“La
primavera que nunca llega, aquella que se asoma al alba con rojos vivos que
contrastan con este frío que se arrastra en las últimas horas de la noche, al
asecho de mis sueños para colarse en mis recuerdos y volverlos vulnerables. Por
un lado el frío que cala hasta lo más íntimo de las entrañas; lo puedes sentir
moviéndose dentro de tus intestinos, danzando en el estómago, causando esa
sensación de vacío insaciable que se apodera del sueño nocturno y nos clava su
puñal de nostalgia en la espalda. Por
otro lado, allá en las alturas, venida de reinos platónicos, viene
bajando la primavera. Pero no es la que todos conocen, esta es diferente; se
trata de la ya mencionada primavera que nunca llega. Tiñe los cielos de rojo,
arde en su propia vida porque al cielo de esta primavera le urge nacer.
Se
anuncia, pomposa y obstinada, la primavera que nunca llega, aquella que vivió
tan rápido que murió antes de nacer, llevándose a la sepultura a las aves que
en su espera cantaban, pues las dejo morir de frío.
¿Alguna
vez sentiste que algo más valioso que el aire le falta a tu pecho? Este agujero
que se traga nuestros sueños, se roba los colores y nos llena de hastío, esta
misma sensación de cabalgar sobre el lomo de quimeras imposibles a través de
grandes planicies de monotonía y frustración, con la única seguridad de un
destino incierto. Eso es la primavera que nunca llega.
Pone
sus frutas frente a nosotros y las ofrenda entre risas y miradas indiscretas;
manzanas tan rojas que parecen recipientes llenados con la luz del amanecer,
impregnadas de la vitalidad la pasión en las que el cielo se consume. Pero
dentro de estas manzanas no hay nada; jamás ha resonado en ellas una carcajada
que alcance la inmortalidad en los recuerdos de quien la escuche. Pero solo
hablar de risas sería volvernos escrupulosos y quedar como cobardes que apartan
la mirada y fingen demencia. En esta manzana nunca ha existido algo autentico,
ni un llanto, ni una decepción, nada. Y como es de esperarse su sabor es
amargo, pero las comemos porque tenemos hambre y añoramos sentir que ese hueco,
en el que nuestra alma se consume noche tras noche, destruye algo que no forma
parte de nosotros; pretendemos engañarlo, pero el estafador termina siendo
estafado.
Primavera
que nunca llega, la que nace del despojo, de la mutilación, es la flor que
crece sobre la sepultura de una idea o una fuerte pasión. Es el rechazo que se
siente cuando se apuesta a lo imposible
y se resulta ganador. Porque con la imposibilidad muere la inocencia.
La
primavera que nunca llega se instala en tus entrañas, lista para morir con la
llegada de la imposibilidad recién devorada. Ambas son digeridas y se
manifiestan con la náusea que las ha de vomitar directo a las filas postulantes
de lo inmortal”.
-Fue
esto lo que le escuche decir a un hombre en el autobús, mientras conversaba con
otro que parecía no prestarle la menor atención. ¿Qué fue lo que me hizo prestarle
tanta atención a sus palabras? No lo sé, supongo que no tuve nada mejor que hacer.
Aunque, ahora que lo pienso, me hubiese gustado tomar parte en la conversación
y preguntarle a ese hombre ¿Cómo sabré cuando por fin haya llegado la
primavera?

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