lunes, 25 de junio de 2018

LA SINFONÍA DE CARONTE.

-Calixto Gama.

Hoy, en los vacíos callejones de  reino cuyo nombre a través de los años se perdió, temblorosas voces, sollozos implorando perdón, todos los presentes saben lo que ocurrirá. "Tráiganme 60 niños de no más de 9 años" fue la orden de su majestad y los legionarios a su mando cumplieron así el mandato.

Las cadenas y grilletes en sus pies no les permitían avanzar a la velocidad a las que les demandan. En momentos algunos caían desmayados por la extrema fatiga y tras ello eran arrastrados por los demás como si fueran un tramo más de las cadenas, heridas grotescas se formaban en sus piernas y rodillas.

Entonces llegaron a ese lugar... podía verse la expresión de asombro en los párvulos rostros. Era la primera vez que esos niños veían de cerca el salón Abbaddon.

Portones gigantes de marfil se abrieron ante su llegada, el temor se disparaba en los niños y en sus madres, como si de fuego en sus pechos se tratase. Al fondo del lugar, en su trono, el rey Oberyn.

—Los niños primero. Sus madres detrás — ordenó un soldado de armadura blanca.

Un sol maduro caía a sus espaldas, el viento frío soplaba con intensidad.

Las puertas se cerraron cuando todos estaban adentro; entonces, ahí mismo, entre terror y lágrimas, se escuchó un melifluo rasgar de cuerdas. Un violín en las manos de un niño que tocaba una sinfonía tan estética, tan perfecta, con tanta bravura, que logró que todos girasen al unísono la cabeza: verdugos y caballeros, jinetes y caballos, madres e hijos y también el rey Oberyn, que mostró una sonrisa ante lo que escuchaba y señaló con sus dedos al pequeño violinista.

Dos hombres de armaduras rojas tomaron sus hachas y avanzaron mientras lo hacían: cortaron las cadenas del niño ignorando los pesados e incómodos grilletes en los tobillos; un tercero de armadura negra y oxidada lo tomó del cuello y viró sus ojos al rey, esperando la siguiente orden.

— ¿Qué pasa, Persevoras? Acércalo a  mí —musitó Oberyn.

Como si se tratase de un costal de arena, el soldado cargó al pequeño violinista directo al trono y lo arrojó frente al rey, él niño se golpeó la cabeza bruscamente y de su frente se deslizó un hilo de sangre que bajó hasta sus labios, sin embargo continuó con una expresión muy seria en su rostro mientras se incorporaba.



—Tocas muy bien. Había llegado a considerar que en éste pueblo sólo había músicos y melodías basura, pero esa sinfonía tuya me sentaría muy bien en estos momentos —seguía Oberyn—. ¿Te gustaría el honor de tocar tu violín durante ésta fiesta?

—Su excelencia, el violín del niño se quebró en tres partes al traerlo aquí —irrumpió el hombre a la derecha del monarca.

—Entonces, Kioz, no creo que deba decirte qué hacer.

El caballero sin armadura hizo una rápida reverencia a modo de disculpa. Con pasos firmes abandonó el salón, caminó entre pilares negros, hasta la puerta de una pequeña bodega dentro del salón. Dentro había múltiples objetos hechos de oro y otros bañados en él. Entre esos objetos había un violín, Kioz lo tomó, caminó hacia el niño y colocó el instrumento a sus pies.

— ¿Cuál es tu nombre? —preguntó Oberyn. Ni respuesta ni gesto de parte del pequeño violinista.

—Quizás no escuchaste bien. Dije: ¿cuál es tu nombre? —el monarca mostraba una reacción errática e inmadura contra cualquier muestra de desobediencia hacia él. Realmente el nombre no le importaba.

Chasqueó los dedos; el caballero de la armadura de hierro oxidado avanzó hacia el niño y asestó con todas sus fuerzas un puñetazo en su rostro, el cual abrió uno de sus labios y lo derribó nuevamente.

 —No tan fuerte, Persevoras, hay que mantenerlo consciente —el niño continuaba haciendo silencio, y tanto de sus labios como de su frente brotaba sangre sin cesar.

