-Calixto Gama.
Hoy, en los vacíos callejones de reino cuyo nombre a través de los años se
perdió, temblorosas voces, sollozos implorando perdón, todos los presentes
saben lo que ocurrirá. "Tráiganme 60 niños de no más de 9 años" fue
la orden de su majestad y los legionarios a su mando cumplieron así el mandato.
Las cadenas y grilletes en sus pies no les permitían avanzar
a la velocidad a las que les demandan. En momentos algunos caían desmayados por
la extrema fatiga y tras ello eran arrastrados por los demás como si fueran un
tramo más de las cadenas, heridas grotescas se formaban en sus piernas y
rodillas.
Entonces llegaron a ese lugar... podía verse la expresión de
asombro en los párvulos rostros. Era la primera vez que esos niños veían de
cerca el salón Abbaddon.
Portones gigantes de marfil se abrieron ante su llegada, el
temor se disparaba en los niños y en sus madres, como si de fuego en sus pechos
se tratase. Al fondo del lugar, en su trono, el rey Oberyn.
—Los niños primero. Sus madres detrás — ordenó un soldado de
armadura blanca.
Un sol maduro caía a sus espaldas, el viento frío soplaba
con intensidad.
Las puertas se cerraron cuando todos estaban adentro;
entonces, ahí mismo, entre terror y lágrimas, se escuchó un melifluo rasgar de
cuerdas. Un violín en las manos de un niño que tocaba una sinfonía tan
estética, tan perfecta, con tanta bravura, que logró que todos girasen al
unísono la cabeza: verdugos y caballeros, jinetes y caballos, madres e hijos y
también el rey Oberyn, que mostró una sonrisa ante lo que escuchaba y señaló
con sus dedos al pequeño violinista.
Dos hombres de armaduras rojas tomaron sus hachas y
avanzaron mientras lo hacían: cortaron las cadenas del niño ignorando los
pesados e incómodos grilletes en los tobillos; un tercero de armadura negra y
oxidada lo tomó del cuello y viró sus ojos al rey, esperando la siguiente
orden.
— ¿Qué pasa, Persevoras? Acércalo a mí —musitó Oberyn.
Como si se tratase de un costal de arena, el soldado cargó
al pequeño violinista directo al trono y lo arrojó frente al rey, él niño se
golpeó la cabeza bruscamente y de su frente se deslizó un hilo de sangre que
bajó hasta sus labios, sin embargo continuó con una expresión muy seria en su
rostro mientras se incorporaba.
—Tocas muy bien. Había llegado a considerar que en éste
pueblo sólo había músicos y melodías basura, pero esa sinfonía tuya me sentaría
muy bien en estos momentos —seguía Oberyn—. ¿Te gustaría el honor de tocar tu
violín durante ésta fiesta?
—Su excelencia, el violín del niño se quebró en tres partes
al traerlo aquí —irrumpió el hombre a la derecha del monarca.
—Entonces, Kioz, no creo que deba decirte qué hacer.
El caballero sin armadura hizo una rápida reverencia a modo
de disculpa. Con pasos firmes abandonó el salón, caminó entre pilares negros,
hasta la puerta de una pequeña bodega dentro del salón. Dentro había múltiples
objetos hechos de oro y otros bañados en él. Entre esos objetos había un
violín, Kioz lo tomó, caminó hacia el niño y colocó el instrumento a sus pies.
— ¿Cuál es tu nombre? —preguntó Oberyn. Ni respuesta ni
gesto de parte del pequeño violinista.
—Quizás no escuchaste bien. Dije: ¿cuál es tu nombre? —el
monarca mostraba una reacción errática e inmadura contra cualquier muestra de
desobediencia hacia él. Realmente el nombre no le importaba.
Chasqueó los dedos; el caballero de la armadura de hierro
oxidado avanzó hacia el niño y asestó con todas sus fuerzas un puñetazo en su
rostro, el cual abrió uno de sus labios y lo derribó nuevamente.
—No me quedan dudas de que puedo sacar tu nombre de muchas
maneras —continuó Oberyn. Alzó su brazo izquierdo y chasqueó los dedos,
regresando a la posición inicial.
El verdugo que estaba más cerca, un hombre robusto con la
piel llena de tatuajes y la cara cubierta acató, como en clave, las ordenes de
su rey. Fue donde las madres estaban encadenadas, sujetó a una del cabello al
azar y la arrastró por el suelo, por encima de los escalones hasta quedar
frente al violinista y el monarca.
