Hemos sido derrotados y la
vergüenza de esta derrota que nos ha golpeado en lo profundo de los huesos, nos
ha hecho cerrar los ojos y agachar la cabeza. Hemos tomado la actitud del niño
que se esconde tras las palmas de sus manos creyéndose invisible; cerramos los
ojos y somos cobardes, pretendemos ocultar la mejilla que la realidad nos ha
golpeado.
Y después de arrastrarnos por
el frío fango que las guerras pasadas dejaron tras de sí, hemos enfermado. De
tanto arrastrar el pecho contra la tierra húmeda y fría contra la que nos
aplastaba el duro píe de todo lo crudo y lo real, después de tanto tiempo de
estar atrapados contra aquella frialdad de esa pequeña dosis de mal que siempre
es necesario para soportar el paso por esta existencia fugaz, nos volvimos
decadentes, solamente escuchamos lo que a nuestros oídos convenía e ignoramos
las advertencias de los que tuvieron una vista privilegiada y erramos al no
ponernos de píe y en lugar de rebelarnos, nos hundimos en el fango para huir de
la presión, lo que nos hizo enfermar del sentido de belleza. Somos enfermos de
belleza, condenados, en fase terminal; tenemos la cabeza en la guillotina, pero
eso nos interesa poco, por no decir que nada, pues antes de subir a la
guillotina pagamos el precio requerido y ofrecimos nuestros ojos, para ignorar
nuestra derrota y arrojarnos de lleno en ese nocivo imaginario en que la
belleza lo rige todo y es ésta un fuerte tirano que sonríe mientras azota con
su látigo sin miramiento alguno.
Esclavos de la belleza, sometidos a su voluntad, doblegados ante su
egoísmo que nos invita a aniquilar todo aquello que no tenga la mirada en la
misma dirección que sus ideales, porque todo aquello que no está en favor suyo debe
ser aniquilado y borrado sin guardarle siquiera el derecho preservar un legado
para tiempos futuros; la belleza ha tiranizado el mundo y ha confiscado los
sentidos con que lo conocemos y nuestro enfoque fue cambiado; ahora no mirábamos
con los ojos puestos en el futuro e incluso la sola idea del tiempo se volvió
algo espantoso, puesto que este era su peor enemigo; mirar el futuro implicaría
reconocer la propia muerte, una llama extinta que dejaría de brillar, un
egoísmo frustrado pues ya no sería admirado; el tiempo ahora era sinónimo de
marchitamiento y de extinción de la belleza ¿Podríamos de alguna manera vencer
a la voluntad universal presente en todos lados, pero siempre ausente en cada
situación? Por supuesto que no; seriamos como una hormiga tratando de tapar al
sol con una pata y la sola idea de embarcarnos en esa fútil odisea destrozaría
la cordura de cualquiera de nuestros campeones del pensamiento.
Y habiendo perdido la pelea sin
siquiera haberla iniciado, nos refugiamos en el interior de nuestro raquítico
ser, e inventamos un mundo lleno de reglas absurdas y normatividades para
morirse de risa; un mundo trastornado y con los pies en la cabeza, que se ríe a
carcajadas de sí mismo porque esta es la única forma en que era capaz de
mantenerse en píe, a través de la broma y del ridículo, del reconocerse un
invento innecesario con una finalidad irrisoriamente absurda; prolongar el
error humano hasta sus últimas consecuencias, preservar la cordura de este
simio que juega a ser creador de realidades, cuando apenas y es capaz de
diseñar unas gafas que cambien el color con sus ojos perciben el mundo.
Enfermos de belleza, pálidos
como sabanas de un hospital pero igualmente esperando a que la muerte se pose
sobre nosotros, más temprano que tarde; enfermos de belleza, tambaleantes vamos
por el mundo, renegando de la realidad y trastornándola a nuestro antojo;
perdimos de vista el norte y aniquilamos todo aquello no se ajuste a nuestros
parámetros de belleza (si es que alguno de estos nos pertenece realmente),
levantamos enardecidos el estandarte que con colores chillones anuncia la
llegada de la verdad, de la patrulla de todo aquello que pueda considerarse
bello, la guardia real que salvaguardará la seguridad de todo ser o idea que agache
la cabeza ante el canon humano; todo lo que haya sido señalado con la marca del
nuevo régimen y no tendrá que volver a pasar fríos o pensar en la aniquilación,
puesto que las alas de la benevolente belleza, cubrirán los vientos fríos
venidos de la más remota profundidad del infinito sideral que llegan hasta
nosotros como susurros de antaño que demandan la restitución de la realidad y
la forma en que la experimentamos.
