J. Lykaios.
Escribir
como si tuviera la certeza de que alguien alguna vez leerá esto me ha servido.
Seamos cómplices, (si hay alguien ahí, ahora mismo) de un secreto que no estará
oculto para nadie.
La
tarde de hoy era calientísima y la parsimonia se las arreglaba para hacerse
presente, aún en aquellas horas más ajetreadas. Todo corría con extraña
normalidad y sin que nadie diera alguna clase de alerta que nos pusiera sobre
aviso, todo se detuvo. Los enamorados dejaron de amarse, los que lloraban
dejaron de hacerlo y como si una infinita luz estuviera sobre nosotros, todo se
ilumino con colores de asquerosa verdad. Todos y absolutamente todo quienes nos
encontrábamos debajo de aquella luz
repulsiva, fuimos aniquilados por una niña de doce años, cuando en sus pequeños
ojos marrones la suplica se hizo realidad y en el temblor de su voz se advertía
una agonía anticipada.
No
le basto nada más que la pureza de su sinceridad, bañada en lágrimas de miedo
ante una realidad en la que nunca pidió vivir, para doblegar ante ella a la historia entera.
La hidra cultural no pudo hacer otra cosa que ofrecerle varias de sus cabezas
como una ofrenda para poder regresarle el respeto que le fue arrebatado cuando
ella aun no era, siquiera, un posible dentro de la infinidad del azar.
Somos
hipócritas cuando apelamos al avance y al progreso, pero justificamos el mal
adscrito a la corrupción de nuestro ser con argumentos que crucifican a una
tendencia biológica, irracional, no-humana. Sin el ser no existiría la humanidad
en los humanos, pero ¿Qué es el ser, sino aquel que es causa de la causa del
mal causado?
Somos
asesinos cuando celebramos victorias fatuas mientras que la guerra continúa
tomando vidas y dejando un rastro de certezas hechas trizas, vidas hechas añicos
que mojan con sus lamentos un largo camino de angustia que se cierne sobre cadáveres de futuros
interrumpidos.
¡Qué
razón tenía Schopenhauer cuando nos gruñía que este era el peor de los mundo
posibles¡ Porque sinceramente, me es imposible imaginar una calamidad peor que encontrarme con que mi peor enemigo
lleva la misma piel que yo y que en sus ojos pueda ver reflejada la hoja de la
guillotina precipitándose sobre mi cuello.
Perdóname,
niña, te pido perdón en nombre de todo este asqueroso devenir que ha causado
que tu peor miedo, sea encontrarte con un hombre igual a tu padre.
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