miércoles, 2 de octubre de 2019
Entrevista
- J. Lykaios.
Era una tarde cálida de verano, luego de una fuerte tormenta que había azotado al puerto, salí al jardín para sentir la brisa que aun se percibía al pie de la vieja Ceiba que había ahí. Mi pequeño sobrino se acerco con una libreta en mano. En sus ojos pude reconocer una inocencia pura, típica de la infancia y la cual ahora es para mí apenas y una tierna ensoñación.
–Hola tío –dijo, al tiempo que abría su cuaderno y se hacía con un lugar junto a mí.
– ¿Qué tienes ahí, amigo? ¿Necesitas ayuda con la tarea? –le dije con tono de ligera burla al tiempo que lo despeinaba para molestarlo. El solamente sonrió me dijo que sí, que tenía que hacer una pequeña encuesta para saber cuáles eran las cosas favoritas de las personas y cuáles eran las que más les desagradaban.
– ¿Cuál es tu cosa favorita en el mundo, tío? – pregunto con toda la seriedad de la que era capaz, pues en aquel momento no era a mi sobrino a quien tenía frente a mí, sino a un investigador, deseoso de respuestas que saciaran su curiosidad y su calificación.
–El chocolate, los perros y los amigos –respondí pausadamente para que él pudiese anotar.
– ¿Y tu cosa menos favorita, tío? –antes de responder, me tome un suspiro y di un trago largo para terminar mi taza de café.
– ¿A caso puede existir un mundo peor que este? No lo creo.
Casi siempre, cuando la duda está por asaltarme ante la pregunta anterior, algo ocurre y mi postura se reafirma, el mundo con sórdidas carcajadas me echa en cara que no. No existe peor mierda que este mundo-infierno en el que llevamos esta condena, la arrastramos hasta el día de nuestra muerte por este desolado sendero que llamamos existencia.
Seré sincero contigo, hablar de Dios, Satanás; como gustes llamarle a tus deidades, es algo que me produce pereza, pero, como has venido hasta aquí, supongo que será inevitable, a fin de cuentas, conceptos como ellos son algo inherente al alma humana, siempre están ahí, creas o no en ellos.
¿Cambiaría en algo esta podredumbre, si un día por la mañana todos conociéramos la identidad del todo de dónde venimos? Imagínalo de esta forma; miércoles por la mañana, enciendes el televisor para escuchar las noticias, porque debes empaparte de la realidad que otros vomitan para no ser una presa fácil. Muertes, secuestros, asesinatos, cosas atroces, pero tan cotidianas que los escuchas sin prestar atención, el infierno es un lugar duro, en el que la sensibilidad poco a poco va muriendo y más temprano que tarde, la indiferencia se vuelve tú tarjetea de presentación. Cuando das el primer sorbo a tu café, un estridente sonido sale de la pantalla, todos están conmocionados, pues en cadena internacional Dios mismo, en persona, ha descendido (de donde quiera que hubiese estado al menos durante los últimos dos mil años). Con túnicas blanquísimas que reflejan toda la luz en el foro de grabación, con la parsimonia que solo los eternos pueden tener, pasa las manos por su barba plateada y perfecta, toma asiento sin necesidad de que le inviten y ante la incrédula mirada del mudo entero, se toma un largo rato para hablarnos acerca de su sagrado plan universal.
Personalmente, en ese escenario, me reiría en su omnisciente rostro y después blasfemaría con todas mis fuerzas contra él y toda su sagrada obra. Y cuando las blasfemias se me acabasen, inventaría nuevas, porque solo eso me habrá quedado de la libertad que con su gloria acaba de arrebatarme ¿Las cosas serían distintas luego de su anuncio? No, salvo que todo el dolor habrá quedado suprimido al deseo trazado por un ser para el que esto no es más que un pasatiempo grotesco y asqueroso, ya que él sería el primer cómplice en la larga lista de atrocidades de la humanidad.
