-J. LYKAIOS
Por las noches una
sombra recorría las calles vacías del Puerto. Preciso, inmutable y más negro
que la propia noche. El Gato gustaba de estar solo, sentía un enorme placer
cuando subía al mausoleo más alto del cementerio inamovible, monumento de
memorias que yacía iluminado por la luz fría de la luna. Solo una cosa lograba
hacerlo bajar de sus contemplaciones; las ratas que merodeaban el cementerio.
Las encontraba particularmente sabrosas.
–Vida que nace y se sostiene en los pies de la
muerte –decía al tiempo que saboreaba su recién atrapada cena.
Por años, El Gato había
hecho sus recorridos nocturnos sin que las cosas fueran distintas; esperar a
que el cielo se pintara de rojo para despertar y estirar las patas, tal vez se
acicalaría por un rato, gustaba de ir a su cita de cada noche bien presentado.
Una vez en la cima del mausoleo, El Gato no hacía la gran cosa, perdía la
mirada en el vasto cielo nocturno, no entendía muy bien que eran aquellos
pequeños destellos que alteraban el orden del interminable manto oscuro que
todo lo cubría. Algunas veces pensaba que se trataba de ojos de gatos del
pasado, que habían logrado subir hasta mausoleos más altos que los que él había
subido durante su vida. Algunas otras noches, le gustaba creer que se trataba
de canas en el pelaje del espacio que conforme avanzaban los años el cielo
acumulaba como tesoros que lucía con orgullo. Así pasaba horas El Gato, sin
advertir lo que pasaba a su alrededor hasta que un mal paso dado por una rata de
cementerio le hacía rugir el estómago y con toda la precisión que incontables
lunas le habían concedido atacaba sin pensarlo dos veces. Era una rutina que
había llevado por tanto tiempo, que algunos días le costaba darse cuenta si
había despertado o aún se encontraba soñando con lo que había hecho antes de
irse a dormir. Aunque la verdad, poder diferenciar en cuál de los dos mundos
estaba poco le importaba, a fin de cuentas, no le interesaba lo que pudo ser
diferente.
Con la llegada del
atardecer, el sol parecía derramar su sangre sobre el blanco inmaculado de las
nubes para luego morir y convertirse en la larga alfombra roja que daría
bienvenida al largo velo color negro infinito que traía tras de sí la luna y con
él cubría el firmamento, era entonces cuando El Gato salía de su escondite,
para caminar entre las numerosas lápidas de aquel cementerio de historias
olvidadas que se resisten a ser descuartizadas por el olvido.
Esta había sido la vida
de El Gato por años. Algunas noches, cuando en la cima del mausoleo divagaba
entre las estrellas, los recuerdos de hembras con las que había pasado algunas
noches de cortejo le hacían compañía y con más de uno de estos recuerdos, El Gato
esbozaba una sonrisa. Algunas otras, El Gato recordaba y sentía un poco de
culpa por haber amado más a unas que a otras, sin embargo, él sabía que con
ninguna de aquellas hembras él había sido lo mismo con una que con otra. Ni
siquiera era el mismo que una tarde antes había subido al mausoleo a su
encuentro diario con el cielo celeste. Para El Gato eso era felicidad, saber
que si aquella rutina existía era porque él lo permitía y el hecho de pensar
que mañana podía ser diferente, solo porque él así lo quería le daba la
satisfacción de no ser el mismo que había abierto los ojos al atardecer.
Eso era su felicidad y
la razón por la que nunca se le escuchaba quejarse, El Gato resolvía ser
solitario porque esto le daba la atmosfera tranquila que tanto disfrutaba y
esto le hacía callar las voces de culpa que le susurraban reproches al oído. El
Gato, no se arrepentía de ninguna de esas noches, pues en su momento todo fue
como debió haber sido, y arrepentirse –pensaba Gato –sería sentir vergüenza de
lo que alguna vez había sido, sería rechazar el estar vivo y de todos los
momentos que vinieron después.
Cierta noche de otoño,
mientras devoraba una de sus ratas, El Gato escucho crujir las hojas secas que
cubrían los caminos del cementerio, esto interrumpió la racha de quietud que
había mantenido el felino por varias noches y le hacía salir de aquel sopor que
lo mantenía prisionero quien sabe desde cuándo. El Gato dio un gran salto y rápidamente
pego su cuerpo al suelo para ocultarse entre las sombras de las lapidas
-Venga, Gato, nos
conocemos… –
Él tenía buena memoria y
al escuchar aquella voz fría e indiferente supo de quien se trataba.
-Ha pasado tiempo – dijo
Gato sin mirar a su visita, tratando de recuperar la compostura que el susto le
había arrebatado –la primera vez que te vi, fue cuando el humano que tuve hace
muchas lunas, dejo de respirar. Una voz tan vacía como la tuya, jamás se olvida
–
La muerte miro a El Gato
y en su mirada se adivinaba algo que pudiese ser interpretado como simpatía,
aunque era difícil saberlo con certeza ante la tremenda frialdad de su sola
existencia –en aquel entonces no eras más que un cachorro. Tengo que reconocer
que estoy sorprendido de que no nos hayamos encontrado antes –.
