Eder Barajas
Yo la miraba con atención, sin poder
despegar la mirada de sus ojos, de su sonrisa, de cada uno de los gestos en su
rostro que me encantaba. Fingía, según yo muy bien, que escuchaba con atención
lo que ella hablaba frente al grupo. Estábamos en tercero de secundaria y por
su culpa a mí me gustaba ir a la escuela, es más, hasta me bañaba en las
mañanas. Yo me extravié escuchándola hablar y me alejé de la realidad hasta
llegar al fondo de mis fantasías. La miraba sin escuchar, el aula perdió sus
dimensiones, habían desparecido espacio y tiempo como muchas otras veces que me
había sorprendido fuera de mí, sintiéndome muy cerca de ella estando tan lejos,
acariciando su rostro con mi mirada.
La maestra me sacó de mi viaje mental
cuando me atacó con un aguijón, como si repentinamente me diera un pellizco de
los que tanto me molestan. Me lanzó la pelotita caliente con la que yo hacía malabares
para intentar contestar, las ideas me llegaban y luego se alejaban, turbulentas
y revueltas como olas en el mar durante la época de lluvias. Mis pensamientos
iban y venían, arrastrando con violencia agua turbia, arena, escombros y
desechos. ¿Por qué me había preguntado a mi sobre lo que hablaba Anita? ¿Por
qué a mí, si siempre preguntaba a los que no ponían atención y yo había fingido
muy bien que la escuchaba concentrado? Aunque la realidad era que toda mi
atención se había posado en aquella niña con falda a cuadros hasta las
rodillas, de piernas creo que más bien flacas, blusa blanca con botones, cabello
mal peinado y un mechón revoltoso que constantemente cubría su cara e impedía
la visibilidad de la parte izquierda de su rostro desde la frente hasta la
mejilla. Yo tenía bien grabada la imagen de ella haciendo un movimiento
gracioso mientras apartaba el puño de cabello que cubría sus ojos, su cara
quedaba despejada un instante y después el racimo de cabello encontraba su
lugar una vez más, cubriendo parte de su mirada.
—A ver Andrés, al parecer pusiste
bastante atención ¿Qué me puede decir de lo que acaba de hablar su compañera?
Dígame con sus propias palabras lo que ella nos acaba de explicar —me indicó la
maestra. La respuesta no encontraba acomodo en donde deberían estar las ideas,
no encajaban las palabras en donde no había ninguna frase. No sabía qué decir
porque no había escuchado nada como otras tantas veces.
Los colores se me subían, el silencio se
sentía como la densidad de la neblina que en las mañanas cubre los cerros que
se ven desde el patio de la escuela, aprovechando que está en lo alto del
pueblo. Allá se ve una nube de algodón pasando la laguna, junto al Cerro de
Peñas. La niebla cubre el pie del cerro de La Piedrera, va comiéndose a su paso
los pantanos cercanos a la laguna, avanza por las parcelas de Las Casas y por
los plantíos de tabaco y las siembras de maíz, sorgo y frijol. Se pierden de
vista las vacas y caballos en los potreros, van desapareciendo los cerros poco
a poco, junto con el azul lejano de la Sierra de Álica, hasta que se pierden y
se esconden como lo hizo mi respuesta.
Todas las miradas pesaban sobre mí, me
señalaban como si me acusaran, sentía que los pares de ojos se multiplicaban y
que mi cabeza se llenaba con la neblina de la montaña. Miré a Anita y le sonreí
apenado.
—No
sé —le contesté a la maestra, provocando algunas risas y burlas entre mis
compañeros.
La maestra se limitó a sonreír, pues se
había dado cuenta de lo que me había pasado y, al parecer, quiso darme una
lección exhibiéndome ante los demás, pero no había necesidad de hacerlo, pues
todos sabían lo que me pasaba. La maestra apuntó en otra dirección y atacó con
otras preguntas, las caras de burla ahora se convertían en una máscara de
angustia, enredados entre la maraña de sus propias palabras que intentaban
contestar las preguntas que ahora los acosaban. Yo no me reí de ellos porque ya
sabía lo que se sentía estar en su lugar.
