lunes, 4 de marzo de 2019

Segunda primera cita


Las cartas directas y las dedicatorias oprimen mi pecho al pensar en el destinatario. Una vez leí de un viejo escritor que se debe olvidar lo que se escribe en una carta romántica. Se me da. Despejaré mi sentimentalismo en los siguientes párrafos.
Tengo algunos puntos que tocar, primero por escrito para después hablarlos. Ya sea en la playa, en el cine, en un café, en la banca que choca contra el viento o cualquier otro sitio donde me permitas tocar tu interior con mis palabras.
El mundo es un lugar escrito, es un lugar hermoso, es la sociedad la que me enferma. ¿Le he dicho que en su cuerpo veo ambivalencia? Su idiosincrasia me puso a prueba, antes y durante nuestro noviazgo, pero, así me acerqué a usted.  ¿Estaré enfermo? Puede ser. La vida en sociedad ha sacado lo peor de mí, irónicamente, ante sus abyectas actitudes  no pude negar mis mejores intenciones con su persona ¿Por qué? Acaso, ¿se le reclama al árbol por ser verde y al búho por volar? Puede que unos se atrevan, usted lo hizo. “¿Por qué eres bueno conmigo? ¿Por qué no te enojas?”, dos de las preguntas que usted ha dirigido a mis devotas actitudes.
Solo soy un hombre y nada más. Recuerdo las tardes, recargados en los troncos de las playeras palmas. Cuando mutuamente nos preguntamos con distinta sintaxis y diferente semántica la razón que uno tuvo para fijarse en el otro. “¿Cómo pudo alguien cómo tú fijarse en alguien como yo?”, fue la temática principal durante días. El temor, el orgullo, la inocencia o la ignorancia tuvieron –quizá- sus participaciones en nuestras acciones. Tal vez, no lo sé.
Le dije, en aquella palapa tan larga, que usted llegará lejos y mi temor danzaba en la idea de no poder alcanzarla. Me contó de las oportunidades que su esfuerzo ganó, intento digerir sus planes de ida cuando hace pocos días regresamos. Sí, es uno de mis conflictos. Me estoy adentrando en el mundo de las letras, de la psicología y ahora me encuentro aprendiendo el lenguaje imperial. Procuro crecer, los dos tendremos los recursos para viajar e interpretar el mundo, pieza por pieza.
Por lo que consigo recordar, eso temía uno del otro. Yo no tengo tantas facilidades para salir del país, como las que usted posee, empero, haré de lo mío para seguirle de nación en nación.
Cuando usted decidió terminar conmigo, fue un golpe invisible, incoloro e inodoro. ¿Cómo, sin un arma blanca, logró rasgar mis entrañas? Es verdaderamente innegable el poder de las palabras. Ese día me fui en llanto a mi casa. No entendía lo ocurrido. “¿Por qué si usted y yo lo pasábamos tan bien, y nos queríamos y nos hacíamos sentir dulces sensaciones, optó por terminarme?”, fue una difícil pregunta, su pronunciación lastimó mis ojos y revolvió mi estomago, sofocándome tan cerca de usted. En esa banca nos hemos dicho de todo. Si ella pudiera hablar, me gustaría pedirle su opinión.
Le dije que en aquella operación, deseaba que usted asistiera, no para verme, eso sería vergonzoso. Ignorarla es de las peores cosas, tan abyecto como verle llorar. En el pasado fue sencillo, pero, ahora que mis intenciones eran alejarme de usted por mi salud mental, ¿Cómo ignorar a esa persona que son su presencia mejoraba mis días, que con sus besos lograba afinar mi disposición en la lucha de los días, que con su mirada, con sus abrazos, con sentir latir su corazón en tan cerca de mi pecho obtenía exorbitantes cantidades de dopamina? Ignorar a alguien así era una tortura. Fue detestable ignorarle y hablarle. El limbo ante la presencia de una sola persona. Los cambios, en carne propia y en la ajena, deslumbran lo que los ojos no percibían y las mentiras que la consciencia jamás tragó.
En ese jueves, estaba asustado. Arriesgarme con usted, el dolor como máxima condición y posible final. La vida me pone riesgos, ¿Es usted un riesgo o una recompensa?
Los días debajo de esas palmeras los recuerdo bien, hablamos y con eso abrimos las puertas que creímos cerradas, encontramos secretos y descubrimos algunos miedos. Usted probó mi saliva y más adelante vino por más –es una ligera broma-. Admito que le llamé despectivamente “eso” y sí, eso que ahora disfruto, eso con lo que ahora añoro dormir y besar y abrazar desde el amanecer hasta el ocaso.
¿He sido claro? Usted es… ¿cómo decirlo?
“Pensar en eso alimenta mis sueños, sueños despiertos, endulzantes de la vida real. Pensar en dormir contigo, pensar en eso me tranquiliza. ¿Te he dicho que eres mejor que la anestesia local? Pues, quiero probar si consigues ser mejor que los psicofármacos.” Pensé en decirle esto.
Recuerdo cuando pudimos hacerlo, habló de dormir juntos. Sentir desde sus caderas hasta sus labios. Contemplar su boca abierta en el sueño profundo; una ocasión fue calurosa y otra… una anécdota  ¿Valió la pena? Dejemos que mis acciones respondan. ¿Qué le dicen mis acciones y mis gestos? ¿Debo ser más obvio?
Como le dije, los tiempos con usted parecen mejores y lo son. No le mentiré, he recibido comentarios de personas que rondan nuestro círculo social que incitan la negatividad porque yo decidí regresar con usted. En este momento, quiero disfrutar de mi tiempo a su lado, el mundo es una trampa mortal que seduce a la psicosis y al suicidio, los que no caen, huyen a los medicamentos y al entretenimiento exhaustivo. Le pido disculpas si parezco egoísta o impulsivo al querer pasar con su persona la noche que en nuestros días pasados no pudimos. No es mi objetivo seducirla al acto sexual, con usted quiero más, dormir mientras la rodeo con mis brazos a la par de sentir su respiración y apreciar la esencia de su cuerpo. ¿Es eso hacer el amor? Puede que no, esa descripción podemos hacerla, después de hacerlo.
Le dediqué escritos a pesar de sus disgustos, aún lo haré. Le debo en cierta medida mi poesía, y le comparto mi prosa. Markéta, has hecho de mis días un conglomerado de buenos momentos, empero, has dejado dolorosas cicatrices en mí. Me costó ganar mi libertad, pues, mi cárcel fui yo. En mis próximos momentos, quiero que usted sea parte de mi tiempo, quiero ser parte del suyo. Los días en los que no pude mirarle fueron horribles, por mis deseos de abrazarle, estoy consciente de los riesgos. No me arrepiento de volver, los cambios que usted demuestra me dan confianza y apagan las llamas del rencor y del miedo. Es usted el mejor de los cafés, usted cura el dolor mejor que las anestesias e inspira más que los poemas Nietzscheanos.
¿Qué más debo escribir para expresar lo que siento al pensar en usted?
Fabricio Espinoza




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