Por: J. Lykaios.
Dice
el dicho “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver” y esta es una verdad
con la que nos encontramos cotidianamente apenas al despertar, puesto que
apenas y nuestra consciencia vuelve a nuestro cuerpo, en un acto de una velocidad
envidiable, el inconsciente cubre con su dulce velo de olvido, de omisión y
sustitución aquellos aspectos que nos horrorizan, esconde a los monstruos que
amenazan con devorar nuestra cordura y así, nos salvaguardar un día más dentro
de esta realidad. Pero ¿Qué ocurre con aquellos que son ciegos que pueden ver?
Aquellos cuyo sentido de realidad es más firme; aquellos seres que se plantan
en la vida con una fuerza tal que les permite mirar directamente a los
monstruos a los ojos, rechazan el cobijo del olvido y con los brazos abiertos y
desnudos se arrojan en las claras y heladas aguas de la realidad pero que en algún
momento de su elevada existencia volaron tan alto que la cera de sus alas se derritió
y comenzaron a mirar todo desde la perspectiva del condenado que lo único que ahora
puede hacer es elegir desde las alturas y en vertiginosa picada, el punto donde
irá a estrellarse de cara para perder la vida. Aquellos en los que no
soportaron los fríos vientos de sus elevadas cumbres y enfermaron. Comenzaron a
padecer parálisis del espíritu, quietud de la consciencia y adormecimiento de
la responsabilidad.
Esta
ceguera de la que hablo, aquella que no se origina en los ojos; ya que por el
contrario, he visto grandes hombres y prodigiosas mujeres con ojos tan tenaces
que con solo un vistazo podían desnudar a cualquiera y hacerle sentir ínfimo, a
merced de lo que aquellos ojos expectantes, vigorosos y hambrientos desearan
saber, conocer o, incluso, hacer con nosotros y con todo aquello que nos
conforma. La ceguera que demando, aquella que mancha los ojos del alma, está
más allá del alcance de estas fulminantes miradas, puesto que se alberga dentro
de ellas mismas y estas, la mayoría de las veces, son incapaces de percibirlo.
Se ven opacadas y diezmadas en su alcance por la niebla del miedo, de morales
absurdas que limitan su capacidad, que acortan el límite de las fuerzas del
espíritu que la padece. Es fácil reconocer a alguien que tenga esta dolencia en
el alma, pues esta se encuentra cansada y busca salir del cuerpo a través de
los ojos, empujándolos hacia abajo, a ir contando los pasos.
Quienes
padecen esta ceguera, como ya lo he dicho, seres tan afirmados en la realidad
que enferman de ella son seres cuya única maldición fue el haber recibido la
capacidad de ver los hilos que entretejen la telaraña de las acciones y con los
que se teje la realidad circundante, conocen el principio y el final de cada
hebra y esto les confiere la posibilidad de poder de una asombrosa asertividad y
una pseudoempatía que los vuelve
verdaderos ingenieros de la vida, capaces de encontrar con asombrosa precisión
el engranaje que debe ser cambiado para redirigir el curso de la misma. Pero
esta visión tan compleja de la vida, experimentada desde su más profundo
interior los acongoja, los asusta, creen que con el solo contacto con esos relucientes
engranajes o finísimos hilos, sus manos se verán calcinadas al instante en las
brasas de la culpa y el descontento que el manejo de los hilos y
redireccionamiento de los engranajes causaría en los demás. Se asustan tanto que se muestran renuentes a
modificar el patrón que la red mantiene, y como gotas de agua que se arrastran
hacía abajo al impactarse contra un cristal, se dejan caer con todo el peso de
la existencia, atraídos hasta el fondo del abismo por la fuerza de su
pasividad, de su quietud, de la mediocridad que los invade y les nubla el
juicio.
Pero
volvamos un paso hacia atrás y aclaremos algo: pseudoempatía. Estos ciegos por pasividad espiritual se muestran
como personas comprensivas, como seres cálidos y acogedores, que se deshacen en
la exaltación de las virtudes del otro, como ya se ha dicho con anterioridad,
basta tan solo una mirada de sus serenos ojos para interactuar con el alma del
observado. Su comprensión es tal que quién interactúa con ellos fácilmente podría
sentir que se observa en un espejo o bien, podría sentirse abrumado al darse
cuenta que alguien le conoce tan bien. Sin embargo, esto no es una empatía
sincera, o del todo bien intencionada. Le llamamos pseudoempatía porque el
ciego ha desarrollado esta ingeniosa habilidad como un método de escape, como
una forma de salir de ese eterno aparato de tortura en que ha a su mente y a su
espíritu; le resulta insoportable la sola idea de permanecer a solas con sus propios
monstruos, la voz dentro de su cabeza que le recuerda el pecado de su quietud y
le reclama (con desgarradora piedad) movimiento, acción, dar el salto más allá
de la idea y traer a un plano tangible aquello que con habida precisión pueden
ver. Buscan la carne del otro para escapar a la propia, inmolarse en favor del prójimo
con la intención de calmar a esa culpa que nace en lo más profundo de su ser
ante esta muerte lenta, dolorosa y voluntaria que el espíritu estático
experimenta.
