lunes, 18 de marzo de 2019

Marcos


Eder Barajas

Sintió con gran pesar, clavada en sus ojos, aquella mirada fija sin parpadeos, aquellos ojos cargados con una mezcla de cariño, tristeza, incredulidad y dolor. Esa mirada que se
quedaría grabada para siempre en su memoria. Aquel cuerpo sangrante respiraba con dificultad, mientras sus ojos vidriosos seguían viéndolo fijamente y él, de rodillas en el suelo lodoso, cargaba su cuerpo y lo restregaba contra su pecho, sintiendo cada vez más
débil el aliento de su respiración en el rostro, a pesar de estar frente a frente. Tenía las ropas sucias por el lodo de aquella tarde lluviosa, y manchadas de la sangre que escurría del cuerpo destrozado de su amigo. Sentía arrepentimiento, dolor y desesperación. No le
deseaba a nadie la culpa y la pena de matar a su mejor amigo, llevar a cuestas ese estigma, llevar en el alma una herida sangrante que ya no se cerraría.

Los ojos seguían mirándolo, el cuerpo no emitía más sonido que el de la dificultad de su respiración. Los relámpagos y los rayos iluminaban la tarde, que se había vuelto oscura por la repentina violencia de la tormenta, acentuando el triste brillo en los ojos de aquel moribundo. Él, con lágrimas perdiéndose entre las gotas de lluvia que resbalaban por sus mejillas y sin emitir palabras, le pedía perdón. En el silencio, aquellas miradas eran el más duro reflejo de la tristeza. Dios sabía que él no quiso hacerlo, sabía que la suerte le había hecho una mala jugada.

Lo aferró contra su pecho mientras los estertores anunciaban que la muerte estaba llegando y la vida se iba escapando de aquel cuerpo sangrante y maltrecho. Un fuerte grito de dolor y desesperación fue opacado por un rayo que cimbró la tierra mientras seguía la trayectoria de la palmera que había sido desgajada a lo lejos, en los corrales de las casas de la entrada del pueblo, al contacto con la destructora fuerza de la naturaleza. Marcos, aquel noble animal, había muerto.

*****

—¿A qué vas ahorita, Ramón? Cuando las nubes se ponen de aquel lado, es seguro que va a llover. No seas terco.
—No, mija. Tengo que terminar de arar las tierras de mi hermano Lupe, allá en las parcelas de Las Casas. Ya me queda poco y, si nos ganan las lluvias, no vamos a poder prepararlas —le contestó a su mujer mientras salía de la casa de techo de palma y paredes de piedra y barro, y se dirigía al tractor estacionado en la calle con el motor encendido.
—¡Blackie, Marcos! ¡Vámonos! Vieja, ¿dónde están los perros? No salen.
—No sé, andaban jugando con los chiquillos bajo el árbol de tamarindo.
—¡Marcos! —volvió a gritar, y apareció un perro enorme de melenas color grisáceo, meneando la cola y abalanzándosele encima, poniéndole las patas delanteras en el pecho.
—¡Ándale, vámonos! ¡Blackie!

Pero el perro negro, de donde tomaron el nombre de Blackie, no salió. Tal vez seguía jugando con las dos niñas y los dos niños del matrimonio.

—Este perro que no sale. Así me voy a ir, lo voy a dejar. No quiero que se me haga más tarde y me agarre allá la noche.

Subió al tractor y se alejaron, el hombre a bordo de la máquina y el animal corriendo al mismo paso.

*****

—Papá, ¿no te da miedo estar en la noche tú solo en el cerro cuando vas de cacería?
—¿A qué debería tenerle miedo? Los fantasmas y el diablo no existen. No dejes que te asusten con eso.
—Yo sí creo que existen, sí les tengo miedo.

Sonrió mientras recordaba aquella plática con su hijo menor. Ahora, precisamente, estaba en medio de la soledad de la noche en el cerro, fumando un cigarro sentado en un enorme tronco seco de huanacaxtle, en un claro entre los árboles y arbustos del terreno lleno de pequeñas piedras sueltas y grandes rocas sobresaliendo de la tierra. Al frente se veían las pequeñas luces del pueblito Paredones, a la izquierda se podía notar el resplandor del alumbrado público de Santiago Ixcuintla, aunque no alcanzaba a ver las luces directamente, debido a que las lomas cubiertas de árboles de nanchis y de palmas le impedían la vista. Al frente tenía el cerro de Peñas y a la derecha el cerro de La Piedrera. La enorme luna y el hermoso cielo estrellado se reflejaban a lo lejos en las aguas de los humedales de las tierras de la sociedad de productores conocida como el Grupo Número Uno, como si se tratara de un enorme espejo colocado junto a los sembradíos de sorgo, maíz y frijol. El manto estelar y la soledad del cerro le provocaban un estado de paz imposible de explicar. ¿Cómo iba a sentir miedo en ese momento? ¿Cómo explicárselo a su hijo?

