miércoles, 27 de marzo de 2019

Carta a la luz de la Luna

Querida Luna, nunca te perdí de vista,
bajo tu tutela, sería el mejor de los alquimistas,
forjando piedras de castillo en tu pesar,
como fiel principiante, sólo contemplo, me abstengo de filosofar.

Silenciosa fuerza impregnada en la marea.
Poderoso brillo proveniente de lo místico.
Ingenioso reflejo que cosecha lo eterno.
Dolorosa noche destinada al poeta noble.

Cruenta Luna que perpetúas la soledad,
evocas la melancolía y haces hipérbole las experiencias.
Helada luna para un corazón frío de perplejidad,
escarchado por desamores y acres tragedias.

Melódica Luna que sirves de cobijo a la inspiración,
fuente de genialidad y flujo artístico,
erupción de creatividad y volcán mítico,
rapsódica luna que enalteces la marea de una pasión.

Entran a escena la Luna y el Sol,
lúdicamente, van y vienen, telón nocturno, aplausos luminosos,
implícitamente, se entienden sin diálogos, se tocan sin contacto,
sin que esté claro, de luna depende la actuación del sol y viceversa,
es casi mágico, la danza, el teatro y las alabanzas del público.

Espectro de Luna, Luna de época, Luna mortal,
llena, Luna llena que dilatas la noche y estremeces humor y mar.
acuciante Luna, Luna atenuante, Luna moral,
nueva, Luna nueva que nos cambias y nos incitas a reflexionar.


-Ulises García




lunes, 25 de marzo de 2019

Zalamería




-Diego Gómez.


Poesía: el remedo de letras que tratan de evocar tu recuerdo,
aún cuando sé que en tu memoria no me encuentro.
Ahora sí son palabras al viento,
sin un atisbo de esperanza,
ni la suntuosidad de tu presencia, 
ni tampoco la miseria de tu partida.
No.
Son sólo las lágrimas que no pude ni debo llorarte,
los puntos suspensivos presentes después de besarte,
la coma  que ponías en mis emociones al mirarte,
el punto final puesto por ti al marcharte.


Tampoco es intención de este perro ladrarte,
simplemente mirando al alba el lucero de la tarde
invadiste mis recuerdos sin siquiera pensarte;
mi piel ya no te extraña,
patrañas,
el sistema límbico continúa a ti escribiendo,
¿No vienes porque te escribo?
¿O no estás para que continué escribiendo? 


Hace tiempo rompí el altar al cielo,
ese desde donde la humanidad se percibía
como es:
fútil y perecedera:
igual que yo.
El aire taciturno de la noche me recuerda lo
inverosímil de esta carta,
(cuanto habrás de reír al verla con tu nombre entre líneas)


Ya no te recuerdo con tus canciones preferidas,
ni tampoco estás presente en la playa donde nunca fuimos,
no, no te pienso, es que...
Diablos.
El amargor de mi café sabe a tus labios,
el calor de la taza se siente a tu piel,
el dulce del pan huele a tu perfume,
y el final del brebaje, maldita sea,
maldigo tu miel,
también el humo de tu fuego,
y por alejarte me maldigo a mí.

lunes, 18 de marzo de 2019

Marcos


Eder Barajas

Sintió con gran pesar, clavada en sus ojos, aquella mirada fija sin parpadeos, aquellos ojos cargados con una mezcla de cariño, tristeza, incredulidad y dolor. Esa mirada que se
quedaría grabada para siempre en su memoria. Aquel cuerpo sangrante respiraba con dificultad, mientras sus ojos vidriosos seguían viéndolo fijamente y él, de rodillas en el suelo lodoso, cargaba su cuerpo y lo restregaba contra su pecho, sintiendo cada vez más
débil el aliento de su respiración en el rostro, a pesar de estar frente a frente. Tenía las ropas sucias por el lodo de aquella tarde lluviosa, y manchadas de la sangre que escurría del cuerpo destrozado de su amigo. Sentía arrepentimiento, dolor y desesperación. No le
deseaba a nadie la culpa y la pena de matar a su mejor amigo, llevar a cuestas ese estigma, llevar en el alma una herida sangrante que ya no se cerraría.