—No me quedan dudas de que puedo sacar tu nombre de muchas maneras —continuó Oberyn. Alzó su brazo izquierdo y chasqueó los dedos, regresando a la posición inicial.

El verdugo que estaba más cerca, un hombre robusto con la piel llena de tatuajes y la cara cubierta acató, como en clave, las ordenes de su rey. Fue donde las madres estaban encadenadas, sujetó a una del cabello al azar y la arrastró por el suelo, por encima de los escalones hasta quedar frente al violinista y el monarca.
  
 Con mínimo esfuerzo la puso de pie frente al niño, ella lo vio a los ojos y la expresión del infante paó de ser fría a una expresión muy angustiada.

—Hazlo —dijo el rey. Y la mujer fue rápidamente degollada, de su cuello brotaba una cascada de sangre. Se desplomó en el suelo e intentó fallidamente respirar, pues todo el aire escapaba por la repulsiva herida en su garganta.

—Murió por tu culpa, por el orgullo falso que te haces cargar. Hazte un favor, no bañes más tus manos con sangre.

La voz tenue, salió a la luz.

—Mi nombre es Caronte —tomó el violín y el arco en sus manos.

—Por un momento pasó por mi cabeza que este niñato no tenía lengua —Oberyn giró la cabeza hacia Kioz—. Si en un principio se lo hubiese preguntado, tal vez esa puta no habría muerto —soltó una carcajada luego de decir esto.

—La realidad es que no me interesan tu voz ni tu nombre, sólo me interesa que toques. Ahora.

Oberyn sabía con excelente maestría cómo generar miedo por sus absurdas condenas. La voz se correría por su séquito, luego por sus súbditos; desde su pueblo hasta los reinos del otro lado del océano.

—Por filas de diez, una por cada guillotina –Ordenó Persevoras, mientras separaba a los niños de manera imparcial delante de las guillotinas que previamente habían colocado.

Bajo su mentón, Caronte colocó con sumo cuidado el violín, pues parte de su rostro estaba goteando más y más sangre.

Debía apresurarse antes de perder el conocimiento.
  
El prodigio no quiso mirar atrás. A sus espaldas seguían emergiendo llantos desesperados, gritos por crueldad, gritos por piedad.

A ojos cerrados tocó. La sinfonía no lograba opacar aquel momento, Caronte, tocó y nada más. Tal como dagas bajando por sus mejillas, dos lágrimas cayeron y se toparon con sus labios ya abiertos, le causaban un dolor al que Caronte era indiferente.

Las notas altas y bajas que creaba, no dejaban de tener una armonía casi perfecta; las cabezas de los niños eran colocadas en canastas de mimbre y las mujeres gritaban con mucha desesperación. Toda aquella que intentaba avanzar hacia los niños era asesinada.

Caronte puso su mente en otro lugar hasta que ya no había gritos...

Sus parpados, pesados como puertas de hierro. Qué quizás por morbo, quizás por vana curiosidad, separó lentamente como deseoso de ver lo que primeramente quería evadir.

Donde deberían estar niños, donde deberían estar madres, había ahora una pila de cabezas sin cuerpo y cuerpos sin cabezas.

— ¡Su excelencia, rey Oberyn, dueño de todo lo que alcance el sol y la luna, tenía toda la razón! — Exclamó Persevoras, gustoso — ¡La sinfonía de Caronte hizo de este momento una magnífica obra teatral!

Kioz apretó los dientes y bajó su vista ligeramente, los múltiples destinos que le depararían al niño a partir de ahora revoloteaban en su cabeza.

Caronte, con los hombros cedidos al peso de la desesperanza, contemplaba el fruto de una mente atrofiada y psicópata.

—Claven las cabezas en estacas fuera del salón.

—Su majestad, disculpe, ¿una cabeza por cada estaca? —preguntó un legionario bajo la plataforma.

—No, claven a lo largo cada cabeza que alcance —Replicó Oberyn.

— ¿Qué desea que hagamos con los cuerpos?

 — ¡Que ardan! —Pronunció el déspota que se inclinaba hacia su costado izquierdo, pero en un abrupto cambio de parecer se puso de pie—. Ahora será la siguiente gran obra, después de todo, ya tengo mi músico personal para estos eventos. ¿No es así Caronte?

