miércoles, 24 de abril de 2019

Sinapsis ajedrecística


I

Comienza la apertura, se encamina el desarrollo, las dosis de incertidumbre abundan en la memoria, se identifica y se desconoce de un momento a otro, de la lucidez a la agnosia, de la ventaja a la desventaja. Va tomando forma la estructura, el centro, un flanco y otro, es la siembra de una posición y la crianza de un juego, el calcio en las casillas que proviene del suero de la creatividad, la educación de las piezas que se imparte desde que salen de casa y las reglas que dictaminan la idoneidad del tablero. Batallan sin parecer batallar; con la calma que presagia un cataclismo o bien, un paraíso.

Florece el medio juego empapado de incógnitas y certezas. Los peones avanzan como un mar de pesadillas, huyendo de la presión insostenible de la geométrica realidad, buscan romper el centro, rebelarse, penetrar y coronarse, conociendo las complicaciones y aun sabiendo que no todos lo lograrán, luchan por llegar a plenitud en condiciones benéficas. Los alfiles derrumban diagonales vírgenes, todo a costa de encontrarse con su pareja que parece nunca llegar, sacrifican su anhelo por cumplir con su deber y una vez terminado, empatan con la paz para encontrarse con su complemento. Los caballos amenazan todo tipo de atentados, son ágiles, expertos en la versatilidad y multifuncionales, han sido corrompidos, usados como carne de cañón desde los tiempos en que comenzó la civilización. Las torres iluminan senderos inimaginables, son faros a disposición de quien lo necesite y brindan protección en sus columnas férreas hasta el final, aunque a la distancia, también son capaces de arroyar a los enemigos sin piedad. La dama busca una posición empoderada en el centro del tablero, genera amenazas para dar el golpe de gracia con delicadeza y en su acción múltiple, defiende a los suyos con fiereza. El rey, protegido en un enroque impenetrable, da las órdenes y opta por lo mejor para él y su imperio, de ser necesario, al final de la lucha encarnizada, sale al campo de batalla con la espada desenvainada. El destino adopta su forma, la cosecha sembrada en el desarrollo de la apertura comienza a brotar, la personalidad de la posición se consolida y esto determina el futuro de cada concatenación dentro del juego.

En el final quedan claras las condiciones, los movimientos son limitados pero no por eso son sencillos, el rey de cada reino toma protagonismo en la batalla y encuentra apoyo en una generación joven de peones con hambre de crecer. El deber impera y las decisiones tomadas tras el trayecto experimentado tienen un mayor respaldo y a su vez, las consecuencias son de la misma magnitud. El desgaste se hace notar, y el cansancio se vuelve dominante al momento de desear terminar, por fin, con la agonía; propia o ajena…

Se materializa toda una secuencia de hechos que han tenido lugar en una historia construida por un solo ser, responsable de los antecedentes que han desembocado en el desenlace, a merced o a costas del contrincante.

II

Juego de juegos; donde reina la pasión, la creatividad y el intelecto. Los pensamientos, las emociones y los movimientos están a la orden de la mano que presiona el botón del reloj, del choque de miradas, de las predicciones y planes elaborados, de los falanges temblando, todo converge en la guerra que, inevitablemente, tendrá lugar en 64 territorios inexplorados.

Producto de la mente humana, es lo más cercano a la barbarie de probar la sangre sin causar ninguna herida, funciona como una catarsis íntegra o una tensión acumulada y potenciada. Se libra una batalla con distintas fases, priorizando la estrategia y la táctica, pero por encima de todo, la victoria.

Es enseñar y aprender, desarrollarse, planear, luchar por objetivos, agudizar la intuición, es una metáfora, es mezclar entretenimiento con angustia, profundizar, es sucumbir ante los temores o superarlos, ser sometido por los sentimientos o adaptarse, proteger las debilidades y explotar las ventajas, superar las adversidades, es identificar situaciones potencialmente idílicas, aprovechar las oportunidades, hacer sacrificios con tal de crecer, empatizar, es impregnarse del ambiente y hacer de las dudas un camuflaje, es sentir, pensar y mover, y aunque la vida no sea tal cual una guerra, también es vivir.