Los ojos seguían mirándolo, el cuerpo no emitía más sonido que el de la dificultad de su respiración. Los relámpagos y los rayos iluminaban la tarde, que se había vuelto oscura por la repentina violencia de la tormenta, acentuando el triste brillo en los ojos de aquel moribundo. Él, con lágrimas perdiéndose entre las gotas de lluvia que resbalaban por sus mejillas y sin emitir palabras, le pedía perdón. En el silencio, aquellas miradas eran el más duro reflejo de la tristeza. Dios sabía que él no quiso hacerlo, sabía que la suerte le había hecho una mala jugada.

Lo aferró contra su pecho mientras los estertores anunciaban que la muerte estaba llegando y la vida se iba escapando de aquel cuerpo sangrante y maltrecho. Un fuerte grito de dolor y desesperación fue opacado por un rayo que cimbró la tierra mientras seguía la trayectoria de la palmera que había sido desgajada a lo lejos, en los corrales de las casas de la entrada del pueblo, al contacto con la destructora fuerza de la naturaleza. Marcos, aquel noble animal, había muerto.

*****

—¿A qué vas ahorita, Ramón? Cuando las nubes se ponen de aquel lado, es seguro que va a llover. No seas terco.
—No, mija. Tengo que terminar de arar las tierras de mi hermano Lupe, allá en las parcelas de Las Casas. Ya me queda poco y, si nos ganan las lluvias, no vamos a poder prepararlas —le contestó a su mujer mientras salía de la casa de techo de palma y paredes de piedra y barro, y se dirigía al tractor estacionado en la calle con el motor encendido.
—¡Blackie, Marcos! ¡Vámonos! Vieja, ¿dónde están los perros? No salen.
—No sé, andaban jugando con los chiquillos bajo el árbol de tamarindo.
—¡Marcos! —volvió a gritar, y apareció un perro enorme de melenas color grisáceo, meneando la cola y abalanzándosele encima, poniéndole las patas delanteras en el pecho.
—¡Ándale, vámonos! ¡Blackie!

Pero el perro negro, de donde tomaron el nombre de Blackie, no salió. Tal vez seguía jugando con las dos niñas y los dos niños del matrimonio.

—Este perro que no sale. Así me voy a ir, lo voy a dejar. No quiero que se me haga más tarde y me agarre allá la noche.

Subió al tractor y se alejaron, el hombre a bordo de la máquina y el animal corriendo al mismo paso.

*****

—Papá, ¿no te da miedo estar en la noche tú solo en el cerro cuando vas de cacería?
—¿A qué debería tenerle miedo? Los fantasmas y el diablo no existen. No dejes que te asusten con eso.
—Yo sí creo que existen, sí les tengo miedo.

Sonrió mientras recordaba aquella plática con su hijo menor. Ahora, precisamente, estaba en medio de la soledad de la noche en el cerro, fumando un cigarro sentado en un enorme tronco seco de huanacaxtle, en un claro entre los árboles y arbustos del terreno lleno de pequeñas piedras sueltas y grandes rocas sobresaliendo de la tierra. Al frente se veían las pequeñas luces del pueblito Paredones, a la izquierda se podía notar el resplandor del alumbrado público de Santiago Ixcuintla, aunque no alcanzaba a ver las luces directamente, debido a que las lomas cubiertas de árboles de nanchis y de palmas le impedían la vista. Al frente tenía el cerro de Peñas y a la derecha el cerro de La Piedrera. La enorme luna y el hermoso cielo estrellado se reflejaban a lo lejos en las aguas de los humedales de las tierras de la sociedad de productores conocida como el Grupo Número Uno, como si se tratara de un enorme espejo colocado junto a los sembradíos de sorgo, maíz y frijol. El manto estelar y la soledad del cerro le provocaban un estado de paz imposible de explicar. ¿Cómo iba a sentir miedo en ese momento? ¿Cómo explicárselo a su hijo?

