Janeth Plazola.
-¿Qué estamos haciendo?
-Estamos siendo normales.
-Claro, pero ¿qué es normal?
-Normal es ser como todos los demás, sin deferencias; es pensar igual a ellos y seguir sus costumbres y tradiciones, es estar en contra de lo que ellos están, es encajar en el patrón, es ver televisión todo el día hasta que tus neuronas se hayan consumido y no puedas pensar "out of the box", es pasar tu tiempo libre actualizando tus redes sociales en vez de reunirte con amigos, es leer libros que hablan de superación personal, y estar en contra del gobierno pero no hacer nada, porque implicaría demasiado esfuerzo, es idealizar a todos esos famosos que salen en revistas y querer imitarlos, es tener la ropa de moda; ser normal es ser parte de una masa y que tu rostro no pueda ser distinguido entre la multitud.
-¿Y no te parece estúpido? Es como ser una pequeña hormiga que no puedes distinguir de entre todas las demás y dejarse arrastrar por la corriente, ¿así quieres ser?
-No lo he decidido yo, es lo que conviene. Porque si no le convienes a la multitud, o ven que te haz vuelto diferente a ellos se deshacen de ti, así de fácil.
-Pero ¿eso es todo?, ¿no quieres ser algo más? Alguien que se destaque por sus ideas y cambie formas de pensar, alguien que descubra algo maravilloso y ponga a reflexionar a todos, ¿no te gustaría?
-Eso sería igual a ser una pequeña hormiga que se rebela y va en contra de todas las demás, que tiene pocas probabilidades de sobrevivir sola, probablemente muera.
-¿Y si otras hormigas deciden seguirte? Entonces se convertirían en una pequeña multitud, ya no estarías solo y tendrías ideas nuevas para esparcir por el mundo. Yo no quiero ser hormiga, no sé tú, pero yo puedo decidir y formarme criterios. La vida es más fácil cuando te dejas arrastrar por la corriente, pero en algún punto tendrás que abrir los ojos y darte cuenta de que estás viviendo en una farsa.
domingo, 30 de septiembre de 2018
Volar (parte lll de lll)
Eder Barajas.
—¿Dónde está mi mujer, mis hijos?
—¡’Perate, compadre! ¡Ayúdenme a agarrarlo!
—¡Déjenme entrar por ellos! ¡Déjenme sacarlos!
—No pudimos entrar a sacarlos, compadre. Te lo
juro que lo intentamos pero cuando llegamos, la lumbre ya casi había acabado
con todo.
Caí de rodillas y me cubrí el rostro con ambas
manos. Tengo una sensación de nauseas, de desesperación y dolor. Si pudiera
llorar, lo hubiera hecho, pero hace mucho que los ojos y el alma se me secaron.
Ya no quiero recordar esto, ya no quiero estar aquí. ¡Que ya se acabe este
sueño! Por favor, dime qué tengo qué hacer.
Recuerdo que durante mucho tiempo el dolor me
volvió loco y me perdí en el alcohol. Buscaba la oportunidad para acabar con
esta vida que ya no quería y juntarme con ellos en el cielo. Porque estoy
seguro allá deben estar los tres esperándome.
—¿Tú lo sabes, verdad? ¿Sabes que me duele y
esperas avivar ese dolor para animarme a quitarme la vida? ¿Eres el demonio que
me visita en mis sueños? ¿Eres el diablo empujándome al suicidio para verme
sufriendo y vagando eternamente? —le pregunté a mi acompañante, del que hasta
el momento desconocía su identidad.
Sólo encontré silencio en medio de la obscuridad
de la noche, el cual fue interrumpido por la voz de una anciana que se
escuchaba como un susurro, con un eco como el que se reflejaba en las montañas
del pueblo.
—No hagas una tontería mijo. Hazlo por ti y por
ellos, el suicidio es el peor de los pecados. Eso Dios no te lo perdonaría. Si
intentas acabar con tu vida, tu alma penará por la eternidad y nunca podrás
irte al cielo con ellos. Me duele verte sufrir y también yo sufro por tu
pérdida, me duele verte cómo te vas extinguiendo perdido en los vicios. No hay
nada peor para una madre que ver a un hijo muriendo lentamente, verlo muerto en
vida.
No sé cuánto tiempo duré aquí, de rodillas entre
las cenizas. Me puse de pie, busqué entre los escombros y encontré el viejo
retrato: mi mujer, mis dos hijos y yo en la plaza de Santiago, con la iglesia
en el fondo. Los cuatro sonreímos. La apreté fuerte contra mi pecho y cerré los
ojos. Sentí el aire suave en el rostro, mi cuerpo ligero como si flotara, casi
puedo sentir que vuelo.