Ambos guardaron silencio
por un rato, quién sabe cuánto tiempo habrá sido, en los panteones el tiempo no
corre de la misma manera, es como si la atmosfera del lugar contagiara al
tiempo con su indiferencia. Aquí ya no había citas a las cuales llegar tarde ni
pendientes que debían ser resueltos y entonces el tiempo únicamente pasaba por
compromiso, porque esa era su eterna encomienda y no porque tuviese un motivo
real por el cual pasar en el cementerio.
El Gato se acicalaba el
pelaje una y otra vez, sin prestar la mínima atención a su acompañante. De
pronto, en la lejanía sonó la sirena de una ambulancia que se clavaba en el
silencio de la noche, dejando tras de sí una estela de incertidumbre y agonía.
-¿No deberías ir con
ellos? – Maulló El Gato.
-Estoy donde debo estar
¿No es así? –Pregunto la muerte con una voz que no expresaba emoción alguna, al
tiempo que pasaba su mano por la espalda de Gato.
-Supongo –repuso Gato
–he visto muchas cosas al pasar de las noches, hace mucho que no tenía compañía
y más aun que no tenía un maullido de asombro. –
El Gato se quedo sentado
sin mirar a la muerte, meneaba la punta de su cola. Tenía los ojos fijos en algún
lugar de la nada, eran como dos pequeños medallones de oro que brillaban con
fuerza y rompían la armonía de su oscuro camuflaje, como reflejo del mismo
cielo que tanto había contemplado.
-Aun cuando tus visitas
no eran para mí, nunca me perdí ninguna de ellas –hacia cientos de años que la
muerte no era tomada por sorpresa, fue tan vergonzoso esto para ella que se
alegro de no ser capaz de sonrojarse.
-Al contrario –continuo El
Gato –te seguí muy de cerca. Fue pura cosa del destino que terminaran por
gustarme tanto las ratas de cementerio. Y fue aquí donde lo entendí, al menos a
mi manera; no importaba cuantas ratas comiera o no, ni importaba que fueran
ratas de alcantarilla, ratas de campo o ratas de cementerio. El día que tú
vinieras por mí, nada de eso tendría sentido -.
La muerte miro a El Gato.
Pudo notar, no sin cierta sorpresa, que su pelaje negro había sido invadido por
un puñado de manchas color plata, era como si luego de tantas noches de quietud
y contemplación, las estrellas hubiese vertido un poco de su polvo sobre él.
Brillaban las canas con la misma melancolía que las estrellas del firmamento,
eran como un mensaje, la señal de salida que abría el camino a lo infinito.
Las horas pasaron sin
que ninguno de los dos se diera cuenta, pronto la luna regresaba la sangre que
había tomada prestada antes y se marchaba sin mirar a los ojos al sol que
recién nacía. Las gotas de sereno atrapadas entre las hojas de plantas y
hierbas del cementerio destellaban como diamantes entre las lapidas, eran cómplices
en el silencio y detrás de ese silencio, lo obvio y lo inevitable se
presentaban con tal fuerza que aplastaban el momento hasta su exterminio. Gotas
de despedida que la noche había dejado atrás como último regalo a quién había
sido su fiel compañero. Pero, para El Gato, no había diferencia entre este
momento y su nacimiento, él había crecido entre el hastió y la contemplación
del final. Fuera hoy, fuera mañana o hace diez años. Para él esto era
indiferente. Al contrario de otros de su especie a El Gato no le habían hecho
falta seis vidas más para abrazar este ultimo amanecer, desde el momento en que
cada nuevo día se había vuelto único, perdió la cuenta de cuantos días, años o
vidas había vivido.
Habían sido buenos años
y no tenía nada porque arrepentirse –perdón por la espera –dijo El Gato
rompiendo el silencio, la muerte no dijo nada, El Gato se levanto y camino
hacía su compañera y se dio cuenta que ya no había dolor en sus patas y el
negro de su pelaje volvía a ser infinito, miro por última vez el viejo panteón
que tantas noches le había seguido en sus cacerías nocturnas y verlo
indiferente ante su partida le dio gusto y se sintió regocijado al saberse
libre de culpa de dejarlo atrás y no volver a hacer esos paseos que solía hacer
en sueños, era libre del miedo de ser olvidado por el cementerio, sus ratas
dejarían de temerle a la silueta entre las sombras de las lapidas, porque para
cuando esto pasara, él ya no pensaría más en aquellas cosas, ni en las hembras
de sus noches pasadas, probablemente no podría ni recordarse a el mismo -Acaricia mi espalda una vez más –dijo Gato
con esos aires altaneros que solo los de su especie pueden tener y en sus ojos
se advertía la satisfacción de aquel que alcanza el deseo anhelado.
-Gatos… -dijo la muerte
al tiempo que sonreía, procurando ser disimulada. Tomo a Gato entre sus brazos
y camino hasta desaparecer entre la sombra de las lapidas. Regresando juntos a
la nada, de donde todo alguna vez nació.
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