viernes, 28 de diciembre de 2018

Bajo la luz de la luna.

-J. Lykaios.



A la luz de la luna uno se siente más vivo y al decir esto hablo de que uno experimenta la vida en su forma más sencilla, sin constructos ni etiquetas que la revisten con banderas de mil colores. Cuando las luces de la ciudad se quedan atrás y en las alturas el ojo nocturno a medio abrir vigila todo; inmutable con su luz indiferente que cubre toda existencia bajo de su manto frío. Laza su luz con reflectores que chocan en el alma y proyectan con larga sombra lo que en su interior yace.
A la luz de la luna, en esta noche despejada en la que las estrellas figuran de tribunal, brillan y se congregan alrededor de la jueza de plata que sin palaras juzga el lastre que el alma arrastra en absoluto silencio y con completo disimulo. Se esconde tras la máscara de un gesto ameno al abrir una puerta y con palabras profundas lame sus heridas, va por la vida, buscando el cobijo de la luz artificial de las grandes ciudades, donde la sonrisa falsa del enemigo vale más que el abrazo fraterno del amigo. Las penas clavan sus garras en el pecho cuando se resisten a ser expulsadas a la sinceridad de la luna, pues tienen miedo de mirarse a sí mismas en su pálido rostro que todo lo refleja y verse obligadas a aceptar su decadente realidad.
Corre la sangre desde el pecho como fiel recordatorio de que la vida permanece inerte al dolor, porque el ser siempre recuerda los momentos de dolor, por las cicatrices que el tiempo va dejando como registro de su existir. Pero para el jurado celeste estas heridas sangrantes no tienen valor alguno que ayude a disminuir la condena del imputado, toman esto como un gesto de autocompasión por parte del supuesto desgraciado, que busca vergonzoso favor y misericordia del jurado celeste. Pero para estas estrellas que danzan a lo largo de la noche, saltando de un lugar a otro buscando la cercanía de la luna, han sido testigos del dolor que el universo ha padecido desde que comenzó a existir como tal. Saben a la perfección que el inicio de toda manifestación de la existencia es el dolor; todo cuanto alcanzamos a ver y a imaginar, desde la expresión más efímera y decadente, hasta lo eterno y perdurable, parte de la ruptura de la tensión entre lo concreto y lo posible, lo anhelado y lo correcto, el deseo y el deber. Todo lo confinado a los límites infinitos del universo es heredero del quebrantamiento original de la nada ante el arrojo del todo.
La corte celestial del firmamento sabe que el dolor es inherente a esta existencia y por eso se mantienen indiferentes ante los padecimientos que los de acá abajo mostramos en las sombras de luz de luna, sombras que proyectan el verdadero rostro que en nuestra alma reside, rostro que algunos llaman ello, demonio o instinto. El rostro de las pasiones que luchan por salir de noche para consumarse en el infierno de una ardiente pasión, aquel mismo rostro que se arroja a los impulsos que la carne le grita sin pensar en más nada. La esencia misma del origen reside en nuestras entrañas y vamos por la vida siendo emisarios del fatídico mensaje con el que el todo fue marcado desde su alumbramiento, llevamos dentro la eterna tensión que nos mantiene sujetos al dolor de estar vivos, porque dentro de nosotros yace el universo del que provenimos. Como muestra de ello, basta con que miremos la forma en que cruelmente somos arrojados al mundo; envueltos en llanto y sangre, padeciendo la abrupta ruptura con nuestra realidad y sin ser consultados, somos arrojados al fango de un mundo en guerra contra de sí, porque si de verdad existiera un Dios tan cruel para enviar a sus creaciones al frente de batalla para ser carne de cañón, este sería de inmediato el primer enemigo del libre albedrio.  Existir duele porque ser arrojados a esta vida es dar la espalda a la perfección de la nada donde alguna vez el todo residió. Y la luna sabe de esto porque su eterna tarea ha sido observar a los hombres para enjuiciarlos por la noche, la luna no se inmuta ante nuestros dolores humanos porque ella sabe que cuando más nos sangran los pensamientos y a causa de este sangrado el alma palidece, no hacemos más que cumplir con nuestra única encomienda celestial, si así se le quiere llamar: vivir con el dolor, encararlo y hacerle frente con la certeza que en algún punto hemos de perder la batalla.
Y dentro de este desesperanzador escenario, ha habido unos pocos que son capaces de sonreír, pues son peleadores por derecho propio y aprenden a guiar esta pelea al ritmo que ellos desean, lanzan el primer golpe y golpean dos veces. Escuchan la sinfonía que las estrellas cantan y es traída por los fríos vientos siderales, danzan y saltan; sonríen en medio de la náusea porque saben que es absurdo pelear una batalla perdida, así que deciden disfrutarla.
A la luz de la luna uno se siente más vivo, porque la tensión se hace más latente y podemos sentir el frío sideral que arranca trozo de nuestro ya mutilado ser.
A la luz de la luna abrace mis decisiones para impregnarme con su aroma, para recordarlo la próxima vez que en el juicio de la luna vomitase yo todo el lastre de mi alma, y en ese preciso instante, en que el peso de su responsabilidad rompiese la tensión y el dolor se haga presente, ser capaz de sonreír, aunque mi pecho se desgarre, pues fue una decisión que se dio, bajo la luz de la luna, donde me sentí más vivo.

