—¿Dónde está mi mujer, mis hijos?
—¡’Perate, compadre! ¡Ayúdenme a agarrarlo!
—¡Déjenme entrar por ellos! ¡Déjenme sacarlos!
—No pudimos entrar a sacarlos, compadre. Te lo
juro que lo intentamos pero cuando llegamos, la lumbre ya casi había acabado
con todo.
Caí de rodillas y me cubrí el rostro con ambas
manos. Tengo una sensación de nauseas, de desesperación y dolor. Si pudiera
llorar, lo hubiera hecho, pero hace mucho que los ojos y el alma se me secaron.
Ya no quiero recordar esto, ya no quiero estar aquí. ¡Que ya se acabe este
sueño! Por favor, dime qué tengo qué hacer.
Recuerdo que durante mucho tiempo el dolor me
volvió loco y me perdí en el alcohol. Buscaba la oportunidad para acabar con
esta vida que ya no quería y juntarme con ellos en el cielo. Porque estoy
seguro allá deben estar los tres esperándome.
—¿Tú lo sabes, verdad? ¿Sabes que me duele y
esperas avivar ese dolor para animarme a quitarme la vida? ¿Eres el demonio que
me visita en mis sueños? ¿Eres el diablo empujándome al suicidio para verme
sufriendo y vagando eternamente? —le pregunté a mi acompañante, del que hasta
el momento desconocía su identidad.
Sólo encontré silencio en medio de la obscuridad
de la noche, el cual fue interrumpido por la voz de una anciana que se
escuchaba como un susurro, con un eco como el que se reflejaba en las montañas
del pueblo.
—No hagas una tontería mijo. Hazlo por ti y por
ellos, el suicidio es el peor de los pecados. Eso Dios no te lo perdonaría. Si
intentas acabar con tu vida, tu alma penará por la eternidad y nunca podrás
irte al cielo con ellos. Me duele verte sufrir y también yo sufro por tu
pérdida, me duele verte cómo te vas extinguiendo perdido en los vicios. No hay
nada peor para una madre que ver a un hijo muriendo lentamente, verlo muerto en
vida.
No sé cuánto tiempo duré aquí, de rodillas entre
las cenizas. Me puse de pie, busqué entre los escombros y encontré el viejo
retrato: mi mujer, mis dos hijos y yo en la plaza de Santiago, con la iglesia
en el fondo. Los cuatro sonreímos. La apreté fuerte contra mi pecho y cerré los
ojos. Sentí el aire suave en el rostro, mi cuerpo ligero como si flotara, casi
puedo sentir que vuelo.
—¿En verdad, sabes lo que se siente volar? —me
preguntó mi acompañante.
—No sé. Creo que sí…, en los sueños de mi niñez.
Siento nubes de algodón a mi alrededor, el dolor
desaparece lentamente y el gozo infinito que sentía en mis sueños de la
infancia vuelve a aparecer. Ja, ya he sentido este tipo de sueños que te llevan
de un lugar a otro, que te traen para arriba y para abajo.
Entre las nubes aparece una visión. Es mi cuerpo
viejo y arrugado recostado en mi cama, cubierto con una sábana blanca. Dos
mujeres de edad avanzada están terminando de cubrirlo de pies a cabeza.
—Pobre hombre, no sé si siento pena o alegría de
que haya muerto. Después de tantos años de sufrimiento…
—Oye, mujer, la muerte no se le desea a nadie.
—Pos no, pero tal vez ahora ya esté descansando.
Mira la cara de tranquilidad con la que murió, hasta parece feliz el condenado.
—Nacha, no le hables así a los muertos.
—Ave María purísima.
—Sin pecado concebido.
—Dios te salve María, llena eres de gracia, el
Señor es contigo…
La sensación de felicidad que me embarga
mientras estoy entre las nubes es mayor, ya sé lo que se siente volar. Dicen
que cuando mueres regresas tras tus pasos a recoger cada momento de tu vida. Ya
sé lo que significan este sueño y este peregrinar; ya no hay dolor ni
cansancio, ya no siento tristeza ni soledad. Si la muerte pudiera sonreír,
estoy seguro que en este momento en que los huesos de la mano descarnada de
ella, mi acompañante, me dice adiós, tal vez lo haría. Poco a poco, se va
quedando más y más atrás; mira complacida con sus cuencas vacías cómo me pierdo
entre las nubes, que se acabó mi desdicha y que por fin he aprendido cómo
volar.
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