A
la luz de la luna uno se siente más vivo y al decir esto hablo de que uno
experimenta la vida en su forma más sencilla, sin constructos ni etiquetas que
la revisten con banderas de mil colores. Cuando las luces de la ciudad se
quedan atrás y en las alturas el ojo nocturno a medio abrir vigila todo;
inmutable con su luz indiferente que cubre toda existencia bajo de su manto
frío. Laza su luz con reflectores que chocan en el alma y proyectan con larga
sombra lo que en su interior yace.
A
la luz de la luna, en esta noche despejada en la que las estrellas figuran de
tribunal, brillan y se congregan alrededor de la jueza de plata que sin palaras
juzga el lastre que el alma arrastra en absoluto silencio y con completo
disimulo. Se esconde tras la máscara de un gesto ameno al abrir una puerta y
con palabras profundas lame sus heridas, va por la vida, buscando el cobijo de
la luz artificial de las grandes ciudades, donde la sonrisa falsa del enemigo
vale más que el abrazo fraterno del amigo. Las penas clavan sus garras en el
pecho cuando se resisten a ser expulsadas a la sinceridad de la luna, pues
tienen miedo de mirarse a sí mismas en su pálido rostro que todo lo refleja y
verse obligadas a aceptar su decadente realidad.
Corre
la sangre desde el pecho como fiel recordatorio de que la vida permanece inerte
al dolor, porque el ser siempre recuerda los momentos de dolor, por las
cicatrices que el tiempo va dejando como registro de su existir. Pero para el
jurado celeste estas heridas sangrantes no tienen valor alguno que ayude a
disminuir la condena del imputado, toman esto como un gesto de autocompasión
por parte del supuesto desgraciado, que busca vergonzoso favor y misericordia
del jurado celeste. Pero para estas estrellas que danzan a lo largo de la
noche, saltando de un lugar a otro buscando la cercanía de la luna, han sido
testigos del dolor que el universo ha padecido desde que comenzó a existir como
tal. Saben a la perfección que el inicio de toda manifestación de la existencia
es el dolor; todo cuanto alcanzamos a ver y a imaginar, desde la expresión más efímera
y decadente, hasta lo eterno y perdurable, parte de la ruptura de la tensión
entre lo concreto y lo posible, lo anhelado y lo correcto, el deseo y el deber.
Todo lo confinado a los límites infinitos del universo es heredero del
quebrantamiento original de la nada ante el arrojo del todo.
La
corte celestial del firmamento sabe que el dolor es inherente a esta existencia
y por eso se mantienen indiferentes ante los padecimientos que los de acá abajo
mostramos en las sombras de luz de luna, sombras que proyectan el verdadero
rostro que en nuestra alma reside, rostro que algunos llaman ello, demonio o
instinto. El rostro de las pasiones que luchan por salir de noche para
consumarse en el infierno de una ardiente pasión, aquel mismo rostro que se
arroja a los impulsos que la carne le grita sin pensar en más nada. La esencia
misma del origen reside en nuestras entrañas y vamos por la vida siendo
emisarios del fatídico mensaje con el que el todo fue marcado desde su
alumbramiento, llevamos dentro la eterna tensión que nos mantiene sujetos al
dolor de estar vivos, porque dentro de nosotros yace el universo del que
provenimos. Como muestra de ello, basta con que miremos la forma en que
cruelmente somos arrojados al mundo; envueltos en llanto y sangre, padeciendo
la abrupta ruptura con nuestra realidad y sin ser consultados, somos arrojados
al fango de un mundo en guerra contra de sí, porque si de verdad existiera un
Dios tan cruel para enviar a sus creaciones al frente de batalla para ser carne
de cañón, este sería de inmediato el primer enemigo del libre albedrio. Existir duele porque ser arrojados a esta vida
es dar la espalda a la perfección de la nada donde alguna vez el todo residió. Y
la luna sabe de esto porque su eterna tarea ha sido observar a los hombres para
enjuiciarlos por la noche, la luna no se inmuta ante nuestros dolores humanos porque
ella sabe que cuando más nos sangran los pensamientos y a causa de este
sangrado el alma palidece, no hacemos más que cumplir con nuestra única encomienda
celestial, si así se le quiere llamar: vivir con el dolor, encararlo y hacerle
frente con la certeza que en algún punto hemos de perder la batalla.
Y
dentro de este desesperanzador escenario, ha habido unos pocos que son capaces
de sonreír, pues son peleadores por derecho propio y aprenden a guiar esta
pelea al ritmo que ellos desean, lanzan el primer golpe y golpean dos veces. Escuchan
la sinfonía que las estrellas cantan y es traída por los fríos vientos
siderales, danzan y saltan; sonríen en medio de la náusea porque saben que es
absurdo pelear una batalla perdida, así que deciden disfrutarla.
A
la luz de la luna uno se siente más vivo, porque la tensión se hace más latente
y podemos sentir el frío sideral que arranca trozo de nuestro ya mutilado ser.
A
la luz de la luna abrace mis decisiones para impregnarme con su aroma, para recordarlo
la próxima vez que en el juicio de la luna vomitase yo todo el lastre de mi
alma, y en ese preciso instante, en que el peso de su responsabilidad rompiese
la tensión y el dolor se haga presente, ser capaz de sonreír, aunque mi pecho
se desgarre, pues fue una decisión que se dio, bajo la luz de la luna, donde me
sentí más vivo.