El violinista alzó los brazos y con ellos los instrumentos.

—No eres un estúpido, lo has probado nuevamente —continuó Oberyn.

Al rey no le gustaba desesperarse, hacer el ridículo o equivocarse, como a nadie le gustaría. En esa ocasión, gracias a Caronte, Oberyn sufrió esos tres grandes martirios. La impresión de todos transformó el salón Abbaddon en un salón de insoportable silencio. Caronte había arrojado los instrumentos con todas sus fuerzas al filo del escenario y el violín se quebró.

Kioz se mantenía tenso, la incomodidad rebasaba toda idea que pudiera generar, pero del pequeño nadie alejaba la vista. Y en un arranque de cólera, Oberyn gritó:

— ¡Quemen sus manos, córtenlas! ¡Después clávenlo en una maldita estaca y háganlo arder!

Persevoras se dispuso a dar un par de pasos directo a Caronte, pero el rey lo detuvo con su brazo.

—Kioz... estás un poco blando. Las memorias no sirven aquí, tú harás el trabajo.

El caballero de atuendos victorianos, que tenían únicamente tonos blancos, negros y rojos, dudoso asintió con la cabeza aceptando el mandato.

Caronte avanzó con menos temor que Kioz hacia las escaleras para bajar, y el caballero sin armadura con voz quebrada susurró a sus espaldas:

“Si llegas al paraíso, espero seas capaz de perdonarme”. El niño no volteó a verlo, bajaron escalón por escalón, mientras veían legionarios separaban cuerpos del montón, los clavaban en estacas y vertían vírgula en los cuerpos.

<<…Caronte…>>

El niño viró su ojos a ambos lados, pues esa voz que pronunció su nombre no era familiar para él y estaba seguro de que había sido detrás de sus oídos..., una voz sin aliento, sin presencia.

Observó a Kioz, y éste lo observó a él unos momentos.
  
¿Qué pudo ser?, ¿el golpe en la cabeza?, ¿la cantidad de sangre perdida?

<<…Caronte…>>

El pequeño se percató de que la voz sonaba en él y en nadie más.

Ya era de noche, una noche sin nubes, llena de estrellas.
  
De frente a los cuerpos, Kioz colocó grilletes en codos y muñecas de Caronte y las mismas a las del cuerpo de un niño de entre la pila de cadáveres bañados en la inflamable resina. Entonces, desde lejos Persevoras arrojó una antorcha encendida, la grotesca pirámide comenzó a arder y con ella la piel de los brazos y muñecas de Caronte.

Él no se dio cuenta quién inició el fuego, o por qué fue tan rápido. El metal brillaba al rojo vivo y escuchó a alguien gritar muy fuerte, pero era él mismo quien gritaba.

 El metal se pegaba a la corteza chamuscada que antes era piel y músculo. El fuego ya era tan grande que opacaba la recién nacida luna llena. Caronte no podía ni quería apreciar esto, sólo cerró los ojos…, y ya no sentía. El tiempo sin principio, fin o propósito, se congeló.

 <<Siempre he sido la portavoz de funestas noticias… Caronte>>

 El niño separó con rapidez los parpados nuevamente para observar lo que pasaba. Flamas azules tan densas como heladas; no veía sus manos ni los cuerpos que hace un momento estaban delante de él. La voz estaba a sus espaldas.

<<La eterna oscuridad… y hoy… en este momento… el tiempo ya no es mi aliado y mi misión no me es grata… pues con tu arte has tocado fibras que desconocía en  mi ser… debo llevarme tus manos, han muerto… ignoraré mi labor ingrata y desde ahora llevarás mis manos>>

Nadie se movía, no importaba a quien mirase el violinista, cada uno tan estático como una estatua. Caronte podía mover sus dedos de nuevo, los sentía como si estuviesen en agua muy fría.

 <<Mis dedos no tienen el talento que tu alma derrocha…, pero con ellas y tu talento serás capaz de tocar cualquier sinfonía>>

 —Ambos violines están rotos —contestó Caronte.

