J. Lykaios.
En
un último y desesperado intento por agitar la siempre indiferente existencia
que le rodea, el volcán vuelca la furia que alberga en su interior desde hace
milenios.
La
tierra tiembla y dentro de ella se escuchan poderosos crujidos que a veces
podría jurarse que asemejan a lamentaciones, como si fuesen almas atormentadas
por algún pícaro demonio que se detuvo a jugar solamente porque sí cuando el
volcán con toda la fuerza que tiene quiebra grandes rocas que daban por sentada
su existencia en niveles subterráneos donde yacían indiferentes ante todo lo
que pasará por encima de ellas. Ha
contenido por tanto tiempo esta iracunda energía, que ni el propio volcán
recuerda si nació con esta energía o fueron los siglos de ver de frente a las
tormentas las que forjaron esta fuerza en su interior. Y esta estridente voz
que le permite hacerse notar entre los aldeanos que a sus faldas han fundado su
villa ahora resuena como nunca antes lo había hecho, una palabra exhalada por
el volcán y las paredes de los aldeanos se cimbran. El pícaro emisario del
infierno baila y ríe al encontrar la perdición en los ojos de los aldeanos
quienes desesperados huyen sin saber bien a donde ir, no entienden lo que pasa.
La montaña que hasta ahora les había protegido de los vendavales y la que con
paciencia había hecho crecer la hierba en sus laderas para alimentar las cabras
que los proporcionaban comida y abrigo se quitaba la máscara y mostraba su
verdadera forma; un monstruo aniquilador, con la fuerza suficiente para hacer
temblar el mundo, con la irá suficiente para echar por tierra lo que hasta
ahora habían construido sobre sus laderas que ahora se revelaban como mentiras.
Pero
el volcán ya no está para prestar oídos a los lamentos de los aldeanos que
nunca habían siquiera pensado en que aquella dócil montaña a la que habían
cargado con el peso de su vida fuese algo vivo. Jamás se les ocurrió imaginar
que se trataba de un ser que, si bien silencioso, observaba los acontecimientos
y podía (en silencio) sentir cada vez que los agricultores clavaban sus hierros
en su piel marrón y lloraba con silenciosa solemnidad cada vez que un árbol de
su ladera era echado abajo.
El
volcán ya no está para lamentos ni para nada más que tenga que ver con asuntos
humanos, harto esta de recibir la herida que jamás pidió, no desea continuar
cargado con la condena del crimen que nunca cometió. Lo ha decidido y ha puesto
manos a la obra. Espera alcanzar la altura necesaria para tocar el firmamento y
desde ahí precipitar todo su ser en la edificación de un nuevo paisaje, desea
que cuando el sol regrese poderoso y brillante por el oriente, se lleve la
sorpresa de que el volcán ha dejado de
ser un camello y que si bien, ahora todo a su alrededor yace muerto y sin
vida, pronto podrá nuevamente florecer de entre los escombros del dolor un
nuevo tipo de belleza en el que el sol podrá posar sus ojos cuando con su
benevolencia cruce los cielos cada día.
Vuela
el magma por las alturas y entre cenizas y rocas que salen disparadas a una
velocidad de muerte, el cielo se ennegrece presagiando el final, la muerte
necesaria para el nuevo comienzo; el sol
avanza lleno de incertidumbre y curiosidad por mirar lo que acá abajo ha
pasado; quiere observar de cara a los mediocres hombrecillos de arcilla que
buscan hacerse sobre las cumbres más alejadas del cráter pero no desea intervenir,
el esta tan elevado que desde sus elevados aposentos los problemas del volcán le
parecen cosa de risa.
La
furia con que el volcán escupe es de tal magnitud que nada puede escapar de
ella y quienes intentan escapan en frenética huida únicamente logran prolongar
el transcurso de los inevitables hechos. Su tiempo ha terminado, deben volver a
la tierra para poder volver a iniciar, para poder restaurarse y comenzar desde
cero, debe echar el volcán abajo todo lo que ha ocupado sus laderas para poder
con sus propias llamaradas, con el poder de la furia roja que desborda deberá
crearse de nuevo. Sin embargo, más pronto que tarde el volcán se da cuenta de
la realidad y esta no es una realidad que sea fácil de observar pero sí que es
necesario hacerlo, porque lo que observa el volcán es su obra; logro dar el
paso que nadie quiere dar, cruzo la línea delimitada por la existencia de esos
pequeños aldeanos que ahora yacen bajo el magma ardiente. Ha dado el paso, el
acto se ha consumado y se ha afirmado en la existencia con tinta indeleble,
porque una vez que el curso de las cosas comienza su marcha, es imposible que
estas se detengan alguna vez; pueden regalarnos prorrogas, pueden concedernos
la dulcísima ilusión escondida detrás del velo de un supuesto olvido que por
las noches quiebra sus barreras y en sueños vuelve a nosotros para perseguirnos
y devorar nuestra alma. Pero ante esto último, el volcán no tiene nada que
temer puesto que ya no tiene nada que perder, ya que el magma que ha expulsado
apenas hace unos momentos, la furia con que destruyo aquellos falsos
hombrecillos que le poblaban cual si fuesen las viejas tablas de valores, era
todo lo que tenía.
Vacío,
sin magma que albergar, el volcán puede ver las cosas por completo y se ríe de
esta siniestra broma de la que ha sido víctima; con su furia logro avanzar y
dar el salto que necesitaba, desprendido de esas anclas que le retenían, habiendo
soltado esos hombrecillos que clavaban y sangraban sus laderas ahora el volcán no
tiene nada a que aferrarse y ha quedado vació, consumió su alma en esta última proeza
con la que rompió las leyes humanas que le volvían un prisionero. Abrió los
candados que cerraban las puertas tras las que se encontraba el camino a las
cumbres, pero la llave con que esos candados fueron abiertos tuvo que ser forjada
con el acero de su corazón fundido en lo que ahora no son apenas brazas de su
alma.
Sin
nada que perder, pero tampoco nada contra lo cual rebelarse, el volcán cierra
los ojos al saber que su acción ha sido consumida. Cierra los ojos sabiendo que
no queda nada más que pueda apostar en el juego y como buen perdedor cierra los
ojos con honor, al saberse dueño de sí y, aunque sabe que la vida no le
alcanzará para ver el esplendor de este nuevo paisaje que ha creado, encuentra
el valor suficiente para abrazar la extinción en saberse mediador de una nueva
especie de hombrecillos de arcilla que deberán ser derrumbados por nuevos
volcanes. Se retira sabiendo que si bien no fue un fin, se convirtió en un
mediador, duerme para siempre conociendo que ahora vivirá en cada una de las
flores que entre las cenizas que ha esparcido crecerán. Cierra los ojos
sonriendo, cierra su vida sabiéndose libre.
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