—¿En verdad, sabes lo que se siente volar? —me
preguntó mi acompañante.
—No sé. Creo que sí…, en los sueños de mi niñez.
Siento nubes de algodón a mi alrededor, el dolor
desaparece lentamente y el gozo infinito que sentía en mis sueños de la
infancia vuelve a aparecer. Ja, ya he sentido este tipo de sueños que te llevan
de un lugar a otro, que te traen para arriba y para abajo.
Entre las nubes aparece una visión. Es mi cuerpo
viejo y arrugado recostado en mi cama, cubierto con una sábana blanca. Dos
mujeres de edad avanzada están terminando de cubrirlo de pies a cabeza.
—Pobre hombre, no sé si siento pena o alegría de
que haya muerto. Después de tantos años de sufrimiento…
—Oye, mujer, la muerte no se le desea a nadie.
—Pos no, pero tal vez ahora ya esté descansando.
Mira la cara de tranquilidad con la que murió, hasta parece feliz el condenado.
—Nacha, no le hables así a los muertos.
—Ave María purísima.
—Sin pecado concebido.
—Dios te salve María, llena eres de gracia, el
Señor es contigo…
La sensación de felicidad que me embarga
mientras estoy entre las nubes es mayor, ya sé lo que se siente volar. Dicen
que cuando mueres regresas tras tus pasos a recoger cada momento de tu vida. Ya
sé lo que significan este sueño y este peregrinar; ya no hay dolor ni
cansancio, ya no siento tristeza ni soledad. Si la muerte pudiera sonreír,
estoy seguro que en este momento en que los huesos de la mano descarnada de
ella, mi acompañante, me dice adiós, tal vez lo haría. Poco a poco, se va
quedando más y más atrás; mira complacida con sus cuencas vacías cómo me pierdo
entre las nubes, que se acabó mi desdicha y que por fin he aprendido cómo
volar.
Hijos malditos
J. Lykaios.
En
nuestra sangre corre el error que nuestros ancestros eligieron abrazar y sin
alguna objeción decidieron perpetuar a través de generaciones ¿Fue por
inocencia? ¿Fue por ignorancia? Las causalidades poco importan ahora, realmente
nunca lo hicieron, nunca importaron puesto que ninguna excusa tiene el peso
suficiente para desaparecer la culpa, ninguna excusa es capaz de disolver o
siquiera remover de nuestra consciencia colectiva, esa consciencia a la que
llamamos historia, la culpa que ahora sobre nosotros se extiende como una
sombra que nos persigue desde el amanecer de la carne y que no desaparece hasta
la extinción de nuestras almas.
Hijos
malditos, hijos bastardos, hijos del odio, sin culpa ni remordimiento, nos
ensañamos en clavar las estacas de hierro frio en el vientre de nuestra madre
para extraer un poco de su sangre; ignoramos sus lamentos y nos volvemos ciegos
para no mirar sus lágrimas.
¡Oh,
madre! No te imploro que nos perdones y no espero que nos entiendas, pues tú,
en tu infinita bondad de madre, no dejas de procurarnos y darnos tu tierno
cobijo y cultivas con ternura el maíz que hemos de llevarnos a la boca, madre,
es poco decir que el amor que en cada gesto nos procuras es un amor venido de
un plano atemporal, al que nosotros como seres mortales y finitos, efímeros, no
tenemos posibilidad de acceder.
Y
no podemos apelar a una naturaleza preestablecida que nos arrastre hacia el
mal, ya que hace miles de años abandonamos en el camino todo rastro de una
naturaleza y nos volcamos de lleno en la senda de la elección, de la continua
formación; extendimos los brazos y por la izquierda tomamos las decisiones y
por la derecha la responsabilidad que les corresponde a nuestras elecciones.
Y
de esta forma comenzamos hacía lo que ahora somos, siendo el
centro de los reflectores del protagonismo, la atención se enfocó sobre
nosotros y nuestros primitivos ojos no pudieron con semejante placer, nos
volvimos seres enfermos de racionalidad, enfermos de saber y con un estado de
responsabilidad terminal y pretendimos transformarnos en aquel Dios al que
nosotros mismos aniquilamos, pretendimos no necesitar más de ti, dulcísima
madre, y nos volvimos contra ti, te declaramos la guerra con descarado egoísmo
y alimentamos este absurdo delirio de
grandeza que cegaba nuestra vista, no podíamos ver la realidad de lo que
acontecía, cerrábamos los ojos para no mirar lo que de nuestra manos derecha
tirada en consecuencia a la masacre que con nuestra izquierda realizábamos,
porque esa es la palabra para describir lo que de verdad realizábamos; una
masacre, pues tu jamás levantaste arma contra nosotros, aun cuando te orillamos
el abismo, agonizante, herida en el corazón, llenos de odio por nosotros,
mismos que expresábamos aniquilando la fuente de donde proveníamos,
masacrándonos por el derecho de apuñalarte madre, mostrándonos los dientes para
ganarnos el derecho de arrancar un trozo de tu carne.
