Es de noche y
llueve. ¿Qué ocurre, Miranda? ¿Por qué manejas tu coche sin tener en
consideración la velocidad con la que las ruedas revolucionan? Tal como si
corrieras de algo… como si huyeras de mí. Planeamos tanto tiempo nuestro viaje,
y ahora en lugar de equipaje, tengo galones de gasolina en los asientos
traseros. Estoy seguro que tu respiración es agitada y torpe en estos momentos.
Te sigo de cerca, tengo mis herramientas conmigo dentro de ese maletín que me
obsequiaste. Sé que siempre te han asustado las armas de fuego, por eso traje
un martillo. No apartes los ojos del camino, Miranda; es difícil ver algo con
toda esa agua que cae sobre nosotros. Es como antes cuando compartimos noches, nos
dejábamos invadir con emociones y
sentíamos el sudor y el aliento apasionado del otro. El sabor a sudor
que se desliza por la piel. Aunque puede que esas sean las únicas cosas que
estas situaciones comparten.
Las paredes del
automóvil parecen derretirse, al igual que mis manos. Como siempre, al sacudir
la cabeza, La alucinación desaparece. Veo el reloj análogo del tablero, han
pasado tres horas desde que empezó esta carrera sin sentido. Pienso que te equivocaste de camino, pues por
esta zona no hay poblados cerca, Miranda… ¿A dónde tratas de llegar?
No has bajado
la velocidad, sé que ya no tienes mucho combustible.
"Quizá lo
perdí..." Piensas, ¿No es cierto?
Trata de recuperar la concentración. La tormenta se hace más fuerte y
ver por el parabrisas te será extremadamente difícil ahora. Disminuyes paulatinamente
la velocidad. Orillas el automóvil para que no esté en mitad de la autopista. Conforme
me acerco a ti, permaneces dentro con
las luces interiores encendidas, tal vez pienses que es mejor así, Puede que
alguien, además de mí, por casualidad pasara por esta carretera.
No has quitado
las manos del volante, lo sé. Te desangras, y el tiempo no te alcanza para
buscar ayuda. También me dejaste heridas en la piel, arañazos de nuestro último
conflicto que aún no ha finalizado. Y ahí estás con la fría mirada hacia
delante, no parpadeas, no puedes asimilar lo que pasa ¿Cierto? como si buscases
una solución en la tempestuosa lluvia.
Estoy cerca, ya
debes poder observar las luces de mi auto acercarse, tu respiración debe estar
aún más agitada ahora. Miras de un lado a otro, quizá llevas tu mano izquierda a la manija de
la puerta… quizá buscas algo con lo que puedas defenderte, quizá aún tienes
esperanzas de que ese vehículo que se acerca no es el mío, deseas sentir que
aún tienes posibilidades de huir, siempre has sido de esta manera, te conozco
muy bien.
El vehículo
está pocos metros detrás de ti, no lo miras. Mantienes los ojos en el reflejo
del cristal. Y a pesar del miedo que
sientes, aquel vehículo te pasa de largo sin prestarte atención. Y durante esos
cinco segundos, en los que me viste alejarme realmente poco de ti, sientes un
gran alivio; pero ese alivio es rápidamente asesinado cuando el auto se detiene
y ves que se abre la puerta.
No pierdes
tiempo, sales también y corres hacia los árboles, te sigo. Es curioso, hemos terminado en el lugar donde
todo comenzó, sé que buscas esa casa… la misma en la que hace años compartíamos
lo que pensábamos que era una vida plena y feliz. Recuerdo la belleza de esa
cabaña, rustica pero llena de tranquilidad, sin nadie que nos molestara. Pero,
a pesar de ser hermosa, nunca te agradó vivir lejos de la ciudad.
Poco tiempo
duró aquel cambio de hojas verdes por el concreto gris, poco duró ese
intercambio de paz por el vicio e intranquilidad que otorgan las grandes urbes
de concreto. Todo pudo haber ido bien, pero buscaste demasiadas respuestas;
buscaste y buscaste hasta que entendiste todo al final. Aquellos cadáveres que
enterré, todas esas mentiras necesarias, todo ese bello monumento que construí
para ti; se derrumbó ¿Por qué te has convertido en mi enemiga, Miranda?
.
.
Jamás quise mostrarte este rostro…
…pero ahora no tengo elección.
.
.
Y, siendo honestos… tampoco tú.