—Hazlo —dijo el rey. Y la mujer fue rápidamente degollada,
de su cuello brotaba una cascada de sangre. Se desplomó en el suelo e intentó
fallidamente respirar, pues todo el aire escapaba por la repulsiva herida en su
garganta.
—Murió por tu culpa, por el orgullo falso que te haces
cargar. Hazte un favor, no bañes más tus manos con sangre.
La voz tenue, salió a la luz.
—Mi nombre es Caronte —tomó el violín y el arco en sus
manos.
—Por un momento pasó por mi cabeza que este niñato no tenía
lengua —Oberyn giró la cabeza hacia Kioz—. Si en un principio se lo hubiese
preguntado, tal vez esa puta no habría muerto —soltó una carcajada luego de
decir esto.
—La realidad es que no me interesan tu voz ni tu nombre,
sólo me interesa que toques. Ahora.
Oberyn sabía con excelente maestría cómo generar miedo por
sus absurdas condenas. La voz se correría por su séquito, luego por sus
súbditos; desde su pueblo hasta los reinos del otro lado del océano.
—Por filas de diez, una por cada guillotina –Ordenó
Persevoras, mientras separaba a los niños de manera imparcial delante de las
guillotinas que previamente habían colocado.
Bajo su mentón, Caronte colocó con sumo cuidado el violín,
pues parte de su rostro estaba goteando más y más sangre.
Debía apresurarse antes de perder el conocimiento.
El prodigio no quiso mirar atrás. A sus espaldas seguían
emergiendo llantos desesperados, gritos por crueldad, gritos por piedad.
A ojos cerrados tocó. La sinfonía no lograba opacar aquel
momento, Caronte, tocó y nada más. Tal como dagas bajando por sus mejillas, dos
lágrimas cayeron y se toparon con sus labios ya abiertos, le causaban un dolor
al que Caronte era indiferente.
Las notas altas y bajas que creaba, no dejaban de tener una
armonía casi perfecta; las cabezas de los niños eran colocadas en canastas de
mimbre y las mujeres gritaban con mucha desesperación. Toda aquella que
intentaba avanzar hacia los niños era asesinada.
Caronte puso su mente en otro lugar hasta que ya no había
gritos...
Sus parpados, pesados como puertas de hierro. Qué quizás por
morbo, quizás por vana curiosidad, separó lentamente como deseoso de ver lo que
primeramente quería evadir.
Donde deberían estar niños, donde deberían estar madres,
había ahora una pila de cabezas sin cuerpo y cuerpos sin cabezas.
— ¡Su excelencia, rey Oberyn, dueño de todo lo que alcance
el sol y la luna, tenía toda la razón! — Exclamó Persevoras, gustoso — ¡La
sinfonía de Caronte hizo de este momento una magnífica obra teatral!
Kioz apretó los dientes y bajó su vista ligeramente, los
múltiples destinos que le depararían al niño a partir de ahora revoloteaban en
su cabeza.
Caronte, con los hombros cedidos al peso de la desesperanza,
contemplaba el fruto de una mente atrofiada y psicópata.
—Claven las cabezas en estacas fuera del salón.
—Su majestad, disculpe, ¿una cabeza por cada estaca?
—preguntó un legionario bajo la plataforma.
—No, claven a lo largo cada cabeza que alcance —Replicó
Oberyn.
— ¿Qué desea que hagamos con los cuerpos?
El violinista alzó los brazos y con ellos los instrumentos.
—No eres un estúpido, lo has probado nuevamente —continuó
Oberyn.
Al rey no le gustaba desesperarse, hacer el ridículo o
equivocarse, como a nadie le gustaría. En esa ocasión, gracias a Caronte,
Oberyn sufrió esos tres grandes martirios. La impresión de todos transformó el
salón Abbaddon en un salón de insoportable silencio. Caronte había arrojado los
instrumentos con todas sus fuerzas al filo del escenario y el violín se quebró.
Kioz se mantenía tenso, la incomodidad rebasaba toda idea
que pudiera generar, pero del pequeño nadie alejaba la vista. Y en un arranque
de cólera, Oberyn gritó:
— ¡Quemen sus manos, córtenlas! ¡Después clávenlo en una
maldita estaca y háganlo arder!
Persevoras se dispuso a dar un par de pasos directo a
Caronte, pero el rey lo detuvo con su brazo.
—Kioz... estás un poco blando. Las memorias no sirven aquí,
tú harás el trabajo.
