Palabras dichas en el silencio,
ocultas entre la complicidad de las miradas que se encuentran en el sepia
cotidiano de un atardecer. Complicidad expresada por la dilatación de las
pupilas que abren paso al encuentro de toda clase de deseos prohibidos que
atentan con escapar, deseosos de bañarse en la luz del exterior y manifestarse
sin temor a ser observados. Se acumulan y golpean con fuerza, es una lucha de
poderes con frenética rabia entre lo que se es en sí y lo que puede ser para
sí.
Secretos contados en voz alta
por los sudores que lentamente nacen en su cuello y con parsimonia bajan al
encuentro con su pecho, gotas de sudor deseosas de sentir el latido de su corazón acelerado
por la proximidad de nuestra piel, la cual se eriza para darnos cuenta de que
esta lista para convertirse en el lienzo donde nuestros dedos, embriagados por
el éxtasis del momento, escribirán infinidad de manifiestos y poemas que darán fe
de estas palabras entre líneas, palabras mudas que gritan lo que nadie más es
capaz de escuchar, letras que nadie más es capaz de leer, letras convertidas en
fuego que arderá hasta que se haya consumido el torrente de deseo que en cada
mirada se ha vertido sobre nosotros, porque a fin de cuentas, esas letras que
deben consumirse para no volver a ser leídas después de esta noche, somos
nosotros buscando el aniquilamiento en la piel del otro, dejándonos llevar por
las gotas de sudor que se arrastran por cada centímetro del cuerpo; nos dejamos
llevar por estas para olvidarnos de nosotros mismos y del bullicio de la noche,
con cada gota que se consume nos acercamos más al punto de ruptura de esta
amarga tensión, un paso más cerca de la nada.
Sentimientos entre líneas,
palabras dichas en silencio, escritas con dedos que reptan por una espalda
desnuda y ardiente, letras que se evaporan y se funden en la oscuridad de una
noche que se transforma en cómplice, palabras que serán olvidadas al amanecer,
solo eso; sentimientos entre líneas.
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