miércoles, 7 de agosto de 2019

El Gato


-J. LYKAIOS


Por las noches una sombra recorría las calles vacías del Puerto. Preciso, inmutable y más negro que la propia noche. El Gato gustaba de estar solo, sentía un enorme placer cuando subía al mausoleo más alto del cementerio inamovible, monumento de memorias que yacía iluminado por la luz fría de la luna. Solo una cosa lograba hacerlo bajar de sus contemplaciones; las ratas que merodeaban el cementerio. Las encontraba particularmente sabrosas.
 –Vida que nace y se sostiene en los pies de la muerte –decía al tiempo que saboreaba su recién atrapada cena.
Por años, El Gato había hecho sus recorridos nocturnos sin que las cosas fueran distintas; esperar a que el cielo se pintara de rojo para despertar y estirar las patas, tal vez se acicalaría por un rato, gustaba de ir a su cita de cada noche bien presentado. Una vez en la cima del mausoleo, El Gato no hacía la gran cosa, perdía la mirada en el vasto cielo nocturno, no entendía muy bien que eran aquellos pequeños destellos que alteraban el orden del interminable manto oscuro que todo lo cubría. Algunas veces pensaba que se trataba de ojos de gatos del pasado, que habían logrado subir hasta mausoleos más altos que los que él había subido durante su vida. Algunas otras noches, le gustaba creer que se trataba de canas en el pelaje del espacio que conforme avanzaban los años el cielo acumulaba como tesoros que lucía con orgullo. Así pasaba horas El Gato, sin advertir lo que pasaba a su alrededor  hasta que un mal paso dado por una rata de cementerio le hacía rugir el estómago y con toda la precisión que incontables lunas le habían concedido atacaba sin pensarlo dos veces. Era una rutina que había llevado por tanto tiempo, que algunos días le costaba darse cuenta si había despertado o aún se encontraba soñando con lo que había hecho antes de irse a dormir. Aunque la verdad, poder diferenciar en cuál de los dos mundos estaba poco le importaba, a fin de cuentas, no le interesaba lo que pudo ser diferente.
Con la llegada del atardecer, el sol parecía derramar su sangre sobre el blanco inmaculado de las nubes para luego morir y convertirse en la larga alfombra roja que daría bienvenida al largo velo color negro infinito que traía tras de sí la luna y con él cubría el firmamento, era entonces cuando El Gato salía de su escondite, para caminar entre las numerosas lápidas de aquel cementerio de historias olvidadas que se resisten a ser descuartizadas por el olvido.
Esta había sido la vida de El Gato por años. Algunas noches, cuando en la cima del mausoleo divagaba entre las estrellas, los recuerdos de hembras con las que había pasado algunas noches de cortejo le hacían compañía y con más de uno de estos recuerdos, El Gato esbozaba una sonrisa. Algunas otras, El Gato recordaba y sentía un poco de culpa por haber amado más a unas que a otras, sin embargo, él sabía que con ninguna de aquellas hembras él había sido lo mismo con una que con otra. Ni siquiera era el mismo que una tarde antes había subido al mausoleo a su encuentro diario con el cielo celeste. Para El Gato eso era felicidad, saber que si aquella rutina existía era porque él lo permitía y el hecho de pensar que mañana podía ser diferente, solo porque él así lo quería le daba la satisfacción de no ser el mismo que había abierto los ojos al atardecer.
Eso era su felicidad y la razón por la que nunca se le escuchaba quejarse, El Gato resolvía ser solitario porque esto le daba la atmosfera tranquila que tanto disfrutaba y esto le hacía callar las voces de culpa que le susurraban reproches al oído. El Gato, no se arrepentía de ninguna de esas noches, pues en su momento todo fue como debió haber sido, y arrepentirse –pensaba Gato –sería sentir vergüenza de lo que alguna vez había sido, sería rechazar el estar vivo y de todos los momentos que vinieron después.
Cierta noche de otoño, mientras devoraba una de sus ratas, El Gato escucho crujir las hojas secas que cubrían los caminos del cementerio, esto interrumpió la racha de quietud que había mantenido el felino por varias noches y le hacía salir de aquel sopor que lo mantenía prisionero quien sabe desde cuándo. El Gato dio un gran salto y rápidamente pego su cuerpo al suelo para ocultarse entre las sombras de las lapidas
-Venga, Gato, nos conocemos… –
Él tenía buena memoria y al escuchar aquella voz fría e indiferente supo de quien se trataba.
-Ha pasado tiempo – dijo Gato sin mirar a su visita, tratando de recuperar la compostura que el susto le había arrebatado –la primera vez que te vi, fue cuando el humano que tuve hace muchas lunas, dejo de respirar. Una voz tan vacía como la tuya, jamás se olvida –
La muerte miro a El Gato y en su mirada se adivinaba algo que pudiese ser interpretado como simpatía, aunque era difícil saberlo con certeza ante la tremenda frialdad de su sola existencia –en aquel entonces no eras más que un cachorro. Tengo que reconocer que estoy sorprendido de que no nos hayamos encontrado antes –.
