Que la noche en la que decidiste bailar con la luna fue la más fría y bonancible de todo el mes de noviembre, que el calor de tus sábanas combinado con mis lágrimas, hicieron una estela de miles de recuerdos eternamente imperecederos. Que me mata la ausencia de tu aroma, tu risa e incluso la suavidad y delicadeza de tu piel, que haberte presenciado dormida no fue un tacto predilecto pero haberte contemplado en vida fue de las brisas más radiantes.
Perdóname por decirle al viento que, la casa ya no es la misma después de que te fuiste una noche de invierno a rezarle al cielo todo lo que le gustaba escuchar salir de tus labios eternos. Que tu cama se sigue sintiendo igual de completa y que cada que puedo, duermo en tu lecho tratando de sentir tus latidos en mi pecho, que pongo tus ropas en mi cuerpo porque es tanta mi reminiscencia, que no me atrevo a soltarte de la mano y decirte “Nos vemos luego”.
Que me carcome el alma no haber escuchado tus gritos llenos de deseo todas esas tardes de fines de semana en las cuales, solo proclamabas por verme ufana… mientras miraba atardeceres por la ventana de mi casa olvidando tu nombre con cada silencio que pasaba. Que sentarme en tu arcaico estaño a mirar las puestas de sol, es como haber mirado tus ojos la penúltima noche que me dijiste “Te quiero” con nudos en el pecho y mareas en el cuello. Que lamento no haber estado contigo a las diez memorias que marcaban nuestros corazones, y no haber sido capaz de sostenerte una vez más, porque el dolor era más grande que mi deseo.
Por: Juliana Cisneros Prado | @julss.prado
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