miércoles, 17 de julio de 2019

Deja que pase

Estaba sujetando tres hilos en sus manos, hasta entonces los había mantenido atados a varias partes de la casa: la cama, la puerta del refrigerador, el sofá, pero ahora el tiempo se había agotado, y sabía que tenía que dejarlos ir.

Miró el primero: el más desgastado y viejo, tenía un color casi negro pero totalmente opaco por el sol.

Recordó cómo se había sentido el amor por primera vez: una avalancha y ella en vez de quitarse y correr para salvarse, se quedó quieta y esperó el golpe. Pero la recuperación duró años, y al sacar finalmente las manos hasta la superficie, después de haber escalado con cada parte de su ser congelándose, después de creer que nada en el mundo podía ser peor que aquello, se sintió triunfadora y se prometió que jamás volvería a quedarse quieta. El amor ya no la tomaría por sorpresa, y ahora estaría siempre lista para correr.

El segundo hilo parecía más resistente, pero al observarse de cerca se podía ver cómo estaba casi a punto de romperse.

“Creo que eres valiente”, recordó cómo esas palabras resonaron en su cabeza por años, “creo que la manera en que lo entregas todo cuando amas debería ser comparada con el arte; eres un pintor que sabe que está a punto de fallecer pero no suelta el pincel”, pero nada de eso sirvió: al final se quedó con un montón de poemas bajo la manga y el corazón queriendo volver al frío de la nieve, enterrarse por completo y no salir jamás.

Y el más reciente: un tercer hilo que aún dolía bastante, un cuchillo rebanándole los dedos pedazo a pedazo. “Esto es para que pierdas todo aquello que amas: te vas a quedar sin mí y te vas a quedar sin poder contarle al mundo sobre nuestra historia, a fin de cuentas creo que lo último te dolerá más”.

Pensó en el sinfín de hilos que una persona tiene a lo largo de su vida. Aquellos que había dejado ir sin más: amores de una noche, amores que no resultaron como hubiera querido pero no dolieron lo suficiente como para quedarse atados a alguna parte de la casa.
Pero aún con el paso de los años no podía decidirse a soltar aquellos tres.
Su madre le dijo una vez, “Sé que tienes a todas esas vocecitas en tu corazón diciéndote que no los dejes ir, que no los suelten. Pero ellas no te van a ayudar cuando vayas a buscarlos y quizá los encuentres en el otro extremo con alguien más, ¿entiendes?, tienes que dejarlos ir”

“Deja que pase”, escuchó finalmente la voz que salía de su corazón. Y para que quedara claro, la voz repitió una y otra vez: “deja que pase, deja que pase, deja que pase” y así siguió por varias horas, hasta que finalmente, uno a uno, los hilos se fueron. Quizá un día saldría en la aventura de volver a encontrarlos, quizá regresarían a ella como por casualidad, pero en el momento en que sus manos quedaron vacías, por primera vez en años, se sintió completamente libre.

Por @janethplazola

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