Axioma que tiene lugar en la realidad y en el tablero con un apretón de manos, inaugurando una conexión física, mental y espiritual entre dos seres que representan un mundo y su composición.

Una obsesión, un juego, un deporte, un pasatiempo, una analogía. El ajedrez entrelaza a dos entes que han sido responsables tanto de su vida como de sus movimientos dentro del tablero, se conocen danzando entre ideas y nadando bajo los pensamientos del otro, en ese momento en que el tiempo fuera del temporizador se detiene, se compenetran sus espíritus de lucha y sus interacciones neuronales; se comprenden gracias a un idioma propio del ajedrez.

Es para todos y aplicable en una infinidad de contextos. Sorpresivamente, se puede aprender de la vida jugando al ajedrez; la toma de decisiones tiene un papel protagónico en ambos sentidos, el conocimiento de las causas y las consecuencias, la adjudicación propia de la responsabilidad, se aprende a resolver problemas concretos, a pensar de manera flexible y a encontrar soluciones creativas, se ejercita el pensamiento en sus múltiples facetas y la inteligencia emocional en algunos aspectos, puede funcionar como distractor y alivio de las preocupaciones, evoca sensaciones placenteras al percibir la complejidad, lo profundo y lo majestuoso de un acontecimiento, exalta la pasión y se encarna en la vida de las personas e incluso, en la historia de la humanidad y algo que va más allá de la rivalidad o de lo competitivo, a respetar al rival sin importar sus condiciones, porque como se suele decir, al final del juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja.

-Ulises García

miércoles, 17 de abril de 2019

Acero

Cuando somos niñas
nos dan muñecas y dicen
“debes ser así”
bonita
flexible
silenciosa
y así crecemos creyendo en fantasías
nos enseñan que nunca seremos tan perfectas como ellos quieren.

Cuando ya no somos niñas
pero aun no somos mujeres
nos dan rastrillos y dicen
“pasa esto por toda tu piel”
aprendemos que nuestros cuerpos están mal
y cuando nos cortamos tratando de raspar el sentimiento de inadecuación
ellos actúan sorprendidos.

Cuando somos mujeres
nos entregan vergüenza y dicen
“Toma, es para que la lleves a todos lados”
así que la usamos alrededor de nuestros cuellos
como una bufanda
y las proclamaciones furiosas que van hacia nuestra garganta
se mantienen atrapadas justo debajo de la lengua.

Pero yo no estoy hecha de porcelana
llévense sus muñecas
no estoy hecha para romper
tomaré los rastrillos que me dieron y los usaré
para quitarme la vergüenza del cuello
porque estaré maldita si
“mujer”
Y “vergüenza”
son sinónimos.

Seré parte de la generación que le de a las niñas acero
y diga
“sé así”
fuerte
inalterable
brillante.
Ellas crecerán viendo que no tienen que doblegarse ante nada,
que si alguien trata de romperlas ellas no permanecerán en silencio
la generación que le enseñe a nuestras niñas
que ellas fueron hechas para resistir tormentas,
y no le pertenecen a nadie.

Por @janethplazola

martes, 9 de abril de 2019

Quise desaparecer.

J. Lykaios. 


Quise desaparecer y deje de escribir.

Por las noches la luna ya no bajaba a sentarse en mis renglones.

Mi lápiz ya no escupía polvo de estrellas y el borrador dejo de sanar mis heridas.

Quise dejar en blanco las páginas, pues tenía miedo de que alguna vez alguien pudiera encontrarme escondido tras el punto final de una de mis historias, o en la coma que separaba mis recuerdos.

 Cerré mi libreta para no sucumbir ante la tentación de imprimir sobre su piel el lastre de mi alma que se colgaba hasta morir en cada línea.

Quería desaparecer y para ello debía borrar mis huellas y caminar ligero, para no dejar nuevas marcas a mí pasó.

