Tenemos desde este instante en que se hacen redobles en el
interior de esta pluma y contando… hasta lo que se conoce como “mañana”, para
llenar estos espacios-renglones con ideas-palabras suficientes o por lo menos,
las necesarias.
Bastantes momentos pasamos en veinticuatro horas, en un
“hoy” común y corriente y previamente, sin mediar, qué decir de la
cantidad-calidad de momentos que pasamos en un “hoy” fuera de lo normal,
rindiéndole homenaje a todo lo que significa la presencia en el presente. Una
idea-palabra que se abre camino dentro del “hoy” y del “mañana” es, sin lugar a
dudas del énfasis, la “muerte” y esta, al existir un determinante, un lapso de tiempo límite,
vuelve el pensamiento algo ineludible y espeso, la posibilidad de perder la
vida es hacer delirar la vitalidad con la mortandad, ese pensamiento es espinoso,
penetrante y amenazante para algunos, aunque alivio, ligereza y un escape es lo
que es para otros, pero lo que es para todos es algo fértil y quizás, en
ocasiones nebuloso, sobre todo cuando los minutos o en su defecto, las palabras
están contadas.
Nos ha pasado a la mayoría de nosotros, si no es que a
todos, se ha vuelto un juego, un cuento o incluso, un ejercicio casi
terapéutico, la duda de: ¿qué haríamos, ante qué situaciones nos estaríamos
presentando y quiénes estarían presentes si este fuera el último día de
nuestras vidas? Esto puede dar lugar a un sinfín de obras literarias,
películas, lugares-momentos, pinturas, risas, angustia, reflexión, quietud,
miradas, mareas, manos al suelo, manos a la obra, esperanza, displicencia,
desesperación, paz interior, impaciencia, decisiones, entre unas cuantas
variables más a tomar en consideración. El tiempo y la muerte son muchas cosas;
por separado, son algo trascendental, relativo e interpretativo, pero juntos,
son algo indudablemente rotundo, fino y humano. Esa consideración, esa duda,
esa operación, esa suma es el teorema cultural de lo que determina qué somos.
Como humanos, nacemos dudando de nuestra existencia, su validez
y justificación, crecemos dudando de nuestra presencia en un “mañana” y de la
veracidad que nos arroja el “hoy”, morimos dudando si nuestro lapso y vivencias
fueron suficientes y relevantes. Como humanos… sin aspirar a ser más-menos que
nada, somos y basamos demasiado en esa curiosa relación tiempo-muerte.
Por curiosidad, tal vez pudiéramos dejar de ser humanos por
un periodo de tiempo, no sé, un solo día, darnos cuenta de lo que significa
dejar de ser, dejar de lado la escasez y ese humano que fuimos en esa etapa
conocida y presentada como “ayer”, ese espacio destinado al abismo, entre un
palacio y un vicio, soltar el lastre que tanto le da placer cercar las ideas,
dividir caminos, sembrar dudas innecesarias, alcanzar la penumbra en una
desesperación tan natural como poseer extremidades, como no poseerlas… en
determinado momento, asusta creer que un humano pierde la vida al perder su
humanidad o alguna extremidad, lo que hoy en día, parece ser una analogía, la
humanidad es otra extremidad más… al parecer, no más importante que el dedo
anular del pie izquierdo.
Una lástima, la humanidad, como cualidad humana se ha
convertido en el último obstáculo o el octavo pecado capital, sin hundirse en
algo distópico, lo que se vislumbra ya no es sólo tiempo-muerte, es un mundo de
inhumanidades con cuerpo humano, de valores sin razón, de mente cerrada y
sentimientos incoherentes, el pronóstico para el día de “mañana”, en
veinticuatro horas, es lo que se escribe “hoy”.
Por ociosidad, tal vez pudiéramos ser más humanos por un
periodo de tiempo, no sé, un solo día, darnos cuenta de lo que significa ser,
aferrarnos a la honestidad propia-ajena, mutua y bilateral, deslindarnos de los
rencores, del sacar provecho y de la profusa conformidad y pasividad,
disponernos a escuchar música, perdones y razones, componer una melodía de lo
más fútil, pasar de lo impresionante como si fuera propio y cotidiano, alcanzar
la mano de los humanos cuando más necesitemos humanidad, operar esta maquinaria
sin necesidad de una deidad mártir o prejuiciosa, enumerar los
deseos-historias, juntar palabras y sobre todo, personas. Salir a flote en la
superficie de la posibilidad utópica; sin risas, sin llanto, efectivamente,
como si de algo tan natural como una extremidad se tratase, una que está a nuestra
disposición, en nuestro “ayer”-“hoy”-“mañana”, pero que por unas y otros, unos
y otras, perdemos de vista que el tiempo y la humanidad, día con día, son una
oportunidad.
