Quise desaparecer y deje de escribir.
Por las noches la luna ya no bajaba a sentarse en mis renglones.
Mi lápiz ya no escupía polvo de estrellas y el borrador dejo de sanar mis heridas.
Quise dejar en blanco las páginas, pues tenía miedo de que alguna vez alguien pudiera encontrarme escondido tras el punto final de una de mis historias, o en la coma que separaba mis recuerdos.
Cerré mi libreta para no sucumbir ante la tentación de imprimir sobre su piel el lastre de mi alma que se colgaba hasta morir en cada línea.
Quería desaparecer y para ello debía borrar mis huellas y caminar ligero, para no dejar nuevas marcas a mí pasó.
Así que decidí quitarme los zapatos y avanzar descalzo.
Pero mis pies sangraban tinta, me costaba moverme sin dejar a mi paso letras que se encargaban de recordarme el fatídico lazo que me unía a un mundo que palidecía de tedio y miedo.
Pero cuanto más me alejaba, más extenso se volvía el rastro tras de mí y más temprano que tarde mi pecho se abrió y de él brotaba con furia una hemorragia de realidad.
Nadaba en sus rojas aguas la luna que había bajado con la promesa de sentarse en mis renglones. Más allá se deslizaban con disimulo los colores del amanecer, aquel del que no hable con nadie.
Quise desaparecer pero fui herido de realidad, enferme cuando cerré las puertas de mis mundos ulteriores. En ausencia del borrador, el polvo de estrellas infecto mis heridas.
¿Qué había salido mal? Siempre había tenido la idea de que escribía por miedo al olvido y a la extinción.
Mis letras eran huesos esperando a ser descubiertos por algún habido paleontólogo de biblioteca, de esos que no temen aventurarse en terreno desconocido.
La práctica siempre supera a la teoría, así como la realidad a la fantasía.
Enferme. Me indigeste por tantas lunas devoradas, la náusea me sabía a amaneceres no contemplados.
Había callado tanto tiempo ante mis cuadernos que comencé a padecer por todo lo que había guardado en mis adentros.
Y fue entre los delirios de aquella terrible enfermedad que, irónicamente, tuve la mejor de las clarividencias.
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| By: Andrés Ramírez. https://www.facebook.com/Creep-Not-Dead-2220391728228373/ |
Mis palabras siempre habían tenido otro destino y ahora lo conozco.
Nunca escribí para que mis cuentos fueran altares y mis libros templos de culto. Nada más alejado de la verdad que eso.
Mis letras anhelaban la levedad y las frías caricias de las alturas, mi lápiz cual navaja se deslizaba sobre mi cuaderno para degollar al sujeto que en ese momento escribía.
Un suicidio simbólico, una muerte informal. Pequeño paliativo para el infierno terrenal.
Ahora lo tenía claro; quise desaparecer y comencé a escribir.
Afile la punta de mi lápiz y comencé a clavar la piel 97% blanca de mis hojas y con cada palabra buscaba con desespero contar el cordón que me unía al mundo que hasta ese momento albergaba en mi interior.
Escribí para huir; me abandonaba a mi mismo tras los renglones que ahora eran barrotes de una jaula que encerraría mis quimeras emocionales, dejando que se devoraran una a la otra hasta el cansancio para dejar de llevar mi rostro.
Ante la ausencia de una muerte real, escribir fue el único aniquilamiento que encontré para el peso del mundo que en mi pecho crecía.
Así que hoy por la tarde me decidí y volví a escribir algo que dice así:
“Quise desaparecer y deje de escribir”.

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