En una bolsa que tenía a un lado del tronco seco había una coa de metal y dos armadillos que los perros le habían ayudado a cazar. Los dos animales estaban echados en el otro costado, jugando entre ellos como siempre. Él no necesitaba de armas para cazar, porque
sus perros se encargaban de eso. Cuando descubrían un armadillo, lo seguían en medio de ladridos y gruñidos bajo los árboles de huanacaxtle, jarretadera, guásima, guamuchilillo o pochotes, entre la maleza formada por arbustos, sierrillas y los pasadizos estrechos de los laberintos formados por las plantas de guámaras, por los que para él sería imposible pasar debido a que las espinas en el filo de sus hojas alargadas, parecidas a las de las plantas de piña, le hubieran causado dolorosas heridas, pero los perros habían adquirido habilidad para cazar y moverse entre este tipo de vegetación. Seguían al armadillo hasta que se escondía en su madriguera en la tierra y él solamente tenía que cavar con la coa a lo largo de la cueva hasta dar con el caparazón del animal y con un machetazo obtener la pieza de caza y la carne para la semana.

Seguía sentado en el tronco seco cuando una estrella fugaz cruzó el cielo, mientras los perros ya descansaban echados a sus pies en silencio.

*****

Llegó a las tierras de cultivo de Las Casas cuando el cielo se estaba cubriendo de nubes y el aire fresco le empezaba a dar en la cara.

—Ojalá que no llegue la lluvia —pensó. El perro, Marcos, se quedó en los montecillos de coatante y zacates de parán, bajo los árboles de pimientillo del bordo de la gran extensión de tierra de la parcela que en otro tiempo perteneció a alguien que apodaban “Borrego” y ahora propiedad de don Eduardo Ramírez. El animal se divertía olfateando madrigueras de conejos, desechos de coyotes y persiguiendo lagartijas, mientras su dueño empezaba la faena en la tierra.

Las nubes negras rápidamente cubrieron el cielo y la oscuridad prematura empezó a cubrir la tarde. El aire corría más fuerte y los relámpagos formaban trayectorias accidentadas entre las nubes. Los truenos habían puesto inquieto al perro; las gruesas gotas de lluvia empezaron a caer cuando Ramón iba a bordo del tractor a medio terreno y estaba decidido a irse a casa.

No esperaba que la tormenta llegara así de repente ni con tanta violencia. Las ramas de los árboles se sacudían ante la fuerza del viento, las gotas de agua parecían formar corrientes en caída libre y los rayos, aunque por ahora lejanos, retumbaban con mayor frecuencia, provocando el temor del perro, que se había agazapado temblando bajo unos arbustos. En su desesperación por alejarse de la tormenta, su dueño se había olvidado del temor de Marcos por las tormentas eléctricas. La tarde se había convertido en un infierno de agua y electricidad surcando el cielo, augurando una desgracia. Si no le tenía miedo al diablo, debía tener temor de Dios o por lo menos respeto por la naturaleza. ¿Quién de los tres estaría conspirando contra el destino de aquel par de amigos?

*****

—Ramón, ¿no muerde tu perro? —Le preguntaron “El Cani” y “El Yiyo”, los hijos de Nicolás Aguilera.
—No muerde —les contestó don Pedro, quien estaba platicando con Ramón en el callejón formado por la colindancia de dos parcelas de tabaco. Atrás de ellos estaba la enramada llena de sartas de tabaco que esperaban ser colgadas para secarse bajo el sol.
—A veces ladra mucho, pero no muerde, ¿verdad, Ramoncito?
—Vamos a pasar, a ver si no nos ladra como el otro día. Ya mero se nos echaba encima.
—No hace nada —insistió don Pedro—. Este así lo tiene de mal educado nomás.
Se acercó a Ramón y en tono de broma le dio un golpecito en el hombro con el puño. El perro se interpuso entre él y su amo, y mostró los dientes y colmillos a don Pedro, mientras gruñía despacio y parecía tomar una posición de ataque. El enorme animal con su largo pelaje de un color cenizo extraño imponía miedo y respeto.

