martes, 15 de mayo de 2018

24 horas-1440 palabras.


Tenemos desde este instante en que se hacen redobles en el interior de esta pluma y contando… hasta lo que se conoce como “mañana”, para llenar estos espacios-renglones con ideas-palabras suficientes o por lo menos, las necesarias.

Bastantes momentos pasamos en veinticuatro horas, en un “hoy” común y corriente y previamente, sin mediar, qué decir de la cantidad-calidad de momentos que pasamos en un “hoy” fuera de lo normal, rindiéndole homenaje a todo lo que significa la presencia en el presente. Una idea-palabra que se abre camino dentro del “hoy” y del “mañana” es, sin lugar a dudas del énfasis, la “muerte” y esta, al existir un  determinante, un lapso de tiempo límite, vuelve el pensamiento algo ineludible y espeso, la posibilidad de perder la vida es hacer delirar la vitalidad con la mortandad, ese pensamiento es espinoso, penetrante y amenazante para algunos, aunque alivio, ligereza y un escape es lo que es para otros, pero lo que es para todos es algo fértil y quizás, en ocasiones nebuloso, sobre todo cuando los minutos o en su defecto, las palabras están contadas.

Nos ha pasado a la mayoría de nosotros, si no es que a todos, se ha vuelto un juego, un cuento o incluso, un ejercicio casi terapéutico, la duda de: ¿qué haríamos, ante qué situaciones nos estaríamos presentando y quiénes estarían presentes si este fuera el último día de nuestras vidas? Esto puede dar lugar a un sinfín de obras literarias, películas, lugares-momentos, pinturas, risas, angustia, reflexión, quietud, miradas, mareas, manos al suelo, manos a la obra, esperanza, displicencia, desesperación, paz interior, impaciencia, decisiones, entre unas cuantas variables más a tomar en consideración. El tiempo y la muerte son muchas cosas; por separado, son algo trascendental, relativo e interpretativo, pero juntos, son algo indudablemente rotundo, fino y humano. Esa consideración, esa duda, esa operación, esa suma es el teorema cultural de lo que determina qué somos.

Como humanos, nacemos dudando de nuestra existencia, su validez y justificación, crecemos dudando de nuestra presencia en un “mañana” y de la veracidad que nos arroja el “hoy”, morimos dudando si nuestro lapso y vivencias fueron suficientes y relevantes. Como humanos… sin aspirar a ser más-menos que nada, somos y basamos demasiado en esa curiosa relación tiempo-muerte.

Por curiosidad, tal vez pudiéramos dejar de ser humanos por un periodo de tiempo, no sé, un solo día, darnos cuenta de lo que significa dejar de ser, dejar de lado la escasez y ese humano que fuimos en esa etapa conocida y presentada como “ayer”, ese espacio destinado al abismo, entre un palacio y un vicio, soltar el lastre que tanto le da placer cercar las ideas, dividir caminos, sembrar dudas innecesarias, alcanzar la penumbra en una desesperación tan natural como poseer extremidades, como no poseerlas… en determinado momento, asusta creer que un humano pierde la vida al perder su humanidad o alguna extremidad, lo que hoy en día, parece ser una analogía, la humanidad es otra extremidad más… al parecer, no más importante que el dedo anular del pie izquierdo.

Una lástima, la humanidad, como cualidad humana se ha convertido en el último obstáculo o el octavo pecado capital, sin hundirse en algo distópico, lo que se vislumbra ya no es sólo tiempo-muerte, es un mundo de inhumanidades con cuerpo humano, de valores sin razón, de mente cerrada y sentimientos incoherentes, el pronóstico para el día de “mañana”, en veinticuatro horas, es lo que se escribe “hoy”.

Por ociosidad, tal vez pudiéramos ser más humanos por un periodo de tiempo, no sé, un solo día, darnos cuenta de lo que significa ser, aferrarnos a la honestidad propia-ajena, mutua y bilateral, deslindarnos de los rencores, del sacar provecho y de la profusa conformidad y pasividad, disponernos a escuchar música, perdones y razones, componer una melodía de lo más fútil, pasar de lo impresionante como si fuera propio y cotidiano, alcanzar la mano de los humanos cuando más necesitemos humanidad, operar esta maquinaria sin necesidad de una deidad mártir o prejuiciosa, enumerar los deseos-historias, juntar palabras y sobre todo, personas. Salir a flote en la superficie de la posibilidad utópica; sin risas, sin llanto, efectivamente, como si de algo tan natural como una extremidad se tratase, una que está a nuestra disposición, en nuestro “ayer”-“hoy”-“mañana”, pero que por unas y otros, unos y otras, perdemos de vista que el tiempo y la humanidad, día con día, son una oportunidad.

