los niños bonitos que abundaban en la empresa, eran unos imbéciles vacíos. Sintió la necesidad de un abrazo.
Una estrella fugaz dejó una estela en el cielo y continuaron los recuerdos.
—¡Pide un deseo!
—¡No! ¡Tú primero!
—Bueno, los dos juntos. Va: ¡uno, dos, tres!
Tenían afición por ver juntos el cielo en las noches estrelladas o de luna llena y perderse en la inmensidad, recostados en la azotea, en el pasto del parque, en las rocas de las montañas de las afueras de la ciudad o sentados en una banca. Ambos sentían admiración por el cielo lleno de astros brillando frente a ellos, lo veían como una metáfora de la infinidad, de la fascinación por la aventura y lo desconocido, del viaje continuo que representa la vida y se prometieron muchas veces continuar juntos este trayecto caótico hasta regresar al punto de partida, hasta convertirse en polvo estelar que deambula entre las estrellas del cosmos y, por fin, convertirse en infinitos. Torció los labios en una sonrisa forzada y pidió su deseo, el mismo de siempre.
Dejó de morder el vaso para volver la vista al horizonte, donde descubrió una estrella fugaz. Recordó aquel juego infantil de pedir ambos un deseo.
—¡Los dos juntos! ¡Uno, dos, tres!
—¿Ahora sí me vas a decir qué pediste? —le preguntó él.
—No, tampoco me lo digas tú. Tenemos que mantenerlo en secreto, si no, no se cumplirá.
Un instante después preguntaba ella con curiosidad:
—¿Y tú qué pediste?
—Tampoco te lo voy a decir.
—¿Lo decimos los dos juntos a las tres?
—¡Uno, dos, tres! —ambos quedaban en silencio esperando que el otro dijera algo y al final ganaban las carcajadas.
Con los ojos brillantes por una extraña humedad que no llegaba a derramarse, pidió el mismo deseo de siempre.
—¿Qué pediste? —ambos recordaron una vez más la pregunta.
“Espero que por fin sea feliz, donde sea y con quien sea que esté”, resonó en sus pensamientos. Sonrió forzadamente, él. Una lágrima repentina rodó por la mejilla de ella. Él abandonó la terraza y se dirigió a su estudio para seguir pintando el mar, una chica hermosa y la espuma de las olas desvaneciéndose en la playa, tal vez en Aticama, mientras sentía su soledad más abrasadora que nunca. Ella se fue a recostar, revisó el celular y recordó la cita que tendría por la mañana con unos clientes importantes. Intentaría descansar, aunque solo daría vueltas en la cama con la misma sensación de vacío y con la desesperanza que produce la soledad.
miércoles, 24 de julio de 2019
Del océano al desierto
Debía comenzar a decirle hola al adiós… Donde antes se
percibía un hermoso hábitat hoy se ve un ambiente hostil y discordante, donde
antes había cardúmenes de caricias hoy hay redes de mentiras y roces ásperos,
los volcanes submarinos que emitían pasiones hoy son pirámides de rencor y
donde rebosaba el agua, lo único que ahora abunda es una severa sequía.
Pasamos de romper el hielo y tratarnos con calidez a divagar
en dunas de cansancio y naufragar en ausencias. La ponzoña sustituyó el
cortejo, la desolación los kilómetros de futuro y los espejismos a la realidad.
La arena que, en el fondo, albergaba vida hoy hace de tumba,
la marea y las corrientes románticas se convirtieron en sofoco y asfixia
estática, y la habitación se convirtió en una tromba de arena cuando las
palabras fueron una tormenta de olas.
La supervivencia se tornó algo prioritario en ese océano
turbio, donde mientras más nada uno, más energía se dosifica y sin importar los
esfuerzos por salir a flote, las corrientes intentarán tresnar todo hasta las
profundidades.
