Natural,
amorfo, confuso, infortunado, necesario, imprudente, hostigoso, lábil,
virtuoso, profético, enriquecedor, destructor, tirano y servidor.
La
maldición del privilegiado o el privilegio del maldito, de cualquier modo, el
dolor es emisario de la verdad que, puede o no, ser privilegiada o maldita.
Presagio de
la incomodidad lastimosa. El dolor es el afrontamiento con la temporalidad, lo
que puede o no, ser la última palabra, condición o sensación en la vida de
alguien o quizás, lo último antes de dar lugar a una nueva vida.
El dolor,
como todo o casi todo, es interpretativo, de un sinfín de circunstancias puede
provenir y hacia una infinidad de probabilidades puede dirigirse. Según su
procedencia, trayecto y destino se le otorga un nombre, un tipo y una serie de
peculiaridades; magnitud, alcance y un umbral de lo que posiblemente sea una
sensación, un sentimiento o una manifestación de lo que se interpreta como
“alerta”.
Por todo,
el dolor y su interpretación son inevitables a lo largo de la estancia de un
ser capaz de sentirle en este universo, es una cualidad, incluso, bajo control
y dosificado, el dolor es el mejor maestro para algunos, se aprende a lidiar
con la impotencia, la frustración, la prisión corporal, se asimila la flacidez
de la resistencia humana, fuerza la máquina y la estabilidad emocional, hace
llorar la carne con lágrimas escarlata, hace gritar los huesos en frecuencia de
crujidos. El dolor desvela los secretos de las profundidades, intenta ahogar
hasta al más noble, propicia crisis de todo tipo y cuando ha determinado un
fondo, cambia de opinión y prolonga la profundidad hasta que sea casi imposible
volver de ahí… sin más, depende del alumno, carente de luminosidad en las
profundidades, hacerse con la vesania del guerrero , tragar agua y entre
interacciones fundamentales fuera del entendimiento, flotar y contra todo
pronóstico, nadar y dejar en el abismo lo que pertenece al abismo, emerger y
con fuerza, hollar la superficie, volver y otear hacia el horizonte y con el
viento en la espalda y las profundidades en el núcleo, dedicarse a afrontar los
demonios de un alma adolorida, despojando la belleza de la vida para
trasladarla y reflejarla en palabras y actos.
Orgullo y
vergüenza. Resiliencia y pena. Exceso y capricho. Sabiduría e ingenuidad. El
dolor es la confirmación de que algo se ha transformado o se está
transformando, de piel a herida y herida a cicatriz, de apego a duelo, de
posesión a carencia, de mortal a mártir, de cría a progenitor, de inerte a
viviente.
Quizás no
sólo el parir genere dolor, sino también el nacer y, la madre, en el amor que
le consume, opta por compartir, apropiar y soportar el dolor de su bebé por
haber nacido. En el parto, la persona que recibe la nueva vida y le acoge,
espera el llanto y lo provoca tanto como lo espera escuchar la humanidad
entera, las lágrimas del cambio y el grito desesperado que confirma la
existencia, lo que dejó atrás, de no ser para ser carne y hueso, la
transformación y la vida que, por naturaleza, nacimiento y desarrollo, estará
alineada con el dolor.
Claro que
el paralelismo entre la vida y el dolor es parte de lo inevitable pero, no todo
en la vida es dolor. El crecimiento alcanzado tras la experiencia dolorosa es
lo que permite experimentar las cosas más simples, genuinas y maravillosas en
el mundo, sin permitir que las adversidades se interpongan, se aprende a
valorar lo más ínfimo como un detalle valioso y apreciar las excentricidades de
la realidad como algo único.
Se crece y
en los momentos importantes de nuestra vida; ya sea en su surgimiento o en su
terminación, el dolor está presente, para recordarnos que no hay por qué
rendirse cuando se puede aprender, que no hay por qué lamentarse cuando se
puede pisar fuerte en el mundo y ser feliz, y que no hay por qué arrepentirse
de nada cuando aún hay mucho dolor por superar y mucha vida por vivir.
-Ulises García
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