Anita se dio cuenta de mi alivio cuando
las preguntas tomaron un rumbo distinto al de mi lugar; ella se daba cuenta de
todo lo que me pasaba, pero fingía ignorarlo. Ya la había descubierto en varias
ocasiones mirándome como yo la miraba y, al igual que yo, ella también volteaba
hacia otro lado cuando se sentía descubierta, como si nada pasara. Descubrí ese
juego desde hacía tiempo. Llevábamos muchos años en el mismo grupo, desde la primaria.
Recuerdo que hacíamos trabajos juntos en la escuela y tareas en su casa, y yo
me sentía entre las nubes sólo con verla, había algo que se arremolinaba dentro
de mí y me hacía sentir bien. Yo sólo tenía que mirarla. Podría haber pateado
la luna y unas cuantas estrellas de tan alto que me ponía a volar y de la
alegría que sentía cuando estaba junto a ella.
Entre la algarabía y la discusión
provocada con las preguntas de la maestra llegó la hora del recreo. Anita,
Lupita, Sara, José “El Pollo” y yo
acostumbrábamos sentarnos en la banqueta del salón, frente al asta de la
bandera, a comer las frituras y beber los refrescos que comprábamos en la
tiendita de la escuela. Entre bromas y juegos, el tiempo se escapaba. Nosotros
ya no jugábamos con los demás porque ya éramos de los grandes, ya estábamos en
tercero y, además, los más chicos actuaban como niños todavía. Bueno, eso nos
decían nuestras amigas y hacían que El
Pollo y yo nos sintiéramos muchachos grandes.
El Pollo se juntaba con nosotros porque a él le
gustaba Lupita; Lupita era la mejor amiga de Sara, y a Sara le gustaba El Poll,o pero nunca se lo había dicho a
nadie, aunque no era algo difícil de adivinar. Anita era prima de Sara, y El Pollo y yo éramos amigos desde niños;
él vivía frente a mi casa. Desde que éramos chiquillos compartimos juegos de
trompos y canicas, juntábamos y coleccionábamos las estampas que salían en las
frituras y galletas, aprendimos a jugar futbol en el mismo equipo y cuando
éramos más chicos nos agarramos a golpes cientos de veces. Ahora compartimos
visitas a la casa, la plática, confesiones, consejos, dudas y secretos. Poco a
poco hemos aprendido a vivir y aún seguimos aprendiendo mientras echamos a
perder.
Todos fingíamos que no pasaba nada, que
no sabíamos lo que sucedía con los demás, aunque en realidad sabíamos todo
sobre todos. Si no podíamos guardar nuestros propios secretos, menos los de los
demás. Lo que uno le confiaba al otro, este otro se lo contaba alguien más y,
al final, los cinco nos enterábamos de todo con el típico “pero no le vayas a
decir a nadie, eh”.
Anita era la más inteligente del salón y
también muy callada, mientras que Sara y Lupita eran más escandalosas y
gritonas, siempre creí que era porque querían llamar la atención. A Anita sus
papás le compraban muchas cosas para la escuela, ella siempre tenía lápices,
plumas, sacapuntas, reglas y los cuadernos y mochila más bonitos. Casi siempre
eran color rosa, con estampados de princesas y esas cosas de fantasías. Le
gustaban mucho los detalles. Ella acostumbraba jugar con su lapicera favorita,
la que tenía unos corazones. Tenía la manía de morderle la tapa, la llevaba de
una mano a la otra o me pegaba con ella
mientras reía y yo fingía que me molestaba, pero la realidad era que ese juego
me encantaba, me gustaba ser el centro de su atención.
A ellas les gustaba hablar sobre las
telenovelas, pero al Pollo y a mí nos molestaba y nos aburría esa plática.