Intenté salvar lo que quedaba llegando al litoral gracias a
los restos de cariño en forma de espuma y oleaje salado residual. No sabía si
era un albatro errante o un buitre hambriento que fue arrastrado por fuerzas
superiores, tampoco sabía a dónde pertenecía, si a unas ruinas desérticas de
historias pasadas o a un océano desierto de amores. Sabía que estaba perdido
pero con esperanzas de encontrarme.
Adentrándome y vagando en la inmensidad de dudas, buscando
lo que alguna vez fue, a veces, encontraba un oasis donde sumergirme como un
loco desesperado, para concluir, que no es lo mismo, diariamente, nadar con
libertad y a placer en un océano que intentar nadar en arenas movedizas.
El océano está más cerca del desierto de lo que cualquiera
piensa, es un ciclo sin fin, la sal que va y viene todo lo sustenta, es la
esencia, se entrelaza, y ahora viaja y se impregna en unos ojos que sollozan
mirando con nostalgia el océano y con impotencia el desierto.
-Ulises García
jueves, 18 de julio de 2019
Despedida en lágrimas
Que sea el silencio el lugar prohibido para deshacerse de los deseos inminentes, conspicuos. Que la penumbra y el llanto concuerden con tu triste canto, haciéndose uno mismo al final del camino y te sientas completa después de tu enternecedor destino. Que tu mente se despierte tranquila en el segundo espacio de tu agonía y mi delirio por mantenerte tangible, que no demores tu trayecto despidiéndote de un sitio al que le fuiste totalmente eterna y de un corazón que latirá por tu ausencia.
Que la noche en la que decidiste bailar con la luna fue la más fría y bonancible de todo el mes de noviembre, que el calor de tus sábanas combinado con mis lágrimas, hicieron una estela de miles de recuerdos eternamente imperecederos. Que me mata la ausencia de tu aroma, tu risa e incluso la suavidad y delicadeza de tu piel, que haberte presenciado dormida no fue un tacto predilecto pero haberte contemplado en vida fue de las brisas más radiantes.
Perdóname por decirle al viento que, la casa ya no es la misma después de que te fuiste una noche de invierno a rezarle al cielo todo lo que le gustaba escuchar salir de tus labios eternos. Que tu cama se sigue sintiendo igual de completa y que cada que puedo, duermo en tu lecho tratando de sentir tus latidos en mi pecho, que pongo tus ropas en mi cuerpo porque es tanta mi reminiscencia, que no me atrevo a soltarte de la mano y decirte “Nos vemos luego”.
Que me carcome el alma no haber escuchado tus gritos llenos de deseo todas esas tardes de fines de semana en las cuales, solo proclamabas por verme ufana… mientras miraba atardeceres por la ventana de mi casa olvidando tu nombre con cada silencio que pasaba. Que sentarme en tu arcaico estaño a mirar las puestas de sol, es como haber mirado tus ojos la penúltima noche que me dijiste “Te quiero” con nudos en el pecho y mareas en el cuello. Que lamento no haber estado contigo a las diez memorias que marcaban nuestros corazones, y no haber sido capaz de sostenerte una vez más, porque el dolor era más grande que mi deseo.
Que la noche en la que decidiste bailar con la luna fue la más fría y bonancible de todo el mes de noviembre, que el calor de tus sábanas combinado con mis lágrimas, hicieron una estela de miles de recuerdos eternamente imperecederos. Que me mata la ausencia de tu aroma, tu risa e incluso la suavidad y delicadeza de tu piel, que haberte presenciado dormida no fue un tacto predilecto pero haberte contemplado en vida fue de las brisas más radiantes.
Perdóname por decirle al viento que, la casa ya no es la misma después de que te fuiste una noche de invierno a rezarle al cielo todo lo que le gustaba escuchar salir de tus labios eternos. Que tu cama se sigue sintiendo igual de completa y que cada que puedo, duermo en tu lecho tratando de sentir tus latidos en mi pecho, que pongo tus ropas en mi cuerpo porque es tanta mi reminiscencia, que no me atrevo a soltarte de la mano y decirte “Nos vemos luego”.