—¿No que no hacía nada, don Pedro? —le dijeron los chiquillos riéndose. Ramón se hizo a un lado del camino y a agarró su perro para que pasaran los chicos.
—Sí que es méndigo tu perro, eh, Ramoncito —le dijo don Pedro.
—Nada más ladra, pero no hace nada. Nunca ha mordido a nadie. En la casa se la pasa jugando con mis niños. A lo mejor les ladra a los “Canis” porque los desconoce.

*****

Un rayo que cayó cerca con su brutalidad destructora cimbró el piso mientras Ramón llegaba con su tractor a la orilla del terreno y el terror que sintió el perro hacía que corriera hacia su amo en busca de protección. Corrió con desesperación hasta encontrar de frente
el tractor que avanzaba entre el lodo que se había formado en la parcela. La falta de visibilidad por la lluvia tan espesa no permitió a Ramón darse cuenta a tiempo de que Marcos se abalanzaba hacia la enorme máquina, lo vio cuando ya casi estaba bajo la llanta trasera buscando llegar hasta su lugar en el asiento.

Intentó frenar desesperadamente, pero la llanta de la gran mole mecánica pasó por encima del animal, que emitió un aullido de dolor, mientras el crujir de huesos se perdía entre el sonido del motor y la violencia del cielo.

Ramón descendió del vehículo de un salto. Sentía el cuerpo helado, su rostro era una máscara de desesperación y dolor. Ahí estaba su amigo, moribundo y maltrecho. Se abalanzó sobre su cuerpo para intentar reanimarlo. Cuando lo vio sangrante y destrozado, sabía que ya nada podía hacer.

*****

—¿Cómo se llama el perrito, papá?
—¡Sí! ¿De dónde lo sacaste?
—¡Está bien peludo!
—¡Es una bola de pelos!
—Me lo regaló “El Poly”, niños.
—Yo quiero que se llame Marcos.
—¿Qué? Ese nombre está feo.
—Sí, Marcos está re’feo.
—A mí también me gusta. Que se llame Marcos.
—¿Y cuándo le vas a traer un hermanito?
—Pregúntenle a su mamá si nos deja tener otro.

*****

Caminó cargando el cuerpo sin vida hasta la entrada del predio, a un lado de las grandes casonas de adobe a las que las parcelas debían el nombre de Las Casas. Con su machete cavó la tumba de Marcos en la tierra mojada y fangosa. De rodillas y sin fuerzas, sin importarle llenarse más la ropa de lodo y sangre, depositó suavemente el cuerpo en el fondo, lo miró fijamente y una vez más le pidió perdón. Las lágrimas que resbalaban formaban un caudal mayor que el de las gotas que caían del cielo; la lluvia había bajado su intensidad, aunque los rayos seguían surcando el cielo. El potente canto de las ranas en la laguna parecía acompañar su pena, como plegarias y oraciones que intentaban guiar hasta su destino el alma desprendida de aquel cuerpo.

Se quedó un largo rato de rodillas observándolo con tristeza. Empezaba a aumentar la oscuridad cuando cubrió la tumba improvisada y abordó su tractor para dirigirse a casa. Las calles estaban desiertas por la tormenta, si alguien lo hubiera visto con ese gesto en el rostro y las ropas enlodadas y llenas de sangre, hubiera pensado lo peor. Y era verdad, él sentía que en ese momento le estaba sucediendo la peor tragedia del mundo.

*****

El motor de la máquina se apagó frente a su casa, mientras algunas gotas pequeñas de lluvia seguían cayendo. Sin importarle mojarse un poco, su mujer salió a recibirlo.

—Ramón, ¿qué te pasó? —le preguntó asustada al verlo de cerca, sucio, lleno de sangre y cansado.

Con paso lento y el rostro desencajado, caminó hacia ella.

—Mi perro…, maté a mi perro. Le pasé el tractor por encima. Maldita tormenta, mi maldita mala suerte —le dijo con voz entrecortada y con los ojos húmedos.

Su mujer lo abrazó colocando la cabeza en su regazo y consolando su llanto. Los cuatro niños, en silencio, también rodeaban las piernas de la pareja con sus brazos y se recargaban con fuerza en ellos.

El perro negro, Blackie, le aullaba con dolor y desesperación a los relámpagos que se extendían por la bóveda celestial de aquella noche lluviosa. Él también entendía y sufría la misma pena, él también le hacía el mismo reclamo al cielo.

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