Hoy
tal vez sea muy tarde para darnos cuenta del mal que hemos causado a nuestra
madre, quizás este fue nuestro más íntimo deseo, nuestra aniquilación. Hoy tal
vez sea tiempo de darnos cuenta de nuestro error y mirar las cosas diferentes,
pues parece que realmente si existe una naturaleza humana, una condición sin la
que nuestra especie no sería tal cual lo es ahora, pues esta la piedra angular
para el desarrollo de nuestro ser, nuestra alma o nuestra esencia, como quieran
llamarlo. Hoy tal vez sea tiempo de mirar la realidad, envenenarnos con la
evidencia y darnos cuenta que nuestra naturaleza parte del signo de la muerte,
el aniquilamiento. Somos la encarnación de un hambre voraz e insaciable, que no
conoce los límites.
Somos
la muerte, la muerte está en nosotros. Y como la muerte somos, sentimos un odio
tan natural y tan profundo por la vida que ahora no podemos sentirlo, pero
siempre está ahí.
Al
odiar la vida por naturaleza, nosotros, los hijos malditos, odiamos al origen
de toda vida, la tierra de donde provenimos, porque ella es la verdadera madre,
la que en un acto de amor por la vida, permitió que muerte le entregara sus
hijos, para cuidar de ellos. Odiamos a nuestra madre, pero por herencia de
esta, nos negamos con absurdo temor a seguir nuestra naturaleza de muerte y
procreamos para preservarnos, para perpetuar este odio, esta muerte.
Hoy
tal vez de nada sirva darnos cuenta que somos los hijos malditos y que por
nuestras venas corre esta maldición, este error.
Hoy
nada cambiara si nos enteramos que solo somos hijos malditos, condenados a
vivir.
sábado, 22 de septiembre de 2018
Volar (parte ll de lll)
Eder Barajas
En otro punto de la plaza aparece una imagen borrosa de ella sentada en una banca junto a mí. La imagen se va difuminando hasta desaparecer. Siento que en el pecho algo salta sin control, si esto no fuera un sueño, estoy seguro que en este momento sentiría dolor.
—¿Por qué me haces esto? —le pregunto al tipo que me acompaña.
—Tú me trajiste aquí. No me culpes de tus propios pasos.
—Ya no quiero recordar eso.
—Lo siento. Hemos estado en los lugares a los que tú me has llevado.
—Ese es un recuerdo feliz que me duele. ¿Qué tengo qué hacer para despertar?
—Yo no tengo esa respuesta, yo sólo te estoy acompañando. ¿Este peregrinar que estamos haciendo, en verdad te provoca dolor o es felicidad?
—No lo sé. ¡Sólo quiero despertar! ¿A dónde tengo que llegar?
Desesperado, empecé a correr sintiendo el aire en la cara y el cuerpo ligero. Tengo los ojos cerrados, casi siento volar.
Un instante y abrí los ojos. ¿Por fin habré despertado? Me siento más tranquilo. Creo que ya desperté, ya no tengo esa sensación rara en el pecho de hace un momento. Al abrir los ojos descubrí que estoy recostado en el piso de la cancha de la plaza, a un lado del huanacaxtle llamado “El Árbol de las Promesas”. Es una tarde con golondrinas surcando el cielo azul con algunas nubes blanquísimas y alrededor de mí algunas libélulas volando y haciéndome la ronda.
Escucho campanadas. Vivas y hurras, unos granos de arroz cayendo en mi cara. ¿Una boda? La tarde se va obscureciendo conforme me voy levantando. Me incorporé y me acerqué a la conglomeración de siluetas humanas alrededor de aquella pareja bailando su primer vals. Intento acercarme pero estos cuerpos obscuros bloquean mi paso y, sin siquiera voltear a verme, no me permiten cruzar, como si ignoraran mi presencia. Por fin pude abrirme paso y entre el forcejeo, con sobresalto me fui de bruces hasta la pareja. Cerré los ojos esperando impactarme contra ellos y arrollarlos, pero seguí de paso, como si hubiera pasado a través de dos fantasmas. Con el cuerpo descompuesto en el piso de tierra recién regada, me quedo contemplando aquella escena que conozco perfectamente.