—Las novelas son para las mujeres,
tienen historias muy tontas y ridículas, siempre se la pasan llorando y no son
realistas. A los hombres nos gusta el futbol o el box —les decíamos una y otra
vez. Y no es que fuera algo que se nos hubiera ocurrido a nosotros, sólo
repetíamos lo que mi papá le decía a mi mamá cuando ella se apoderaba de la
tele y él quería ver un partido de futbol en la casa. Nosotros lo imitábamos
para sentirnos hombres grandes, pero la realidad era que preferíamos ver las
caricaturas. Y la realidad también era que mi papá siempre terminaba yendo a
ver el partido con el vecino, a la casa del papá del Pollo.
Esa ocasión, mientras Anita comía sus
papas fritas nos contaba que sus papás estaban enojados porque a su mamá se le
quemó la comida por estar mirando la telenovela, su papá se enojó, le apagó la
tele y ella también se molestó con él porque ya eran los capítulos finales.
—Y tan buena que quedó —dijo Sara—. Luis
Fernando, el protagonista de la novela, ya descubrió que don Rodolfo, el
villano de la historia, en realidad es su papá y que su esposa Roberta, ¡ay
cómo la odio!, le es infiel con su propio hermano.
—Y la tonta de Milagros, la
protagonista, haciéndose a un lado para que se casara con Roberta nada más
porque estaba embarazada. ¡Y el chiquillo ni es de él, es de su hermano! —comentaba
emocionada Lupita.
—¡De todos modos ya saben cuál va a ser
el final! —interrumpimos en coro El Pollo y yo, pero ni siquiera nos
escucharon.
Una vez papá dijo enojado que la
televisión y las novelas un día van a dejar tonta a mamá, y mi hermano mayor,
que por cierto tenía unas ideas muy locas, dijo despacito que nada más servían
para apendejar a la gente jodida. Yo no entendí lo que quiso decir porque
estaba viendo un programa especial de futbol del equipo América, el que más
estrellas contrata en el país. Ese es mi equipo favorito, pero El Pollo le va a
las Chivas de Guadalajara, el más popular porque todos sus jugadores son
mexicanos. Dice que se siente orgulloso cuando salen en la tele con sus mejores
jugadas y saber que todos son de México.
Creo que mi hermano estaba influenciado
por “El carnal”, un señor muy raro que tenía poco viviendo en el pueblo y le
pusieron ese apodo porque cuando te encontraba te decía “quihubole, carnal”, “¿qué
pasa, carnal?”, “buenos días, carnal”, “¿cómo estás, carnal?” A todo mundo nos
decía carnal. A mis amigos y a mí nos daba un poco de miedo porque era muy
extraño. Vivía solo, escuchaba música loca en inglés, tenía un tatuaje en un
hombro, el cabello largo, chino y abultado, tocaba una guitarra muy vieja,
vestía ropa extraña, de “jipi” decían
en el pueblo, y contaban que en su casa tenía muchas revistas y libros regados
por todos lados. Decían que a lo mejor hacía brujería y que hablaba con el
diablo. Más de una vez me fui corriendo antes de encontrarlo por la calle
porque decían que estaba así de loco porque fumaba marihuana. Todos los chicos
lo veíamos con cierta desconfianza por lo que se decía de él, aunque nunca se
metía con nadie. Mi hermano se pasaba horas platicando con él y mis papás lo
regañaban por hablar con ese marihuano.
Las chicas seguían con su plática de
telenovelas y yo le quité la pluma a Anita cuando me pegó con ella, me la puse
sobre la oreja como lo hace mi tío Manuel, el que es albañil y así se pone su
lápiz cuando está marcando los muros. Me levanté de donde estaba sentado para
ir al baño.
—Ahorita vengo, ya me enfadé con sus
novelas —les dije.
Entré al baño y me acerqué al mingitorio
que, para variar, no estaba aseado y una hoja de papel doblada con un mensaje
escrito que no se alcanzaba a distinguir porque las letras estaban en el lado
interior de los dobleces, bloqueaba el desagüe. La mezcla de orina y agua se
iban consumiendo muy lento debido al tapón de papel. Incliné un poco la cabeza
para verlo e intentar leer lo que tenía escrito y… ¡trágame tierra! La lapicera
resbaló de mi oreja y cayó insertada en el papel, entre la orina maloliente.
