domingo, 4 de agosto de 2019

Infinitos.

-Eder Barajas 

Y cuando terminó la fiesta y descubrió que todos se habían ido, se encontró a sí misma sentada en el sillón de la sala, con un amargo sabor a alcohol y vacío, la ropa impregnada con olor a humo de tabaco y un repentino sentimiento de soledad. El silencio de la madrugada había acabado con la euforia, ya no había más música, no más choques de copas y botellas, no más risas ni coqueteos entre los invitados.
—Cambio de planes, amiga. No llegaré a casa. Mañana te digo qué tal besa el chico del coche rojo —leyó en el mensaje que llegó a su celular.
—Ok. Cuídate. Ya me voy a dormir —contestó.

La madrugada era el mejor momento para pintar, era el instante íntimo para encontrarse consigo mismo. Incienso con olor a su último encuentro y a un volumen bajo se reproducía la canción que escuchaban en silencio abrazados en el colchón viejo tirado en el piso del cuartucho que compartían en aquella época de miseria. El olor, el sonido y su recuerdo envolvían la atmósfera mientras pintaba a la protagonista de cada imagen del pasado. Salió a la terraza del apartamento de aquella zona exclusiva para encontrarse con la soledad, ver las luces de la ciudad y admirar el cielo que, extrañamente, estaba bastante estrellado. Tal vez ella tenía razón, ¿de qué sirve ya todo esto? Eres un maldito perdedor. Aburrido. Patético...

Ya estaba en su habitación, se puso su ropa para dormir, fue a la cama y el insomnio hizo que la asaltara el recuerdo. Se levantó, fue por un vaso de agua y lo llevó consigo a la terraza del departamento que compartía con su amiga Lucía. “¿Qué estará haciendo en este momento?, ¿qué será de él?, ¿seguirá con su sueño de ser un pintor famoso?” Miró el hermoso cielo estrellado y recordó la época en la que compartían aquel cuartucho miserable. Cerró los ojos y se vio desnuda, recostada boca abajo en el colchón viejo en el centro del cuarto y la sábana cubriéndole hasta la cintura. Los labios de él recorrían la desnudez de su espalda, subían por su hombro hasta llegar a su oído y en voz baja le compartía sus promesas y sus sueños. La luna y las estrellas estaban tan lejanas en aquel momento, y ahora el cielo inundado de ellas se veía tan cerca. Qué ironía.

“¿Dónde estará en este instante? ¿Será la misma chica soñadora y encantadora que conocí?” Pensó mientras recordaba que su encanto y audacia le permitieron conseguir un puesto importante en el área de relaciones públicas de una gran empresa de publicidad y medios, de las más influyentes del país, y por ello tuvo que mudarse a otra ciudad. El colchón viejo, el cuarto miserable y un maldito perdedor, un intento de artista que perdía el tiempo y el poco dinero pintando, ya no tenían cabida en el glamur de la vida profesional que ella iniciaba. No la culpaba de desear ser una mujer triunfadora ni por haberse cansado de él. Ahora de nada servía que Leslie, su agente, descubriera su obra en una exposición callejera en el centro histórico de la ciudad y que en unas cuantas semanas hubiera logrado vender una gran cantidad de sus cuadros en Nueva York. Ya se había cotizado lo suficiente para la que sería su primera exposición. Nada de este cambio y éxito vertiginoso le causaba emoción, sólo deseaba pintar sus recuerdos.

Le dio un trago al vaso de agua y recordó cómo lo conoció en el centro histórico, en el café a un costado de la catedral. Estaba aburrida y distraída en una mesa cercana a la banqueta, esperaba a una amiga que la dejó plantada. Cuando levantó la vista y lo descubrió en otra mesa, estaba dibujando ávidamente en su block de hojas mientras la veía de reojo. Después de un rato, la mesera se le acercó para preguntarle si ordenaría algo y se tuvo que retirar del lugar: no tenía dinero para pagar un café. Cuando se alejaba, después del disgusto de la mesera, le dejó el dibujo en la mesa. Era un retrato de ella que meses después se convirtió en una pintura que aún conservaba en la pared de su sala. Ella le ofreció un café, él lo rechazó y se fue caminando por los portales de la plaza pública. “Él era así de orgulloso, ¿o podría decirse que digno?” Pensó mientras tomaba agua con los ojos cerrados.

