Una figura se adentra entre árboles, corre con
desesperación; por fin ha divisado algo que por docenas de semanas ha buscado.
Hay un instrumento colgando de su espalda, se mueve violentamente. La única
prenda que viste es un rasgado pantalón, su
cuerpo está completamente cubierto en vendajes improvisados, no deja ver ni su
rostro; pero si las numerosas manchas de sangre que hace un tiempo perdieron
sus tonos rojizos y estos fueron remplazados por tonos difuminados de marrón,
los vendajes se rompen en las palmas de sus manos mientras entre matorrales se
abre paso hasta llegar a un claro dónde una cabaña abandonada descansa inerte.
Se anima a poner un pie delante de otro, la
cabaña tiene tres pequeños escalones, pues está un poco separada del suelo; se
nota que la madera ha sido remplazada ya algunas veces, el viento es fuerte y
derriba ciertos ornamentos como vasijas encima de otros que ya habían caído
previamente, con un pie toca la madera del primer escalón para apoyarse, éste rechina
tras ello, continua hasta estar frente a la vieja y desgastada puerta de
madera… se toma un momento para contemplarla, y exhala lentamente…
Lleva ambas manos hacia su cara para quitar
los vendajes. El tejado de aquella pequeña terraza, sostenido por unos
debilitados postes del mismo material que el resto del lugar; cruje fuertemente
por una repentina ráfaga de viento y se derrumba sobre él, levanta el brazo
izquierdo y el peso entero se detiene sobre éste, el tejado se quiebra en dos, aprieta
los dientes pues siente el impacto, pero su cuerpo resiste. Coloca ahora ambas
manos sobre ambas partes y las empuja con fuerza, logra alejarlas varios metros.
Sus manos quedaron al descubierto; eran
blancas, delgadas y extremadamente frías, observó con frialdad las pequeñas
heridas que había en ellas y el dolor al que tanto teme se hace presente, pues todas
ellas se cierran y sanan en un parpadeo, no se siente nada bien, se quita inmediatamente los vendajes del
rostro... él no puede verlo, tampoco se percata del tiempo que ha pasado, aquellas
contusiones en el rostro que había cubierto con en el pasado, ya se han
desvanecido.
Empuja la puerta.
A pesar de que ya nada es igual, la visión
delante suyo le trae recuerdos... cabila sobre los pasos que alguna vez dio en
esos pasillos, y quizá no todas pero un
gran número de historias de aquél lugar revoloteaban en sus pensamientos, sin
duda Caronte había encontrado su hogar.
Quedan pocas pertenencias en buen estado, hay
polvo en los muebles y maleza por donde mirase, avanza dentro del lugar y
observa hacia ambos lados llenándose más y más de memorias, coloca el violín en
una pequeña mesa de madera a su izquierda y el arco en una de las sillas a su
derecha.
-Padre... Madre… He vuelto a casa.
Al decir esto escucha un estruendo que sale de
una de las habitaciones, la de su padre.
Levanta los brazos y tal como si los llamase,
ambos instrumentos van rápidamente a sus manos.
Su
respiración se agita mientras escucha los pasos, acercarse,
No puede evitar recordar lo que los hombres
del ya muerto rey Oberyn le hicieron pasar.
La figura se muestra ante sus ojos, y para su
sorpresa es tan solo es un joven ciervo que
estaba en busca de pastos dentro del lugar.
Caronte suelta un gran suspiro, observa al
animal a los ojos y le dice:
-Largo de aquí.
El animal intenta con dificultad saltar por una
de las ventanas y derriba algunas tablas antes de conseguir salir.
El muchacho entra a la habitación de su padre,
ya no queda ninguna pintura de su rostro, "ladrones quizá" dice para si
mismo.
Se sienta a la orilla de la cama, y mira las
tablas del suelo justo debajo de él.
"Espero que sigas ahí, al menos tú."
El joven da unos leves golpes a las tablas con
sus nudillos, y una de ellas suena diferente; la retira cuidadosamente y de adentro
saca una caja de madera, la coloca en sus piernas y quita la tapa con prisa.
-…Aquí estás.
Un hermoso violín color bermellón, con la
inscripción "La Follia" en la base, y al reverso, tiene una
inscripción que reza:
[...Allá donde la
alfombra verde brilla bajo el sol,
Allá donde las
flores danzan con el viento.
Allá donde las
hojas muertas pintan el suelo,
Allá donde la
fría manta blanca abraza las colinas...]
Se pone de pie y sale de la habitación para
luego sentarse en una de las sillas del comedor, es medio día, pero Caronte
decide dormir un rato. Es todo lo que puede hacer, desde que es portador de
esas manos, cualquier comida o bebida que él intente ingerir la percibe como simple
arena en su boca.
Meya suspira… -Kioz, ustedes eran los sobrevivientes.
Capitulo dos.
Al otro lado de las montañas estériles, sin una
señal de vegetación o algún mísero arroyo, dos jinetes cabalgan atravesando
las ruinas de una antigua villa que había sido arrasada por una ya concluida tormenta de fuego,
flechas y espadas. Se dirigen a cierto lugar…
-¡¿Ves eso a
lo lejos?!
– pregunta
el hombre que lleva más ventaja
-Parece un jinete que viene en esta
dirección, y no lo hace precisamente despacio.- Replicó avivadamente el que iba unos metros atrás.
-Maldita sea. ¿Cómo carajo sabemos si
es aliado o enemigo?
Su compañero no contestó, se limitó a frenar
su caballo y ágilmente empuñar arco y flecha en sus manos amenazando al jinete
que avanza sin detenerse hacia ellos.
Tras exhalar deja la flecha escapar, su
compañero detiene ahora su corcel. La flecha viaja directo al pecho del jinete
pero al soltar un puñetazo la intercepta con un escudo pequeño de madera atado
a su muñeca izquierda.
–Ese escudo…
-Baja de su
caballo gris pálido, coloca el arco al costado de la silla de montar y descubre
su rostro; es una mujer de unos 40 años, en algún momento de su juventud perdió
el ojo izquierdo, “su ojo malo” dice ella cuando se habla del tema, la mayoría
de sus cabellos son pelirrojos, otros han perdido esa tonalidad para parecer
más rubios y el resto son canas.
-¿Es aliado… verdad, Meya?-
pregunta el otro jinete, al verla descubrir su rostro.
-Es Kioz. – contesta, sin dejar de ver al jinete,
delante
–Saca tu espada, y no la envaines hasta
que nos explique qué carajos pasó en el salón Abbaddon. A unos diez metros de llegar a ella
tira de las riendas a su corcel para detenerse. Descubre su rostro.
-… ¡Meya,
Ringo! ¡¿Ya ha pasado por aquí?! –les grita Kioz frenéticamente.
–¿¡De quién
demonios hablas, Kioz?! Estas encima de los restos de la masacre de la mitad de
nuestro ejército a manos de un puñado de espadachines.
– Meya escupió con molestia la respuesta, y
continuó –Tú deberías explicar en este puto momento;
¡¿qué demonios pasó en la capital, y por qué Oberyn nunca mandó a su apreciado
ejército rojo?!
-El
cerdo del rey y sus legionarios, están muertos.
-Imposible...
¿Todos en una noche?-
rebatió Meya.
-La historia que les contaré, pueden
creerla o no... Pero al final, sin importar que decidan hacer conmigo, ¡lleven
a todos los civiles sobrevivientes a las montañas bajas!
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