Que me carcome el alma no haber escuchado tus gritos llenos de deseo todas esas tardes de fines de semana en las cuales, solo proclamabas por verme ufana… mientras miraba atardeceres por la ventana de mi casa olvidando tu nombre con cada silencio que pasaba. Que sentarme en tu arcaico estaño a mirar las puestas de sol, es como haber mirado tus ojos la penúltima noche que me dijiste “Te quiero” con nudos en el pecho y mareas en el cuello. Que lamento no haber estado contigo a las diez memorias que marcaban nuestros corazones, y no haber sido capaz de sostenerte una vez más, porque el dolor era más grande que mi deseo.
Por: Juliana Cisneros Prado | @julss.prado
miércoles, 17 de julio de 2019
Deja que pase
Estaba sujetando tres hilos en sus manos, hasta entonces los había mantenido atados a varias partes de la casa: la cama, la puerta del refrigerador, el sofá, pero ahora el tiempo se había agotado, y sabía que tenía que dejarlos ir.
Miró el primero: el más desgastado y viejo, tenía un color casi negro pero totalmente opaco por el sol.
Recordó cómo se había sentido el amor por primera vez: una avalancha y ella en vez de quitarse y correr para salvarse, se quedó quieta y esperó el golpe. Pero la recuperación duró años, y al sacar finalmente las manos hasta la superficie, después de haber escalado con cada parte de su ser congelándose, después de creer que nada en el mundo podía ser peor que aquello, se sintió triunfadora y se prometió que jamás volvería a quedarse quieta. El amor ya no la tomaría por sorpresa, y ahora estaría siempre lista para correr.
El segundo hilo parecía más resistente, pero al observarse de cerca se podía ver cómo estaba casi a punto de romperse.
“Creo que eres valiente”, recordó cómo esas palabras resonaron en su cabeza por años, “creo que la manera en que lo entregas todo cuando amas debería ser comparada con el arte; eres un pintor que sabe que está a punto de fallecer pero no suelta el pincel”, pero nada de eso sirvió: al final se quedó con un montón de poemas bajo la manga y el corazón queriendo volver al frío de la nieve, enterrarse por completo y no salir jamás.
Y el más reciente: un tercer hilo que aún dolía bastante, un cuchillo rebanándole los dedos pedazo a pedazo. “Esto es para que pierdas todo aquello que amas: te vas a quedar sin mí y te vas a quedar sin poder contarle al mundo sobre nuestra historia, a fin de cuentas creo que lo último te dolerá más”.
Pensó en el sinfín de hilos que una persona tiene a lo largo de su vida. Aquellos que había dejado ir sin más: amores de una noche, amores que no resultaron como hubiera querido pero no dolieron lo suficiente como para quedarse atados a alguna parte de la casa.
Pero aún con el paso de los años no podía decidirse a soltar aquellos tres.
Su madre le dijo una vez, “Sé que tienes a todas esas vocecitas en tu corazón diciéndote que no los dejes ir, que no los suelten. Pero ellas no te van a ayudar cuando vayas a buscarlos y quizá los encuentres en el otro extremo con alguien más, ¿entiendes?, tienes que dejarlos ir”
“Deja que pase”, escuchó finalmente la voz que salía de su corazón. Y para que quedara claro, la voz repitió una y otra vez: “deja que pase, deja que pase, deja que pase” y así siguió por varias horas, hasta que finalmente, uno a uno, los hilos se fueron. Quizá un día saldría en la aventura de volver a encontrarlos, quizá regresarían a ella como por casualidad, pero en el momento en que sus manos quedaron vacías, por primera vez en años, se sintió completamente libre.
Miró el primero: el más desgastado y viejo, tenía un color casi negro pero totalmente opaco por el sol.
Recordó cómo se había sentido el amor por primera vez: una avalancha y ella en vez de quitarse y correr para salvarse, se quedó quieta y esperó el golpe. Pero la recuperación duró años, y al sacar finalmente las manos hasta la superficie, después de haber escalado con cada parte de su ser congelándose, después de creer que nada en el mundo podía ser peor que aquello, se sintió triunfadora y se prometió que jamás volvería a quedarse quieta. El amor ya no la tomaría por sorpresa, y ahora estaría siempre lista para correr.