Hizo un esfuerzo para evitar un suspiro y luego repasó mentalmente la lista de lugares que habían hecho para visitarlos algún día: Monte Albán, Real de Catorce, San Sebastián del Oeste, Cuatro Ciénagas, vivir un tiempo en San Miguel de Allende… también viajarían a Macchu Pichu, la Isla de Pascua...
—¡No olvides que tenemos que visitar los castillos medievales en Europa! Tenemos que ir aunque sea una vez en la vida —sintió que su voz emocionada lo interrumpía y continuaba enlistando actividades—. ¿Qué tal beber café de grano de cada región del país, aprender una lengua indígena y escribir un libro juntos? Ah, también probar cervezas de todo el mundo y construir una cabaña en Aticama…
—¿Dónde? —la había cuestionado extrañado.
—En Aticama. Un pueblo de pescadores que está cerca de San Blas, en Nayarit, perdido entre la selva, el mar y huertos de frutos tropicales. Tiene una placita con kiosco en la playa y la espuma de las olas vuela en mil pedazos al chocar contra el muro cuando sube la marea. Ahí nos esconderemos cuando queramos huir de todo y de todos, veremos juntos la puesta de sol desde una banca o sentados en la arena.
Apretó los pinceles que llevaba en la mano y su mirada se perdió en la luz de la estrella más grande y brillante.

Mordió el borde del vaso de plástico vacío y sonrió al recordar su primera cita, después de haber coincidido varias veces. Él había vendido un cuadro y la invitó a un café, al que estaba a un lado de la catedral. Estaba segura de que lo había tomado como una revancha después de aquella situación bochornosa que había vivido. No se trataba del tipo más guapo, difícilmente ganaría una discusión con sus amigas sobre su galanura, pero a ella le gustaba y eso era suficiente. Era un muchacho inteligente, con buen sentido del humor, su plática era agradable, tenía talento para pintar y, lo más importante, se identificaban uno con el otro. Pensaba que si existía un alma gemela, seguramente se trataba de él que siempre tenía las palabras correctas, un abrazo o una caricia cuando no se sentía bien, y él siempre sabía y estaba ahí cuando lo necesitaba. Siempre tenía para ella una sonrisa, una broma, un detalle, un sueño, una promesa, una locura… era auténtico, ambos lo eran en ese tiempo. Ahora su trabajo le obligaba a proyectar la imagen de una mujer triunfadora, segura, con liderazgo y autosuficiente, una mujer que aparte de bella, siempre sabe lo que quiere. “Las relaciones públicas requieren de una buena imagen, ¿pero en el fondo qué soy? ¿Le importará a alguien?” Pensó en los niños bonitos que abundaban en la empresa, eran unos imbéciles vacíos. Sintió la necesidad de un abrazo.

Una estrella fugaz dejó una estela en el cielo y continuaron los recuerdos.
—¡Pide un deseo!
—¡No! ¡Tú primero!
—Bueno, los dos juntos. Va: ¡uno, dos, tres! 
Tenían afición por ver juntos el cielo en las noches estrelladas o de luna llena y perderse en la inmensidad, recostados en la azotea, en el pasto del parque, en las rocas de las montañas de las afueras de la ciudad o sentados en una banca. Ambos sentían admiración por el cielo lleno de astros brillando frente a ellos, lo veían como una metáfora de la infinidad, de la fascinación por la aventura y lo desconocido, del viaje continuo que representa la vida y se prometieron muchas veces continuar juntos este trayecto caótico hasta regresar al punto de partida, hasta convertirse en polvo estelar que deambula entre las estrellas del cosmos y, por fin, convertirse en infinitos. Torció los labios en una sonrisa forzada y pidió su deseo, el mismo de siempre.

Dejó de morder el vaso para volver la vista al horizonte, donde descubrió una estrella fugaz. Recordó aquel juego infantil de pedir ambos un deseo.
—¡Los dos juntos! ¡Uno, dos, tres!
—¿Ahora sí me vas a decir qué pediste? —le preguntó él.
—No, tampoco me lo digas tú. Tenemos que mantenerlo en secreto, si no, no se cumplirá.
Un instante después preguntaba ella con curiosidad:
—¿Y tú qué pediste?
—Tampoco te lo voy a decir.
—¿Lo decimos los dos juntos a las tres?
—¡Uno, dos, tres! —ambos quedaban en silencio esperando que el otro dijera algo y al final ganaban las carcajadas.
Con los ojos brillantes por una extraña humedad que no llegaba a derramarse, pidió el mismo deseo de siempre.

—¿Qué pediste? —ambos recordaron una vez más la pregunta.
“Espero que por fin sea feliz, donde sea y con quien sea que esté”, resonó en sus pensamientos. Sonrió forzadamente, él. Una lágrima repentina rodó por la mejilla de ella. Él abandonó la terraza y se dirigió a su estudio para seguir pintando el mar, una chica hermosa y la espuma de las olas desvaneciéndose en la playa, tal vez en Aticama, mientras sentía su soledad más abrasadora que nunca. Ella se fue a recostar, revisó el celular y recordó la cita que tendría por la mañana con unos clientes importantes. Intentaría descansar, aunque solo daría vueltas en la cama con la misma sensación de vacío y con la desesperanza que produce la soledad.

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