sábado, 6 de octubre de 2018

Sin los ojos que nos miran.


J. Lykaios.

Sin los ojos que nos miran, sin las reglas que como cadenas se enredan a nuestro cuello y nos asfixian sin consideración alguna. Cadenas invisibles que pesan lo mismo que una existencia y nos hunden hasta el fondo, donde habitan la angustia y la resignación como especies endémicas. En esos mundos ultramarinos somos aplastados por la presión que día con día se va acumulando; esa presión que toma el corazón en sus manos y la estruja sin reparos hasta no verlo sangrar entre sus dedos.  Y aquí, abajo, en la perpetua oscuridad que la vergüenza nos ha otorgado, no conocemos diferencia alguna entre el día y la noche.

Cuando se está acostumbrado a la oscuridad, aprendes que existen varios tipos de oscuridad; aprenderás a distinguir unas de otras. Hay oscuridades frías, silenciosas en las que su helada canción se nos mete hasta las entrañas y parecemos medio muertos y empezamos a aferrarnos a la calidez que de algún momento pasado se nos quedó guardada en la memoria; nos aferramos con todas nuestras fuerzas, esperando que vuelva a amanecer. Algunas otras oscuridades son más cálidas, debes vivirlas rápido e intensamente porque tienden a consumirse en un breve lapso, entre sudores y caricias que estremecen las fibras del tiempo y las hacen acortarse considerablemente. Pero entre todas las oscuridades, había una que raramente podíamos experimentar, algo que podría confundirse con lo ínfimo o superfluo. Hay oscuridades como la de hoy, en que no hay ojos que nos miren y se puede escuchar como en la lejana superficie las olas han cedido y las frías aguas se tornan calmas. Sin ojos que nos  juzguen, sin juez que nos demande, las cadenas se aflojan de nuestro cuello y emprendemos un viaje a la superficie. Sin cadenas pesadas que aplasten mi garganta, me siento libre, me siento feliz. Aquello que alguna vez había sido condenado a perecer en la caverna, es liberado y conoce la realidad por vez primera, se afirma a ella y no quiere soltarla nunca más.
Es de noche, lo sé porque por más que subo, no abandono la oscuridad; no soy capaz de ver lo que busco, el anhelado premio que aguarda en su cálido regazo, no lo conozco, pero sé que cuando este frente a mí, podre reconocerle y quedará en mi impresa la huella del aroma que siempre le acompaña. Y a medida que subo, a medida que la noche avanza, puedo darme cuenta que esta noche y su oscuridad no son muy distintas del resto; llenas de recuerdos que se enganchan como arpones en la cabeza y en el pecho, sacándonos borbotones de sangre manchada de recuerdos. Esta noche y su oscuridad no son distintas  las otras que he vivido, pero yo no soy el mismo que en otras noches vivió. Subo y puedo ver las cosas desde la perspectiva del hombre libre, del que puede abrir la boca para que sus palabras encuentren los oídos indicados y que estas palabras liberen la presión que las cadenas habían acumulado. Veo las cosas con los ojos que miran y no soy más a quien los ojos miran.
Sin los ojos que nos miran, puedo levantar la mirada y darme cuenta de lo especial que era esta oscuridad, que con su densidad y fuerza nos regalaba el cielo estrellado más limpio que unos ojos jamás habían visto. Indiferentes ante el resto, las estrellas brillaban con toda su fuerza más allá de todo y todos, donde la frialdad de estas aguas jamás podría llegar a alcanzarlas, porque para ellas ya no hay más oscuridad, ellas mismas han convertido el sentido de su existir en ser su propia luz, su propio sentido y pasan los eones poniendo todas sus fuerzas y su tiempo en vivir aquel propósito que se pusieron, sabiendo que este propósito era su literal aniquilamiento, consumirse hasta desaparecer en el basto olvido y su oscuridad que todo lo consume. Y quise ser como la estrella que brilla en las alturas y nunca más tener que sentir las cadenas que oprimían mi pecho y ponían dura cerradura para que nada escapara de su resguardo para matar a las palabras con crueldad, asfixiándolas para que no volviesen a salir de ahí nunca más, pues estas atentaban con el aparente orden que ya hasta ahora pretendía existir. Quise ser como la estrella, para ser mirado por otros ojos y vivir con autentico orgullo mi aniquilamiento en cada uno de mis días, lejos de cadenas pesadas que nos arrastren al fondo; fuera del alcance de las frías aguas y todas sus diferentes oscuridades. Brillando allá en la lejanía, alcanzando la inmortalidad a través de la pasión con que construimos la realidad de nuestro cuerpo, porque, sin los ojos que nos miran, podemos entregarnos al deseo más sincero por más infantil que este parezca, pues ya no hay ojos que miren, ojos que nos condenen por la forma en que consumamos lo que nuestros instintos gritan.

Todo es fácil cuando se vive sin los ojos que nos miran, lo difícil, es aprender a cerrar los propios ojos. 

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