—Caminemos —me dijo la voz a la que ya me había acostumbrado. Otra vez no había nadie a quien contestarle. Cualquier sentimiento de alegría o tristeza empiezan a ser reemplazados por el miedo, la confusión y la desesperación.
Me abrí paso forcejeando entre los cuerpos obscuros, mientras el llanto de un bebé me aturdía en mi intento por pasar. Salí a la claridad y llegué a un campo de tabaco. Me vi a mí mismo adulto, en una enramada ensartando hojas de estas plantas. La parcela es enorme, la enramada en la que me encuentro, formada de palos de mangle y palmeras, me parece una pequeñísima isla flotando entre la infinidad de un océano de plantas con grandes hojas color verde-amarillo. Hasta donde me alcanza la vista, hasta el horizonte, percibo plantas de tabaco.
—¡Véngase a comer don, sírvase un taco! —gritó la mujer que llegaba caminando, dirigiéndose a mi patrón, el dueño de la plantación, que en ese instante colgaba las sartas formadas con las hojas que yo estaba ensartando.
—Ahorita voy Lolita. ¡Gracias! —le contestó el hombre, mientras un niño de unos cuatro años se abalanzaba hacia el ‘yo’ que estaba trabajando y ‘mi’ mujer, que cargaba un bebé de unos cuantos meses, desenvolvía las envolturas y abría los recipientes con la comida. Las risas de los niños, las de ‘mi’ mujer y las de aquél ‘yo’, se escaparon junto con un fuerte remolino que levantó nubarrones de polvo y terminó por borrar la escena que había vivido tantas veces hacía ya mucho tiempo.
Me quedé pasmado, de pie y sin parpadear. Sentía la garganta reseca, el cuerpo tembloroso y la misma sensación en el pecho de hace rato. Pasé saliva con dificultad.
El sol de la tarde se va metiendo rápidamente, se pierde en el horizonte que llega hasta el límite color verde de la enorme plantación. La sensación de soledad y vacío que he llevado a cuestas en los últimos años de mi vida se aglomeró en mi ser en un solo instante y de golpe. Si me preguntaran si he sido infeliz, la respuesta sería un sí. Este sueño —o pesadilla, no sé cómo llamarle— me ha estado mostrando algunos de los instantes más felices de mi vida, lo que me recuerda y me enseña violentamente lo desdichada que es ahora.
—¿Es necesario continuar con esto?, ¿cuánto más es necesario lastimarme?, ¿o acaso me estás animando a que olvide mi cobardía y por fin me decida a acabar con esta existencia vacía y sin sentido?
—Tú sabes perfectamente por qué no lo has hecho —me contestó mi acompañante.
Caminamos un poco entre la obscuridad y una ráfaga de aire helado me dio en la cara. De pronto, la noche se iluminó de golpe debido a grandes llamaradas que consumen una choza de techo de palma y paredes formadas con troncos. Gritos desesperados y gente corriendo en desbandada.
—¡Traigan más agua! ¡Allá está otra cubeta!
—¡Esto es un infierno! ¡No podemos entrar a sacarlos!
—¡Alguien ayúdeles, por amor de Dios!
El hombre que iba llegando de trabajar en el campo arrojó su bicicleta a las piedras de la cerca y corrió desesperadamente hacia la gente que hacía intentos desesperados por acabar con el fuego.
En otro punto de la plaza aparece una imagen borrosa de ella sentada en una banca junto a mí. La imagen se va difuminando hasta desaparecer. Siento que en el pecho algo salta sin control, si esto no fuera un sueño, estoy seguro que en este momento sentiría dolor.
—¿Por qué me haces esto? —le pregunto al tipo que me acompaña.
—Tú me trajiste aquí. No me culpes de tus propios pasos.
—Ya no quiero recordar eso.
—Lo siento. Hemos estado en los lugares a los que tú me has llevado.
—Ese es un recuerdo feliz que me duele. ¿Qué tengo qué hacer para despertar?
—Yo no tengo esa respuesta, yo sólo te estoy acompañando. ¿Este peregrinar que estamos haciendo, en verdad te provoca dolor o es felicidad?
—No lo sé. ¡Sólo quiero despertar! ¿A dónde tengo que llegar?
Desesperado, empecé a correr sintiendo el aire en la cara y el cuerpo ligero. Tengo los ojos cerrados, casi siento volar.
Un instante y abrí los ojos. ¿Por fin habré despertado? Me siento más tranquilo. Creo que ya desperté, ya no tengo esa sensación rara en el pecho de hace un momento. Al abrir los ojos descubrí que estoy recostado en el piso de la cancha de la plaza, a un lado del huanacaxtle llamado “El Árbol de las Promesas”. Es una tarde con golondrinas surcando el cielo azul con algunas nubes blanquísimas y alrededor de mí algunas libélulas volando y haciéndome la ronda.
