Eder Barajas
Llegó en silencio, se abrió paso entre las personas que estaban en la entrada del salón, su apariencia desaliñada, el cabello desacomodado, pantalón desgastado, y sucios tenis de lona, no pasaron desapercibidos entre los trajes y corbatas. Algunas miradas lo siguieron durante su paso por el salón hasta que se detuvo frente a ella. De la bolsa de su pantalón sacó dos hojas de papel arrugadas y escritas por ambos lados, se le acercó lo suficiente, como para asegurar que fuera a escucharle y comenzó a hablarle en voz baja, mientras algunas miradas no se apartaban de él.
Hola querida amiga… Me imagino que te sorprende mi presencia después de tanto tiempo, después de haberme alejado poco a poco de ti, hasta casi desaparecer por completo. Sin embargo, no quería despedirme otra vez así, a escondidas y en silencio. Había tantas cosas qué decir pero prefería guardarlas. Tú mejor que nadie sabe la dificultad que tengo para hablar sobre mis sentimientos, tal parece que en mi cabeza hay un abismo entre mi hemisferio izquierdo y el derecho. Creo que el tiempo te ha dado la razón y tal vez sí estoy un poco loco.
Hace mucho tiempo, durante aquellas inolvidables reuniones con los viejos amigos —he de confesarte que han sido muchas las veces que los he añorado, ¿cómo olvidar aquél picnic en la orilla del lago o las risas que nos provocó aquella película de terror que tanto te asustó?—, uno de ellos me confió las preocupaciones e incomodidades que te causaba mi persona. No supe si creerlo o ignorar sus palabras, pero la duda ya no me dejó en paz, así que empecé a observar los detalles y traté de dejar de ser tan distraído. Aun estando todo el grupo reunido en la clase del taller de fotografía en el que nos conocimos, mi atención se centraba en ti, ¿recuerdas? Para mí era divertido confrontar tus ideas conservadoras y que tú lo hicieras con las mías tan liberales, en más de una ocasión provocamos las carcajadas de todos con nuestros disparates. Ya ves, no se cumplieron tus profecías y nunca me castigó Dios, ¿o sí?
Nuestras diferencias hacían que nuestra extraña amistad fuera mejor, tal como tú lo decías. Yo confiaba en ti, aunque hubo un tiempo en que dudé que tú lo hicieras conmigo. Gracias a ti volví a sentirme bien con cosas más pequeñas y, tal vez, insignificantes. ¿Cómo no iba a buscar la forma de decirte “contigo me siento bien” si toda la capacidad de mi agrietado corazón para sentir cariño y aprecio por alguien se volcó sobre ti? Tal vez fue culpa de todo ese tiempo que pasé desconfiando de los demás y tratando de reprimir cualquier sentimiento.
Siempre profesamos divertidos que entre nosotros había una química especial y que en el fondo compartíamos algún tipo de locura. Contigo sentía la libertad de ser yo mismo, de cometer travesuras, expresar y compartirte sin ningún prejuicio mis temores, penas, alegrías, planes y frustraciones, y sigo creyendo que contigo pasaba lo mismo. Recuerdo que desde el primer momento me sentí bien junto a ti. Aunque nunca te confié que en ti me encontré con el pasado; tú hablabas, reías, discutías, bromeabas y te comportabas igual, pero al mismo tiempo eras completamente diferente a todo aquello. Así es, amiga, mi trato especial hacia ti desde los primeros días de haberte conocido era porque yo sentía que te conocía desde antes. No, no pienses mal. Yo nunca quise reemplazar aquella figura ni tampoco repetir el pasado. Esto era algo completamente diferente.
Aquella voz me confió que te molestaba mi forma de ser tan estúpida y alocada, que viviera como si no me importara nada, diera la apariencia de ser un patán y que yo no hiciera nada por cambiar esa imagen. Que lo peor de todo era que tus padres te habían llamado la atención porque un amigo de la familia les había dicho que tenías relación con un muchacho “no muy apropiado”, se opusieron a que me siguieras frecuentando y te pidieron que escogieras mejor tus amistades. Me dijo que buscarías alejarte de mí de una manera sutil y tal vez ya no te reunieras más con nosotros. Tú sabías mi opinión contra las apariencias, así que aquello me cayó como una cubeta de agua fría. Después de tanto tiempo, eso era lo opuesto a todo lo que yo había pensado de ti, sin embargo empezaban a tener sentido algunos de tus actos o yo, con mi desconfianza, ya empezaba a ver alucinaciones. Parecía que nada era lo que yo creía y debo confiarte que la decepción fue enorme. Mi ego nunca me permitió preguntarte si aquello era verdad, pero al ser aquél uno de tus confidentes no se me ocurrió dudarlo. Recordé que una vez, en un momento en el que nos invadió la melancolía, me dijiste que no eras lo que yo pensaba y no le di importancia porque tú tampoco sabías lo que en realidad eras para mí.
Poco después fui yo el que empezó a alejarse. No sé si fue porque me sentí decepcionado o con el orgullo lastimado, lo que sí te puedo asegurar es que te quería a tal grado, que lo que menos quería era afectarte, buscarte algún problema, provocarte sentimientos negativos o lastimarte. Siempre he pensado que cuando uno quiere a alguien es muy fácil y cómodo prometerle estar siempre a su lado, eso no implica ningún sacrificio, ¿pero quién podría, en lugar de ello, prometer alejarse o simplemente desaparecer? Sí, sólo un loco o un tonto.