El segundo hilo parecía más resistente, pero al observarse de cerca se podía ver cómo estaba casi a punto de romperse.
“Creo que eres valiente”, recordó cómo esas palabras resonaron en su cabeza por años, “creo que la manera en que lo entregas todo cuando amas debería ser comparada con el arte; eres un pintor que sabe que está a punto de fallecer pero no suelta el pincel”, pero nada de eso sirvió: al final se quedó con un montón de poemas bajo la manga y el corazón queriendo volver al frío de la nieve, enterrarse por completo y no salir jamás.
Y el más reciente: un tercer hilo que aún dolía bastante, un cuchillo rebanándole los dedos pedazo a pedazo. “Esto es para que pierdas todo aquello que amas: te vas a quedar sin mí y te vas a quedar sin poder contarle al mundo sobre nuestra historia, a fin de cuentas creo que lo último te dolerá más”.
Pensó en el sinfín de hilos que una persona tiene a lo largo de su vida. Aquellos que había dejado ir sin más: amores de una noche, amores que no resultaron como hubiera querido pero no dolieron lo suficiente como para quedarse atados a alguna parte de la casa.
Pero aún con el paso de los años no podía decidirse a soltar aquellos tres.
Su madre le dijo una vez, “Sé que tienes a todas esas vocecitas en tu corazón diciéndote que no los dejes ir, que no los suelten. Pero ellas no te van a ayudar cuando vayas a buscarlos y quizá los encuentres en el otro extremo con alguien más, ¿entiendes?, tienes que dejarlos ir”
“Deja que pase”, escuchó finalmente la voz que salía de su corazón. Y para que quedara claro, la voz repitió una y otra vez: “deja que pase, deja que pase, deja que pase” y así siguió por varias horas, hasta que finalmente, uno a uno, los hilos se fueron. Quizá un día saldría en la aventura de volver a encontrarlos, quizá regresarían a ella como por casualidad, pero en el momento en que sus manos quedaron vacías, por primera vez en años, se sintió completamente libre.
Por @janethplazola
miércoles, 10 de julio de 2019
Cambio de planes.
Es de noche y
llueve. ¿Qué ocurre, Miranda? ¿Por qué manejas tu coche sin tener en
consideración la velocidad con la que las ruedas revolucionan? Tal como si
corrieras de algo… como si huyeras de mí. Planeamos tanto tiempo nuestro viaje,
y ahora en lugar de equipaje, tengo galones de gasolina en los asientos
traseros. Estoy seguro que tu respiración es agitada y torpe en estos momentos.
Te sigo de cerca, tengo mis herramientas conmigo dentro de ese maletín que me
obsequiaste. Sé que siempre te han asustado las armas de fuego, por eso traje
un martillo. No apartes los ojos del camino, Miranda; es difícil ver algo con
toda esa agua que cae sobre nosotros. Es como antes cuando compartimos noches, nos
dejábamos invadir con emociones y
sentíamos el sudor y el aliento apasionado del otro. El sabor a sudor
que se desliza por la piel. Aunque puede que esas sean las únicas cosas que
estas situaciones comparten.
Las paredes del
automóvil parecen derretirse, al igual que mis manos. Como siempre, al sacudir
la cabeza, La alucinación desaparece. Veo el reloj análogo del tablero, han
pasado tres horas desde que empezó esta carrera sin sentido. Pienso que te equivocaste de camino, pues por
esta zona no hay poblados cerca, Miranda… ¿A dónde tratas de llegar?
No has bajado
la velocidad, sé que ya no tienes mucho combustible.
"Quizá lo
perdí..." Piensas, ¿No es cierto?