En una bolsa que tenía a un lado del tronco seco había una coa de metal y dos armadillos que los perros le habían ayudado a cazar. Los dos animales estaban echados en el otro costado, jugando entre ellos como siempre. Él no necesitaba de armas para cazar, porque
sus perros se encargaban de eso. Cuando descubrían un armadillo, lo seguían en medio de ladridos y gruñidos bajo los árboles de huanacaxtle, jarretadera, guásima, guamuchilillo o pochotes, entre la maleza formada por arbustos, sierrillas y los pasadizos estrechos de los laberintos formados por las plantas de guámaras, por los que para él sería imposible pasar debido a que las espinas en el filo de sus hojas alargadas, parecidas a las de las plantas de piña, le hubieran causado dolorosas heridas, pero los perros habían adquirido habilidad para cazar y moverse entre este tipo de vegetación. Seguían al armadillo hasta que se escondía en su madriguera en la tierra y él solamente tenía que cavar con la coa a lo largo de la cueva hasta dar con el caparazón del animal y con un machetazo obtener la pieza de caza y la carne para la semana.

Seguía sentado en el tronco seco cuando una estrella fugaz cruzó el cielo, mientras los perros ya descansaban echados a sus pies en silencio.

*****

Llegó a las tierras de cultivo de Las Casas cuando el cielo se estaba cubriendo de nubes y el aire fresco le empezaba a dar en la cara.

—Ojalá que no llegue la lluvia —pensó. El perro, Marcos, se quedó en los montecillos de coatante y zacates de parán, bajo los árboles de pimientillo del bordo de la gran extensión de tierra de la parcela que en otro tiempo perteneció a alguien que apodaban “Borrego” y ahora propiedad de don Eduardo Ramírez. El animal se divertía olfateando madrigueras de conejos, desechos de coyotes y persiguiendo lagartijas, mientras su dueño empezaba la faena en la tierra.

Las nubes negras rápidamente cubrieron el cielo y la oscuridad prematura empezó a cubrir la tarde. El aire corría más fuerte y los relámpagos formaban trayectorias accidentadas entre las nubes. Los truenos habían puesto inquieto al perro; las gruesas gotas de lluvia empezaron a caer cuando Ramón iba a bordo del tractor a medio terreno y estaba decidido a irse a casa.

No esperaba que la tormenta llegara así de repente ni con tanta violencia. Las ramas de los árboles se sacudían ante la fuerza del viento, las gotas de agua parecían formar corrientes en caída libre y los rayos, aunque por ahora lejanos, retumbaban con mayor frecuencia, provocando el temor del perro, que se había agazapado temblando bajo unos arbustos. En su desesperación por alejarse de la tormenta, su dueño se había olvidado del temor de Marcos por las tormentas eléctricas. La tarde se había convertido en un infierno de agua y electricidad surcando el cielo, augurando una desgracia. Si no le tenía miedo al diablo, debía tener temor de Dios o por lo menos respeto por la naturaleza. ¿Quién de los tres estaría conspirando contra el destino de aquel par de amigos?