Por otro lado, la cara de la moneda que le hace frente al suelo pudiera ser otra… Es decir, ¿qué sería del mundo, qué sucesos acontecerían, qué dejaría de pasar si no existiéramos únicamente por un día? Las afecciones pueden ser desproporcionadas, como vidas emergen, muertes se encadenan, obras de arte en un basurero inexistente, medias naranjas desbaratadas, oportunidades generadas, donación de órganos, legalidad del aborto, la controversial ausencia de un ser en la vida de otros, así son los actos ordinarios, tanto como los únicos, como una hilera de fichas de dominó, haciendo alusión a la clásica metáfora de la reacción en cadena, del uno al seis, de la “mula de güeras”, las posibilidades embonadas se vuelven ese teorema cultural capaz de definir eso que no somos, las permutaciones de la inexistencia, la mera imposibilidad, la cantidad de tiempo, de palabras, de vida, todo a la inversa, lo que puede darse acontecer o perderse, un puerquito lleno de monedas, el florecer de un rinoceronte extinto, la cura definitiva para el cáncer y la impuntualidad, el paro nacional de todos los relojes en México, ficha tras ficha, no he tenido la oportunidad de por un día dejar de existir o saberme en el último lanzamiento de moneda.

Lo que presenciamos en las hojas de nuestro diario, lo que deriva de nuestras experiencias, lo que aprendemos en nuestra conducta puede ser de nuestro agrado o en su defecto, a la inversa, el resultado puede ser cara o cruz, resquebrajando la realidad un poco, desmenuzándola en algo más que una bifurcación, día-noche, cara-cruz, encrucijada, cada veinticuatro horas los demonios cambian de risa y los ángeles de aureolas, mientras el limbo le hace cabida a esas almas de raíces embalsamadas, caminantes pero que no van a ningún lugar, perdidos en la bruma de la duda que se presenta con la salida del Sol, helados del temor que representa la luz ajena de la Luna, cerrados y con resignación ante lo que les tiene preparado el destino. No llegar al agrado o al desagrado, a la humildad de voltearse a ver y conocerse, quedar en el limbo, es el último acto de la tragedia, carecer de la autorreflexión, pecar de no hacerse la pregunta de qué sería de nosotros si únicamente nos quedara un día con vida o privarse de ser santificado en el cuestionamiento de qué sería del mundo si nosotros dejáramos de existir un día, dándole lugar a la verdadera mortandad, la deshumanización, tan fértil como contagioso, tan nebuloso como aberrante.

Un día, veinticuatro horas, en ese tiempo se pueden leer innumerables cosas, se puede empezar a enseñar a leer a alguien, se pueden escribir demasiadas ideas y también, comenzar a enseñar a escribir a ese alguien, se pueden elaborar libretas, construir lápices, educar borradores, se pueden plantar árboles, se puede convertir un ciclo en algo artístico. Todo cambia a pesar de que todo esté conformado de lo mismo.

En este texto hay mil cuatrocientas cuarenta palabras y veinticuatro horas, dispersas e invertidas, inyectadas en forma de noción o concepto y liberadas a manera de zozobra y sospecha. En un día, veinticuatro horas, en ese tiempo las probabilidades hierben en un caldero con la temperatura más alta en el universo, burbujas de odisea, vapor de sucesos. En un día, veinticuatro horas, en ese tiempo se puede perder la vida o bien, otorgarle un valor que antes no poseía, se puede comenzar a tomar decisiones y darse cuenta del sendero por el cual se transita, hacer caso omiso, también pudimos habernos quedado dormidos mientras leíamos esto o mientras lo escribíamos… cada veinticuatro horas, todos los días, en nuestro diario, en el papel de nuestra mente, con la tinta de esa constante interacción que existe entre todo lo existente.

Con la totalidad que aflora, ejerce y se manifiesta a nuestro alrededor, las expectativas que surgen de un día para otro, del “ayer” hacia el “hoy” y con dirección al “mañana”, se encausan, se fortalecen, el cariño de nuestros pares, la familia, el amor, la vida, se convierten en nuestra colisión de mundos, en la maravilla, en el poder, en la voluntad y es que sin darnos cuenta, ya pasaron veinticuatro horas y mil cuatrocientas cuarenta palabras y seguimos con vida…


-Ulises García

jueves, 10 de mayo de 2018

Ceguera.