 <<Ninguna cuerda, ninguna grieta… te causaran problema… todo violín que alcances con mis manos… estará siempre como tu siervo…  el tiempo volverá a su curso… como todos los demás… de prisa… corre al violín que rompiste con odio y éste, te aseguro, obedecerá>>

Entre tanto pensar, Caronte tomó valor de preguntar:

— ¿Quién eres?

 La respuesta fue: 

 <<Mi nombre solía ser Bellabeth>>
  
Las flamas azules se tornaron rojas y el tiempo siguió su curso. Impresionado, pero sin detenerse, Caronte sacó las manos de los grilletes, y éstas eran blancas, delgadas y extremadamente frías.
  
No lo pensó para nada, vislumbraba los trozos del violín mientras corría. La pirámide de cuerpos se puso inestable y se hundió creando más flamas. Espadas se desenvainaban por todo el salón. De entre todos, el único pasmado era el mismo rey Oberyn, de quien los arqueros esperaban alguna orden. Para cuando Persevoras tomó de sus ropajes al niño, éste ya tenía tanto el violín como el arco intactos y en excelente posición.

Caronte hizo el primer rasgueo antes de siquiera tocar el suelo, como dos gritos agudos y sin aviso directo a los oídos, como metales oxidados friccionados mutuamente, y de ellos una onda de aire tan frío como cortante que rebanó la piel de Persevoras con la facilidad de cortar papel mojado. Los otros tenían infartos, ataques de pánico, lloraban por piedad, crueldad o sólo sentían una desesperación incontenible que los hizo matarse entre sí. La sinfonía era indescriptible, todos los que estaban más lejos la sentían retumbar en sus huesos. El cuerpo de Persevoras cayó hecho trozos.

De pie, seguía tocando, hasta que la onda alcanzó a envolver todo el reino en minutos. De sus pies brotó una flecha de hielo que lo seguía y él seguía a Oberyn. Las manos del rey se movieron por sí solas, alcanzaron una daga que tenía a un costado e inmediatamente apuñaló múltiples veces su propio cuerpo.

Caronte se detuvo y contempló lo que había hecho. Sólo Kioz había logrado sobrevivir, y éste miró al niño con temor. Caronte tocó una nueva sinfonía que lo hizo desaparecer en el viento.

Kioz se puso de pie y corrió con gran temor en busca de algún caballo para salir de la masacrada capital y buscar el refugio donde se encontraba el resto de la gente y soldados del reino cuyo nombre, a través de los años, se perdió.

sábado, 16 de junio de 2018

Helios.

Calixto Gama.


 ¿Cuántos rostros ancianos y recién nacidos han contemplado tu andar?

¿Cuántos campos de guerras en el nombre de monarcas o dioses bañaste de luz ?

Sin preguntar y a través de fuego, roca y tiempo:
Vida obsequiaste.

Sin opinar, desde tu lecho más allá del cielo:
Paciente observaste.

Nos volvimos conscientes de encontrarnos en un extraño lugar.
Estaba lleno de otros seres. Podríamos comer algunos de ellos; y algunos de ellos podían comernos a nosotros.

Pero cuanto más crecimos más aprendimos sobre éste lugar y sobre nosotros mismos. Aprendimos que las luces centelleantes en el cielo no brillan maravillosamente para nosotros, simplemente son.

Aprendimos que no estamos en el centro de lo que ahora llamamos: Universo. Y que éste es mucho, mucho más antiguo de lo que pensabamos.

Aprendimos que estamos hechos de pequeñas cosas muertas;
mismas que componen cosas mucho más grandes y que no están muertas por alguna razón,
Aprendimos que somos simplemente otra etapa temporal en una historia que se remonta a millares y millares de años.

Quizá te percataste, al vernos,
Que siempre nacerán guerreros,
Y que por ello;
siempre habrá guerra.

La bestia de carne y huesos,
de sangre y sesos,
La criatura que alguna vez acunaste;
sigue en la tierra.

jueves, 14 de junio de 2018

Rojo ardiente.

Janeth Plazola. 

