miércoles, 10 de julio de 2019

Cambio de planes.


Es de noche y llueve. ¿Qué ocurre, Miranda? ¿Por qué manejas tu coche sin tener en consideración la velocidad con la que las ruedas revolucionan? Tal como si corrieras de algo… como si huyeras de mí. Planeamos tanto tiempo nuestro viaje, y ahora en lugar de equipaje, tengo galones de gasolina en los asientos traseros. Estoy seguro que tu respiración es agitada y torpe en estos momentos. 

Te sigo de cerca, tengo mis herramientas conmigo dentro de ese maletín que me obsequiaste. Sé que siempre te han asustado las armas de fuego, por eso traje un martillo. No apartes los ojos del camino, Miranda; es difícil ver algo con toda esa agua que cae sobre nosotros. Es como antes cuando compartimos noches, nos dejábamos invadir con emociones y  sentíamos el sudor y el aliento apasionado del otro. El sabor a sudor que se desliza por la piel. Aunque puede que esas sean las únicas cosas que estas situaciones comparten.


Las paredes del automóvil parecen derretirse, al igual que mis manos. Como siempre, al sacudir la cabeza, La alucinación desaparece. Veo el reloj análogo del tablero, han pasado tres horas desde que empezó esta carrera sin sentido.  Pienso que te equivocaste de camino, pues por esta zona no hay poblados cerca, Miranda… ¿A dónde tratas de llegar?

No has bajado la velocidad, sé que ya no tienes mucho combustible.


"Quizá lo perdí..." Piensas, ¿No es cierto?  Trata de recuperar la concentración. La tormenta se hace más fuerte y ver por el parabrisas te será extremadamente difícil ahora. Disminuyes paulatinamente la velocidad. Orillas el automóvil para que no esté en mitad de la autopista. Conforme me acerco a ti,  permaneces dentro con las luces interiores encendidas, tal vez pienses que es mejor así, Puede que alguien, además de mí, por casualidad pasara por esta carretera.

No has quitado las manos del volante, lo sé. Te desangras, y el tiempo no te alcanza para buscar ayuda. También me dejaste heridas en la piel, arañazos de nuestro último conflicto que aún no ha finalizado. Y ahí estás con la fría mirada hacia delante, no parpadeas, no puedes asimilar lo que pasa ¿Cierto? como si buscases una solución en la tempestuosa lluvia.


Estoy cerca, ya debes poder observar las luces de mi auto acercarse, tu respiración debe estar aún más agitada ahora. Miras de un lado a otro,  quizá llevas tu mano izquierda a la manija de la puerta… quizá buscas algo con lo que puedas defenderte, quizá aún tienes esperanzas de que ese vehículo que se acerca no es el mío, deseas sentir que aún tienes posibilidades de huir, siempre has sido de esta manera, te conozco muy bien.

El vehículo está pocos metros detrás de ti, no lo miras. Mantienes los ojos en el reflejo del cristal.  Y a pesar del miedo que sientes, aquel vehículo te pasa de largo sin prestarte atención. Y durante esos cinco segundos, en los que me viste alejarme realmente poco de ti, sientes un gran alivio; pero ese alivio es rápidamente asesinado cuando el auto se detiene y ves que se abre la puerta.


No pierdes tiempo, sales también y corres hacia los árboles, te sigo.  Es curioso, hemos terminado en el lugar donde todo comenzó, sé que buscas esa casa… la misma en la que hace años compartíamos lo que pensábamos que era una vida plena y feliz. Recuerdo la belleza de esa cabaña, rustica pero llena de tranquilidad, sin nadie que nos molestara. Pero, a pesar de ser hermosa, nunca te agradó vivir lejos de la ciudad.

Poco tiempo duró aquel cambio de hojas verdes por el concreto gris, poco duró ese intercambio de paz por el vicio e intranquilidad que otorgan las grandes urbes de concreto. Todo pudo haber ido bien, pero buscaste demasiadas respuestas; buscaste y buscaste hasta que entendiste todo al final. Aquellos cadáveres que enterré, todas esas mentiras necesarias, todo ese bello monumento que construí para ti; se derrumbó ¿Por qué te has convertido en mi enemiga, Miranda?

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Jamás quise mostrarte este rostro…
…pero ahora no tengo elección.

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Y, siendo honestos… tampoco tú.

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