Escucho campanadas. Vivas y hurras, unos granos de arroz cayendo en mi cara. ¿Una boda? La tarde se va obscureciendo conforme me voy levantando. Me incorporé y me acerqué a la conglomeración de siluetas humanas alrededor de aquella pareja bailando su primer vals. Intento acercarme pero estos cuerpos obscuros bloquean mi paso y, sin siquiera voltear a verme, no me permiten cruzar, como si ignoraran mi presencia. Por fin pude abrirme paso y entre el forcejeo, con sobresalto me fui de bruces hasta la pareja. Cerré los ojos esperando impactarme contra ellos y arrollarlos, pero seguí de paso, como si hubiera pasado a través de dos fantasmas. Con el cuerpo descompuesto en el piso de tierra recién regada, me quedo contemplando aquella escena que conozco perfectamente.
—Caminemos —me dijo la voz a la que ya me había acostumbrado. Otra vez no había nadie a quien contestarle. Cualquier sentimiento de alegría o tristeza empiezan a ser reemplazados por el miedo, la confusión y la desesperación.
Me abrí paso forcejeando entre los cuerpos obscuros, mientras el llanto de un bebé me aturdía en mi intento por pasar. Salí a la claridad y llegué a un campo de tabaco. Me vi a mí mismo adulto, en una enramada ensartando hojas de estas plantas. La parcela es enorme, la enramada en la que me encuentro, formada de palos de mangle y palmeras, me parece una pequeñísima isla flotando entre la infinidad de un océano de plantas con grandes hojas color verde-amarillo. Hasta donde me alcanza la vista, hasta el horizonte, percibo plantas de tabaco.
—¡Véngase a comer don, sírvase un taco! —gritó la mujer que llegaba caminando, dirigiéndose a mi patrón, el dueño de la plantación, que en ese instante colgaba las sartas formadas con las hojas que yo estaba ensartando.
—Ahorita voy Lolita. ¡Gracias! —le contestó el hombre, mientras un niño de unos cuatro años se abalanzaba hacia el ‘yo’ que estaba trabajando y ‘mi’ mujer, que cargaba un bebé de unos cuantos meses, desenvolvía las envolturas y abría los recipientes con la comida. Las risas de los niños, las de ‘mi’ mujer y las de aquél ‘yo’, se escaparon junto con un fuerte remolino que levantó nubarrones de polvo y terminó por borrar la escena que había vivido tantas veces hacía ya mucho tiempo.
Me quedé pasmado, de pie y sin parpadear. Sentía la garganta reseca, el cuerpo tembloroso y la misma sensación en el pecho de hace rato. Pasé saliva con dificultad.
El sol de la tarde se va metiendo rápidamente, se pierde en el horizonte que llega hasta el límite color verde de la enorme plantación. La sensación de soledad y vacío que he llevado a cuestas en los últimos años de mi vida se aglomeró en mi ser en un solo instante y de golpe. Si me preguntaran si he sido infeliz, la respuesta sería un sí. Este sueño —o pesadilla, no sé cómo llamarle— me ha estado mostrando algunos de los instantes más felices de mi vida, lo que me recuerda y me enseña violentamente lo desdichada que es ahora.
—¿Es necesario continuar con esto?, ¿cuánto más es necesario lastimarme?, ¿o acaso me estás animando a que olvide mi cobardía y por fin me decida a acabar con esta existencia vacía y sin sentido?
—Tú sabes perfectamente por qué no lo has hecho —me contestó mi acompañante.
Caminamos un poco entre la obscuridad y una ráfaga de aire helado me dio en la cara. De pronto, la noche se iluminó de golpe debido a grandes llamaradas que consumen una choza de techo de palma y paredes formadas con troncos. Gritos desesperados y gente corriendo en desbandada.
—¡Traigan más agua! ¡Allá está otra cubeta!
—¡Esto es un infierno! ¡No podemos entrar a sacarlos!
—¡Alguien ayúdeles, por amor de Dios!
El hombre que iba llegando de trabajar en el campo arrojó su bicicleta a las piedras de la cerca y corrió desesperadamente hacia la gente que hacía intentos desesperados por acabar con el fuego.
viernes, 14 de septiembre de 2018
A mis padres.
Calixto Gama.
Mi vida ha sido un conjunto de errores y oportunidades
desperdiciadas, como cualquier otra.