Trata de recuperar la concentración. La tormenta se hace más fuerte y
ver por el parabrisas te será extremadamente difícil ahora. Disminuyes paulatinamente
la velocidad. Orillas el automóvil para que no esté en mitad de la autopista. Conforme
me acerco a ti, permaneces dentro con
las luces interiores encendidas, tal vez pienses que es mejor así, Puede que
alguien, además de mí, por casualidad pasara por esta carretera.
No has quitado
las manos del volante, lo sé. Te desangras, y el tiempo no te alcanza para
buscar ayuda. También me dejaste heridas en la piel, arañazos de nuestro último
conflicto que aún no ha finalizado. Y ahí estás con la fría mirada hacia
delante, no parpadeas, no puedes asimilar lo que pasa ¿Cierto? como si buscases
una solución en la tempestuosa lluvia.
Estoy cerca, ya
debes poder observar las luces de mi auto acercarse, tu respiración debe estar
aún más agitada ahora. Miras de un lado a otro, quizá llevas tu mano izquierda a la manija de
la puerta… quizá buscas algo con lo que puedas defenderte, quizá aún tienes
esperanzas de que ese vehículo que se acerca no es el mío, deseas sentir que
aún tienes posibilidades de huir, siempre has sido de esta manera, te conozco
muy bien.
El vehículo
está pocos metros detrás de ti, no lo miras. Mantienes los ojos en el reflejo
del cristal. Y a pesar del miedo que
sientes, aquel vehículo te pasa de largo sin prestarte atención. Y durante esos
cinco segundos, en los que me viste alejarme realmente poco de ti, sientes un
gran alivio; pero ese alivio es rápidamente asesinado cuando el auto se detiene
y ves que se abre la puerta.
No pierdes
tiempo, sales también y corres hacia los árboles, te sigo. Es curioso, hemos terminado en el lugar donde
todo comenzó, sé que buscas esa casa… la misma en la que hace años compartíamos
lo que pensábamos que era una vida plena y feliz. Recuerdo la belleza de esa
cabaña, rustica pero llena de tranquilidad, sin nadie que nos molestara. Pero,
a pesar de ser hermosa, nunca te agradó vivir lejos de la ciudad.
Poco tiempo
duró aquel cambio de hojas verdes por el concreto gris, poco duró ese
intercambio de paz por el vicio e intranquilidad que otorgan las grandes urbes
de concreto. Todo pudo haber ido bien, pero buscaste demasiadas respuestas;
buscaste y buscaste hasta que entendiste todo al final. Aquellos cadáveres que
enterré, todas esas mentiras necesarias, todo ese bello monumento que construí
para ti; se derrumbó ¿Por qué te has convertido en mi enemiga, Miranda?
.
.
Jamás quise mostrarte este rostro…
…pero ahora no tengo elección.
.
.
Y, siendo honestos… tampoco tú.
miércoles, 19 de junio de 2019
Cómo nacen los poemas
Para Juan
Los recuerdos son casi tan moldeables como la plastilina
y yo los uso a mi conveniencia.
Tomaré tus palabras hirientes y las convertiré en frases de amor,
tomaré tus mentiras y las convertiré en promesas,
tomaré tus engaños y los convertiré en juramentos de amor.
Las noches que pasamos juntos, peleando,
se convertirán en las mejores de mi vida.
Mis desvelos se convertirán en noches bajo las estrellas,
mis lágrimas saldrán debido a la felicidad.
Puedo escribir tantos poemas de amor como pensamientos en mi cabeza
y si se trata de ti es aún más fácil,
me llenaste el corazón de odio
y ya sabes lo que dicen:
el odio es la mejor fase del amor.
Algunos matan,
otros mueren,
quizá se quedan en la oscuridad para siempre,
o eligen la venganza como su plato final.
Pero yo,
yo escribo poemas de amor.
Por @janethplazola
Los recuerdos son casi tan moldeables como la plastilina
y yo los uso a mi conveniencia.
Tomaré tus palabras hirientes y las convertiré en frases de amor,
tomaré tus mentiras y las convertiré en promesas,
tomaré tus engaños y los convertiré en juramentos de amor.
Las noches que pasamos juntos, peleando,
se convertirán en las mejores de mi vida.
