Las
cartas directas y las dedicatorias oprimen mi pecho al pensar en el
destinatario. Una vez leí de un viejo escritor que se debe olvidar lo que se
escribe en una carta romántica. Se me da. Despejaré mi sentimentalismo en los siguientes
párrafos.
Tengo
algunos puntos que tocar, primero por escrito para después hablarlos. Ya sea en
la playa, en el cine, en un café, en la banca que choca contra el viento o
cualquier otro sitio donde me permitas tocar tu interior con mis palabras.
El mundo
es un lugar escrito, es un lugar hermoso, es la sociedad la que me enferma. ¿Le
he dicho que en su cuerpo veo ambivalencia? Su idiosincrasia me puso a prueba,
antes y durante nuestro noviazgo, pero, así me acerqué a usted. ¿Estaré enfermo? Puede ser. La vida en
sociedad ha sacado lo peor de mí, irónicamente, ante sus abyectas
actitudes no pude negar mis mejores
intenciones con su persona ¿Por qué? Acaso, ¿se le reclama al árbol por ser
verde y al búho por volar? Puede que unos se atrevan, usted lo hizo. “¿Por qué
eres bueno conmigo? ¿Por qué no te enojas?”, dos de las preguntas que usted ha
dirigido a mis devotas actitudes.
Solo soy
un hombre y nada más. Recuerdo las tardes, recargados en los troncos de las
playeras palmas. Cuando mutuamente nos preguntamos con distinta sintaxis y
diferente semántica la razón que uno tuvo para fijarse en el otro. “¿Cómo pudo
alguien cómo tú fijarse en alguien como yo?”, fue la temática principal durante
días. El temor, el orgullo, la inocencia o la ignorancia tuvieron –quizá- sus
participaciones en nuestras acciones. Tal vez, no lo sé.
Le dije,
en aquella palapa tan larga, que usted llegará lejos y mi temor danzaba en la
idea de no poder alcanzarla. Me contó de las oportunidades que su esfuerzo
ganó, intento digerir sus planes de ida cuando hace pocos días regresamos. Sí,
es uno de mis conflictos. Me estoy adentrando en el mundo de las letras, de la
psicología y ahora me encuentro aprendiendo el lenguaje imperial. Procuro
crecer, los dos tendremos los recursos para viajar e interpretar el mundo,
pieza por pieza.
Por lo
que consigo recordar, eso temía uno del otro. Yo no tengo tantas facilidades
para salir del país, como las que usted posee, empero, haré de lo mío para
seguirle de nación en nación.
Cuando
usted decidió terminar conmigo, fue un golpe invisible, incoloro e inodoro.
¿Cómo, sin un arma blanca, logró rasgar mis entrañas? Es verdaderamente
innegable el poder de las palabras. Ese día me fui en llanto a mi casa. No
entendía lo ocurrido. “¿Por qué si usted y yo lo pasábamos tan bien, y nos
queríamos y nos hacíamos sentir dulces sensaciones, optó por terminarme?”, fue
una difícil pregunta, su pronunciación lastimó mis ojos y revolvió mi estomago,
sofocándome tan cerca de usted. En esa banca nos hemos dicho de todo. Si ella
pudiera hablar, me gustaría pedirle su opinión.
Le dije
que en aquella operación, deseaba que usted asistiera, no para verme, eso sería
vergonzoso. Ignorarla es de las peores cosas, tan abyecto como verle llorar. En
el pasado fue sencillo, pero, ahora que mis intenciones eran alejarme de usted
por mi salud mental, ¿Cómo ignorar a esa persona que son su presencia mejoraba
mis días, que con sus besos lograba afinar mi disposición en la lucha de los
días, que con su mirada, con sus abrazos, con sentir latir su corazón en tan
cerca de mi pecho obtenía exorbitantes cantidades de dopamina? Ignorar a
alguien así era una tortura. Fue detestable ignorarle y hablarle. El limbo ante
la presencia de una sola persona. Los cambios, en carne propia y en la ajena,
deslumbran lo que los ojos no percibían y las mentiras que la consciencia jamás
tragó.
En ese
jueves, estaba asustado. Arriesgarme con usted, el dolor como máxima condición
y posible final. La vida me pone riesgos, ¿Es usted un riesgo o una recompensa?
Los días
debajo de esas palmeras los recuerdo bien, hablamos y con eso abrimos las
puertas que creímos cerradas, encontramos secretos y descubrimos algunos
miedos. Usted probó mi saliva y más adelante vino por más –es una ligera
broma-. Admito que le llamé despectivamente “eso” y sí, eso que ahora disfruto,
eso con lo que ahora añoro dormir y besar y abrazar desde el amanecer hasta el
ocaso.
¿He sido
claro? Usted es… ¿cómo decirlo?
“Pensar
en eso alimenta mis sueños, sueños despiertos, endulzantes de la vida real.
Pensar en dormir contigo, pensar en eso me tranquiliza. ¿Te he dicho que eres
mejor que la anestesia local? Pues, quiero probar si consigues ser mejor que
los psicofármacos.” Pensé en decirle esto.
Recuerdo
cuando pudimos hacerlo, habló de dormir juntos. Sentir desde sus caderas hasta
sus labios. Contemplar su boca abierta en el sueño profundo; una ocasión fue
calurosa y otra… una anécdota ¿Valió la
pena? Dejemos que mis acciones respondan. ¿Qué le dicen mis acciones y mis
gestos? ¿Debo ser más obvio?
Como le
dije, los tiempos con usted parecen mejores y lo son. No le mentiré, he
recibido comentarios de personas que rondan nuestro círculo social que incitan
la negatividad porque yo decidí regresar con usted. En este momento, quiero
disfrutar de mi tiempo a su lado, el mundo es una trampa mortal que seduce a la
psicosis y al suicidio, los que no caen, huyen a los medicamentos y al
entretenimiento exhaustivo. Le pido disculpas si parezco egoísta o impulsivo al
querer pasar con su persona la noche que en nuestros días pasados no pudimos.
No es mi objetivo seducirla al acto sexual, con usted quiero más, dormir
mientras la rodeo con mis brazos a la par de sentir su respiración y apreciar
la esencia de su cuerpo. ¿Es eso hacer el amor? Puede que no, esa descripción
podemos hacerla, después de hacerlo.
Le
dediqué escritos a pesar de sus disgustos, aún lo haré. Le debo en cierta
medida mi poesía, y le comparto mi prosa. Markéta, has hecho de mis días un
conglomerado de buenos momentos, empero, has dejado dolorosas cicatrices en mí.
Me costó ganar mi libertad, pues, mi cárcel fui yo. En mis próximos momentos,
quiero que usted sea parte de mi tiempo, quiero ser parte del suyo. Los días en
los que no pude mirarle fueron horribles, por mis deseos de abrazarle, estoy
consciente de los riesgos. No me arrepiento de volver, los cambios que usted
demuestra me dan confianza y apagan las llamas del rencor y del miedo. Es usted
el mejor de los cafés, usted cura el dolor mejor que las anestesias e inspira
más que los poemas Nietzscheanos.
¿Qué más
debo escribir para expresar lo que siento al pensar en usted?
Fabricio Espinoza
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