Ambos guardaron silencio por un rato, quién sabe cuánto tiempo habrá sido, en los panteones el tiempo no corre de la misma manera, es como si la atmosfera del lugar contagiara al tiempo con su indiferencia. Aquí ya no había citas a las cuales llegar tarde ni pendientes que debían ser resueltos y entonces el tiempo únicamente pasaba por compromiso, porque esa era su eterna encomienda y no porque tuviese un motivo real por el cual pasar en el cementerio.
El Gato se acicalaba el pelaje una y otra vez, sin prestar la mínima atención a su acompañante. De pronto, en la lejanía sonó la sirena de una ambulancia que se clavaba en el silencio de la noche, dejando tras de sí una estela de incertidumbre y agonía.
-¿No deberías ir con ellos? – Maulló El Gato.
-Estoy donde debo estar ¿No es así? –Pregunto la muerte con una voz que no expresaba emoción alguna, al tiempo que pasaba su mano por la espalda de Gato.
-Supongo –repuso Gato –he visto muchas cosas al pasar de las noches, hace mucho que no tenía compañía y más aun que no tenía un maullido de asombro. –
El Gato se quedo sentado sin mirar a la muerte, meneaba la punta de su cola. Tenía los ojos fijos en algún lugar de la nada, eran como dos pequeños medallones de oro que brillaban con fuerza y rompían la armonía de su oscuro camuflaje, como reflejo del mismo cielo que tanto había contemplado.
-Aun cuando tus visitas no eran para mí, nunca me perdí ninguna de ellas –hacia cientos de años que la muerte no era tomada por sorpresa, fue tan vergonzoso esto para ella que se alegro de no ser capaz de sonrojarse.
-Al contrario –continuo El Gato –te seguí muy de cerca. Fue pura cosa del destino que terminaran por gustarme tanto las ratas de cementerio. Y fue aquí donde lo entendí, al menos a mi manera; no importaba cuantas ratas comiera o no, ni importaba que fueran ratas de alcantarilla, ratas de campo o ratas de cementerio. El día que tú vinieras por mí, nada de eso tendría sentido -.
La muerte miro a El Gato. Pudo notar, no sin cierta sorpresa, que su pelaje negro había sido invadido por un puñado de manchas color plata, era como si luego de tantas noches de quietud y contemplación, las estrellas hubiese vertido un poco de su polvo sobre él. Brillaban las canas con la misma melancolía que las estrellas del firmamento, eran como un mensaje, la señal de salida que abría el camino a lo infinito.
Las horas pasaron sin que ninguno de los dos se diera cuenta, pronto la luna regresaba la sangre que había tomada prestada antes y se marchaba sin mirar a los ojos al sol que recién nacía. Las gotas de sereno atrapadas entre las hojas de plantas y hierbas del cementerio destellaban como diamantes entre las lapidas, eran cómplices en el silencio y detrás de ese silencio, lo obvio y lo inevitable se presentaban con tal fuerza que aplastaban el momento hasta su exterminio. Gotas de despedida que la noche había dejado atrás como último regalo a quién había sido su fiel compañero. Pero, para El Gato, no había diferencia entre este momento y su nacimiento, él había crecido entre el hastió y la contemplación del final. Fuera hoy, fuera mañana o hace diez años. Para él esto era indiferente. Al contrario de otros de su especie a El Gato no le habían hecho falta seis vidas más para abrazar este ultimo amanecer, desde el momento en que cada nuevo día se había vuelto único, perdió la cuenta de cuantos días, años o vidas había vivido.
Habían sido buenos años y no tenía nada porque arrepentirse –perdón por la espera –dijo El Gato rompiendo el silencio, la muerte no dijo nada, El Gato se levanto y camino hacía su compañera y se dio cuenta que ya no había dolor en sus patas y el negro de su pelaje volvía a ser infinito, miro por última vez el viejo panteón que tantas noches le había seguido en sus cacerías nocturnas y verlo indiferente ante su partida le dio gusto y se sintió regocijado al saberse libre de culpa de dejarlo atrás y no volver a hacer esos paseos que solía hacer en sueños, era libre del miedo de ser olvidado por el cementerio, sus ratas dejarían de temerle a la silueta entre las sombras de las lapidas, porque para cuando esto pasara, él ya no pensaría más en aquellas cosas, ni en las hembras de sus noches pasadas, probablemente no podría ni recordarse a el mismo  -Acaricia mi espalda una vez más –dijo Gato con esos aires altaneros que solo los de su especie pueden tener y en sus ojos se advertía la satisfacción de aquel que alcanza el deseo anhelado.
-Gatos… -dijo la muerte al tiempo que sonreía, procurando ser disimulada. Tomo a Gato entre sus brazos y camino hasta desaparecer entre la sombra de las lapidas. Regresando juntos a la nada, de donde todo alguna vez nació.



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