Mis desvelos se convertirán en noches bajo las estrellas,
mis lágrimas saldrán debido a la felicidad.
Puedo escribir tantos poemas de amor como pensamientos en mi cabeza
y si se trata de ti es aún más fácil,
me llenaste el corazón de odio
y ya sabes lo que dicen:
el odio es la mejor fase del amor.
Algunos matan,
otros mueren,
quizá se quedan en la oscuridad para siempre,
o eligen la venganza como su plato final.
Pero yo,
yo escribo poemas de amor.
Por @janethplazola
miércoles, 5 de junio de 2019
Se busca.
-J. Lykaios.
¿Dónde
está la verdad? Desde hace tiempo se lo preguntan. Pero no sé si esto es
verdad.
Todos
la buscaron y lloraron por su ausencia, pero solo pocos se resignaron ¿Dónde se
había metido? ¿A caso se escondería de nosotros? Aquel pequeño juego infantil se había prolongado y los adultos estaban hartos de jugar.
“¿Dónde andará la verdad? ¿Pasará hambre o tendrá
frío?” Se preguntaban unos a otros cuando la buscaban. Pusieron su foto en los cartones de leche; aunque la verdad, nadie tenía una
fotografía reciente de ella, porque al decir verdad, no podíamos recordad
cuando había sido vista por última vez, pero eso sí, sabíamos que la extrañábamos
porque sentíamos su ausencia en el pecho.
Tuvimos
los días más brillantes y comimos los mejores platillos, pero cuando estas imágenes
saltaban a la memoria, se sentían falsas. Estaban huecas y caían como hojas en
el otoño del corazón.
A veces
teníamos aire fresco, de esperanza, cuando entre las risas inquietas de un niño
podíamos escuchar el eco de la verdad que para nosotros se mantenía entre
sombras, lejos de ojos habituados a la luz artificial de las novedades en los
escaparates. Pero la brisa pronto llegaba a su fin, pues en esta atmosfera
contaminada los niños crecen más rápido y olvidan como reír. Artificialidad, problema y corona que
nos eleva a la cima de las especies. Cúspide evolutiva y condena de inocentes.
Aniquilamos
los prados verdes para traer al mundo toneladas de asfalto y concreto que más
tarde pintamos de mil colores, con los que pretendíamos salvarnos de una locura
monocromática. Colorido y artificial velo de engaño.
Pero detrás
de los escenarios que habíamos colocado entre nosotros y la responsabilidad, aun estaba la medula gris y fría que sometía a nuestro juicio
a una oscuridad autosuficiente; Orgullo, herido y maltrecho. Sabernos en la cúspide,
pero atados al mundo natural del que proveníamos había sido una cruda
revelación para nosotros. Condenados a un limite, con las alas arrancadas, fue entonces que decidimos darle la espalda a la verdad,
porque en ese momento lo entendimos; la verdad duele.
¿Por
qué nos resultaba tan difícil ver lo obvio? ¿Habíamos sido exiliados de ese
mundo natural en el que la verdad crecía como fruto en los arboles? No había
mucho que buscar ¡Ahí estaba la verdad! Bajo las infinitas placas de asfalto, escondida
como hierba emergente de la grietas en el concreto.
Detrás
de los mundos que el autor crea en sus páginas para disimular su miedo a las
manchas de realidad.
En la
herida que esta noche el perro que se esconde entre la basura de los callejones
lame con la esperanza de que mañana no haya otra que curar.
En las
memorias perdidas tras la estadística de muertes diarias ¡Ahí está la verdad! En
los ojos sedientos de la bestia en el espejo.
En la
realidad que se desmorona tras el escenario de un chiste negro, o un sarcasmo
mejor estructurado.
El motivo
de una canción triste que aparece repentinamente en el reproductor, eso es la
verdad. Todo aquello que se opone a nuestra perfección de microondas.
La
verdad… es que hoy la verdad está conmigo, la encontré en el fondo de mi taza
de café, se veía pálida y hambrienta. Se había escondido ahí porque tenía frio.