¡Que se preocupen aquellos que
han escuchado esta voz sideral! Con todo el derecho del mundo pueden comenzar a
temblar, pues el régimen enviara a los portadores del estandarte en llamas para
aniquilarles, pues no hay espacio para rebeldes ni cabos sueltos que atenten
con profanar este nuevo mundo recién creado.
¡Que se preocupen aquellos que
no recibieron la marca en sus frentes! Pues los veo acercándose rápidamente, a
la guardia real. Buscan hasta debajo de las piedras, no hay forma en la que
puedas escapar. Veo naranja ondulante que sale de sus estandartes en llamas
jugando una danza macabra con las sombras de su próxima víctima. Están
llegando, puedo escuchar sus pasos en la proximidad; entrenados para matar,
diestros asesinos en el arte de aniquilar, fueron entrenados para no escuchar,
para mirar hacia otro lado cuando clavan el puñal. Sordos para no escuchar
razones, ciegos para no observar evidencias y mudos por elección, pues el
contenido de su cráneo se ha vaciado, aquí están, esperando con frialdad a que
abra la puerta para aniquilarme y borrar conmigo todas estas letras de una vez
y para siempre; porque ese es su deber, porque fueron amaestrados en el arte de
repetir y no en el de producir.
Enfermos de belleza, condenados
a la extinción. Uno a uno los cuerpos de las especies que en honor de una belleza que se impuso como rigor de verdad
fueron tomadas van marcando un rastro con sangre del que ahora nos es imposible
escapar; algunos ofendieron y sacudieron los parámetros de esta nueva y
poderosa institución; y fueron desollados vivos, desterrados, mutilados y
condenados al olvido. Otros fueron incluso más allá y en un acto de completa
rebelión, portaron una belleza de superior a cualquier otra que los humanos
pudiesen aspirar, ofendieron al régimen superándolo, humillándolo con una
fuerte cachetada de realidad; lo que llevo a nuestro cruento tirano a
despojarlos con saña de dicha facultad, fueron aniquilados uno a uno,
condenados al encierro en altas montañas y densos bosques, ocultándose de los
ojos que quisieran posarse en sus inigualables pieles y sus coloridos plumajes,
porque pasaron de ser una marca de distintiva clase y elegancia a ser la diana
que llamaba a la flecha del celoso cazador, deseoso de robar tan preciado
tesoro.
Enfermos de belleza, enfermos
terminales de la verdadera humanidad. No podemos justificar nuestros actos bajo
el pretexto de un régimen que nos obliga y nos condena, no existe pretexto
alguno que nos exima de esta culpa que nos corroe las entrañas y nos hace
vomitar pretextos estúpidos y sin razón, porque el cruel tirano que ahora nos
aniquila es nuestro proyecto, nuestra creación; es un vergonzoso recordatorio
de la gloria que el miedo colectivo ante las imperantes leyes naturales nos han
causado al sabernos finito e ínfimos en este bien estructurado orden natural de
la realidad. Enfermos de belleza, condenados a morir, intoxicados con egoísmo
nos regocijamos de saber que no solo nosotros estamos condenados a muerte
cuando el reloj llegue a su minuto final, pues nos hemos encargado de esparcir
un legado mortal a lo largo de la historia, en cada rincón del mundo, pues no
concebimos un mundo sin bípedos egocéntricos que requieran de saberse en la
cima para sentirse realizados. Enfermos de belleza, condenados a morir, eso
somos, partículas de polvo sideral, condenadas a morir por mano propia,
víctimas de una cura que no se supo administrar, condenados a sufrir hasta las
últimas consecuencias de esta mortal decisión.
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