Nos enseñan a amar en tonos neutros. Nos enseñan que un amor completo asusta, sofoca, ahoga. Nos enseñan que entre menos interés, más van a arrastrarse a nosotros. Mantenemos a nuestros amores de rodillas para que así nunca nos vean por completo, aprendemos que lo que no vemos no hace daño. Los mantenemos arrastrándose a nuestros talones, tratando de levantarse para llegar a nuestra boca y ver si detrás de nuestros labios es donde escondemos el amor.

Pero la manera en la que yo aprendí a amar fue en tonos de rojo. Aprendí a amar como la piel que ha sido exfoliada con una piedra por demasiado tiempo. No te das cuenta de que duele hasta que ha pasado. Y cada palabra que me tocó fue tan honesta que quemó, pero por dios, fue hermoso. Aprendí a amar en Para Siempres, no podía ver el final hasta que me golpeaba en la cara. Aprendí a amar en el medio de un incendio. Cada palabra fue gritada, cada paso imprudente, casi corriendo. Y tal vez solo fuimos un edificio quemándose, esperando el colapso. Pero juntos aprendimos cómo amar manteniéndonos de pie. Aprendimos a amar con nuestras bocas abiertas y el amor desbordando de ellas.

Todo es cenizas ahora, pero nunca nos arrodillamos. Aún le doy a todos los que amo una parte de mí, todo lo bueno y todo lo malo. Repaso el amor con mis amores, les pido que desaprendan lo que les han dicho, les recuerdo que cuando aprendes que si te importa eres débil, olvidas que eso te vuelve solitario. Pero aún espero a alguien que deje de alejarse, que deje de intentar quedarse para que sea yo quien haga todo el trabajo o para asegurarse que que siempre lo siga un paso atrás.

Algunas personas no pueden aprender. Déjalas que ardan y se conviertan en cenizas. Encuentra a alguien que te ame aún cuando estés en llamas.

miércoles, 13 de junio de 2018

11 de junio.


J. Lykaios.

Abrázame fuerte y hazme uno con tu pecho, porque esta podría ser la última vez.
Mírame a los ojos cuando me hables, pronuncia mi nombre con esa calidez de la que solo tú eres capaz y dame la certeza de que no seré olvidado. Déjame sostener tus manos en las mías madre y regálame lo que este asqueroso mundo con saña me ha arrancado, entrégame un poco de esa seguridad que solo tú eres capaz de otorgarme cuando me sonríes y con una mentira que aunque es piadosa no deja de ser falsa, me dices que todo estará bien.
Me voy, no sé si sea esta la última vez que me mires cruzar por esa puerta, desconozco si me veras regresar o si por la noche estaré aquí para cenar. Desconozco lo que vendrá, pues miro con miedo como mi única libertad me ha sido arrebatada, pues vivir angustiado por la posibilidad de que esta tarde un rayo fulmine mi ser y sea yo borrado de esta existencia no es vida. Sentir que mis anhelos, mis deseos y todas mis grandes pasiones me son arrancadas de lo más profundo de mí ser y estos en un último suspiro logran lo que tantos poetas añoraron: elevarse hasta la nada y dejar de lado esta existencia, abstraerse en la ausencia de todo, desaparecer sin más.
Pero hay un pequeño detalle que olvidan, madre ¡Yo no soy poeta! ¡No quiero elevarme a la nada! ¡Me niego a convertirme en un simple número dentro de una estadística anual! Quiero vivir, quiero equivocarme, quiero amar y ser odiado; No quiero perder todo lo que tengo y tirar por la borda todos los errores que tanto me han costado, deseo correr tan rápido que la fatiga me haga caer desvanecido, anhelo enamorarme y que mi amor sea rechazado, hundirme en el más profundo de los dolores para luego recordarlo como algo para reír acompañado de una cerveza con mis amigos en un bar. Tengo miedo madre, tengo mucho miedo, así que por favor, abrázame fuerte y hazme uno con tu pecho y que sea tu perfume maternal quien calme las inquietudes que mi joven espíritu siente hoy y si el día de mañana estas inquietudes fueran forzadas a callar permanentemente por una fuerza ajena a mí, madre mía te lo imploro no te calles y convierte mi silencio en un grito estridente que llene de ira a quienes te escuchen y que ese grito se convierta en la voz de mil bocas que ya no volverán a besar a sus madres, que el amor que día con día me diste se transformé en una inagotable sed de justicia y que tu sombra alcance a los verdaderos responsables de que ya no pueda volver a abrazarte y que tus manos se conviertan en las armas necesarias para pelear esta lucha. Y por favor, madre, no te des por vencida pues ahora eres madre de muchos a los que les fue arrebatado el vientre que por nueve meses los protegió y hermana de muchas que han perdido una parte de su ser. 
Por favor madre, abrázame y no me olvides.

martes, 5 de junio de 2018

Esa tarde decidí.