domingo, 23 de diciembre de 2018

LA SINFONÍA DE CARONTE: Orquesta bélica.


Calixto Gama. -

Capitulo. 1 



Una figura se adentra entre árboles, corre con desesperación; por fin ha divisado algo que por docenas de semanas ha buscado. Hay un instrumento colgando de su espalda, se mueve violentamente. La única prenda que viste es un rasgado pantalón, su cuerpo está completamente cubierto en vendajes improvisados, no deja ver ni su rostro; pero si las numerosas manchas de sangre que hace un tiempo perdieron sus tonos rojizos y estos fueron remplazados por tonos difuminados de marrón, los vendajes se rompen en las palmas de sus manos mientras entre matorrales se abre paso hasta llegar a un claro dónde una cabaña abandonada descansa inerte.

Se anima a poner un pie delante de otro, la cabaña tiene tres pequeños escalones, pues está un poco separada del suelo; se nota que la madera ha sido remplazada ya algunas veces, el viento es fuerte y derriba ciertos ornamentos como vasijas encima de otros que ya habían caído previamente, con un pie toca la madera del primer escalón para apoyarse, éste rechina tras ello, continua hasta estar frente a la vieja y desgastada puerta de madera… se toma un momento para contemplarla, y exhala lentamente…

Lleva ambas manos hacia su cara para quitar los vendajes. El tejado de aquella pequeña terraza, sostenido por unos debilitados postes del mismo material que el resto del lugar; cruje fuertemente por una repentina ráfaga de viento y se derrumba sobre él, levanta el brazo izquierdo y el peso entero se detiene sobre éste, el tejado se quiebra en dos, aprieta los dientes pues siente el impacto, pero su cuerpo resiste. Coloca ahora ambas manos sobre ambas partes y las empuja con fuerza,  logra alejarlas varios metros.

Sus manos quedaron al descubierto; eran blancas, delgadas y extremadamente frías, observó con frialdad las pequeñas heridas que había en ellas y el dolor al que tanto teme se hace presente, pues todas ellas se cierran y sanan en un parpadeo, no se siente nada bien,  se quita inmediatamente los vendajes del rostro... él no puede verlo, tampoco se percata del tiempo que ha pasado, aquellas contusiones en el rostro que había cubierto con en el pasado, ya se han desvanecido.
Empuja la puerta.

A pesar de que ya nada es igual, la visión delante suyo le trae recuerdos... cabila sobre los pasos que alguna vez dio en esos pasillos,  y quizá no todas pero un gran número de historias de aquél lugar revoloteaban en sus pensamientos, sin duda Caronte había encontrado su hogar.

Quedan pocas pertenencias en buen estado, hay polvo en los muebles y maleza por donde mirase, avanza dentro del lugar y observa hacia ambos lados llenándose más y más de memorias, coloca el violín en una pequeña mesa de madera a su izquierda y el arco en una de las sillas a su derecha.

-Padre... Madre… He vuelto a casa.

Al decir esto escucha un estruendo que sale de una de las habitaciones, la de su padre.
Levanta los brazos y tal como si los llamase, ambos instrumentos van rápidamente a sus manos.

