J. Lykaios.
En
nuestra sangre corre el error que nuestros ancestros eligieron abrazar y sin
alguna objeción decidieron perpetuar a través de generaciones ¿Fue por
inocencia? ¿Fue por ignorancia? Las causalidades poco importan ahora, realmente
nunca lo hicieron, nunca importaron puesto que ninguna excusa tiene el peso
suficiente para desaparecer la culpa, ninguna excusa es capaz de disolver o
siquiera remover de nuestra consciencia colectiva, esa consciencia a la que
llamamos historia, la culpa que ahora sobre nosotros se extiende como una
sombra que nos persigue desde el amanecer de la carne y que no desaparece hasta
la extinción de nuestras almas.
Hijos
malditos, hijos bastardos, hijos del odio, sin culpa ni remordimiento, nos
ensañamos en clavar las estacas de hierro frio en el vientre de nuestra madre
para extraer un poco de su sangre; ignoramos sus lamentos y nos volvemos ciegos
para no mirar sus lágrimas.
¡Oh,
madre! No te imploro que nos perdones y no espero que nos entiendas, pues tú,
en tu infinita bondad de madre, no dejas de procurarnos y darnos tu tierno
cobijo y cultivas con ternura el maíz que hemos de llevarnos a la boca, madre,
es poco decir que el amor que en cada gesto nos procuras es un amor venido de
un plano atemporal, al que nosotros como seres mortales y finitos, efímeros, no
tenemos posibilidad de acceder.
Y
no podemos apelar a una naturaleza preestablecida que nos arrastre hacia el
mal, ya que hace miles de años abandonamos en el camino todo rastro de una
naturaleza y nos volcamos de lleno en la senda de la elección, de la continua
formación; extendimos los brazos y por la izquierda tomamos las decisiones y
por la derecha la responsabilidad que les corresponde a nuestras elecciones.
Y
de esta forma comenzamos hacía lo que ahora somos, siendo el
centro de los reflectores del protagonismo, la atención se enfocó sobre
nosotros y nuestros primitivos ojos no pudieron con semejante placer, nos
volvimos seres enfermos de racionalidad, enfermos de saber y con un estado de
responsabilidad terminal y pretendimos transformarnos en aquel Dios al que
nosotros mismos aniquilamos, pretendimos no necesitar más de ti, dulcísima
madre, y nos volvimos contra ti, te declaramos la guerra con descarado egoísmo
y alimentamos este absurdo delirio de
grandeza que cegaba nuestra vista, no podíamos ver la realidad de lo que
acontecía, cerrábamos los ojos para no mirar lo que de nuestra manos derecha
tirada en consecuencia a la masacre que con nuestra izquierda realizábamos,
porque esa es la palabra para describir lo que de verdad realizábamos; una
masacre, pues tu jamás levantaste arma contra nosotros, aun cuando te orillamos
el abismo, agonizante, herida en el corazón, llenos de odio por nosotros,
mismos que expresábamos aniquilando la fuente de donde proveníamos,
masacrándonos por el derecho de apuñalarte madre, mostrándonos los dientes para
ganarnos el derecho de arrancar un trozo de tu carne.
Hoy
tal vez sea muy tarde para darnos cuenta del mal que hemos causado a nuestra
madre, quizás este fue nuestro más íntimo deseo, nuestra aniquilación. Hoy tal
vez sea tiempo de darnos cuenta de nuestro error y mirar las cosas diferentes,
pues parece que realmente si existe una naturaleza humana, una condición sin la
que nuestra especie no sería tal cual lo es ahora, pues esta la piedra angular
para el desarrollo de nuestro ser, nuestra alma o nuestra esencia, como quieran
llamarlo. Hoy tal vez sea tiempo de mirar la realidad, envenenarnos con la
evidencia y darnos cuenta que nuestra naturaleza parte del signo de la muerte,
el aniquilamiento. Somos la encarnación de un hambre voraz e insaciable, que no
conoce los límites.
Somos
la muerte, la muerte está en nosotros. Y como la muerte somos, sentimos un odio
tan natural y tan profundo por la vida que ahora no podemos sentirlo, pero
siempre está ahí.
Al
odiar la vida por naturaleza, nosotros, los hijos malditos, odiamos al origen
de toda vida, la tierra de donde provenimos, porque ella es la verdadera madre,
la que en un acto de amor por la vida, permitió que muerte le entregara sus
hijos, para cuidar de ellos. Odiamos a nuestra madre, pero por herencia de
esta, nos negamos con absurdo temor a seguir nuestra naturaleza de muerte y
procreamos para preservarnos, para perpetuar este odio, esta muerte.
Hoy
tal vez de nada sirva darnos cuenta que somos los hijos malditos y que por
nuestras venas corre esta maldición, este error.
Hoy
nada cambiara si nos enteramos que solo somos hijos malditos, condenados a
vivir.
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