Así que decidí quitarme los zapatos y avanzar descalzo.

Pero mis pies sangraban tinta, me costaba moverme sin dejar a mi paso letras que se encargaban de recordarme el fatídico lazo que me unía a un mundo que palidecía de tedio y miedo.

Pero cuanto más me alejaba, más extenso se volvía el rastro tras de mí y más temprano que tarde mi pecho se abrió y de él brotaba con furia una hemorragia de realidad.

Nadaba en sus rojas aguas la luna que había bajado con la promesa de sentarse en mis renglones. Más allá se deslizaban con disimulo los colores del amanecer, aquel del que no hable con nadie.

Quise desaparecer pero fui herido de realidad, enferme cuando cerré las puertas de mis mundos ulteriores. En ausencia del borrador, el polvo de estrellas infecto mis heridas.

¿Qué había salido mal? Siempre había tenido la idea de que escribía por miedo al olvido y a la extinción.

Mis letras eran huesos esperando a ser descubiertos por algún habido paleontólogo de biblioteca, de esos que no temen aventurarse en terreno desconocido.

La práctica siempre supera a la teoría, así como la realidad a la fantasía.

Enferme. Me indigeste por tantas lunas devoradas, la náusea me  sabía a amaneceres no contemplados.

Había callado tanto tiempo ante mis cuadernos que comencé a padecer por todo lo que había guardado en mis adentros.

Y fue entre los delirios de aquella terrible enfermedad que, irónicamente, tuve la mejor de las clarividencias.

La imagen puede contener: dibujo
By: Andrés Ramírez.  https://www.facebook.com/Creep-Not-Dead-2220391728228373/
No escribía en busca de la inmortalidad, no buscaba que los amigos de mis nietos conocieran mi nombre en alguna biblioteca, cuando me encontraran entre los demás libros de una mesa de “gratuitos”.
Mis palabras siempre habían tenido otro destino y ahora lo conozco.

Nunca escribí para que mis cuentos fueran altares y mis libros templos de culto. Nada más alejado de la verdad que eso.

Mis letras anhelaban la levedad y las frías caricias de las alturas, mi lápiz cual navaja se deslizaba sobre mi cuaderno para degollar al sujeto que en ese momento escribía.

Un suicidio simbólico, una muerte informal. Pequeño paliativo para el infierno terrenal.
Ahora lo tenía claro; quise desaparecer y comencé a escribir.

Afile la punta de mi lápiz y comencé a clavar la piel 97% blanca de mis hojas y con cada palabra buscaba con desespero contar el cordón que me unía al mundo que hasta ese momento albergaba en mi interior.

Escribí para huir; me abandonaba a mi mismo tras los renglones que ahora eran barrotes de una jaula que encerraría mis quimeras emocionales, dejando que se devoraran una a la otra hasta el cansancio para dejar de llevar mi rostro.

Ante la ausencia de una muerte real, escribir fue el único aniquilamiento que encontré para el peso del mundo que en mi pecho crecía.
Así que hoy por la tarde me decidí y volví a escribir algo que dice así:

“Quise desaparecer y deje de escribir”.



lunes, 8 de abril de 2019

Del otro lado del abismo.


Eder Barajas
Llegó en silencio, se abrió paso entre las personas que estaban en la entrada del salón, su apariencia desaliñada, el cabello desacomodado, pantalón desgastado, y sucios tenis de lona, no pasaron desapercibidos entre los trajes y corbatas. Algunas miradas lo siguieron durante su paso por el salón hasta que se detuvo frente a ella. De la bolsa de su pantalón sacó dos hojas de papel arrugadas y escritas por ambos lados, se le acercó lo suficiente, como para asegurar que fuera a escucharle y comenzó a hablarle en voz baja, mientras algunas miradas no se apartaban de él.