*****

—Ramón, ¿no muerde tu perro? —Le preguntaron “El Cani” y “El Yiyo”, los hijos de Nicolás Aguilera.
—No muerde —les contestó don Pedro, quien estaba platicando con Ramón en el callejón formado por la colindancia de dos parcelas de tabaco. Atrás de ellos estaba la enramada llena de sartas de tabaco que esperaban ser colgadas para secarse bajo el sol.
—A veces ladra mucho, pero no muerde, ¿verdad, Ramoncito?
—Vamos a pasar, a ver si no nos ladra como el otro día. Ya mero se nos echaba encima.
—No hace nada —insistió don Pedro—. Este así lo tiene de mal educado nomás.
Se acercó a Ramón y en tono de broma le dio un golpecito en el hombro con el puño. El perro se interpuso entre él y su amo, y mostró los dientes y colmillos a don Pedro, mientras gruñía despacio y parecía tomar una posición de ataque. El enorme animal con su largo pelaje de un color cenizo extraño imponía miedo y respeto.

—¿No que no hacía nada, don Pedro? —le dijeron los chiquillos riéndose. Ramón se hizo a un lado del camino y a agarró su perro para que pasaran los chicos.
—Sí que es méndigo tu perro, eh, Ramoncito —le dijo don Pedro.
—Nada más ladra, pero no hace nada. Nunca ha mordido a nadie. En la casa se la pasa jugando con mis niños. A lo mejor les ladra a los “Canis” porque los desconoce.

*****

Un rayo que cayó cerca con su brutalidad destructora cimbró el piso mientras Ramón llegaba con su tractor a la orilla del terreno y el terror que sintió el perro hacía que corriera hacia su amo en busca de protección. Corrió con desesperación hasta encontrar de frente
el tractor que avanzaba entre el lodo que se había formado en la parcela. La falta de visibilidad por la lluvia tan espesa no permitió a Ramón darse cuenta a tiempo de que Marcos se abalanzaba hacia la enorme máquina, lo vio cuando ya casi estaba bajo la llanta trasera buscando llegar hasta su lugar en el asiento.

Intentó frenar desesperadamente, pero la llanta de la gran mole mecánica pasó por encima del animal, que emitió un aullido de dolor, mientras el crujir de huesos se perdía entre el sonido del motor y la violencia del cielo.

Ramón descendió del vehículo de un salto. Sentía el cuerpo helado, su rostro era una máscara de desesperación y dolor. Ahí estaba su amigo, moribundo y maltrecho. Se abalanzó sobre su cuerpo para intentar reanimarlo. Cuando lo vio sangrante y destrozado, sabía que ya nada podía hacer.

*****

—¿Cómo se llama el perrito, papá?
—¡Sí! ¿De dónde lo sacaste?
—¡Está bien peludo!
—¡Es una bola de pelos!
—Me lo regaló “El Poly”, niños.
—Yo quiero que se llame Marcos.
—¿Qué? Ese nombre está feo.
—Sí, Marcos está re’feo.
—A mí también me gusta. Que se llame Marcos.
—¿Y cuándo le vas a traer un hermanito?
—Pregúntenle a su mamá si nos deja tener otro.

*****

Caminó cargando el cuerpo sin vida hasta la entrada del predio, a un lado de las grandes casonas de adobe a las que las parcelas debían el nombre de Las Casas. Con su machete cavó la tumba de Marcos en la tierra mojada y fangosa. De rodillas y sin fuerzas, sin importarle llenarse más la ropa de lodo y sangre, depositó suavemente el cuerpo en el fondo, lo miró fijamente y una vez más le pidió perdón. Las lágrimas que resbalaban formaban un caudal mayor que el de las gotas que caían del cielo; la lluvia había bajado su intensidad, aunque los rayos seguían surcando el cielo. El potente canto de las ranas en la laguna parecía acompañar su pena, como plegarias y oraciones que intentaban guiar hasta su destino el alma desprendida de aquel cuerpo.

Se quedó un largo rato de rodillas observándolo con tristeza. Empezaba a aumentar la oscuridad cuando cubrió la tumba improvisada y abordó su tractor para dirigirse a casa. Las calles estaban desiertas por la tormenta, si alguien lo hubiera visto con ese gesto en el rostro y las ropas enlodadas y llenas de sangre, hubiera pensado lo peor. Y era verdad, él sentía que en ese momento le estaba sucediendo la peor tragedia del mundo.

