sábado, 22 de septiembre de 2018

Volar (parte ll de lll)

Eder Barajas 



En otro punto de la plaza aparece una imagen borrosa de ella sentada en una banca junto a mí. La imagen se va difuminando hasta desaparecer. Siento que en el pecho algo salta sin control, si esto no fuera un sueño, estoy seguro que en este momento sentiría dolor.

—¿Por qué me haces esto? —le pregunto al tipo que me acompaña.
—Tú me trajiste aquí. No me culpes de tus propios pasos.
—Ya no quiero recordar eso.
—Lo siento. Hemos estado en los lugares a los que tú me has llevado.
—Ese es un recuerdo feliz que me duele. ¿Qué tengo qué hacer para despertar?
—Yo no tengo esa respuesta, yo sólo te estoy acompañando. ¿Este peregrinar que estamos haciendo, en verdad te provoca dolor o es felicidad?
—No lo sé. ¡Sólo quiero despertar! ¿A dónde tengo que llegar?

Desesperado, empecé a correr sintiendo el aire en la cara y el cuerpo ligero. Tengo los ojos cerrados, casi siento volar.

Un instante y abrí los ojos. ¿Por fin habré despertado? Me siento más tranquilo. Creo que ya desperté, ya no tengo esa sensación rara en el pecho de hace un momento. Al abrir los ojos descubrí que estoy recostado en el piso de la cancha de la plaza, a un lado del huanacaxtle llamado “El Árbol de las Promesas”. Es una tarde con golondrinas surcando el cielo azul con algunas nubes blanquísimas y alrededor de mí algunas libélulas volando y haciéndome la ronda.

Escucho campanadas. Vivas y hurras, unos granos de arroz cayendo en mi cara. ¿Una boda? La tarde se va obscureciendo conforme me voy levantando. Me incorporé y me acerqué a la conglomeración de siluetas humanas alrededor de aquella pareja bailando su primer vals. Intento acercarme pero estos cuerpos obscuros bloquean mi paso y, sin siquiera voltear a verme, no me permiten cruzar, como si ignoraran mi presencia. Por fin pude abrirme paso y entre el forcejeo, con sobresalto me fui de bruces hasta la pareja. Cerré los ojos esperando impactarme contra ellos y arrollarlos, pero seguí de paso, como si hubiera pasado a través de dos fantasmas. Con el cuerpo descompuesto en el piso de tierra recién regada, me quedo contemplando aquella escena que conozco perfectamente.

—Caminemos —me dijo la voz a la que ya me había acostumbrado. Otra vez no había nadie a quien contestarle. Cualquier sentimiento de alegría o tristeza empiezan a ser reemplazados por el miedo, la confusión y la desesperación.

Me abrí paso forcejeando entre los cuerpos obscuros, mientras el llanto de un bebé me aturdía en mi intento por pasar. Salí a la claridad y llegué a un campo de tabaco. Me vi a mí mismo adulto, en una enramada ensartando hojas de estas plantas. La parcela es enorme, la enramada en la que me encuentro, formada de palos de mangle y palmeras, me parece una pequeñísima isla flotando entre la infinidad de un océano de plantas con grandes hojas color verde-amarillo. Hasta donde me alcanza la vista, hasta el horizonte, percibo plantas de tabaco.

—¡Véngase a comer don, sírvase un taco! —gritó la mujer que llegaba caminando, dirigiéndose a mi patrón, el dueño de la plantación, que en ese instante colgaba las sartas formadas con las hojas que yo estaba ensartando.

—Ahorita voy Lolita. ¡Gracias! —le contestó el hombre, mientras un niño de unos cuatro años se abalanzaba hacia el ‘yo’ que estaba trabajando y ‘mi’ mujer, que cargaba un bebé de unos cuantos meses, desenvolvía las envolturas y abría los recipientes con la comida. Las risas de los niños, las de ‘mi’ mujer y las de aquél ‘yo’, se escaparon junto con un fuerte remolino que levantó nubarrones de polvo y terminó por borrar la escena que había vivido tantas veces hacía ya mucho tiempo.

Me quedé pasmado, de pie y sin parpadear. Sentía la garganta reseca, el cuerpo tembloroso y la misma sensación en el pecho de hace rato. Pasé saliva con dificultad.

El sol de la tarde se va metiendo rápidamente, se pierde en el horizonte que llega hasta el límite color verde de la enorme plantación. La sensación de soledad y vacío que he llevado a cuestas en los últimos años de mi vida se aglomeró en mi ser en un solo instante y de golpe. Si me preguntaran si he sido infeliz, la respuesta sería un sí. Este sueño —o pesadilla, no sé cómo llamarle— me ha estado mostrando algunos de los instantes más felices de mi vida, lo que me recuerda y me enseña violentamente lo desdichada que es ahora.

—¿Es necesario continuar con esto?, ¿cuánto más es necesario lastimarme?, ¿o acaso me estás animando a que olvide mi cobardía y por fin me decida a acabar con esta existencia vacía y sin sentido?
—Tú sabes perfectamente por qué no lo has hecho —me contestó mi acompañante.

Caminamos un poco entre la obscuridad y una ráfaga de aire helado me dio en la cara. De pronto, la noche se iluminó de golpe debido a grandes llamaradas que consumen una choza de techo de palma y paredes formadas con troncos. Gritos desesperados y gente corriendo en desbandada.

—¡Traigan más agua! ¡Allá está otra cubeta!
—¡Esto es un infierno! ¡No podemos entrar a sacarlos!
—¡Alguien ayúdeles, por amor de Dios!

El hombre que iba llegando de trabajar en el campo arrojó su bicicleta a las piedras de la cerca y corrió desesperadamente hacia la gente que hacía intentos desesperados por acabar con el fuego.

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