viernes, 15 de febrero de 2019

Los atrincherados.



Aturdidos, amontonados en aquel agujero. El agua escasea, están muertos de sed pero todos, sin excepción; embriagados con sus dosis diarias de ron, para tener aunque sea un poco de valor antes de la batalla. Cada quince segundos, a veces más y a veces menos: El sonido de una explosión que sienten retumbar en sus huesos.

Aun así, lo que en verdad los hace temblar, es el breve silencio de unos minutos que hacen los hostiles y lejanos cañones… es en ese momento en el que deben salir y ver todas las balas de frente.

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Las caras sucias se miran las unas a las otras, lo saben… si retroceden, serán ejecutados por los suyos, si avanzan, serán abatidos por el enemigo.

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Algunos solo avanzan un par de metros antes de caer por las ametralladoras, otros logran asesinar de igual manera a sus opuestos. Los cañones rugen de nuevo, y en el terreno, una vez más; nadie queda ni vivo, ni entero.

Los que pueden fuman un cigarrillo tras otro para enmascarar el hedor a putrefacción. La primera ronda de proyectiles desentierra los cadáveres recientes y los de hace días, la siguiente vuelve a cubrirlos de lodo, metal y carne despedazada. Pero aquellos que mueren son afortunados.

Para ellos todo ha terminado.




-Calixto Gama.

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