Estuvo esperando por décadas ese encuentro, aunque ella permaneció detrás de
todos mis errores y en todas mis decepciones, en el núcleo azul de mi soledad.
“¿Cuál fue la verdad?” se
preguntaran, pero nadie lo sabrá, les dejo una pequeña trivia para la
posteridad. El aire viene y me acaricia, “adiós”
me dice en secreto. Me besa maternalmente y se va, un paso más y nadie sabrá de
que manera encontré la verdad.
Solo
un paso, unos segundos de caída y no volveré a llorar por la ausencia de la
verdad. Mi pecho no volverá a estar vacio por estar lleno de soledad; mi sangre
convertirá la placa de asfalto en un lienzo rebosante de color, caliente por la
vida que los últimos latidos de mi corazón dejan salir. La verdad… hoy llevo
conmigo la verdad y la verdad detrás de
mi obra, nunca nadie la sabrá.
miércoles, 29 de mayo de 2019
A los que siguen.
Puede que caminen en la miseria que dejamos, puede que cometan el
mismo error… no los culpo si lo hacen, creo de eso se trata. Sé que fue nuestra
culpa a lo que reducimos el vivir, a un ensayo sin obra, una musa que está
sola. Un lastre cuyo oxido hiere la piel, sentencia merecida, se enreda y
lacera los pies.
Conocimos la paz pero no te la heredamos; te dejamos sólo la pesada
carga de la culpa, que incluso ensucia a los que aún falta por nacer, te
dejamos el hambre que nosotros poco tiempo tuvimos que conocer, una lucha
eterna, sin sueños para ofrecer.
Dejamos hambre y muchas preguntas sin responder. Conocimos la paz, es
injusto, yo lo sé.
Pero conocimos la desgracia de un
día, al unísono, comprender:
“Nuestro mundo se ha secado y ha
comenzado a arder.”
-Calixto Gama.
lunes, 27 de mayo de 2019
Inocente (o esta tarde)
Diego Gómez
Esta tarde deslizo tu perfume hasta
mi ventana.
Otra vez tu mirada se cruzó por la
mía por casual accidente.
Y tú, tan tierna e inocente
de cuando tú presencia mi día
engalana.
Y tú...
Tú tan inocente tomas camino, sin
urgencia más a toda prisa,
no sin antes despedirte con una
sonrisa... Ay.
Vivo conmigo un eterno debate,
sobre cuál de tus curvas es la más
hermosa;
la comisura de tus labios,
el soslayo de tus ojos
o tú cabello al moverse mientras
caminas;
Ye esto es sólo al mirarte.
Esta tarde tu atención se puso
sobre este infame por un instante;
Lograste (sin siquiera
imaginarte)
evocar en mi memoria melodía
hermosa,
y yo...
Yo solo sonreí, discúlpame, de la
inmersión
me sacaste, soy solo un cobarde,
sí, cobarde ¿o consciente?
(Mejor dicho) pues no quiero por mi
culpa esa belleza ver marchitarse,
esa calidez que te caracteriza,
y mi alma se regocija con tu brisa,
mis ojos tarde o temprano la verán
marcharse...
Espera: creo que me dices algo, es
verdad,
buenas tardes.
miércoles, 22 de mayo de 2019
Complexión
Complexión delgada,
hilo fino para costura hedonista.
Complexión gruesa,
refugio dulce de imposible conquista.
De complexión joven,
ojos miel, huesos verdes y de carne roja.
De complexión vieja,
rostro frondoso a punto de la seroja.
Complexión plana,
mural de ideas y arte escénico.
Complexión curvilínea,
desequilibrio carnal de porte tétrico.
Complexión aceptada,
idoneidad ingenua de pena.
Complexión criticada,
duelo diario después de la cena.
Complexión imperfectamente perfecta,
reticencia predatoria por naturaleza.
Complexión perfectamente imperfecta,
grito silenciado de víctimas de fiereza.
-Ulises García
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Incuestionamientos
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