J. Lykaios.
Hacía un calor infernal, el sol brillaba
con tanta fuerza allá en sus elevados aposentos como un niño que quema hormigas
con una lupa en su jardín; como un enorme niño que ni siquiera es capaz de
percibir el sufrimiento de las vidas que ciega con su fatal acción. El mal no
vive en un estado natural, no corre libremente por las praderas ni disfruta de
las brumas marinas, el mal vive encerrado en las paredes de la conciencia,
confinado al reino de la elección, disfrutando del sufrimiento de sus
creadores, atacándoles constantemente, humillándoles, existiendo como un
recordatorio, como una existencia vergonzosa que representa un error perpetuado
por generaciones.
En medio de este calor infernal, bajo
aquella inocencia abrazadora estabas tú, cándida y esplendorosa, como una
estafadora que vende un mundo ideal que yo decidía comprar, un mundo en el que
la vergüenza heredada por mis ancestros no existía y esa mancha de vergüenza que
representaba mi ser, esa marca de nacimiento inherente a nuestra especie, no
existía más; volvía a ser yo un infante que rebozaba de la vida y que, en lugar
de quejarse del calor, agradecía no temblar de frío. En tu presencia el mundo
adquiría nuevas tonalidades y hasta la más insignificante de la cosas se
transformaba en un acontecimiento digno de admiración y reconocimiento, con una
tremenda fuerza de la que te sabías poseedora transformabas los conceptos que
había acumulado hasta este momento. Eras poseedora de una inocencia infantil y
jugabas con mi realidad de tal manera que reinventabas lo que hasta ahora daba
por sentado y me hacías agradecer lo que hasta ahora había experimentado.
Era una tarde calurosa, con un calor
infernal y tú estabas recostada, mirabas mi rostro, con esos ojos que
embriagaban mi mente y abstraían por un instante esta conciencia del bullicio
de las guerras, de las cadenas de la maldad; los muertos podían descansar en
paz de una buena vez y las viejas amarguras se disolvían en el rápido caudal
del tiempo, envejeciendo al instante para luego marchitarse y volverse polvo, y
de pronto, lo único que tenía era solamente lo que en este instante ocurría y
lo que ahora pasaba eras tú; penetrando por cada uno de mis sentidos,
reinventado el mundo interior de mi mente, regalándome un instante de
tranquilidad desmesurada y autentica felicidad sin que tu siquiera te dieras
cuenta del impacto que producías.
El calor infernal había comenzado a
ceder, muy a su pesar y con gran lentitud y yo envidiaba ser la gota de sudor
que bajaba por tu cuello hasta consumirse en tu pecho porque no imaginaba una
mejor manera de irse de este mundo. Y en medio de esta tarde despejada en la
que los vapores subían hasta la nariz y volvían insoportable la atmósfera yo
decidía ignorar a esos vapores y al sol-niño, así como también decidía ignorar
a la gota de sudor que se había consumido en tu pecho, decidía ignorar todas
aquellas cosas que se habían pulverizado en el caudal del tiempo, porque no
quería saber si había un ayer o un mañana porque solo me interesaba el instante
en que decidía sentirme exaltado por el brillo de tus ojos al encontrarse con
los míos, también decidía que más tarde escribiría estas palabras para ti para
que supieras cuan feliz me sentía de poder decidir escribir para ti y al mismo
tiempo decidir ser feliz para mí.
Era una tarde con un calor infernal, una
tarde en la que decidí, que yo podía ser feliz.
Infelicidad, amor, felidad, es una elección... Yo elijo, que me gusta "exaltar mi felicidad al encuentro de tus ojos con los míos". Algo así, dice y me encanta!!!
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