-J. Lykaios.
Azul
nació un lunes por la tarde. Un lunes soleado, en un día en el que nadie
esperaba nada; un día en el que todos se arrastraban entre corrientes de tedio,
agonizantes, ahogados por un calor que nublaba todo juicio y nos hacía desear
la aniquilación.
Ahí
nació Azul, fiel a su esencia rebelde desde su primer momento, siendo arrojado
al mundo en un día en el que pareciera que la furia de un Dios inexistente se
volcase sobre nosotros, criaturas ignorantes de su furia, ensimismados en la
piedra que sobre nuestra espalda cargábamos, cegados por no ver el sol desde
hace eones.
Fue
ese día, fatídico por su belleza, en el que Azul conoció la luz y opaco al
ardiente astro rey. Azul, tan bello y radiante, indiferente a los calores que
consumían al resto de mortales, era un azul lleno de vida que se confundía con
el azul más puro del océano profundo.
Aquel
que miraba a Azul, caía rendido ante su indescriptible pureza, a su elevada
condición, más allá de este tiempo en el que se vive de poses y falsos momentos
aprisionados en altares que no les corresponden. Azul era rebeldía en su estado
más puro, con esa sonrisa que cegaba a los pocos que aún se atrevían a levantar
la mirada, volviéndose locos de alegría, embriagados al no soportar algo que
hacía años habían perdido la capacidad de digerir.
Era
lunes, un lunes ardiente, el aire llegaba hasta el rostro como ondas ígneas que
incineraban la piel; aire lleno de furia que buscaba con ansias el
aniquilamiento, destrucción, porque el mundo se había convertido en un campo de
lucha, con arenas rojas por la sangre de los caídos. Aquellos que no eran
capaces de seguir, moribundos, se tambaleaban agonizantes, víctimas de su
propia debilidad hasta que caían rendidos y sobrepasados por aquellos que se
esforzaban en perpetuar el error que durante siglos se ha estado cocinando en
nuestras calderas.
Azul
permanecía indiferente ante esto. La diferencia entre azul y el resto era que
azul se sabía finito, sabía que su finalidad única y real era el
aniquilamiento, se reconocía atemporal, y aunque estaba encaminado a cumbres
más elevadas ¿Qué importaban los muertos que el camino había dejado tras de sí?
¿A caso hubiese sido mejor que las cosas fueran de otro modo? ¿Alguien
recordaría en el futuro lo que Azul había venido a representar en este mundo?
Nada de esto importaba y Azul no reparaba en preocupaciones inútiles que
únicamente le robarían el cielo despejado de sus ojos. Azul sabía que no
viviría más allá de hoy y extendía sus brazos y abría bien los pulmones para
dejar que el aire entrara de lleno en él. Porque para Azul no importaba nada más
que el aire que respiraba, el sol que le bañaba y la certeza de saberse propio
de sí mismo.
Azul
como contradicción de lo que el mundo al que fue arrojado le gritaba en la
cara.
Azul
como elevación, como acontecimiento inmaculado.
Azul
como infinito que decidió terminar.
Azul
como proyecto que no quiso iniciar.
Azul
como el verbo que nunca fue pronunciado, como la carta que jamás tuvo
destinatario.
Azul
como un beso dado al aire, que nunca encuentra receptor en la basta frialdad
del universo indiferente.
Azul
como el recuerdo de un sentimiento ahogado; que murió en la oscura soledad de
un pecho del que nunca salió.
Azul
como posible todo.
Azul
como nada.
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