*****

El motor de la máquina se apagó frente a su casa, mientras algunas gotas pequeñas de lluvia seguían cayendo. Sin importarle mojarse un poco, su mujer salió a recibirlo.

—Ramón, ¿qué te pasó? —le preguntó asustada al verlo de cerca, sucio, lleno de sangre y cansado.

Con paso lento y el rostro desencajado, caminó hacia ella.

—Mi perro…, maté a mi perro. Le pasé el tractor por encima. Maldita tormenta, mi maldita mala suerte —le dijo con voz entrecortada y con los ojos húmedos.

Su mujer lo abrazó colocando la cabeza en su regazo y consolando su llanto. Los cuatro niños, en silencio, también rodeaban las piernas de la pareja con sus brazos y se recargaban con fuerza en ellos.

El perro negro, Blackie, le aullaba con dolor y desesperación a los relámpagos que se extendían por la bóveda celestial de aquella noche lluviosa. Él también entendía y sufría la misma pena, él también le hacía el mismo reclamo al cielo.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Envenenamiento por altos niveles de toxicidad en el pensamiento

Se vislumbran en el fondo de un río ideas intrusivas ajenas al hábitat, provenientes de las antípodas de la mente que han sido corrompidas. Se abren camino a la superficie y estas ideas corrosivas alebrestan las aguas que alguna vez fueron apacibles, hostigan el ecosistema, castigan a las otras especies, perturban la corriente y torturan los límites del río.

Son pensamientos persistentes que distraen, desplazan y contraen. Ideas de referencia inherentes a lo mezquino; repetitivas, constantes e incapacitantes, que acechan, que comprimen, que obnubilan.

El agua en el río se tiñe de color marrón rojizo, al parecer, los mecanismos de defensa han quedado oxidados y ahora, es peor el remedio que la enfermedad.

Del agua se expide un hedor muy singular, huele a putrefacción, los peces que nadaban a su necesidad ahora flotan panza arriba a expensas de que se los lleve la corriente alebrestada de lo inconsciente.

Mientras que estas ideas virulentas son una falla en el cauce del río, un corto circuito, esta especie de "ideas monstruosas" evolucionan y mutan en los temores más abrumadores, en miedos temibles que no hacen esperar para volverse paralizantes, se convierten en la especie más apta dentro de una psique, del río, acaban con todo lo demás.

Hacen de candado, de primer y último eslabón en la cadena alimenticia, postrándose en un lugar privilegiado para la supervivencia y el dominio, mantienen encerradas al resto de las ideas, bloquean el flujo salubre del río. Es la única especie de serpiente que ataca con veneno y por constricción. Acecha con la precisión y rapidez de un tigre. Tiene la voracidad y el olfato del tiburón. Y como un buitre devora sin piedad un muerto que, “por suerte”, aún vive.

Son ideas flexibles a su conveniencia que vuelven rígido el funcionamiento humano. Pueden manifestarse en un cabello rizado de diferentes colores, en posible desempleo, en casusas de muerte, en derrotas inevitables, en victorias inmerecidas, en enamoramientos rotundos, delirios de persecución, de celos, obsesión y compulsión, puede ser previo o posterior a eventos en particular.
Materializándose en insomnio, malestar, desequilibrio, falta de atención, frustración, síntomas de ansiedad, ataques de pánico, cáncer, son lo que modifica el cauce del río hacia una lucha abrumadora, cotidiana y sin victoria definitiva.

Son ideas gobernantes que cobran impuestos aunque sea uno quien les alquile un lugar, se adueñan, marcan territorio y se apoderan de cada elemento a su alcance. Ideas inquisitivas que logran hacer creer que aún estamos en el oscurantismo de la edad media. Todo se invierte. Son un método de control, método de censura y manipulación. La autorreflexión se vuelve como una conversación con una pared; con uno mismo.