J. Lykaios.


Hacía un calor infernal, el sol brillaba con tanta fuerza allá en sus elevados aposentos como un niño que quema hormigas con una lupa en su jardín; como un enorme niño que ni siquiera es capaz de percibir el sufrimiento de las vidas que ciega con su fatal acción. El mal no vive en un estado natural, no corre libremente por las praderas ni disfruta de las brumas marinas, el mal vive encerrado en las paredes de la conciencia, confinado al reino de la elección, disfrutando del sufrimiento de sus creadores, atacándoles constantemente, humillándoles, existiendo como un recordatorio, como una existencia vergonzosa que representa un error perpetuado por generaciones.
En medio de este calor infernal, bajo aquella inocencia abrazadora estabas tú, cándida y esplendorosa, como una estafadora que vende un mundo ideal que yo decidía comprar, un mundo en el que la vergüenza heredada por mis ancestros no existía y esa mancha de vergüenza que representaba mi ser, esa marca de nacimiento inherente a nuestra especie, no existía más; volvía a ser yo un infante que rebozaba de la vida y que, en lugar de quejarse del calor, agradecía no temblar de frío. En tu presencia el mundo adquiría nuevas tonalidades y hasta la más insignificante de la cosas se transformaba en un acontecimiento digno de admiración y reconocimiento, con una tremenda fuerza de la que te sabías poseedora transformabas los conceptos que había acumulado hasta este momento. Eras poseedora de una inocencia infantil y jugabas con mi realidad de tal manera que reinventabas lo que hasta ahora daba por sentado y me hacías agradecer lo que hasta ahora había experimentado.
Era una tarde calurosa, con un calor infernal y tú estabas recostada, mirabas mi rostro, con esos ojos que embriagaban mi mente y abstraían por un instante esta conciencia del bullicio de las guerras, de las cadenas de la maldad; los muertos podían descansar en paz de una buena vez y las viejas amarguras se disolvían en el rápido caudal del tiempo, envejeciendo al instante para luego marchitarse y volverse polvo, y de pronto, lo único que tenía era solamente lo que en este instante ocurría y lo que ahora pasaba eras tú; penetrando por cada uno de mis sentidos, reinventado el mundo interior de mi mente, regalándome un instante de tranquilidad desmesurada y autentica felicidad sin que tu siquiera te dieras cuenta del impacto que producías.
El calor infernal había comenzado a ceder, muy a su pesar y con gran lentitud y yo envidiaba ser la gota de sudor que bajaba por tu cuello hasta consumirse en tu pecho porque no imaginaba una mejor manera de irse de este mundo. Y en medio de esta tarde despejada en la que los vapores subían hasta la nariz y volvían insoportable la atmósfera yo decidía ignorar a esos vapores y al sol-niño, así como también decidía ignorar a la gota de sudor que se había consumido en tu pecho, decidía ignorar todas aquellas cosas que se habían pulverizado en el caudal del tiempo, porque no quería saber si había un ayer o un mañana porque solo me interesaba el instante en que decidía sentirme exaltado por el brillo de tus ojos al encontrarse con los míos, también decidía que más tarde escribiría estas palabras para ti para que supieras cuan feliz me sentía de poder decidir escribir para ti y al mismo tiempo decidir ser feliz para mí.  
Era una tarde con un calor infernal, una tarde en la que decidí, que yo podía ser feliz.


Incuestionamientos

Los signos tienen un sentido, Las preguntas un propósito, Las dudas un misterio, Los adivinos un secreto. Hay que empezar a pensar y a cuest...