Por: J. Lykaios.

Dice el dicho “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver” y esta es una verdad con la que nos encontramos cotidianamente apenas al despertar, puesto que apenas y nuestra consciencia vuelve a nuestro cuerpo, en un acto de una velocidad envidiable, el inconsciente cubre con su dulce velo de olvido, de omisión y sustitución aquellos aspectos que nos horrorizan, esconde a los monstruos que amenazan con devorar nuestra cordura y así, nos salvaguardar un día más dentro de esta realidad. Pero ¿Qué ocurre con aquellos que son ciegos que pueden ver? Aquellos cuyo sentido de realidad es más firme; aquellos seres que se plantan en la vida con una fuerza tal que les permite mirar directamente a los monstruos a los ojos, rechazan el cobijo del olvido y con los brazos abiertos y desnudos se arrojan en las claras y heladas aguas de la realidad pero que en algún momento de su elevada existencia volaron tan alto que la cera de sus alas se derritió y comenzaron a mirar todo desde la perspectiva del condenado que lo único que ahora puede hacer es elegir desde las alturas y en vertiginosa picada, el punto donde irá a estrellarse de cara para perder la vida. Aquellos en los que no soportaron los fríos vientos de sus elevadas cumbres y enfermaron. Comenzaron a padecer parálisis del espíritu, quietud de la consciencia y adormecimiento de la responsabilidad.
Esta ceguera de la que hablo, aquella que no se origina en los ojos; ya que por el contrario, he visto grandes hombres y prodigiosas mujeres con ojos tan tenaces que con solo un vistazo podían desnudar a cualquiera y hacerle sentir ínfimo, a merced de lo que aquellos ojos expectantes, vigorosos y hambrientos desearan saber, conocer o, incluso, hacer con nosotros y con todo aquello que nos conforma. La ceguera que demando, aquella que mancha los ojos del alma, está más allá del alcance de estas fulminantes miradas, puesto que se alberga dentro de ellas mismas y estas, la mayoría de las veces, son incapaces de percibirlo. Se ven opacadas y diezmadas en su alcance por la niebla del miedo, de morales absurdas que limitan su capacidad, que acortan el límite de las fuerzas del espíritu que la padece. Es fácil reconocer a alguien que tenga esta dolencia en el alma, pues esta se encuentra cansada y busca salir del cuerpo a través de los ojos, empujándolos hacia abajo, a ir contando los pasos.
Quienes padecen esta ceguera, como ya lo he dicho, seres tan afirmados en la realidad que enferman de ella son seres cuya única maldición fue el haber recibido la capacidad de ver los hilos que entretejen la telaraña de las acciones y con los que se teje la realidad circundante, conocen el principio y el final de cada hebra y esto les confiere la posibilidad de poder de una asombrosa asertividad y una pseudoempatía que los vuelve verdaderos ingenieros de la vida, capaces de encontrar con asombrosa precisión el engranaje que debe ser cambiado para redirigir el curso de la misma. Pero esta visión tan compleja de la vida, experimentada desde su más profundo interior los acongoja, los asusta, creen que con el solo contacto con esos relucientes engranajes o finísimos hilos, sus manos se verán calcinadas al instante en las brasas de la culpa y el descontento que el manejo de los hilos y redireccionamiento de los engranajes causaría en los demás.  Se asustan tanto que se muestran renuentes a modificar el patrón que la red mantiene, y como gotas de agua que se arrastran hacía abajo al impactarse contra un cristal, se dejan caer con todo el peso de la existencia, atraídos hasta el fondo del abismo por la fuerza de su pasividad, de su quietud, de la mediocridad que los invade y les nubla el juicio.
Pero volvamos un paso hacia atrás y aclaremos algo: pseudoempatía. Estos ciegos por pasividad espiritual se muestran como personas comprensivas, como seres cálidos y acogedores, que se deshacen en la exaltación de las virtudes del otro, como ya se ha dicho con anterioridad, basta tan solo una mirada de sus serenos ojos para interactuar con el alma del observado. Su comprensión es tal que quién interactúa con ellos fácilmente podría sentir que se observa en un espejo o bien, podría sentirse abrumado al darse cuenta que alguien le conoce tan bien. Sin embargo, esto no es una empatía sincera, o del todo bien intencionada. Le llamamos pseudoempatía porque el ciego ha desarrollado esta ingeniosa habilidad como un método de escape, como una forma de salir de ese eterno aparato de tortura en que ha a su mente y a su espíritu; le resulta insoportable la sola idea de permanecer a solas con sus propios monstruos, la voz dentro de su cabeza que le recuerda el pecado de su quietud y le reclama (con desgarradora piedad) movimiento, acción, dar el salto más allá de la idea y traer a un plano tangible aquello que con habida precisión pueden ver. Buscan la carne del otro para escapar a la propia, inmolarse en favor del prójimo con la intención de calmar a esa culpa que nace en lo más profundo de su ser ante esta muerte lenta, dolorosa y voluntaria que el espíritu estático experimenta.