En un lúgubre mundo donde cada nuevo ser precisa que durante
más de veinte años otros seres, ya aprisionados, lo alimenten, lo eduquen, lo
cobijen… lo encajen en el mundo de “lo humano”
Y en mi vida esos seres fueron mis padres:
Que por amarme sin piedad.
Por levantarme para luchar.
Por sus palabras de aliento.
Por enseñarme a no desistir.
Por siempre creer en mí.
Por preocuparse por mis problemas;
Y recompensa no pedir.
A su manera me educaron para entender que negro implica
blanco,
que luz implica oscuridad, que el “yo” implica otros…
que vivir definitivamente implica sufrir.
Dejé de sentirme como un extraño en el mundo,
Pues: “Somos criaturas del universo; no menos importantes
que la más bella de las estrellas o el más cristalino de los océanos, tenemos
derecho a existir. Y aunque no lo quieras el universo es tuyo” como ellos me
solían decir.
martes, 11 de septiembre de 2018
Volcán.
J. Lykaios.
En
un último y desesperado intento por agitar la siempre indiferente existencia
que le rodea, el volcán vuelca la furia que alberga en su interior desde hace
milenios.
La
tierra tiembla y dentro de ella se escuchan poderosos crujidos que a veces
podría jurarse que asemejan a lamentaciones, como si fuesen almas atormentadas
por algún pícaro demonio que se detuvo a jugar solamente porque sí cuando el
volcán con toda la fuerza que tiene quiebra grandes rocas que daban por sentada
su existencia en niveles subterráneos donde yacían indiferentes ante todo lo
que pasará por encima de ellas. Ha
contenido por tanto tiempo esta iracunda energía, que ni el propio volcán
recuerda si nació con esta energía o fueron los siglos de ver de frente a las
tormentas las que forjaron esta fuerza en su interior. Y esta estridente voz
que le permite hacerse notar entre los aldeanos que a sus faldas han fundado su
villa ahora resuena como nunca antes lo había hecho, una palabra exhalada por
el volcán y las paredes de los aldeanos se cimbran. El pícaro emisario del
infierno baila y ríe al encontrar la perdición en los ojos de los aldeanos
quienes desesperados huyen sin saber bien a donde ir, no entienden lo que pasa.
La montaña que hasta ahora les había protegido de los vendavales y la que con
paciencia había hecho crecer la hierba en sus laderas para alimentar las cabras
que los proporcionaban comida y abrigo se quitaba la máscara y mostraba su
verdadera forma; un monstruo aniquilador, con la fuerza suficiente para hacer
temblar el mundo, con la irá suficiente para echar por tierra lo que hasta
ahora habían construido sobre sus laderas que ahora se revelaban como mentiras.
Pero
el volcán ya no está para prestar oídos a los lamentos de los aldeanos que
nunca habían siquiera pensado en que aquella dócil montaña a la que habían
cargado con el peso de su vida fuese algo vivo. Jamás se les ocurrió imaginar
que se trataba de un ser que, si bien silencioso, observaba los acontecimientos
y podía (en silencio) sentir cada vez que los agricultores clavaban sus hierros
en su piel marrón y lloraba con silenciosa solemnidad cada vez que un árbol de
su ladera era echado abajo.
El
volcán ya no está para lamentos ni para nada más que tenga que ver con asuntos
humanos, harto esta de recibir la herida que jamás pidió, no desea continuar
cargado con la condena del crimen que nunca cometió. Lo ha decidido y ha puesto
manos a la obra. Espera alcanzar la altura necesaria para tocar el firmamento y
desde ahí precipitar todo su ser en la edificación de un nuevo paisaje, desea
que cuando el sol regrese poderoso y brillante por el oriente, se lleve la
sorpresa de que el volcán ha dejado de
ser un camello y que si bien, ahora todo a su alrededor yace muerto y sin
vida, pronto podrá nuevamente florecer de entre los escombros del dolor un
nuevo tipo de belleza en el que el sol podrá posar sus ojos cuando con su
benevolencia cruce los cielos cada día.
Vuela
el magma por las alturas y entre cenizas y rocas que salen disparadas a una
velocidad de muerte, el cielo se ennegrece presagiando el final, la muerte
necesaria para el nuevo comienzo; el sol
avanza lleno de incertidumbre y curiosidad por mirar lo que acá abajo ha
pasado; quiere observar de cara a los mediocres hombrecillos de arcilla que
buscan hacerse sobre las cumbres más alejadas del cráter pero no desea intervenir,
el esta tan elevado que desde sus elevados aposentos los problemas del volcán le
parecen cosa de risa.