Como la manzana podrida, se lleva al resto a las cimas de la podredumbre y convierte el bonito paisaje del río en un breviario de la desesperación.

Es una condena al inocente por culpa de su inocencia.

Es peor que como lo pintan, el sueño de la razón produce monstruos.

De vez en cuando, las historias sirven de inspiración. En ocasiones se ha de hablar de la leyenda de un monstruo que pocos han visto pero que por ahí se dice, se piensa o se vive que existe o ha existido.

-Ulises García





lunes, 4 de marzo de 2019

Segunda primera cita


Las cartas directas y las dedicatorias oprimen mi pecho al pensar en el destinatario. Una vez leí de un viejo escritor que se debe olvidar lo que se escribe en una carta romántica. Se me da. Despejaré mi sentimentalismo en los siguientes párrafos.
Tengo algunos puntos que tocar, primero por escrito para después hablarlos. Ya sea en la playa, en el cine, en un café, en la banca que choca contra el viento o cualquier otro sitio donde me permitas tocar tu interior con mis palabras.
El mundo es un lugar escrito, es un lugar hermoso, es la sociedad la que me enferma. ¿Le he dicho que en su cuerpo veo ambivalencia? Su idiosincrasia me puso a prueba, antes y durante nuestro noviazgo, pero, así me acerqué a usted.  ¿Estaré enfermo? Puede ser. La vida en sociedad ha sacado lo peor de mí, irónicamente, ante sus abyectas actitudes  no pude negar mis mejores intenciones con su persona ¿Por qué? Acaso, ¿se le reclama al árbol por ser verde y al búho por volar? Puede que unos se atrevan, usted lo hizo. “¿Por qué eres bueno conmigo? ¿Por qué no te enojas?”, dos de las preguntas que usted ha dirigido a mis devotas actitudes.
Solo soy un hombre y nada más. Recuerdo las tardes, recargados en los troncos de las playeras palmas. Cuando mutuamente nos preguntamos con distinta sintaxis y diferente semántica la razón que uno tuvo para fijarse en el otro. “¿Cómo pudo alguien cómo tú fijarse en alguien como yo?”, fue la temática principal durante días. El temor, el orgullo, la inocencia o la ignorancia tuvieron –quizá- sus participaciones en nuestras acciones. Tal vez, no lo sé.
Le dije, en aquella palapa tan larga, que usted llegará lejos y mi temor danzaba en la idea de no poder alcanzarla. Me contó de las oportunidades que su esfuerzo ganó, intento digerir sus planes de ida cuando hace pocos días regresamos. Sí, es uno de mis conflictos. Me estoy adentrando en el mundo de las letras, de la psicología y ahora me encuentro aprendiendo el lenguaje imperial. Procuro crecer, los dos tendremos los recursos para viajar e interpretar el mundo, pieza por pieza.
Por lo que consigo recordar, eso temía uno del otro. Yo no tengo tantas facilidades para salir del país, como las que usted posee, empero, haré de lo mío para seguirle de nación en nación.
Cuando usted decidió terminar conmigo, fue un golpe invisible, incoloro e inodoro. ¿Cómo, sin un arma blanca, logró rasgar mis entrañas? Es verdaderamente innegable el poder de las palabras. Ese día me fui en llanto a mi casa. No entendía lo ocurrido. “¿Por qué si usted y yo lo pasábamos tan bien, y nos queríamos y nos hacíamos sentir dulces sensaciones, optó por terminarme?”, fue una difícil pregunta, su pronunciación lastimó mis ojos y revolvió mi estomago, sofocándome tan cerca de usted. En esa banca nos hemos dicho de todo. Si ella pudiera hablar, me gustaría pedirle su opinión.
