J. Lykaios.
Sin los ojos que nos miran, sin las reglas que
como cadenas se enredan a nuestro cuello y nos asfixian sin consideración
alguna. Cadenas invisibles que pesan lo mismo que una existencia y nos hunden
hasta el fondo, donde habitan la angustia y la resignación como especies
endémicas. En esos mundos ultramarinos somos aplastados por la presión que día
con día se va acumulando; esa presión que toma el corazón en sus manos y la
estruja sin reparos hasta no verlo sangrar entre sus dedos. Y aquí, abajo, en la perpetua oscuridad que
la vergüenza nos ha otorgado, no conocemos diferencia alguna entre el día y la
noche.
Cuando se está acostumbrado a la oscuridad,
aprendes que existen varios tipos de oscuridad; aprenderás a distinguir unas de
otras. Hay oscuridades frías, silenciosas en las que su helada canción se nos
mete hasta las entrañas y parecemos medio muertos y empezamos a aferrarnos a la
calidez que de algún momento pasado se nos quedó guardada en la memoria; nos
aferramos con todas nuestras fuerzas, esperando que vuelva a amanecer. Algunas
otras oscuridades son más cálidas, debes vivirlas rápido e intensamente porque
tienden a consumirse en un breve lapso, entre sudores y caricias que estremecen
las fibras del tiempo y las hacen acortarse considerablemente. Pero entre todas
las oscuridades, había una que raramente podíamos experimentar, algo que podría
confundirse con lo ínfimo o superfluo. Hay oscuridades como la de hoy, en que
no hay ojos que nos miren y se puede escuchar como en la lejana superficie las
olas han cedido y las frías aguas se tornan calmas. Sin ojos que nos juzguen, sin juez que nos demande, las cadenas
se aflojan de nuestro cuello y emprendemos un viaje a la superficie. Sin
cadenas pesadas que aplasten mi garganta, me siento libre, me siento feliz.
Aquello que alguna vez había sido condenado a perecer en la caverna, es
liberado y conoce la realidad por vez primera, se afirma a ella y no quiere
soltarla nunca más.
Es de noche, lo sé porque por más que subo, no
abandono la oscuridad; no soy capaz de ver lo que busco, el anhelado premio que
aguarda en su cálido regazo, no lo conozco, pero sé que cuando este frente a mí,
podre reconocerle y quedará en mi impresa la huella del aroma que siempre le
acompaña. Y a medida que subo, a medida que la noche avanza, puedo darme cuenta
que esta noche y su oscuridad no son muy distintas del resto; llenas de
recuerdos que se enganchan como arpones en la cabeza y en el pecho, sacándonos borbotones
de sangre manchada de recuerdos. Esta noche y su oscuridad no son
distintas las otras que he vivido, pero
yo no soy el mismo que en otras noches vivió. Subo y puedo ver las cosas desde
la perspectiva del hombre libre, del que puede abrir la boca para que sus
palabras encuentren los oídos indicados y que estas palabras liberen la presión
que las cadenas habían acumulado. Veo las cosas con los ojos que miran y no soy
más a quien los ojos miran.
Sin los ojos que nos miran, puedo levantar la
mirada y darme cuenta de lo especial que era esta oscuridad, que con su
densidad y fuerza nos regalaba el cielo estrellado más limpio que unos ojos
jamás habían visto. Indiferentes ante el resto, las estrellas brillaban con
toda su fuerza más allá de todo y todos, donde la frialdad de estas aguas jamás
podría llegar a alcanzarlas, porque para ellas ya no hay más oscuridad, ellas
mismas han convertido el sentido de su existir en ser su propia luz, su propio
sentido y pasan los eones poniendo todas sus fuerzas y su tiempo en vivir aquel
propósito que se pusieron, sabiendo que este propósito era su literal
aniquilamiento, consumirse hasta desaparecer en el basto olvido y su oscuridad
que todo lo consume. Y quise ser como la estrella que brilla en las alturas y
nunca más tener que sentir las cadenas que oprimían mi pecho y ponían dura
cerradura para que nada escapara de su resguardo para matar a las palabras con
crueldad, asfixiándolas para que no volviesen a salir de ahí nunca más, pues
estas atentaban con el aparente orden que ya hasta ahora pretendía existir.
Quise ser como la estrella, para ser mirado por otros ojos y vivir con
autentico orgullo mi aniquilamiento en cada uno de mis días, lejos de cadenas
pesadas que nos arrastren al fondo; fuera del alcance de las frías aguas y todas
sus diferentes oscuridades. Brillando allá en la lejanía, alcanzando la
inmortalidad a través de la pasión con que construimos la realidad de nuestro
cuerpo, porque, sin los ojos que nos miran, podemos entregarnos al deseo más
sincero por más infantil que este parezca, pues ya no hay ojos que miren, ojos
que nos condenen por la forma en que consumamos lo que nuestros instintos
gritan.
Todo es fácil cuando se vive sin los ojos que nos
miran, lo difícil, es aprender a cerrar los propios ojos.

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