La
furia con que el volcán escupe es de tal magnitud que nada puede escapar de
ella y quienes intentan escapan en frenética huida únicamente logran prolongar
el transcurso de los inevitables hechos. Su tiempo ha terminado, deben volver a
la tierra para poder volver a iniciar, para poder restaurarse y comenzar desde
cero, debe echar el volcán abajo todo lo que ha ocupado sus laderas para poder
con sus propias llamaradas, con el poder de la furia roja que desborda deberá
crearse de nuevo. Sin embargo, más pronto que tarde el volcán se da cuenta de
la realidad y esta no es una realidad que sea fácil de observar pero sí que es
necesario hacerlo, porque lo que observa el volcán es su obra; logro dar el
paso que nadie quiere dar, cruzo la línea delimitada por la existencia de esos
pequeños aldeanos que ahora yacen bajo el magma ardiente. Ha dado el paso, el
acto se ha consumado y se ha afirmado en la existencia con tinta indeleble,
porque una vez que el curso de las cosas comienza su marcha, es imposible que
estas se detengan alguna vez; pueden regalarnos prorrogas, pueden concedernos
la dulcísima ilusión escondida detrás del velo de un supuesto olvido que por
las noches quiebra sus barreras y en sueños vuelve a nosotros para perseguirnos
y devorar nuestra alma. Pero ante esto último, el volcán no tiene nada que
temer puesto que ya no tiene nada que perder, ya que el magma que ha expulsado
apenas hace unos momentos, la furia con que destruyo aquellos falsos
hombrecillos que le poblaban cual si fuesen las viejas tablas de valores, era
todo lo que tenía.
Vacío,
sin magma que albergar, el volcán puede ver las cosas por completo y se ríe de
esta siniestra broma de la que ha sido víctima; con su furia logro avanzar y
dar el salto que necesitaba, desprendido de esas anclas que le retenían, habiendo
soltado esos hombrecillos que clavaban y sangraban sus laderas ahora el volcán no
tiene nada a que aferrarse y ha quedado vació, consumió su alma en esta última proeza
con la que rompió las leyes humanas que le volvían un prisionero. Abrió los
candados que cerraban las puertas tras las que se encontraba el camino a las
cumbres, pero la llave con que esos candados fueron abiertos tuvo que ser forjada
con el acero de su corazón fundido en lo que ahora no son apenas brazas de su
alma.
Sin
nada que perder, pero tampoco nada contra lo cual rebelarse, el volcán cierra
los ojos al saber que su acción ha sido consumida. Cierra los ojos sabiendo que
no queda nada más que pueda apostar en el juego y como buen perdedor cierra los
ojos con honor, al saberse dueño de sí y, aunque sabe que la vida no le
alcanzará para ver el esplendor de este nuevo paisaje que ha creado, encuentra
el valor suficiente para abrazar la extinción en saberse mediador de una nueva
especie de hombrecillos de arcilla que deberán ser derrumbados por nuevos
volcanes. Se retira sabiendo que si bien no fue un fin, se convirtió en un
mediador, duerme para siempre conociendo que ahora vivirá en cada una de las
flores que entre las cenizas que ha esparcido crecerán. Cierra los ojos
sonriendo, cierra su vida sabiéndose libre.
lunes, 10 de septiembre de 2018
Volar (parte I de lll)
Eder Barajas.
*Insiprado en el
Diario de Mario Lupo y en el album Fontana Bella, de Austin TV
El maguey apunta la
dirección
que el diablo tomó
cuando lloró gotas de amor…
“El último llanto del diablo”, canción de Círculos de Nada
—¿Volar? No, yo nunca he podido volar. Ese
fue mi sueño más recurrente de niño. Ya había olvidado la sensación del aire
suave en el rostro, las nubes sobre mí y en algunas ocasiones a mi alrededor,
como pequeños trozos de algodón; mi cuerpo ligero flotando y desplazándose.
Recordar esas sensaciones me hace sonreír.
—¿Y nunca lo intentaste en la vida real?
—No. El tiempo repta lentamente y en
silencio, y sin darte cuenta se va borrando todo, hasta tus anhelos y deseos de
vivir. Te duele recordar cuándo perdiste esos deseos y te escondes de aquél
recuerdo. Un día simplemente miras las arrugas surcando tu cara y el cabello
blanco, sientes lo brutal y dolorosa que es la soledad; cansado de vivir,
reparas en que ya no existe nada de lo que ansiabas y querías. No estoy seguro,
pero creo que en realidad, en los últimos años de mi vida nunca he intentado
nada extraordinario.
—Ven, caminemos. Ya que no puedes y nunca
has intentado volar, iremos caminando.