 Su respiración se agita mientras escucha los pasos, acercarse,
No puede evitar recordar lo que los hombres del ya muerto rey Oberyn le hicieron pasar.

La figura se muestra ante sus ojos, y para su sorpresa es  tan solo es un joven ciervo que estaba en busca de pastos dentro del lugar.
Caronte suelta un gran suspiro, observa al animal a los ojos y le dice:
-Largo de aquí.

El animal intenta con dificultad saltar por una de las ventanas y derriba algunas tablas antes de conseguir salir.
El muchacho entra a la habitación de su padre, ya no queda ninguna pintura de su rostro, "ladrones quizá" dice para si mismo.

Se sienta a la orilla de la cama, y mira las tablas del suelo justo debajo de él.
"Espero que sigas ahí, al menos tú."
El joven da unos leves golpes a las tablas con sus nudillos, y una de ellas suena diferente; la retira cuidadosamente y de adentro saca una caja de madera, la coloca en sus piernas y quita la tapa con prisa.

-…Aquí estás.
Un hermoso violín color bermellón, con la inscripción "La Follia" en la base, y al reverso, tiene una inscripción que reza:

[...Allá donde la alfombra verde brilla bajo el sol,
Allá donde las flores danzan con el viento.
Allá donde las hojas muertas pintan el suelo,
Allá donde la fría manta blanca abraza las colinas...]

Se pone de pie y sale de la habitación para luego sentarse en una de las sillas del comedor, es medio día, pero Caronte decide dormir un rato. Es todo lo que puede hacer, desde que es portador de esas manos, cualquier comida o bebida que él intente ingerir la percibe como simple arena en su boca.




Capitulo dos.

Al otro lado de las montañas estériles, sin una señal de vegetación o algún mísero arroyo, dos jinetes cabalgan atravesando las ruinas de una antigua villa que había sido arrasada  por una ya concluida tormenta de fuego, flechas y espadas. Se dirigen a cierto lugar…

-¡¿Ves eso a lo lejos?! – pregunta el hombre que lleva más ventaja

-Parece un jinete que viene en esta dirección, y no lo hace precisamente despacio.Replicó avivadamente el que iba unos metros atrás.

-Maldita sea. ¿Cómo carajo sabemos si es aliado o enemigo?

Su compañero no contestó, se limitó a frenar su caballo y ágilmente empuñar arco y flecha en sus manos amenazando al jinete que avanza sin detenerse hacia ellos.

Tras exhalar deja la flecha escapar, su compañero detiene ahora su corcel. La flecha viaja directo al pecho del jinete pero al soltar un puñetazo la intercepta con un escudo pequeño de madera atado a su muñeca izquierda.

Ese escudo… -Baja de su caballo gris pálido, coloca el arco al costado de la silla de montar y descubre su rostro; es una mujer de unos 40 años, en algún momento de su juventud perdió el ojo izquierdo, “su ojo malo” dice ella cuando se habla del tema, la mayoría de sus cabellos son pelirrojos, otros han perdido esa tonalidad para parecer más rubios y el resto son canas.

-¿Es aliado… verdad, Meya?- pregunta el otro jinete, al verla descubrir su rostro.

-Es Kioz. – contesta, sin dejar de ver al jinete, delante 

Saca tu espada, y no la envaines hasta que nos explique qué carajos pasó en el salón Abbaddon. A unos diez metros de llegar a ella tira de las riendas a su corcel para detenerse. Descubre su rostro.

-… ¡Meya, Ringo! ¡¿Ya ha pasado por aquí?! les grita Kioz frenéticamente.

–¿¡De quién demonios hablas, Kioz?! Estas encima de los restos de la masacre de la mitad de nuestro ejército a manos de un puñado de espadachines. 

– Meya escupió con molestia la respuesta, y continuó –Tú deberías explicar en este puto momento; ¡¿qué demonios pasó en la capital, y por qué Oberyn nunca mandó a su apreciado ejército rojo?!

-El cerdo del rey y sus legionarios, están muertos.

-Imposible... ¿Todos en una noche?- rebatió Meya.

 -La historia que les contaré, pueden creerla o no... Pero al final, sin importar que decidan hacer conmigo, ¡lleven a todos los civiles sobrevivientes a las montañas bajas!