Por otro lado, la cara de la moneda que le hace frente al
suelo pudiera ser otra… Es decir, ¿qué sería del mundo, qué sucesos
acontecerían, qué dejaría de pasar si no existiéramos únicamente por un día?
Las afecciones pueden ser desproporcionadas, como vidas emergen, muertes se
encadenan, obras de arte en un basurero inexistente, medias naranjas
desbaratadas, oportunidades generadas, donación de órganos, legalidad del
aborto, la controversial ausencia de un ser en la vida de otros, así son los
actos ordinarios, tanto como los únicos, como una hilera de fichas de dominó,
haciendo alusión a la clásica metáfora de la reacción en cadena, del uno al
seis, de la “mula de güeras”, las posibilidades embonadas se vuelven ese
teorema cultural capaz de definir eso que no somos, las permutaciones de la
inexistencia, la mera imposibilidad, la cantidad de tiempo, de palabras, de
vida, todo a la inversa, lo que puede darse acontecer o perderse, un puerquito
lleno de monedas, el florecer de un rinoceronte extinto, la cura definitiva
para el cáncer y la impuntualidad, el paro nacional de todos los relojes en
México, ficha tras ficha, no he tenido la oportunidad de por un día dejar de
existir o saberme en el último lanzamiento de moneda.
Lo que presenciamos en las hojas de nuestro diario, lo que
deriva de nuestras experiencias, lo que aprendemos en nuestra conducta puede
ser de nuestro agrado o en su defecto, a la inversa, el resultado puede ser
cara o cruz, resquebrajando la realidad un poco, desmenuzándola en algo más que
una bifurcación, día-noche, cara-cruz, encrucijada, cada veinticuatro horas los
demonios cambian de risa y los ángeles de aureolas, mientras el limbo le hace
cabida a esas almas de raíces embalsamadas, caminantes pero que no van a ningún
lugar, perdidos en la bruma de la duda que se presenta con la salida del Sol,
helados del temor que representa la luz ajena de la Luna, cerrados y con
resignación ante lo que les tiene preparado el destino. No llegar al agrado o
al desagrado, a la humildad de voltearse a ver y conocerse, quedar en el limbo,
es el último acto de la tragedia, carecer de la autorreflexión, pecar de no
hacerse la pregunta de qué sería de nosotros si únicamente nos quedara un día
con vida o privarse de ser santificado en el cuestionamiento de qué sería del
mundo si nosotros dejáramos de existir un día, dándole lugar a la verdadera
mortandad, la deshumanización, tan fértil como contagioso, tan nebuloso como
aberrante.
Un día, veinticuatro horas, en ese tiempo se pueden leer
innumerables cosas, se puede empezar a enseñar a leer a alguien, se pueden
escribir demasiadas ideas y también, comenzar a enseñar a escribir a ese
alguien, se pueden elaborar libretas, construir lápices, educar borradores, se
pueden plantar árboles, se puede convertir un ciclo en algo artístico. Todo
cambia a pesar de que todo esté conformado de lo mismo.
En este texto hay mil cuatrocientas cuarenta palabras y
veinticuatro horas, dispersas e invertidas, inyectadas en forma de noción o
concepto y liberadas a manera de zozobra y sospecha. En un día, veinticuatro
horas, en ese tiempo las probabilidades hierben en un caldero con la
temperatura más alta en el universo, burbujas de odisea, vapor de sucesos. En
un día, veinticuatro horas, en ese tiempo se puede perder la vida o bien,
otorgarle un valor que antes no poseía, se puede comenzar a tomar decisiones y
darse cuenta del sendero por el cual se transita, hacer caso omiso, también
pudimos habernos quedado dormidos mientras leíamos esto o mientras lo
escribíamos… cada veinticuatro horas, todos los días, en nuestro diario, en el
papel de nuestra mente, con la tinta de esa constante interacción que existe
entre todo lo existente.
Con la totalidad que aflora, ejerce y se manifiesta a
nuestro alrededor, las expectativas que surgen de un día para otro, del “ayer”
hacia el “hoy” y con dirección al “mañana”, se encausan, se fortalecen, el
cariño de nuestros pares, la familia, el amor, la vida, se convierten en
nuestra colisión de mundos, en la maravilla, en el poder, en la voluntad y es
que sin darnos cuenta, ya pasaron veinticuatro horas y mil cuatrocientas
cuarenta palabras y seguimos con vida…
-Ulises García