¿Cómo te dices que el cuento de hadas en el que siempre creíste no es verdad?
¿Cómo despiertas del sueño profundo?
Se supone que vendría a rescatarte un príncipe
y esperabas que hubiera una fila inmensa
aguardando solo por probar tus labios,
pero en vez de eso te encuentras de frente con la soledad.
¿Cómo continúas?
¿A dónde vas a ir a tirar todos los vestidos rosas llenos de tul?
¿Dónde guardas las esperanzas que has estado conservando?
Te cansas.
Sales corriendo del castillo y no miras atrás,
dejas de intentar ser la chica perfecta,
el modelo de la barbie que todos quieren tener.
Aceptas tus imperfecciones,
te compras ropa y accesorios que no hacen juego,
te deja de importar lo que dice en tu etiqueta:
comprendes que no eres un producto,
no tienes un error de fábrica y por eso nadie te compró.
Sales a la calle y no esperas nada.
Tus sueños se convierten poco a poco en los de una mujer:
ya no tienes 12 y acabas de ser besada,
ya no tienes 18 y acabas de perder tu virginidad,
nadie ha venido a pedir tu mano,
tienes casi 27 y sabes que no eres una damisela en peligro.
Así es cómo sucede:
descubres que el cuento de hadas solo existió en tu cabeza,
te lleva meses,
años,
pero acabas adaptándote a la nueva realidad:
tú no naciste para ser salvada,
tú lugar no está en una cama
postrada y esperando.
Así que tomas las riendas de tu vida,
no es la que esperabas pero la moldeas a tu antojo.
No hay hijos,
no hay compromisos,
no hay vestidos blancos ni lunas de miel,
solo existe la independencia.
Finalmente un día descubres que estás en paz:
puedes ir por la vida besando sapos,
incluso te gusta, lo disfrutas.
Porque ahora sabes el único amor de tu vida
no es nadie más que tú.
Por: @janethplazola