¿Recuerdas que hace unos meses, el padre de Carlos murió cuando volvía a casa después del trabajo? Un adicto al crack lo apuñalo tres veces para quitarle su cartera. Luego de meses de psicoterapia para salir del duelo y de la grave depresión que esto le causo a Carlos y de apenas salir vivo de las incontables oleadas de culpa que por las noches le golpeaban, una tras otra, incontables veladas en las que se debatía entre arrojarse al vacío o no… por semanas Carlos, le tuvo miedo a la oscuridad, pues pensaba que si esta le devoraba entraría en un mundo del que no habría retorno. Pero esta mañana, cuando Carlos encendió el televisor, luego de ver el divino numerito; salió corriendo a toda prisa y se arrojo por la ventana del octavo piso en el que vivía. Así como Carlos, muchos más alrededor del mundo harían lo mismo, porque ellos inmediatamente reconocerían la negación absoluta de lo que ellos quisieron ser. El santo sermón habrá removido la cadena que los anclaba como prisioneros en este mundo, y al igual que Carlos, preferirían arrojarse en ofrenda a la nada, antes que reconocer lo divino y lo justo en el ser que una vez le había destruido la vida y que ahora se veía obligado a abrazarlo como un hermano que únicamente estaba al servicio del plan superior de nuestro salvador.
Entonces… te preguntaras ¿Qué te quedaría luego de esto? ¿A dónde iras después de renegar del todo que te otorgo la vida? No espero irme a ningún lado, y después de esto, no tendré nada que no sea mi deseo. Caminaré sin levantar plegaría alguna, afrontaré todas las dificultades con mis propias manos, confiando en mi juicio, avanzando con mi voluntad, que luego de ser pisoteada mil veces, es ahora inquebrantable.
Padezco al igual que todos los habitantes de este infierno, no hay nada de particular en mí, salvo una cosa, tal vez, y no creo ser el único, antes de que me catalogues erróneamente. Yo no quiero ser salvado. Quiero medir mis fuerzas contra las del infierno y ver hasta dónde puedo llegar. El mismísimo Demonio tarde o temprano perderá su interés en darme el sufrimiento eterno que a mi alma humana le corresponde y le será indiferente mi estadía o mi ausencia en este lugar, pues de mis labios no escuchará nunca los gritos de misericordia que con tanto placer disfruta, porque él mismo habrá de reconocer que si muero, será bajo el filo de mi voluntad y cuando venga por la noche a amedrentarme, verá en mis ojos las ansias de más infierno que me ponga a prueba hasta la extinción de mis ser. Hasta el fin de mi voluntad he de disfrutar el infierno y cuando por fin lo inevitable se haga presente, y las fuerzas de mi alma vean superadas, gastaré hasta mi última gota de aliento para prevenirme de no alzar plegaria alguna al padre de todo, pues, si él realmente está ahí, con toda su gloria, su amor y su redención, sabe muy bien que lo mejor que puede hacer por mi es reconocer al embustero al canalla que le dio la espalda. De ese Dios salvador solo podría pedir el autentico olvido, que me arranque del pensamiento universal y que, cuando llegue mi hora final, no envíe ni a sus ángeles ni a mis hermanos en mi búsqueda ¡Déjame tranquilo! ¡Quiero la autentica libertad, aquella en la que ni tu ni nadie podrá interferir en mis errores ni en mis dolores! ¡No olvides mis burlas, mis pecados y mis blasfemias! Pues mi trabajo me ha costado.
Me has preguntado ¿Existe algún otro mundo peor que este? No, no lo hay, pero si existe algo peor, y es vivir en un mundo en el que la voluntad ha sido devaluada. Porque para mi, una vida sin libertad, es una vida despreciada. –.
–Oye tío, pero eso no me va a caber en el cuadrito de las respuestas –repuso tristemente mi sobrino –solo me cupo hasta donde dudabas de tu respuesta –.
–No te preocupes – respondí con tono comprensible y amigable –Puedes escribir que mi cosa menos favorita son las cucarachas – Mi sobrino dio una carcajada larga y anoto rápidamente.
–Vamos por un chocolate tío, yo te invito –me tomo de la mano y me invito a pararme –se ve que te hace falta –.
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