Empecé a faltar a nuestras reuniones, hasta que llegó el día que me mudé a otra ciudad sin avisar ni despedirme. Recuerdo que aquella vez que te mencioné que me gustaría irme a recorrer el mundo en libertad, me dijiste que nunca me fuera, que me quedara para siempre contigo y yo te prometí que siempre estaría junto a ti. No fui capaz de cumplir mi promesa.
Durante ese tiempo publiqué aquél libro del que tanto te hablé y que soñaba con escribir, para mi sorpresa tuvo aceptación en otros países aunque aquí casi no. Dudo que alguna vez lo hayas leído. Muchas veces estuve tentado a convertirte en la heroína de alguna de mis historias; si no fuera porque te prometí que nunca escribiría algo sobre ti, ya lo hubiera hecho. A decir verdad, si escribí varias, pero siempre terminé rompiendo las hojas por esa promesa. Después de la publicación, por fin pude visitar aquél lugar en Sudamérica con el que soñábamos; me hubiera gustado poder llevarte, tal como lo habíamos planeado, aunque hubiera sido imposible que tus padres te dieran permiso si te hubieran visto alguna vez conmigo. Doy la impresión de no ser lo que las señoras quieren para sus hijas, ¿recuerdas? Bien dijiste en un ataque de rebeldía que era más fácil que te ayudara a escaparte a que te dieran permiso y hasta planeamos cómo saltarías por la ventana.
Si tan sólo hubieras estado ahí. La altura en las montañas y la arquitectura de las antiguas construcciones en ruinas de ese lugar son más impresionantes y hermosas en vivo que en aquellas fotografías que veíamos juntos. Voy a alimentar tu vanidad confesando que te extrañé como loco en aquél viaje, sobre todo cuando la luna se posaba sobre las montañas. Recuerdo cuando te obligaba a que la viéramos juntos sentados en la vieja banca, me repetías una y otra vez que te disgustaba esa maldita luna llena, mientras que a mí me parecía fascinante.
A mi regreso, en otra ciudad del país me encontré con aquél viejo amigo y me dijo que habías caído un poco enferma, sentí el impulso de regresar e ir a visitarte, pero ya conoces mi estúpido orgullo: “cuando le doy vuelta a la página, cambio de historia”. Le dije que eso ya no era asunto mío, aunque por dentro estaba que saltaba por saber qué pasaba contigo. Él se indignó y me dijo que los amigos estaban juntos en las buenas y en las malas. No sabes cómo me arrepiento de haberle dicho que yo no sabía si en realidad tú y yo seguíamos siendo amigos y haberle pedido que cambiara de tema, fingiendo que no me importaba. Nunca antes lo vi tan molesto conmigo como ese día. Hoy sé que él siempre estuvo junto a ti y los demás amigos siempre estuvieron al pendiente. Esa noche no pude dormir.
Sabes, siempre me he reprochado no haber podido cruzar ese abismo, nunca saltar, haberte buscado y compartir contigo mi colección de experiencias y sentimientos guardados. Pero ahora tú estás del otro lado de otro abismo, uno tan profundo que no tiene fin.
No vine a pedirte perdón porque ya sé que es tarde para eso, sólo quería verte por última vez y decirte que tú has sido la mejor locura que me ha pasado. Tal vez algún día nos encontremos en otro lugar, tal vez entonces no me quede en la orilla y me atreva a cruzar el abismo sin miedo a saltar y perderme en el vacío.
Guardó silencio mientras la miraba fijamente, estiró su mano e intentó acariciarle el rostro pero el cristal del ataúd se lo impidió, se frotó los ojos para evitar que cayera una lágrima que amenazaba con deslizarse, apretó en la mano las hojas de papel que nunca desenrolló y se dirigió a la salida justo cuando un grupo de familiares de ella se disponía a acercarse para pedirle al desconocido un poco de respeto para el dolor de la familia. Yo me aflojé la corbata que cada vez me estorbaba más y me desabroché el saco. Desde lejos, confundido entre la gente, no había perdido detalle. Volteé hacia el otro extremo del salón, por donde entraba nuestro grupo de amigos que regresaban de la pieza contigua, donde habían estado descansando en una pequeña sala. Por un momento dudé en ir al encuentro de ellos o detrás de él. Corrí a alcanzarlo, pero cuando salí él ya estaba llegando a la siguiente cuadra, donde abordó un taxi mientras arrojaba a la calle las hojas arrugadas que había hecho bolita y mantenido apretadas en su mano. Lo que había en ellas me permití transcribirlo aquí, pero estoy seguro que eso no fue lo que realmente le dijo cuando estaba junto a su cuerpo inerte.
Él cumplió su promesa y, aunque escribió mucho, nunca publicó nada sobre ella ni el remolino de sentimientos que llevaba por dentro, sin embargo yo no prometí nada a ninguno de los dos y por eso, tantos años después, me atreví a escribir esto. Además, mi amistad con ese viejo loco y solitario ya está más allá de cualquier reclamo. Yo estuve con ella hasta el final, en nuestras pláticas casi siempre lo mencionaba pero nunca fue tan expresiva y efusiva como cuando estaba junto a él. No dejaba al descubierto si en realidad lo quería, le daba igual, lo extrañaba o lo odiaba. Aunque ella no lo dijera, yo sé que siempre estuvo esperando su regreso. Y ahora, después de tanto tiempo, con toda certeza puedo asegurar que en realidad sólo ellos dos habían comprendido su extraña relación y compartido su misma locura. Sé que habían estado del mismo lado del abismo.
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