Es el hilo conductor de la vergüenza, remarca las costuras
de una crianza instituida ante ciertos observadores. Esto es lo que reviste
nuestra integridad y salvaguarda el respeto de los ojos circundantes. Aunque a
veces, es necesario procurar hacer el ridículo, no para hacerse notar como
logran algunos, sino para demostrarse, en un proceso de introspección, que a
uno, realmente, le interesan, poco menos que poco, las consecuencias de caer en
prejuicios o en justificaciones inocuas.
Es caminar al filo del honor, del prestigio, de la
consideración frente a las multitudes. Sitúa al ser humano postrado en la
aristocracia en el papel del bufón. Toda distinción escasea en estos casos.
Aniquila expedientes intachables. Pone sombreros escandalosos donde deben ir
boinas inmaculadas, no necesariamente blancas.
Ironía, sarcasmo y doble sentido. Es la metáfora de lo
absurdo. El absurdismo en su esplendor saca a relucir la médula de un esqueleto
patético y alma penosa. Alma en pena, alma en vida, víctima de las burlas y del
desprecio.
Despierta un titán de fuego, rabioso, repleto de coraje y de
lava ardiente; mezcla de proyecciones, miedos y precaución excesiva. Piedra
inerte, inmóvil, fría como témpano
asustado por una llama en sus últimos suspiros de vida. Se duerme.
Retumba el eco de las jocosas risas en el furor del yunque,
el martillo y la forja de enemigos. Las amistades se tornan líquido oscuro y
espeso, moldeable, caliente, a la postre de ser espada clavada en el pecho del
más valiente por arrojar la primera piedra.
La payasada, el calzón, la desidia de la seguridad. Remedio
para los que fingen ser profetas de propias desventuras, es un tiro certero a
la cien como Diana Cazadora. Es el arco mismo de una saga articulada por la
punta y el cuerpo, la tensión y el acantilado donde, a cuentagotas, cae el
tiempo.
Puede serlo, un colibrí sin alas, sin ganas de vivir, sin
potencia, caminando. Una lástima las cuitas del desafortunado ridículo ser
existente que camina sin sentido para dejar de existir hasta topar con el
desfiladero.
Ridículo encasillar y juzgar, ridículo el ridículo y
viceversa, y yo.
-Ulises García