Hola querida amiga… Me imagino que te sorprende mi presencia después de tanto tiempo, después de haberme alejado poco a poco de ti, hasta casi desaparecer por completo. Sin embargo, no quería despedirme otra vez así, a escondidas y en silencio. Había tantas cosas qué decir pero prefería guardarlas. Tú mejor que nadie sabe la dificultad que tengo para hablar sobre mis sentimientos, tal parece que en mi cabeza hay un abismo entre mi hemisferio izquierdo y el derecho. Creo que el tiempo te ha dado la razón y tal vez sí estoy un poco loco.

Hace mucho tiempo, durante aquellas inolvidables reuniones con los viejos amigos —he de confesarte que han sido muchas las veces que los he añorado, ¿cómo olvidar aquél picnic en la orilla del lago o las risas que nos provocó aquella película de terror que tanto te asustó?—, uno de ellos me confió las preocupaciones e incomodidades que te causaba mi persona. No supe si creerlo o ignorar sus palabras, pero la duda ya no me dejó en paz, así que empecé a observar los detalles y traté de dejar de ser tan distraído. Aun estando todo el grupo reunido en la clase del taller de fotografía en el que nos conocimos, mi atención se centraba en ti, ¿recuerdas? Para mí era divertido confrontar tus ideas conservadoras y que tú lo hicieras con las mías tan liberales, en más de una ocasión provocamos las carcajadas de todos con nuestros disparates. Ya ves, no se cumplieron tus profecías y nunca me castigó Dios, ¿o sí?

Nuestras diferencias hacían que nuestra extraña amistad fuera mejor, tal como tú lo decías. Yo confiaba en ti, aunque hubo un tiempo en que dudé que tú lo hicieras conmigo. Gracias a ti volví a sentirme bien con cosas más pequeñas y, tal vez, insignificantes. ¿Cómo no iba a buscar la forma de decirte “contigo me siento bien” si toda la capacidad de mi agrietado corazón para sentir cariño y aprecio por alguien se volcó sobre ti? Tal vez fue culpa de todo ese tiempo que pasé desconfiando de los demás y tratando de reprimir cualquier sentimiento.

Siempre profesamos divertidos que entre nosotros había una química especial y que en el fondo compartíamos algún tipo de locura. Contigo sentía la libertad de ser yo mismo, de cometer travesuras, expresar y compartirte sin ningún prejuicio mis temores, penas, alegrías, planes y frustraciones, y sigo creyendo que contigo pasaba lo mismo. Recuerdo que desde el primer momento me sentí bien junto a ti. Aunque nunca te confié que en ti me encontré con el pasado; tú hablabas, reías, discutías, bromeabas y te comportabas igual, pero al mismo tiempo eras completamente diferente a todo aquello. Así es, amiga, mi trato especial hacia ti desde los primeros días de haberte conocido era porque yo sentía que te conocía desde antes. No, no pienses mal. Yo nunca quise reemplazar aquella figura ni tampoco repetir el pasado. Esto era algo completamente diferente.

Aquella voz me confió que te molestaba mi forma de ser tan estúpida y alocada, que viviera como si no me importara nada, diera la apariencia de ser un patán y que yo no hiciera nada por cambiar esa imagen. Que lo peor de todo era que tus padres te habían llamado la atención porque un amigo de la familia les había dicho que tenías relación con un muchacho “no muy apropiado”, se opusieron a que me siguieras frecuentando y te pidieron que escogieras mejor tus amistades. Me dijo que buscarías alejarte de mí de una manera sutil y tal vez ya no te reunieras más con nosotros. Tú sabías mi opinión contra las apariencias, así que aquello me cayó como una cubeta de agua fría. Después de tanto tiempo, eso era lo opuesto a todo lo que yo había pensado de ti, sin embargo empezaban a tener sentido algunos de tus actos o yo, con mi desconfianza, ya empezaba a ver alucinaciones. Parecía que nada era lo que yo creía y debo confiarte que la decepción fue enorme. Mi ego nunca me permitió preguntarte si aquello era verdad, pero al ser aquél uno de tus confidentes no se me ocurrió dudarlo. Recordé que una vez, en un momento en el que nos invadió la melancolía, me dijiste que no eras lo que yo pensaba y no le di importancia porque tú tampoco sabías lo que en realidad eras para mí.