La
comorbilidad de esta ceguera mortal no solo incluye la pseudoempatía, también trae consigo la que, sin miedo a
equivocarnos es la fuente del principal dolor de estos espíritus; la soledad.
La
soledad que experimentan estos enfermos es única y no es de sorprender que
ellos mismos conozcan el origen que tiene. No conocerán a nadie que sea capaz
de entregarse con la misma pasión que ellos en favor de los otros, no
encontrarán quien pueda adivinar con la misma precisión que ellos lo hacen los
movimientos que los engranes existenciales tendrán; no encontraran nunca nadie
que los entienda con la pasión que ellos desean, pero ¿Tan raro es encontrar
alguien capaz de llenar las exigencias de estos espíritus enfermos? ¿No sería
más sencillo encontrar a otro enfermo que pueda ver en ellos todo aquello que desean
que vean en su interior los demás? La respuesta más lógica sería decir que si,
que esta es la solución. Sin embargo, aquel que haya seguido la lógica de estos
enfermos de cerca y haya logrado compenetrar en la descripción que hemos
tratado de dar en este escrito, se dará cuenta que es imposible que dos
enfermos se complementen, puesto lo que ellos desean es alguien que adivine sus
pensamientos y actué en consecuencia de ellos y estos seres mutilados han
perdido todo ímpetu de acción ¿Podría ser un manipulador la respuesta que estos
buscan? No, una naturaleza manipuladora tiende a la destrucción del prójimo en
beneficio de la propia satisfacción, podría ser este un paliativo para su dolor
existencial, pero pronto sus agudos sentidos le advertirán que el agujero en su
pecho solo se ha expandido, pues el manipulador no aporta; únicamente es un
conquistador de voluntades, un ladrón de sueños y un opresor de acciones.
Con
base en mi efímera experiencia he de dar el siguiente aviso, no es nada
novedoso y los lectores hábiles y los seres experimentados en cuestiones de la
vida sabrán de antemano; la única salvación para estos infortunados es el amor;
pero no cualquier amor, se exhorta aquí a que haga acto de presencia al amor
responsable, aquel que tiene en sí mismo una empatía autentica implícita, aquel
amor que no se conformará con apreciar la belleza estética del ser amado y
tampoco elevará en un pedestal al objeto de sus deseos, sino que como lo dijo
aquel absurdo argelino, lo tomará de la mano para además de ser amantes,
convertirse en amigos y caminaran juntos cuesta arriba, por el camino más
escarpado, aquel que invite al espíritu medio muerto a ejercitar su voluntad.
Lo tratara como su igual y ejercitará su acción, pues el amor verdadero sabe
que solo se puede amar al ser que es libre en sí mismo, al ser que puede ser
para sí y de esta forma ofrecer algo autentico y cálido, firmado con la
particularidad de su esencia.
Pero
en estos tiempos de inmediatez donde se ha perdido el ánimo del esfuerzo y la
gloría de la culminación de un trabajo arduo se ha extinto, donde hemos sido
cosificados y puestos en un escaparate para ser vendidos y como toda mercancía
hemos de ser desechados después de un corto periodo de uso y los sentimientos
se han convertido en reliquias que se miran solamente en el museo de las épocas
pasadas ¿Qué esperanzas de salvación tienen estos espíritus sensibles?
Esta
aceleración de las corrientes se ha vuelto un conducto ultra eficaz para la propagación
de esta epidemia de ceguera voluntaria, espíritus fuertes se han visto
doblegados ante los furiosos caudales en que la vida se desempeña actualmente y
los ha acorralado contra las rocas, aislándoles y desgastándoles hasta el
aniquilamiento ¿Acaso estaremos presenciando el ocaso de los grandes artistas,
de los poetas y de los filósofos? No me atrevo a ejecutar una sentencia, me
niego con todo el ímpetu que mi alma pueda formular, no mientras aun quede un
espíritu absurdo en pie de lucha.
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