Le dije que en aquella operación, deseaba que usted asistiera, no para verme, eso sería vergonzoso. Ignorarla es de las peores cosas, tan abyecto como verle llorar. En el pasado fue sencillo, pero, ahora que mis intenciones eran alejarme de usted por mi salud mental, ¿Cómo ignorar a esa persona que son su presencia mejoraba mis días, que con sus besos lograba afinar mi disposición en la lucha de los días, que con su mirada, con sus abrazos, con sentir latir su corazón en tan cerca de mi pecho obtenía exorbitantes cantidades de dopamina? Ignorar a alguien así era una tortura. Fue detestable ignorarle y hablarle. El limbo ante la presencia de una sola persona. Los cambios, en carne propia y en la ajena, deslumbran lo que los ojos no percibían y las mentiras que la consciencia jamás tragó.
En ese jueves, estaba asustado. Arriesgarme con usted, el dolor como máxima condición y posible final. La vida me pone riesgos, ¿Es usted un riesgo o una recompensa?
Los días debajo de esas palmeras los recuerdo bien, hablamos y con eso abrimos las puertas que creímos cerradas, encontramos secretos y descubrimos algunos miedos. Usted probó mi saliva y más adelante vino por más –es una ligera broma-. Admito que le llamé despectivamente “eso” y sí, eso que ahora disfruto, eso con lo que ahora añoro dormir y besar y abrazar desde el amanecer hasta el ocaso.
¿He sido claro? Usted es… ¿cómo decirlo?
“Pensar en eso alimenta mis sueños, sueños despiertos, endulzantes de la vida real. Pensar en dormir contigo, pensar en eso me tranquiliza. ¿Te he dicho que eres mejor que la anestesia local? Pues, quiero probar si consigues ser mejor que los psicofármacos.” Pensé en decirle esto.
Recuerdo cuando pudimos hacerlo, habló de dormir juntos. Sentir desde sus caderas hasta sus labios. Contemplar su boca abierta en el sueño profundo; una ocasión fue calurosa y otra… una anécdota  ¿Valió la pena? Dejemos que mis acciones respondan. ¿Qué le dicen mis acciones y mis gestos? ¿Debo ser más obvio?
Como le dije, los tiempos con usted parecen mejores y lo son. No le mentiré, he recibido comentarios de personas que rondan nuestro círculo social que incitan la negatividad porque yo decidí regresar con usted. En este momento, quiero disfrutar de mi tiempo a su lado, el mundo es una trampa mortal que seduce a la psicosis y al suicidio, los que no caen, huyen a los medicamentos y al entretenimiento exhaustivo. Le pido disculpas si parezco egoísta o impulsivo al querer pasar con su persona la noche que en nuestros días pasados no pudimos. No es mi objetivo seducirla al acto sexual, con usted quiero más, dormir mientras la rodeo con mis brazos a la par de sentir su respiración y apreciar la esencia de su cuerpo. ¿Es eso hacer el amor? Puede que no, esa descripción podemos hacerla, después de hacerlo.
Le dediqué escritos a pesar de sus disgustos, aún lo haré. Le debo en cierta medida mi poesía, y le comparto mi prosa. Markéta, has hecho de mis días un conglomerado de buenos momentos, empero, has dejado dolorosas cicatrices en mí. Me costó ganar mi libertad, pues, mi cárcel fui yo. En mis próximos momentos, quiero que usted sea parte de mi tiempo, quiero ser parte del suyo. Los días en los que no pude mirarle fueron horribles, por mis deseos de abrazarle, estoy consciente de los riesgos. No me arrepiento de volver, los cambios que usted demuestra me dan confianza y apagan las llamas del rencor y del miedo. Es usted el mejor de los cafés, usted cura el dolor mejor que las anestesias e inspira más que los poemas Nietzscheanos.
¿Qué más debo escribir para expresar lo que siento al pensar en usted?
Fabricio Espinoza




Incuestionamientos

Los signos tienen un sentido, Las preguntas un propósito, Las dudas un misterio, Los adivinos un secreto. Hay que empezar a pensar y a cuest...