Poco después fui yo el que empezó a alejarse. No sé si fue porque me sentí decepcionado o con el orgullo lastimado, lo que sí te puedo asegurar es que te quería a tal grado, que lo que menos quería era afectarte, buscarte algún problema, provocarte sentimientos negativos o lastimarte. Siempre he pensado que cuando uno quiere a alguien es muy fácil y cómodo prometerle estar siempre a su lado, eso no implica ningún sacrificio, ¿pero quién podría, en lugar de ello, prometer alejarse o simplemente desaparecer? Sí, sólo un loco o un tonto. 

Empecé a faltar a nuestras reuniones, hasta que llegó el día que me mudé a otra ciudad sin avisar ni despedirme. Recuerdo que aquella vez que te mencioné que me gustaría irme a recorrer el mundo en libertad, me dijiste que nunca me fuera, que me quedara para siempre contigo y yo te prometí que siempre estaría junto a ti. No fui capaz de cumplir mi promesa.

Durante ese tiempo publiqué aquél libro del que tanto te hablé y que soñaba con escribir, para mi sorpresa tuvo aceptación en otros países aunque aquí casi no. Dudo que alguna vez lo hayas leído. Muchas veces estuve tentado a convertirte en la heroína de alguna de mis historias; si no fuera porque te prometí que nunca escribiría algo sobre ti, ya lo hubiera hecho. A decir verdad, si escribí varias, pero siempre terminé rompiendo las hojas por esa promesa. Después de la publicación, por fin pude visitar aquél lugar en Sudamérica con el que soñábamos; me hubiera gustado poder llevarte, tal como lo habíamos planeado, aunque hubiera sido imposible que tus padres te dieran permiso si te hubieran visto alguna vez conmigo. Doy la impresión de no ser lo que las señoras quieren para sus hijas, ¿recuerdas? Bien dijiste en un ataque de rebeldía que era más fácil que te ayudara a escaparte a que te dieran permiso y hasta planeamos cómo saltarías por la ventana.

Si tan sólo hubieras estado ahí. La altura en las montañas y la arquitectura de las antiguas construcciones en ruinas de ese lugar son más impresionantes y hermosas en vivo que en aquellas fotografías que veíamos juntos. Voy a alimentar tu vanidad confesando que te extrañé como loco en aquél viaje, sobre todo cuando la luna se posaba sobre las montañas. Recuerdo cuando te obligaba a que la viéramos juntos sentados en la vieja banca, me repetías una y otra vez que te disgustaba esa maldita luna llena, mientras que a mí me parecía fascinante.

A mi regreso, en otra ciudad del país me encontré con aquél viejo amigo y me dijo que habías caído un poco enferma, sentí el impulso de regresar e ir a visitarte, pero ya conoces mi estúpido orgullo: “cuando le doy vuelta a la página, cambio de historia”. Le dije que eso ya no era asunto mío, aunque por dentro estaba que saltaba por saber qué pasaba contigo. Él se indignó y me dijo que los amigos estaban juntos en las buenas y en las malas. No sabes cómo me arrepiento de haberle dicho que yo no sabía si en realidad tú y yo seguíamos siendo amigos y haberle pedido que cambiara de tema, fingiendo que no me importaba. Nunca antes lo vi tan molesto conmigo como ese día. Hoy sé que él siempre estuvo junto a ti y los demás amigos siempre estuvieron al pendiente. Esa noche no pude dormir.

Sabes, siempre me he reprochado no haber podido cruzar ese abismo, nunca saltar, haberte buscado y compartir contigo mi colección de experiencias y sentimientos guardados. Pero ahora tú estás del otro lado de otro abismo, uno tan profundo que no tiene fin.

No vine a pedirte perdón porque ya sé que es tarde para eso, sólo quería verte por última vez y decirte que tú has sido la mejor locura que me ha pasado. Tal vez algún día nos encontremos en otro lugar, tal vez entonces no me quede en la orilla y me atreva a cruzar el abismo sin miedo a saltar y perderme en el vacío.

