martes, 5 de junio de 2018

Esa tarde decidí.


J. Lykaios.


Hacía un calor infernal, el sol brillaba con tanta fuerza allá en sus elevados aposentos como un niño que quema hormigas con una lupa en su jardín; como un enorme niño que ni siquiera es capaz de percibir el sufrimiento de las vidas que ciega con su fatal acción. El mal no vive en un estado natural, no corre libremente por las praderas ni disfruta de las brumas marinas, el mal vive encerrado en las paredes de la conciencia, confinado al reino de la elección, disfrutando del sufrimiento de sus creadores, atacándoles constantemente, humillándoles, existiendo como un recordatorio, como una existencia vergonzosa que representa un error perpetuado por generaciones.
En medio de este calor infernal, bajo aquella inocencia abrazadora estabas tú, cándida y esplendorosa, como una estafadora que vende un mundo ideal que yo decidía comprar, un mundo en el que la vergüenza heredada por mis ancestros no existía y esa mancha de vergüenza que representaba mi ser, esa marca de nacimiento inherente a nuestra especie, no existía más; volvía a ser yo un infante que rebozaba de la vida y que, en lugar de quejarse del calor, agradecía no temblar de frío. En tu presencia el mundo adquiría nuevas tonalidades y hasta la más insignificante de la cosas se transformaba en un acontecimiento digno de admiración y reconocimiento, con una tremenda fuerza de la que te sabías poseedora transformabas los conceptos que había acumulado hasta este momento. Eras poseedora de una inocencia infantil y jugabas con mi realidad de tal manera que reinventabas lo que hasta ahora daba por sentado y me hacías agradecer lo que hasta ahora había experimentado.
Era una tarde calurosa, con un calor infernal y tú estabas recostada, mirabas mi rostro, con esos ojos que embriagaban mi mente y abstraían por un instante esta conciencia del bullicio de las guerras, de las cadenas de la maldad; los muertos podían descansar en paz de una buena vez y las viejas amarguras se disolvían en el rápido caudal del tiempo, envejeciendo al instante para luego marchitarse y volverse polvo, y de pronto, lo único que tenía era solamente lo que en este instante ocurría y lo que ahora pasaba eras tú; penetrando por cada uno de mis sentidos, reinventado el mundo interior de mi mente, regalándome un instante de tranquilidad desmesurada y autentica felicidad sin que tu siquiera te dieras cuenta del impacto que producías.
El calor infernal había comenzado a ceder, muy a su pesar y con gran lentitud y yo envidiaba ser la gota de sudor que bajaba por tu cuello hasta consumirse en tu pecho porque no imaginaba una mejor manera de irse de este mundo. Y en medio de esta tarde despejada en la que los vapores subían hasta la nariz y volvían insoportable la atmósfera yo decidía ignorar a esos vapores y al sol-niño, así como también decidía ignorar a la gota de sudor que se había consumido en tu pecho, decidía ignorar todas aquellas cosas que se habían pulverizado en el caudal del tiempo, porque no quería saber si había un ayer o un mañana porque solo me interesaba el instante en que decidía sentirme exaltado por el brillo de tus ojos al encontrarse con los míos, también decidía que más tarde escribiría estas palabras para ti para que supieras cuan feliz me sentía de poder decidir escribir para ti y al mismo tiempo decidir ser feliz para mí.  
Era una tarde con un calor infernal, una tarde en la que decidí, que yo podía ser feliz.


1 comentario:

  1. Infelicidad, amor, felidad, es una elección... Yo elijo, que me gusta "exaltar mi felicidad al encuentro de tus ojos con los míos". Algo así, dice y me encanta!!!

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