Meya suspira… -Kioz, ustedes eran los sobrevivientes.


lunes, 17 de diciembre de 2018

El Dolor


Natural, amorfo, confuso, infortunado, necesario, imprudente, hostigoso, lábil, virtuoso, profético, enriquecedor, destructor, tirano y servidor.
La maldición del privilegiado o el privilegio del maldito, de cualquier modo, el dolor es emisario de la verdad que, puede o no, ser privilegiada o maldita.
Presagio de la incomodidad lastimosa. El dolor es el afrontamiento con la temporalidad, lo que puede o no, ser la última palabra, condición o sensación en la vida de alguien o quizás, lo último antes de dar lugar a una nueva vida.
El dolor, como todo o casi todo, es interpretativo, de un sinfín de circunstancias puede provenir y hacia una infinidad de probabilidades puede dirigirse. Según su procedencia, trayecto y destino se le otorga un nombre, un tipo y una serie de peculiaridades; magnitud, alcance y un umbral de lo que posiblemente sea una sensación, un sentimiento o una manifestación de lo que se interpreta como “alerta”.
Por todo, el dolor y su interpretación son inevitables a lo largo de la estancia de un ser capaz de sentirle en este universo, es una cualidad, incluso, bajo control y dosificado, el dolor es el mejor maestro para algunos, se aprende a lidiar con la impotencia, la frustración, la prisión corporal, se asimila la flacidez de la resistencia humana, fuerza la máquina y la estabilidad emocional, hace llorar la carne con lágrimas escarlata, hace gritar los huesos en frecuencia de crujidos. El dolor desvela los secretos de las profundidades, intenta ahogar hasta al más noble, propicia crisis de todo tipo y cuando ha determinado un fondo, cambia de opinión y prolonga la profundidad hasta que sea casi imposible volver de ahí… sin más, depende del alumno, carente de luminosidad en las profundidades, hacerse con la vesania del guerrero , tragar agua y entre interacciones fundamentales fuera del entendimiento, flotar y contra todo pronóstico, nadar y dejar en el abismo lo que pertenece al abismo, emerger y con fuerza, hollar la superficie, volver y otear hacia el horizonte y con el viento en la espalda y las profundidades en el núcleo, dedicarse a afrontar los demonios de un alma adolorida, despojando la belleza de la vida para trasladarla y reflejarla en palabras y actos.
Orgullo y vergüenza. Resiliencia y pena. Exceso y capricho. Sabiduría e ingenuidad. El dolor es la confirmación de que algo se ha transformado o se está transformando, de piel a herida y herida a cicatriz, de apego a duelo, de posesión a carencia, de mortal a mártir, de cría a progenitor, de inerte a viviente.
Quizás no sólo el parir genere dolor, sino también el nacer y, la madre, en el amor que le consume, opta por compartir, apropiar y soportar el dolor de su bebé por haber nacido. En el parto, la persona que recibe la nueva vida y le acoge, espera el llanto y lo provoca tanto como lo espera escuchar la humanidad entera, las lágrimas del cambio y el grito desesperado que confirma la existencia, lo que dejó atrás, de no ser para ser carne y hueso, la transformación y la vida que, por naturaleza, nacimiento y desarrollo, estará alineada con el dolor.
Claro que el paralelismo entre la vida y el dolor es parte de lo inevitable pero, no todo en la vida es dolor. El crecimiento alcanzado tras la experiencia dolorosa es lo que permite experimentar las cosas más simples, genuinas y maravillosas en el mundo, sin permitir que las adversidades se interpongan, se aprende a valorar lo más ínfimo como un detalle valioso y apreciar las excentricidades de la realidad como algo único.
Se crece y en los momentos importantes de nuestra vida; ya sea en su surgimiento o en su terminación, el dolor está presente, para recordarnos que no hay por qué rendirse cuando se puede aprender, que no hay por qué lamentarse cuando se puede pisar fuerte en el mundo y ser feliz, y que no hay por qué arrepentirse de nada cuando aún hay mucho dolor por superar y mucha vida por vivir. 

-Ulises García

Incuestionamientos

Los signos tienen un sentido, Las preguntas un propósito, Las dudas un misterio, Los adivinos un secreto. Hay que empezar a pensar y a cuest...