Guardó silencio mientras la miraba fijamente, estiró su mano e intentó acariciarle el rostro pero el cristal del ataúd se lo impidió, se frotó los ojos para evitar que cayera una lágrima que amenazaba con deslizarse, apretó en la mano las hojas de papel que nunca desenrolló y se dirigió a la salida justo cuando un grupo de familiares de ella se disponía a acercarse para pedirle al desconocido un poco de respeto para el dolor de la familia. Yo me aflojé la corbata que cada vez me estorbaba más y me desabroché el saco. Desde lejos, confundido entre la gente, no había perdido detalle. Volteé hacia el otro extremo del salón, por donde entraba nuestro grupo de amigos que regresaban de la pieza contigua, donde habían estado descansando en una pequeña sala. Por un momento dudé en ir al encuentro de ellos o detrás de él. Corrí a alcanzarlo, pero cuando salí él ya estaba llegando a la siguiente cuadra, donde abordó un taxi mientras arrojaba a la calle las hojas arrugadas que había hecho bolita y mantenido apretadas en su mano. Lo que había en ellas me permití transcribirlo aquí, pero estoy seguro que eso no fue lo que realmente le dijo cuando estaba junto a su cuerpo inerte.

Él cumplió su promesa y, aunque escribió mucho, nunca publicó nada sobre ella ni el remolino de sentimientos que llevaba por dentro, sin embargo yo no prometí nada a ninguno de los dos y por eso, tantos años después, me atreví a escribir esto. Además, mi amistad con ese viejo loco y solitario ya está más allá de cualquier reclamo. Yo estuve con ella hasta el final, en nuestras pláticas casi siempre lo mencionaba pero nunca fue tan expresiva y efusiva como cuando estaba junto a él. No dejaba al descubierto si en realidad lo quería, le daba igual, lo extrañaba o lo odiaba. Aunque ella no lo dijera, yo sé que siempre estuvo esperando su regreso. Y ahora, después de tanto tiempo, con toda certeza puedo asegurar que en realidad sólo ellos dos habían comprendido su extraña relación y compartido su misma locura. Sé que habían estado del mismo lado del abismo.

jueves, 4 de abril de 2019

Así en el Empíreo, como en el Cocito.

-Calixto Gama.

En esta realidad, la nuestra; hay leyes que percibimos erróneamente, son tomadas como ilusiones, engaños. En el entrelazamiento cuántico, aun cuando dos cosas estén separadas en el tiempo y el espacio, el cambio de una afecta a la otra. Unidas y separadas a la vez.

Lo que está abajo es como lo que está arriba, lo que está arriba es como lo que está abajo. Ambas partes son el mero resultado de las palabras de aquel que es uno, así todas las cosas fueron creadas a imagen de ese uno, del todo.

Su poder es fuerte si se transforma en tierra y en agua, en los ingredientes para la vida. La Tierra está separada del Fuego, lo corpóreo de lo etéreo. Cuando se unen, el resultado no es ni uno ni otro, sino un tercero, el fuego líquido.

Entre todos los hijos de la vida, como maldición quizá, aparece el hombre; un ser, que como los otros, refleja en su interior aquel inmutable arquetipo del todo. Por lo tanto si logra conocerse a sí mismo podrá conocer el cosmos que habita.  Y sólo una vez que el individuo se ha percatado de sus carencias, su ignorancia y su odio; transmuta su ser para tener un acercamiento a lo omnisciente, a lo omnipotente, a lo eterno.

Será entonces un espejo diferente del universo. Se habrá transformado en otro individuo. Encontrará la saciedad del desconcierto terrenal en el encuentro con su esencia, la esencia del Uno, del Todo, podrá ingresar en él, y una vez más, para formar parte de él. En definitiva, llegar a ser la totalidad que ya fue, que se es y que se será.

Incuestionamientos

Los signos tienen un sentido, Las preguntas un propósito, Las dudas un misterio, Los adivinos un secreto. Hay que empezar a pensar y a cuest...