La comorbilidad de esta ceguera mortal no solo incluye la pseudoempatía, también trae consigo la que, sin miedo a equivocarnos es la fuente del principal dolor de estos espíritus; la soledad.
La soledad que experimentan estos enfermos es única y no es de sorprender que ellos mismos conozcan el origen que tiene. No conocerán a nadie que sea capaz de entregarse con la misma pasión que ellos en favor de los otros, no encontrarán quien pueda adivinar con la misma precisión que ellos lo hacen los movimientos que los engranes existenciales tendrán; no encontraran nunca nadie que los entienda con la pasión que ellos desean, pero ¿Tan raro es encontrar alguien capaz de llenar las exigencias de estos espíritus enfermos? ¿No sería más sencillo encontrar a otro enfermo que pueda ver en ellos todo aquello que desean que vean en su interior los demás? La respuesta más lógica sería decir que si, que esta es la solución. Sin embargo, aquel que haya seguido la lógica de estos enfermos de cerca y haya logrado compenetrar en la descripción que hemos tratado de dar en este escrito, se dará cuenta que es imposible que dos enfermos se complementen, puesto lo que ellos desean es alguien que adivine sus pensamientos y actué en consecuencia de ellos y estos seres mutilados han perdido todo ímpetu de acción ¿Podría ser un manipulador la respuesta que estos buscan? No, una naturaleza manipuladora tiende a la destrucción del prójimo en beneficio de la propia satisfacción, podría ser este un paliativo para su dolor existencial, pero pronto sus agudos sentidos le advertirán que el agujero en su pecho solo se ha expandido, pues el manipulador no aporta; únicamente es un conquistador de voluntades, un ladrón de sueños y un opresor de acciones.
Con base en mi efímera experiencia he de dar el siguiente aviso, no es nada novedoso y los lectores hábiles y los seres experimentados en cuestiones de la vida sabrán de antemano; la única salvación para estos infortunados es el amor; pero no cualquier amor, se exhorta aquí a que haga acto de presencia al amor responsable, aquel que tiene en sí mismo una empatía autentica implícita, aquel amor que no se conformará con apreciar la belleza estética del ser amado y tampoco elevará en un pedestal al objeto de sus deseos, sino que como lo dijo aquel absurdo argelino, lo tomará de la mano para además de ser amantes, convertirse en amigos y caminaran juntos cuesta arriba, por el camino más escarpado, aquel que invite al espíritu medio muerto a ejercitar su voluntad. Lo tratara como su igual y ejercitará su acción, pues el amor verdadero sabe que solo se puede amar al ser que es libre en sí mismo, al ser que puede ser para sí y de esta forma ofrecer algo autentico y cálido, firmado con la particularidad de su esencia.
Pero en estos tiempos de inmediatez donde se ha perdido el ánimo del esfuerzo y la gloría de la culminación de un trabajo arduo se ha extinto, donde hemos sido cosificados y puestos en un escaparate para ser vendidos y como toda mercancía hemos de ser desechados después de un corto periodo de uso y los sentimientos se han convertido en reliquias que se miran solamente en el museo de las épocas pasadas ¿Qué esperanzas de salvación tienen estos espíritus sensibles?
Esta aceleración de las corrientes se ha vuelto un conducto ultra eficaz para la propagación de esta epidemia de ceguera voluntaria, espíritus fuertes se han visto doblegados ante los furiosos caudales en que la vida se desempeña actualmente y los ha acorralado contra las rocas, aislándoles y desgastándoles hasta el aniquilamiento ¿Acaso estaremos presenciando el ocaso de los grandes artistas, de los poetas y de los filósofos? No me atrevo a ejecutar una sentencia, me niego con todo el ímpetu que mi alma pueda formular, no mientras aun quede un espíritu absurdo en pie de lucha.



Incuestionamientos

Los signos tienen un sentido, Las preguntas un propósito, Las dudas un misterio, Los adivinos un secreto. Hay que empezar a pensar y a cuest...