El caballero de atuendos victorianos, que tenían únicamente
tonos blancos, negros y rojos, dudoso asintió con la cabeza aceptando el
mandato.
Caronte avanzó con menos temor que Kioz hacia las escaleras
para bajar, y el caballero sin armadura con voz quebrada susurró a sus
espaldas:
“Si llegas al paraíso, espero seas capaz de perdonarme”. El
niño no volteó a verlo, bajaron escalón por escalón, mientras veían legionarios
separaban cuerpos del montón, los clavaban en estacas y vertían vírgula en los
cuerpos.
<<…Caronte…>>
El niño viró su ojos a ambos lados, pues esa voz que
pronunció su nombre no era familiar para él y estaba seguro de que había sido
detrás de sus oídos..., una voz sin aliento, sin presencia.
Observó a Kioz, y éste lo observó a él unos momentos.
¿Qué pudo ser?, ¿el golpe en la cabeza?, ¿la cantidad de
sangre perdida?
<<…Caronte…>>
El pequeño se percató de que la voz sonaba en él y en nadie
más.
Ya era de noche, una noche sin nubes, llena de estrellas.
De frente a los cuerpos, Kioz colocó grilletes en codos y
muñecas de Caronte y las mismas a las del cuerpo de un niño de entre la pila de
cadáveres bañados en la inflamable resina. Entonces, desde lejos Persevoras
arrojó una antorcha encendida, la grotesca pirámide comenzó a arder y con ella
la piel de los brazos y muñecas de Caronte.
Él no se dio cuenta quién inició el fuego, o por qué fue tan
rápido. El metal brillaba al rojo vivo y escuchó a alguien gritar muy fuerte,
pero era él mismo quien gritaba.
<<La eterna oscuridad… y hoy… en este momento… el
tiempo ya no es mi aliado y mi misión no me es grata… pues con tu arte has
tocado fibras que desconocía en mi ser…
debo llevarme tus manos, han muerto… ignoraré mi labor ingrata y desde ahora
llevarás mis manos>>
Nadie se movía, no importaba a quien mirase el violinista,
cada uno tan estático como una estatua. Caronte podía mover sus dedos de nuevo,
los sentía como si estuviesen en agua muy fría.
Entre tanto pensar, Caronte tomó valor de preguntar:
— ¿Quién eres?
Las flamas azules se tornaron rojas y el tiempo siguió su
curso. Impresionado, pero sin detenerse, Caronte sacó las manos de los
grilletes, y éstas eran blancas, delgadas y extremadamente frías.
No lo pensó para nada, vislumbraba los trozos del violín
mientras corría. La pirámide de cuerpos se puso inestable y se hundió creando
más flamas. Espadas se desenvainaban por todo el salón. De entre todos, el
único pasmado era el mismo rey Oberyn, de quien los arqueros esperaban alguna
orden. Para cuando Persevoras tomó de sus ropajes al niño, éste ya tenía tanto
el violín como el arco intactos y en excelente posición.
Caronte hizo el primer rasgueo antes de siquiera tocar el
suelo, como dos gritos agudos y sin aviso directo a los oídos, como metales
oxidados friccionados mutuamente, y de ellos una onda de aire tan frío como
cortante que rebanó la piel de Persevoras con la facilidad de cortar papel
mojado. Los otros tenían infartos, ataques de pánico, lloraban por piedad,
crueldad o sólo sentían una desesperación incontenible que los hizo matarse
entre sí. La sinfonía era indescriptible, todos los que estaban más lejos la
sentían retumbar en sus huesos. El cuerpo de Persevoras cayó hecho trozos.
De pie, seguía tocando, hasta que la onda alcanzó a
envolver todo el reino en minutos. De sus pies brotó una flecha de hielo que lo
seguía y él seguía a Oberyn. Las manos del rey se movieron por sí solas,
alcanzaron una daga que tenía a un costado e inmediatamente apuñaló múltiples
veces su propio cuerpo.
Caronte se detuvo y contempló lo que había hecho. Sólo Kioz
había logrado sobrevivir, y éste miró al niño con temor. Caronte tocó una nueva
sinfonía que lo hizo desaparecer en el viento.
Kioz se puso de pie y corrió con gran temor en busca de
algún caballo para salir de la masacrada capital y buscar el refugio donde se
encontraba el resto de la gente y soldados del reino cuyo nombre, a través de
los años, se perdió.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario