domingo, 24 de febrero de 2019

Omnus Follia Carceri.


-Calixto Gama.


“Mis palabras, vacías, se enredan con las cuerdas del arte.
Ésta hila ideas de plumas y sonidos. 
De cuerpos y voces. 
De guerra y paz.”
 
Por eones vagué entre ángeles, esclavos y reyes. El tiempo no tiene principio, no tiene fin, no tiene propósito, aprendí a entender a ese misterioso ser que algunos han bautizado como: Azar. El sabe lo que hace. Es consciente; con ojos rebosantes de alegría obsequia los regalos que sabe que luego obtendrá de vuelta.

En ésta realidad, la tuya; la fortuna o azar no es más que el nombre que se le da a la ley que aún no ha sido reconocida.  Verdad fue,  pero escrito no está, que en los tronos más altos yo me logré sentar. Noble, con prosperidad y de fuego coronado.

La rueda de la fortuna gira, algunos son elevados a las alturas y otros humillados por su caída. Tal como ellos; me desplomé del nirvana y de aquella gloria fui privado.    

Creador tembloroso, tras recorrer la tierra y de andar por ella; paciente espero. 

Algún día tarde o temprano, serán reveladas las quebradas y débiles voces de tus hijos que piden misericordia. Me pregunto si para ti es fácil...  Como si de un juego se tratase; a la pobreza y a la riqueza las disuelves como el sol disuelve al hielo.

Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Pero si extiendes tu mano, lastimas su carne y le quitas su alimento; te maldecirá en tu misma presencia.




viernes, 15 de febrero de 2019

Los atrincherados.



Aturdidos, amontonados en aquel agujero. El agua escasea, están muertos de sed pero todos, sin excepción; embriagados con sus dosis diarias de ron, para tener aunque sea un poco de valor antes de la batalla. Cada quince segundos, a veces más y a veces menos: El sonido de una explosión que sienten retumbar en sus huesos.

Aun así, lo que en verdad los hace temblar, es el breve silencio de unos minutos que hacen los hostiles y lejanos cañones… es en ese momento en el que deben salir y ver todas las balas de frente.

. .


Las caras sucias se miran las unas a las otras, lo saben… si retroceden, serán ejecutados por los suyos, si avanzan, serán abatidos por el enemigo.

. .

Algunos solo avanzan un par de metros antes de caer por las ametralladoras, otros logran asesinar de igual manera a sus opuestos. Los cañones rugen de nuevo, y en el terreno, una vez más; nadie queda ni vivo, ni entero.

Los que pueden fuman un cigarrillo tras otro para enmascarar el hedor a putrefacción. La primera ronda de proyectiles desentierra los cadáveres recientes y los de hace días, la siguiente vuelve a cubrirlos de lodo, metal y carne despedazada. Pero aquellos que mueren son afortunados.

Para ellos todo ha terminado.




-Calixto Gama.

jueves, 14 de febrero de 2019

Impaciente.




Tres de la mañana

la luna en mi ventana

las ramas de los árboles

tu cabeza en mi almohada

una taza medio llena

un incienso en extinción

tu piel brillante y salada

mi deseo ansioso y presente

tu mirada sensual

mi pasión impaciente.





-Melisa Gómez.

La cueva.


-The Tar bunny.


Estaba perdida; me encontraba dentro de una pequeña cueva, oscura y fría. A mi lado una pequeña fogata estaba apenas aún con vida.

Antes había una persona conmigo: la única persona que conocía, la única persona que amaba. Pero… la locura llegó. Ella empezó a distanciarse, a regresar hacia atrás, a apuñalarme con maldiciones.

Y en un momento ya estaba sola. Ella se había ido. Y yo estaba sola otra vez, tal y como empecé. No podía salir de la cueva porque había una tormenta fuera, el sol no aparecía.

No deseaba regresar a las profundidades de la cueva… hacia donde ella había vuelto. Criaturas horribles se encuentran en su interior.

Ella lo hizo, ella decidió irse. Entonces… ¿Por qué debería regresar también? Bueno, estaba muy asustada para volver. Así que me quedé… sola, mientras esperaba a que la tormenta empeorara y terminase de apagar mi fogata.

Y entonces una persona llegó. Ésta persona venía de afuera de la cueva. Estaba solo y lastimado. Él decidió ayudarme a engrandecer el fuego, y nos quedamos ahí, solos, fríos, y él se encontraba temblando y empapado.

Esperamos hasta que entró en calor, no cruzamos ni una palabra, sólo nos quedamos ahí, mirando los ojos del otro. Y al final él habló: me dijo que saliera con él.

Estaba tan confundida… ¿Por qué quería volver afuera? Y peor aún, ¿conmigo?… ¿Por qué yo?    
         
Pensé al principio… que era debido a que yo era la única persona en dicha cueva. Pero porque él pudo ver algo en mí que nadie había notado. Creyó en mí justo como ella hizo una vez. No quería irse de la cueva solo, él en verdad quería que lo acompañase.

Dudé por mucho tiempo. No quería irme de allí y… dejarla sola. Al fondo y a su suerte.  Sin embargo él no quería irse sin mí. Quería salir de la cueva a lo desconocido, conmigo. Él no me estaba dejando atrás, él decidió no dejarme sola, pero sabía que quedarnos escondidos no era una opción
.
Salí, junto a él. Pero aquellas brazas moribundas; quedaron con más fuerza encendidas.


Sexagenarios.


-Marco Antonio Zubía Cazares

Sentados en el bar donde tiempo atrás, desvariaban amparados por noches tan jóvenes como ellos, se encontraban ahora, contándose las canas mientras la nostalgia les flagelaba el pecho. Sus miradas ya no morían de hambre, sino de sueño.

Las calles empedradas cambiaron al colgarse el gafete de sexagenarios.  Porque la muerte pisándole los talones asfalta los caminos como para borrar sus huellas del mundo.
Ellos lo saben, porque tiemblan al oír el aullido de los perros, porque dejaron de conjurar el mañana para empezar a verse en el ayer.

La vejez perfumó sus cuerpos.

¿Cuántas veces no corrieron a cupido de su casa? Se pregunta la gente que los mira con ojos asombrados mientras ella descansa la cabeza en su hombro.

Ya un poco mareados por la contundente pegada del alcohol, él le preguntó sobre la muerte.

<<Hay respuestas que cambian con el tiempo>> Le dijo. 

<<Pero sabes bien que morirás antes que yo>> Mencionó para satirizar el momento.

<<Debemos irnos>> Concluyó sereno. <<Este ya no es lugar para nosotros>>.

<<¿Y a dónde vamos? Si en cada rincón por el que pasamos ya no hay cabida para nosotros. >>

<<No sé, pero quiero ir contigo>>

Entonces ella replicó, tan asustada como orgullosa.

<<Solo queda el cementerio>>

Te siento.


-Lucero Martínez. 


Despierto, te veo y no puedo creer que estés aquí, junto a mi.

Me miras, suspiras y en tu rostro se dibuja una sonrisa.

Te veo y me doy cuenta que te pertenezco. No puedo creer el amor que te tengo. Yo que siempre pensé que el amor era una farsa  me encuentro hoy aquí, rendida ante ti.

Tienes caos y calma en la mirada, una luz de esperanza, el que siempre calma mis ansias.
Día con día aprendo a conocerte, no puedo creer que sea tan fácil quererte y a la vez tan difícil comprenderte.

Yo que solo veía en blanco y negro hoy descubro tus matices, tus sombras, tus luces, tus tonos grises.

Despierto, te veo, te veo y agradezco, agradezco tu existir, tu compañía, el estar junto a mi, tu sonrisa, tu calma, tu caos, tus manos cálidas, tus mejillas rosadas y húmedas por mis besos.

Despierto y siento, siento tus manos en mi rostro, despierto, te siento y juro que no hay mejor manera de vivir.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Lo siento.


-J. Lykaios.

Lo siento, pero no lo siento.
Los verdes valles de mi alma se han secado y las flores azules con que coronaba tu cabello se han marchitado.
Lo siento, pero ya no lo siento.
La fuente evaporaron y las golondrinas dejaron de cantar; murieron con la garganta seca y el pecho lleno de canciones para ti. Murieron en la espera de la esperanza de que nuevamente les dieras de beber.
Lo siento, pero deje de sentirlo.
El día que el verano se volvió azul y la primavera gris. La noche en que la luna se fue sin decir adiós y las estrellas una a una fueron desapareciendo, se extinguieron  a falta de quien coronar.  Los canticos encantados del viento se transformaron en maldiciones tristes que se ahogaban en el negro infinito del cielo absurdo, bastardo que yace inerte sin lunas ni estrellas.
Y me preguntas ahora ¿Por qué no siento ya no sentirlo? Te diré que la eternidad nunca fue mi aliada, podría decir que hace mucho fue mi jurada enemiga.
Nací con la marca de lo efímero, del cambio y la destrucción. Porque algunas veces nos taca ser la luna y otras las estrellas.
Yo solo sé que no lo siento, porque dentro de mí escucho el eco del vació. Porque deje de encontrarte en el ir y venir de los autos y tu voz ya no me susurraba secretos entre las olas.  Ya no me parecía escuchar el picaporte de la puerta cuando despertaba por la mañana y nuevamente éramos lo cotidiano y yo.
Nuevamente era solo yo quien caminaba los viejos senderos.
Otra vez era yo quien con el humo del cigarro se aniquilaba.
Solamente yo esperaba a la primavera.
Ahora lo único que siento, es haberlo sentido.




Los amantes del círculo polar

Siento no poder escribir sonetos acerca de tu piel, canciones que hablen acerca de cómo el tono de tu voz cambia automáticamente cuando estás conmigo, un mural donde una los lunares de tu cuerpo en forma de galaxias que a su vez contengan los secretos del universo, de cómo el amor se ha mantenido vivo por tanto tiempo, porque a pesar de no estar programados para ello, le enseñamos el dedo del medio a nuestra genética y decidimos que el amor sería lo que nos mantendría cuerdos. Y lo siento, por no ser la chica con la que soñabas cuando apenas tenías 15 y estabas explorando tu cuerpo. Siento que no seas mi príncipe azul, no te pareces en nada a mi lista de deseos que escribí cuando tenía 14.

Y aún así: un día el sol se despertó y me iluminó para ti. Y aunque no estabas perdido, de alguna manera mi luz te mostró un camino que estabas esperando desde antes de nacer. No es coincidencia, estaba escrito en las estrellas, y no en cualquiera, sino en aquella que nos mantiene con vida. Ella, se enamoró eternamente de un planeta al que no puede tocar, pero a veces, sueña con una caricia, apenas un roce, y se despierta aterrada al entender que aquello jamás podrá ser.
De eso se trata el amor, ¿no es así?

De verte crecer, expandirte y florecer, de mantenerme siempre a tu lado, de regalarte mi luz cuando la oscuridad te ciegue, pero cuidando de no ser yo la que te destruya con mi calor.
Amor, siento no ser capaz de tocarte sin hacerte daño, porque desde el momento en que nuestros caminos se cruzaron, nuestras órbitas cambiaron para siempre.
Te prometo darte todo este amor que hace a mi corazón arder incluso en las noches más frías.

Porque si yo fuera una científica, hace mucho hubiera bautizado una teoría con tu nombre y para probarla sería capaz de encerrarme en una de esas pequeñas cápsulas, superaría mi claustrofobia y me embarcaría en un viaje que quizá no complete debido a mi edad. ¿Cuánto tiempo haré si mañana salgo en camino al sol?

Tengo tantas cosas que preguntarle.
Quiero que me enseñe a convertir mi amor en un milagro.

Así un día despertarás, en cielo se estará formando una nueva estrella y entonces sabrás que lo hemos conseguido...
la humanidad no tendrá que acabarse a falta de un sol, pues mientras tú y yo nos amemos, no habrá manera de apagar mi corazón.


Por @janethplazola

viernes, 8 de febrero de 2019

Amor sin muerte. Elías Nandino Vallarta

Polvo serán, mas polvo enamorado.

Quevedo

Amo y al amar yo siento
que existo, que tengo vida
y soy mi fuga encendida
en constante nacimiento.

Amo y en cada momento
amar, es mi muerte urgida,
por un amor sin medida
en incesante ardimiento.

Mas cuando amar ya no intente
porque mi cuerpo apagado
vuelva a la tierra absorbente:

todo será devorado,
pero no el amor ardiente
de mi polvo enamorado.

