domingo, 5 de abril de 2020

Lo ridículo


Es el hilo conductor de la vergüenza, remarca las costuras de una crianza instituida ante ciertos observadores. Esto es lo que reviste nuestra integridad y salvaguarda el respeto de los ojos circundantes. Aunque a veces, es necesario procurar hacer el ridículo, no para hacerse notar como logran algunos, sino para demostrarse, en un proceso de introspección, que a uno, realmente, le interesan, poco menos que poco, las consecuencias de caer en prejuicios o en justificaciones inocuas.

Es caminar al filo del honor, del prestigio, de la consideración frente a las multitudes. Sitúa al ser humano postrado en la aristocracia en el papel del bufón. Toda distinción escasea en estos casos. Aniquila expedientes intachables. Pone sombreros escandalosos donde deben ir boinas inmaculadas, no necesariamente blancas.

Ironía, sarcasmo y doble sentido. Es la metáfora de lo absurdo. El absurdismo en su esplendor saca a relucir la médula de un esqueleto patético y alma penosa. Alma en pena, alma en vida, víctima de las burlas y del desprecio.

Despierta un titán de fuego, rabioso, repleto de coraje y de lava ardiente; mezcla de proyecciones, miedos y precaución excesiva. Piedra inerte, inmóvil, fría como  témpano asustado por una llama en sus últimos suspiros de vida. Se duerme.

Retumba el eco de las jocosas risas en el furor del yunque, el martillo y la forja de enemigos. Las amistades se tornan líquido oscuro y espeso, moldeable, caliente, a la postre de ser espada clavada en el pecho del más valiente por arrojar la primera piedra.

La payasada, el calzón, la desidia de la seguridad. Remedio para los que fingen ser profetas de propias desventuras, es un tiro certero a la cien como Diana Cazadora. Es el arco mismo de una saga articulada por la punta y el cuerpo, la tensión y el acantilado donde, a cuentagotas, cae el tiempo.

Puede serlo, un colibrí sin alas, sin ganas de vivir, sin potencia, caminando. Una lástima las cuitas del desafortunado ridículo ser existente que camina sin sentido para dejar de existir hasta topar con el desfiladero. 

Ridículo encasillar y juzgar, ridículo el ridículo y viceversa, y yo. 

-Ulises García

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