Pasamos de romper el hielo y tratarnos con calidez a divagar
en dunas de cansancio y naufragar en ausencias. La ponzoña sustituyó el
cortejo, la desolación los kilómetros de futuro y los espejismos a la realidad.
La arena que, en el fondo, albergaba vida hoy hace de tumba,
la marea y las corrientes románticas se convirtieron en sofoco y asfixia
estática, y la habitación se convirtió en una tromba de arena cuando las
palabras fueron una tormenta de olas.
La supervivencia se tornó algo prioritario en ese océano
turbio, donde mientras más nada uno, más energía se dosifica y sin importar los
esfuerzos por salir a flote, las corrientes intentarán tresnar todo hasta las
profundidades.
Intenté salvar lo que quedaba llegando al litoral gracias a
los restos de cariño en forma de espuma y oleaje salado residual. No sabía si
era un albatro errante o un buitre hambriento que fue arrastrado por fuerzas
superiores, tampoco sabía a dónde pertenecía, si a unas ruinas desérticas de
historias pasadas o a un océano desierto de amores. Sabía que estaba perdido
pero con esperanzas de encontrarme.
Adentrándome y vagando en la inmensidad de dudas, buscando
lo que alguna vez fue, a veces, encontraba un oasis donde sumergirme como un
loco desesperado, para concluir, que no es lo mismo, diariamente, nadar con
libertad y a placer en un océano que intentar nadar en arenas movedizas.
El océano está más cerca del desierto de lo que cualquiera
piensa, es un ciclo sin fin, la sal que va y viene todo lo sustenta, es la
esencia, se entrelaza, y ahora viaja y se impregna en unos ojos que sollozan
mirando con nostalgia el océano y con impotencia el desierto.
-Ulises García
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