jueves, 29 de agosto de 2019

Confidencias.


J. Lykaios.
Escribir como si tuviera la certeza de que alguien alguna vez leerá esto me ha servido. Seamos cómplices, (si hay alguien ahí, ahora mismo) de un secreto que no estará oculto para nadie.
La tarde de hoy era calientísima y la parsimonia se las arreglaba para hacerse presente, aún en aquellas horas más ajetreadas. Todo corría con extraña normalidad y sin que nadie diera alguna clase de alerta que nos pusiera sobre aviso, todo se detuvo. Los enamorados dejaron de amarse, los que lloraban dejaron de hacerlo y como si una infinita luz estuviera sobre nosotros, todo se ilumino con colores de asquerosa verdad. Todos y absolutamente todo quienes nos  encontrábamos debajo de aquella luz repulsiva, fuimos aniquilados por una niña de doce años, cuando en sus pequeños ojos marrones la suplica se hizo realidad y en el temblor de su voz se advertía una agonía anticipada.
No le basto nada más que la pureza de su sinceridad, bañada en lágrimas de miedo ante una realidad en la que nunca pidió vivir,  para doblegar ante ella a la historia entera. La hidra cultural no pudo hacer otra cosa que ofrecerle varias de sus cabezas como una ofrenda para poder regresarle el respeto que le fue arrebatado cuando ella aun no era, siquiera, un posible dentro de la infinidad del azar.
Somos hipócritas cuando apelamos al avance y al progreso, pero justificamos el mal adscrito a la corrupción de nuestro ser con argumentos que crucifican a una tendencia biológica, irracional, no-humana. Sin el ser no existiría la humanidad en los humanos, pero ¿Qué es el ser, sino aquel que es causa de la causa del mal causado?
Somos asesinos cuando celebramos victorias fatuas mientras que la guerra continúa tomando vidas y dejando un rastro de certezas hechas trizas, vidas hechas añicos que mojan con sus lamentos un largo camino de angustia  que se cierne sobre cadáveres de futuros interrumpidos.
¡Qué razón tenía Schopenhauer cuando nos gruñía que este era el peor de los mundo posibles¡ Porque sinceramente, me es imposible imaginar una calamidad  peor que encontrarme con que mi peor enemigo lleva la misma piel que yo y que en sus ojos pueda ver reflejada la hoja de la guillotina precipitándose sobre mi cuello.
Perdóname, niña, te pido perdón en nombre de todo este asqueroso devenir que ha causado que tu peor miedo, sea encontrarte con un hombre igual a tu padre.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Incuestionamientos

Los signos tienen un sentido, Las preguntas un propósito, Las dudas un misterio, Los adivinos un secreto. Hay que empezar a pensar y a cuest...