-Eder barajas
—¿Por qué te fuiste tanto tiempo? ¿Por qué vienes hasta ahora? —le preguntó con voz apenas audible.
—Porque siempre me dijiste que te gustaría ser la chica de mis sueños —le contestó él mirando el piso.
Ella tosió con desesperación. En el lecho en el que yacía, los tubos que le habían conectado en el hospital le lastimaban al hablar.
—¿Y tuviste que venir sólo para ver cómo me voy extinguiendo? ¿No fue suficiente con matarme una vez? —le preguntó con dificultad.
—No —contestó con voz seca —, vine a decirte que siempre te guardé en mis recuerdos y en mis fantasías. Que siempre soñé con regresar y encontrarte, que me fui huyendo de tu realidad porque tú merecías algo mejor que unos sueños estúpidos y locos como los míos.
Ella lo veía fijamente y en silencio. Las fuerzas se alejaban, hubiera querido decirle tantas cosas, abofetearle, reclamarle, expresarle su resentimiento, decirle que lo odiaba, decirle cuánto había sufrido y llorado por su culpa… Abrazarlo y decirle cuánto le había extrañado.
—Sólo quería decirte que lo logré —continuó él —, siempre fuiste y seguirás siendo la chica de mis sueños —titubeó un instante, como siempre lo había hecho frente a ella y no pudo evitar recordar su primer encuentro.
—Hola, chica. Se te cayó esto —le había dicho tartamudeando y extendiéndole la mascada que había recogido entre las hojas secas que cubrían el pasto del parque en el atardecer de aquél otoño del ‘64.
—Gracias —le dijo ella con una sonrisa y dejándola caer con gracia una vez más entre la hojarasca.
Él quedó atrapado en esa sonrisa que hacía resplandecer más el brillo de aquellos grandes ojos cafés. Hizo a un lado su bicicleta para recoger la mascada otra vez, sin dejar de verla como un tonto y temblando por dentro. Dieciséis años de edad no eran suficientes para controlar las emociones. La chica de quince seguía sonriendo coqueta y divertida.
—¿Crees que algún día encontrarás a la chica de tus sueños?—lLe preguntó ella aquella vez.
Esa tarde de otoño transcurrió sin darse cuenta, sentados en el pasto hasta que la luna y algunas estrellas se asomaron en el lago. Desde entonces, y aún después de separarse en el inicio del ’70, el otoño había sido ella. La luna, los parques, hojas secas, árboles, lagos, el atardecer, parejas jugando, sonrisas… todo era ella.
El olor del hospital y la tos que resonó en el pecho de la enferma lo volvieron a la realidad.
—Bueno, sólo quería que lo supieras. Que en mi mundo de fantasías locas y estúpidas siempre fuiste y seguirás siendo la chica de mis sueños.
Se arrepintió de haberla buscado al encontrar ahora en ella tanto silencio. Tal vez estaba pasando lo que tanto había temido, que la chica de sus sueños tomara la imperfección de una forma terrenal. Quizás había escapado del mundo de sus recuerdos y sus sueños. No había podido ver con claridad que en el lecho de sábanas blancas la vida se iba apagando, que el brillo de sus ahora cansados ojos color café se iba extinguiendo.
Soltó su mano, besó su frente y salió del cuarto desconcertado, mientras un hombre mayor y sus hijos entraban de prisa y se acercaban a la cama. ¿Cómo había sido posible que aquella tragedia se hubiera presentado cuando su mujer había quedado sola en casa? Consternados, no prestaron atención al viejo de cabello blanco que se alejaba lentamente, con la cabeza baja y paso cansado.
El otoño ya había terminado.
miércoles, 4 de septiembre de 2019
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