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martes, 5 de febrero de 2019

Las causas - Jorge Luis Borges

Los ponientes y las generaciones. 
Los días y ninguno fue el primero. 
La frescura del agua en la garganta 
de Adán. El ordenado Paraíso. 
El ojo descifrando la tiniebla. 
El amor de los lobos en el alba. 
La palabra. El hexámetro. El espejo. 
La Torre de Babel y la soberbia. 
La luna que miraban los caldeos. 
Las arenas innúmeras del Ganges. 
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña. 
Las manzanas de oro de las islas. 
Los pasos del errante laberinto. 
El infinito lienzo de Penélope. 
El tiempo circular de los estoicos. 
La moneda en la boca del que ha muerto. 
El peso de la espada en la balanza. 
Cada gota de agua en la clepsidra. 
Las águilas, los fastos, las legiones. 
César en la mañana de Farsalia. 
La sombra de las cruces en la tierra. 
El ajedrez y el álgebra del persa. 
Los rastros de las largas migraciones. 
La conquista de reinos por la espada. 
La brújula incesante. El mar abierto. 
El eco del reloj en la memoria. 
El rey ajusticiado por el hacha. 
El polvo incalculable que fue ejércitos. 
La voz del ruiseñor en Dinamarca. 
La escrupulosa línea del calígrafo. 
El rostro del suicida en el espejo. 
El naipe del tahúr. El oro ávido. 
Las formas de la nube en el desierto. 
Cada arabesco del calidoscopio. 
Cada remordimiento y cada lágrima. 
Se precisaron todas esas cosas 
para que nuestras manos se encontraran.

Escribe.

J. Lykaios.
¿Para expiar tus culpas, para silenciar a la corte que yace en lo más profundo de tu ser y de esta manera exorcizar a los fantasmas que noche tras noche se sientan a hacerte compañía en la cama?
¿Para ahogar en silencioso grito aquello para lo que no existen oídos? ¿Para retratar el rostro que nunca existió en el lienzo que mañana olvidaras bajo la gran pila de recuerdos?
Dime ¿Para qué escribes?  ¿A caso buscas la anhelada inmortalidad? En cada renglón imprimes todo tu peso. Te clavas la pluma en el corazón y usas tu sangre como tinta, porque para ti estas no son solo letras, son confidencias del alma que se agolpan buscando la libertad, desean la levedad y no mirar atrás, desean elevarse y dejar su rostro en el olvido, perder su nombre y ser de quien las contemple en una noche de alcohol y cigarrillos, para ser luego olvidadas por la mañana.
Para afirmarte en el desesperado ritmo del mundo y no olvidar quien eres. Para lamer tus heridas y encontrar consuelo en el eco mudo de tus palabras cuando la soledad se vuelve insoportable.
Para aniquilar las mariposas en el estomago y sustituirlas por un puñado de amargas realidades. Como un acto de valor, cada letra se imprime en tu frente y deja una marca imborrable, un mensaje codificado, un recuerdo de todas tus batallas. Con mano propia tomas el hierro ardiente y sellas en la piel de tus palabras tu símbolo, porque aun eres muy cobarde y no te atreves a escribir junto a ellas tu nombre.
Dime ¿tu para que escribes? ¿Por miedo al aniquilamiento o como confesión de tus pecados? ¿Cómo una forma de redención o para aligerar la carga sobre tu espalda? ¿Eres esclavo de tus letras o son ellas la llave a mundos ulteriores donde los eternos ríen sin tener motivo? ¿Para clavar tu alma en la cruz del desprecio o para enaltecer hasta los confines de la existencia a un gran amor?
Tú, que levantas tu pluma y cierras los ojos.
Tú, él que habla del linaje de las palabras.
Tú, aquella que desgarra los retazos de amores del pasado.
Tú, que en tus letras encuentras la cordura que el absurdo te robo y nunca devolvió.
Tú, que escribes y no tienes miedo de que eso te lleve a juicio, escribe y no dejes de hacerlo; escribe, porque es lo que nos diferencia de los animales no humanos. Escribe aunque en ello se te vaya la vida, escribe, porque escribir es el mayor acto de rebeldía.

Funes el memorioso - Jorge Luis Borges.


Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.

         Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.

         Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
         Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.

         Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.

         No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio:

         El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.

         En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
         

Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.

         Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.

         Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
         Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.

         La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando..
         Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, 1a caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas... Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
         Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.

         Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir.

Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
         Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.

         La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
         Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
         Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.


1942

Incuestionamientos

Los signos tienen un sentido, Las preguntas un propósito, Las dudas un misterio, Los adivinos un secreto. Hay que empezar a pensar y a cuest...