lunes, 1 de octubre de 2018

Contradicción.

J. Lykaios


Vivir es una contradicción.
Y todo en nuestro existir respalda esta afirmación. Vivimos prolongando nuestra presencia en este lugar, nos esforzamos por permanecer un día más, siempre queriendo un poco más para satisfacer un hambre insaciable, un hambre egoísta, un deseo de vernos reconocidos en el otro, aun cuando la única seguridad a la que tenemos acceso es a la verdad de la derrota, la certeza del manto eterno de la nada que todo lo abraza bajo sus frías alas.
Y hoy quiero unirme a esta horrorosa broma que se desarrolla entre un calor que nos funde la voluntad y nos deja pasmados. Quiero pararme delante de los absurdos reflectores y soportar más calor del que ahora experimento si es necesario para tratar de extender mi sombra un poco más allá de los límites que mi existencia proyecta. 
Y por ello hoy, mientras me sirvo este primer vaso de ron, lo tengo claro. Nada ni nadie puede escapar de esta contradicción, ni siquiera el tiempo que estuvo desde el origen mismo del todo, si es que alguna vez lo hubo. Condenado en el eterno castigo de ser un caminante errante que va por la existencia sin ir, porque donde ya paso, siempre está; a la vez que permanece distante cuando lo acabas de encontrar. No estoy siquiera seguro si este es mi primer trago, porque no me preocupo por pensar en los que me he tomado antes, o en si he tomado antes, y mucho menos me preocupo por pensar si el ron que tengo será suficiente para arrastrarme hasta el amanecer de un nuevo día. 
Elevo la mirada y la fijo en las estrellas que comienzan a multiplicarse más allá del firmamento cuando el sol, lentamente, se pierde en tierras extrañas y por primera vez dejo atrás el vaso de ron que suda gotas frías que se evaporan en mis dedos y ahora no solo me ha dejado de importar el ron que pude haber tomado o el que aún no tomo, ni siquiera me importa el que ahora me estoy tomando y es relegado al preconsciente, pierdo noción del calor que me rodea y pienso construir con mis letras un puente que llegue hasta los confines de la tierra en donde el sol se ha ocultado. Quiero que mis palabras me vuelvan absurdo, dar el salto y mirarme como una contradicción cuando encuentre mis ojos en el espejo. Ver en ese reflejo la luz esperanzadora de la muerte que aguarda paciente en el momento y el lugar preciso, ni antes ni después, pero siempre incierto, danzando y cortejando; algunas veces lejos y otras veces cerca, pero siempre certera, conoce bien su tiempo y lo baila con asombrosa sensualidad, nunca antes y nunca después, siempre bailando al tiempo. 
Quiero ser contradicción que baile con la pálida dama, pero que con la otra mano escribe estas palabras para que sus ideas permanezcan. Estas palabras se transforman en cuchillo que clavo en la espalda de mi compañera de baile, porque en cada punto, en cada acento que escribo, busco perpetuarme; escondo semillas que esperan para entrar en la cabeza de algún inocente y echar raíces en ella porque he visto el final de mis días, porque he visto hasta donde se proyecta mi sombra y deseo que mis ideas entren en aquel que se encuentra más allá del ocaso de mis días proyecta y que con cada semilla germinada ganarle una pequeña batalla a la nada, aferrándome con todas mis fuerzas de los hombros del tiempo que no detiene su marcha, esperando no caer para ganar la siguiente batalla aun sabiendo que es de la nada la guerra y que al final del día siempre será la única que salga victoriosa. 
Vivir es una contradicción llena de pequeños espacios apenas perceptibles que nos hacen enfrentarla con la mejor de nuestras caras, porque es ahí donde reside nuestra última esperanza y nuestra más grande libertad. Vivir no es nada en sí, es algo que cualquiera puede hacer, pero que no todos saben hacer; esta contradicción merece ser vivida hasta la última de sus consecuencias, donde algunos instantes se hacen eternos y se extienden de tal manera que vuelven significante nuestro viaje hasta el atardecer. Porque la vida no es la estrella que miramos con anhelo más allá del firmamento y mucho menos se encuentra las tierras más altas desde la que muchos se lanzan a lo eterno; la vida está en el camino, en la corteza del árbol en el que nos recostamos a descansar y a tomar fuerzas para seguir, en los ojos que nos miran fijamente y se roban una parte de nuestra alma, es ahí donde radica la más grande contradicción; en encontrar toda una vida en un instante que nos brinde la fuerza necesaria para seguir, en no llenar la vida con momentos que atiborren nuestro camino y nos hagan perder de vista la meta, por el contrario hay que llenar de vida los momentos.  
Hoy la vida estaba en un vaso de ron, escondida en los hielos que chocaban entre ellos con cada trago de amargos recuerdos y hermosas promesas y juntos nos consumíamos al mismo ritmo al ir encontrando la vida que para hoy me había preparado, vida limitada por el tiempo que esos hielos tardaran en consumirse. Mañana quien sabe dónde la he de encontrar; tampoco es seguro que la encuentre, pero es en esta incertidumbre donde radica nuestra última razón para vivirla, mirando las cosas cada día a través de un vaso diferente.

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