Sentí que el mundo se hundía entre el líquido asqueroso y que se abría una
grieta enorme que estaba a punto de tragarme. No podía meter la mano para sacar
la lapicera que se había hundido en el fondo de esa suciedad y, aunque me
atreviera, ¿cómo se la iba a entregar así a Anita?
Con mucho trabajo vencí el asco para
poder sacar la pluma que quedó entre el papel, la levanté y el papel se vino
pegado a ella mientras todo el líquido acumulado se iba por el caño. La sacudí,
el papel cayó al suelo y enseguida pude leer lo que tenía escrito: Puta madre.
Seguramente alguno de los chicos más vagos lo había escrito y pensé que
seguramente él sabía lo que me pasaría, porque a pesar de que mis papás no
permitían que dijera groserías, exclamé con tanta fuerza y vehemencia, casi con
un grito en el interior de mi cabeza mientras leía el mensaje: ¡Puta madre!
Lavé la lapicera lo mejor que pude,
considerando que en el baño de la escuela casi nunca había jabón, a veces quedaba
un poco de detergente que el conserje utilizaba para lavar los sanitarios, la
sequé y me aseguré que no oliera mal. Me dirigí al grupo de amigos que se
habían quedado en la banqueta. Nervioso, aún sin poder creerlo, le entregué la
pluma a Anita y entramos al salón. Durante el resto de las clases no voltee a
verla por la pena, me resistía a hacerlo por temor a que me fuera a descubrir y
se enojara conmigo. En los últimos minutos antes de salir de clases no pude
resistir más y la atracción que ejerce sobre mí y la forma tan fácil en que
vence mi resistencia se vieron reflejadas en ese instante. Giré mi cabeza y me
encontré con una escena que no había previsto cuando salvé su lapicera en el
baño, pues me olvidé de su manía: ¡Anita estaba mordiendo la tapa de la
lapicera tal como era su costumbre! Me miró y sonrió. La tierra no sólo se
abrió a mis pies y trató de tragarme, por la sorpresa abrí los ojos lo más que
pude, enseguida los cerré bien apretados y me arrojé yo mismo al abismo…
Recuerdo que aquello sólo se lo confié
al Pollo, que acaba de terminar su visita a mi casa junto con sus dos hijas y
después de recordar la anécdota, entre carcajadas me contó que él tampoco se lo
dijo a nadie. Los veo alejarse cuesta abajo, por la calle Quiroga con su
empedrado nuevo, mientras pienso que aunque ya hace mucho tiempo de eso, es
algo que sigo recordando divertido y no puedo evitar sonreír.
Ana está en la sala de la casa mirando
su telenovela favorita y mientras mordisquea el borrador del lápiz de su hijo
Carlitos me pregunta:
—¿De qué te ríes?
—Cuando uno se ríe solo, es porque se
acuerda de sus maldades —le contesto, como en otras tantas ocasiones que me
pasa lo mismo, cuando me quedo retraído recordando mis anécdotas y travesuras y
una repentina sonrisita de burla aparece en mi rostro.
Mientras sigo
sonriendo, ella me hace un gesto de enfado y sigue jugando con el niño. Cuando
veo que está a punto de la molestia siempre termino contándole mis historias,
excepto ésta. Sé que algún día se enfadará de más y tendré que contarle la
anécdota que tengo guardada. Ante mi risa fingirá que está muy enojada conmigo
y, tal vez, me pegue con uno de los lápices de Carlitos, como acostumbra
hacerlo mientras le ayuda a hacer su tarea. Espero que al final se ría junto
conmigo, recordemos aquellos tiempos y entre juegos nos acostemos juntos en el
sillón de la sala a ver su telenovela favorita. Porque, aunque no lo crean, los
señores a veces también vemos las telenovelas, nos emocionamos y por un momento
nos olvidamos del futbol.