Los murmullos lejanos que envolvían el
ambiente cesaron, me levanté de la banca del pequeño templo apenas iluminado
por la llama zigzagueante de algunos cirios que salpicaban las sombras del
interior con una luz con matices amarillentos llegando a un tipo de anaranjado.
Salimos a la plaza, pasamos frente al kiosco por la calle empedrada y sin saber
cómo, avanzamos bajo la claridad que daba la luz de una luna llena enorme y
plateada flotando en el cielo inundado de estrellas, cuyo resplandor cubría la
soledad y el silencio de lo infinito de los campos de tabaco, y su brillo se
reflejaba en las grandes hojas de las plantas de las parcelas que flanqueaban
la vereda por la que ahora caminábamos.
¿Qué tipo de sueño es este? Repentinamente,
de un espacio cambiamos a otro, avanzamos por las calles, caminos y alrededores
del pueblo con unos cuantos pasos. Ya he tenido otras pesadillas parecidas,
pero de esta no puedo despertar. Mi acompañante volteó hacia mí y con la cabeza
me hizo una seña para apurarme, pues entre mis cavilaciones me iba quedando
atrás.
Caminamos bajo la sombra de un árbol
frondoso, reconocí la higuera que estaba en la parcela que pertenece a la
escuela primaria del pueblo, y a un costado otro árbol, uno de mangos. Me
imaginé (o me vi) junto a mis amigos de la infancia saliendo a la carrera del
canal en el que nos bañábamos y jugábamos; salimos destilando agua del cuerpo y
avanzamos por la vereda llena de polvo para intentar llegar primero, subir al
árbol de la parcela y ganar los mangos más maduros. Las risas, los gritos y la
visión de la escena se fueron esfumando conforme nos íbamos acercando. Recordar
aquellos juegos y travesuras me hacen sonreír otra vez, es una sensación de
gozo la que me provoca ver este recuerdo. A veces así son los sueños.
—¿Nunca intentaste nada extraordinario? —me
preguntó mi acompañante. Volteé a verlo para contestarle pero no había nadie.
Busqué con la vista en mi alrededor y me quedé en silencio—. Ven, continuemos
—me dijo una voz, y seguí el camino que tenía al frente. Vamos caminando pero
me siento ligero, no siento cansancio, como si en realidad no pisara la tierra
suelta del camino. Esto cada vez me parece más confuso, ¿a qué hora despertaré?
Avanzamos unos cuantos pasos y
repentinamente me veo en la primaria jugando futbol con mis amigos en el patio.
No. Ahora estamos corriendo, jugando a los “encantados”. Yo siempre corría tras
la niña que me gustaba y después de que la alcanzaba me hacía el desentendido.
Ahora me siento sonrojado, tal vez es por la ternura que me provoca la
inocencia de aquél tiempo. Un suspiro se ahoga en mi pecho, veo a aquella niña
en su carrera y no puedo evitar una sonrisa triste. —¡Corre, Lolita! —se
escuchan los gritos cada vez más lejanos, opacados por un trueno y un relámpago
que se dibujó en el cielo.
Hay lluvia. No es una tormenta estruendosa
como las que me asustaban y me hacían buscar el regazo de mi madre mientras las
gotas se impactaban contra el techo de palma de la casa y la luz de los rayos
se colaban por las rendijas. No, esta es una lluvia alegre como las de las
tardes en las que jugábamos en la cancha de futbol. ¡No había nada mejor que
correr bajo la lluvia o colocarnos bajo los chorros de agua que caían de los
techos de las casas!
Vamos corriendo, la cancha se va quedando
atrás mientras recorremos la calle de subida. Ahora nos detenemos y en la
corriente de agua que se forma en el empedrado frente a la tortillería estamos
jugando “carreritas” con palitos. Rompimos unas ramas secas y arrojamos los
palitos corriente abajo. Otra vez risas y gritos alegres.
—¿Es esto un sueño? —le pregunté a mi
acompañante.
—Tú dime —me contestó y siguió caminando.
Voy detrás de él, confundido y con
sentimientos encontrados. Estas visiones me hacen sentirme alegre y triste a la
vez. Es un sueño agradable, pero doloroso al mismo tiempo.
La lluvia cesó. Sigo en la plaza, estoy sentado
en una jardinera junto a los amigos. Allá está la chica que me gustaba, la que
aún me hacía sonrojar como cuando estábamos en la primaria. En esta esquina
estamos los chicos y en aquella las chicas. Se escucha música tradicional de
banda sinaloense, en el pueblo se acostumbra esta música en el fin de semana en
la plaza. Estamos indecisos y bromeando para ocultar la inseguridad de
acercarnos a ellas. Ellas se secretean y de vez en cuando nos lanzan miradas y
sonrisas discretas.
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