martes, 11 de septiembre de 2018

Volcán.


J. Lykaios.


En un último y desesperado intento por agitar la siempre indiferente existencia que le rodea, el volcán vuelca la furia que alberga en su interior desde hace milenios.
La tierra tiembla y dentro de ella se escuchan poderosos crujidos que a veces podría jurarse que asemejan a lamentaciones, como si fuesen almas atormentadas por algún pícaro demonio que se detuvo a jugar solamente porque sí cuando el volcán con toda la fuerza que tiene quiebra grandes rocas que daban por sentada su existencia en niveles subterráneos donde yacían indiferentes ante todo lo que pasará por encima de ellas.  Ha contenido por tanto tiempo esta iracunda energía, que ni el propio volcán recuerda si nació con esta energía o fueron los siglos de ver de frente a las tormentas las que forjaron esta fuerza en su interior. Y esta estridente voz que le permite hacerse notar entre los aldeanos que a sus faldas han fundado su villa ahora resuena como nunca antes lo había hecho, una palabra exhalada por el volcán y las paredes de los aldeanos se cimbran. El pícaro emisario del infierno baila y ríe al encontrar la perdición en los ojos de los aldeanos quienes desesperados huyen sin saber bien a donde ir, no entienden lo que pasa. La montaña que hasta ahora les había protegido de los vendavales y la que con paciencia había hecho crecer la hierba en sus laderas para alimentar las cabras que los proporcionaban comida y abrigo se quitaba la máscara y mostraba su verdadera forma; un monstruo aniquilador, con la fuerza suficiente para hacer temblar el mundo, con la irá suficiente para echar por tierra lo que hasta ahora habían construido sobre sus laderas que ahora se revelaban como mentiras.
Pero el volcán ya no está para prestar oídos a los lamentos de los aldeanos que nunca habían siquiera pensado en que aquella dócil montaña a la que habían cargado con el peso de su vida fuese algo vivo. Jamás se les ocurrió imaginar que se trataba de un ser que, si bien silencioso, observaba los acontecimientos y podía (en silencio) sentir cada vez que los agricultores clavaban sus hierros en su piel marrón y lloraba con silenciosa solemnidad cada vez que un árbol de su ladera era echado abajo.
El volcán ya no está para lamentos ni para nada más que tenga que ver con asuntos humanos, harto esta de recibir la herida que jamás pidió, no desea continuar cargado con la condena del crimen que nunca cometió. Lo ha decidido y ha puesto manos a la obra. Espera alcanzar la altura necesaria para tocar el firmamento y desde ahí precipitar todo su ser en la edificación de un nuevo paisaje, desea que cuando el sol regrese poderoso y brillante por el oriente, se lleve la sorpresa de que el volcán ha dejado de ser un camello y que si bien, ahora todo a su alrededor yace muerto y sin vida, pronto podrá nuevamente florecer de entre los escombros del dolor un nuevo tipo de belleza en el que el sol podrá posar sus ojos cuando con su benevolencia cruce los cielos cada día.
Vuela el magma por las alturas y entre cenizas y rocas que salen disparadas a una velocidad de muerte, el cielo se ennegrece presagiando el final, la muerte necesaria para el nuevo comienzo;  el sol avanza lleno de incertidumbre y curiosidad por mirar lo que acá abajo ha pasado; quiere observar de cara a los mediocres hombrecillos de arcilla que buscan hacerse sobre las cumbres más alejadas del cráter pero no desea intervenir, el esta tan elevado que desde sus elevados aposentos los problemas del volcán le parecen cosa de risa.
La furia con que el volcán escupe es de tal magnitud que nada puede escapar de ella y quienes intentan escapan en frenética huida únicamente logran prolongar el transcurso de los inevitables hechos. Su tiempo ha terminado, deben volver a la tierra para poder volver a iniciar, para poder restaurarse y comenzar desde cero, debe echar el volcán abajo todo lo que ha ocupado sus laderas para poder con sus propias llamaradas, con el poder de la furia roja que desborda deberá crearse de nuevo. Sin embargo, más pronto que tarde el volcán se da cuenta de la realidad y esta no es una realidad que sea fácil de observar pero sí que es necesario hacerlo, porque lo que observa el volcán es su obra; logro dar el paso que nadie quiere dar, cruzo la línea delimitada por la existencia de esos pequeños aldeanos que ahora yacen bajo el magma ardiente. Ha dado el paso, el acto se ha consumado y se ha afirmado en la existencia con tinta indeleble, porque una vez que el curso de las cosas comienza su marcha, es imposible que estas se detengan alguna vez; pueden regalarnos prorrogas, pueden concedernos la dulcísima ilusión escondida detrás del velo de un supuesto olvido que por las noches quiebra sus barreras y en sueños vuelve a nosotros para perseguirnos y devorar nuestra alma. Pero ante esto último, el volcán no tiene nada que temer puesto que ya no tiene nada que perder, ya que el magma que ha expulsado apenas hace unos momentos, la furia con que destruyo aquellos falsos hombrecillos que le poblaban cual si fuesen las viejas tablas de valores, era todo lo que tenía.
Vacío, sin magma que albergar, el volcán puede ver las cosas por completo y se ríe de esta siniestra broma de la que ha sido víctima; con su furia logro avanzar y dar el salto que necesitaba, desprendido de esas anclas que le retenían, habiendo soltado esos hombrecillos que clavaban y sangraban sus laderas ahora el volcán no tiene nada a que aferrarse y ha quedado vació, consumió su alma en esta última proeza con la que rompió las leyes humanas que le volvían un prisionero. Abrió los candados que cerraban las puertas tras las que se encontraba el camino a las cumbres, pero la llave con que esos candados fueron abiertos tuvo que ser forjada con el acero de su corazón fundido en lo que ahora no son apenas brazas de su alma.
Sin nada que perder, pero tampoco nada contra lo cual rebelarse, el volcán cierra los ojos al saber que su acción ha sido consumida. Cierra los ojos sabiendo que no queda nada más que pueda apostar en el juego y como buen perdedor cierra los ojos con honor, al saberse dueño de sí y, aunque sabe que la vida no le alcanzará para ver el esplendor de este nuevo paisaje que ha creado, encuentra el valor suficiente para abrazar la extinción en saberse mediador de una nueva especie de hombrecillos de arcilla que deberán ser derrumbados por nuevos volcanes. Se retira sabiendo que si bien no fue un fin, se convirtió en un mediador, duerme para siempre conociendo que ahora vivirá en cada una de las flores que entre las cenizas que ha esparcido crecerán. Cierra los ojos sonriendo, cierra su vida sabiéndose libre.  

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