*Insiprado en el
Diario de Mario Lupo y en el album Fontana Bella, de Austin TV
El maguey apunta la
dirección
que el diablo tomó
cuando lloró gotas de amor…
“El último llanto del diablo”, canción de Círculos de Nada
—¿Volar? No, yo nunca he podido volar. Ese
fue mi sueño más recurrente de niño. Ya había olvidado la sensación del aire
suave en el rostro, las nubes sobre mí y en algunas ocasiones a mi alrededor,
como pequeños trozos de algodón; mi cuerpo ligero flotando y desplazándose.
Recordar esas sensaciones me hace sonreír.
—¿Y nunca lo intentaste en la vida real?
—No. El tiempo repta lentamente y en
silencio, y sin darte cuenta se va borrando todo, hasta tus anhelos y deseos de
vivir. Te duele recordar cuándo perdiste esos deseos y te escondes de aquél
recuerdo. Un día simplemente miras las arrugas surcando tu cara y el cabello
blanco, sientes lo brutal y dolorosa que es la soledad; cansado de vivir,
reparas en que ya no existe nada de lo que ansiabas y querías. No estoy seguro,
pero creo que en realidad, en los últimos años de mi vida nunca he intentado
nada extraordinario.
—Ven, caminemos. Ya que no puedes y nunca
has intentado volar, iremos caminando.
Los murmullos lejanos que envolvían el
ambiente cesaron, me levanté de la banca del pequeño templo apenas iluminado
por la llama zigzagueante de algunos cirios que salpicaban las sombras del
interior con una luz con matices amarillentos llegando a un tipo de anaranjado.
Salimos a la plaza, pasamos frente al kiosco por la calle empedrada y sin saber
cómo, avanzamos bajo la claridad que daba la luz de una luna llena enorme y
plateada flotando en el cielo inundado de estrellas, cuyo resplandor cubría la
soledad y el silencio de lo infinito de los campos de tabaco, y su brillo se
reflejaba en las grandes hojas de las plantas de las parcelas que flanqueaban
la vereda por la que ahora caminábamos.
¿Qué tipo de sueño es este? Repentinamente,
de un espacio cambiamos a otro, avanzamos por las calles, caminos y alrededores
del pueblo con unos cuantos pasos. Ya he tenido otras pesadillas parecidas,
pero de esta no puedo despertar. Mi acompañante volteó hacia mí y con la cabeza
me hizo una seña para apurarme, pues entre mis cavilaciones me iba quedando
atrás.
Caminamos bajo la sombra de un árbol
frondoso, reconocí la higuera que estaba en la parcela que pertenece a la
escuela primaria del pueblo, y a un costado otro árbol, uno de mangos. Me
imaginé (o me vi) junto a mis amigos de la infancia saliendo a la carrera del
canal en el que nos bañábamos y jugábamos; salimos destilando agua del cuerpo y
avanzamos por la vereda llena de polvo para intentar llegar primero, subir al
árbol de la parcela y ganar los mangos más maduros. Las risas, los gritos y la
visión de la escena se fueron esfumando conforme nos íbamos acercando. Recordar
aquellos juegos y travesuras me hacen sonreír otra vez, es una sensación de
gozo la que me provoca ver este recuerdo. A veces así son los sueños.
—¿Nunca intentaste nada extraordinario? —me
preguntó mi acompañante. Volteé a verlo para contestarle pero no había nadie.
Busqué con la vista en mi alrededor y me quedé en silencio—. Ven, continuemos
—me dijo una voz, y seguí el camino que tenía al frente. Vamos caminando pero
me siento ligero, no siento cansancio, como si en realidad no pisara la tierra
suelta del camino. Esto cada vez me parece más confuso, ¿a qué hora despertaré?
Avanzamos unos cuantos pasos y
repentinamente me veo en la primaria jugando futbol con mis amigos en el patio.
No. Ahora estamos corriendo, jugando a los “encantados”. Yo siempre corría tras
la niña que me gustaba y después de que la alcanzaba me hacía el desentendido.
Ahora me siento sonrojado, tal vez es por la ternura que me provoca la
inocencia de aquél tiempo. Un suspiro se ahoga en mi pecho, veo a aquella niña
en su carrera y no puedo evitar una sonrisa triste. —¡Corre, Lolita! —se
escuchan los gritos cada vez más lejanos, opacados por un trueno y un relámpago
que se dibujó en el cielo.
Hay lluvia. No es una tormenta estruendosa
como las que me asustaban y me hacían buscar el regazo de mi madre mientras las
gotas se impactaban contra el techo de palma de la casa y la luz de los rayos
se colaban por las rendijas. No, esta es una lluvia alegre como las de las
tardes en las que jugábamos en la cancha de futbol. ¡No había nada mejor que
correr bajo la lluvia o colocarnos bajo los chorros de agua que caían de los
techos de las casas!
Vamos corriendo, la cancha se va quedando
atrás mientras recorremos la calle de subida. Ahora nos detenemos y en la
corriente de agua que se forma en el empedrado frente a la tortillería estamos
jugando “carreritas” con palitos. Rompimos unas ramas secas y arrojamos los
palitos corriente abajo. Otra vez risas y gritos alegres.
—¿Es esto un sueño? —le pregunté a mi
acompañante.
—Tú dime —me contestó y siguió caminando.
Voy detrás de él, confundido y con
sentimientos encontrados. Estas visiones me hacen sentirme alegre y triste a la
vez. Es un sueño agradable, pero doloroso al mismo tiempo.
La lluvia cesó. Sigo en la plaza, estoy sentado
en una jardinera junto a los amigos. Allá está la chica que me gustaba, la que
aún me hacía sonrojar como cuando estábamos en la primaria. En esta esquina
estamos los chicos y en aquella las chicas. Se escucha música tradicional de
banda sinaloense, en el pueblo se acostumbra esta música en el fin de semana en
la plaza. Estamos indecisos y bromeando para ocultar la inseguridad de
acercarnos a ellas. Ellas se secretean y de vez en cuando nos lanzan miradas y
sonrisas discretas.
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