martes, 14 de agosto de 2018

Azul.


-J. Lykaios.

Azul nació un lunes por la tarde. Un lunes soleado, en un día en el que nadie esperaba nada; un día en el que todos se arrastraban entre corrientes de tedio, agonizantes, ahogados por un calor que nublaba todo juicio y nos hacía desear la aniquilación.

Ahí nació Azul, fiel a su esencia rebelde desde su primer momento, siendo arrojado al mundo en un día en el que pareciera que la furia de un Dios inexistente se volcase sobre nosotros, criaturas ignorantes de su furia, ensimismados en la piedra que sobre nuestra espalda cargábamos, cegados por no ver el sol desde hace eones.

Fue ese día, fatídico por su belleza, en el que Azul conoció la luz y opaco al ardiente astro rey. Azul, tan bello y radiante, indiferente a los calores que consumían al resto de mortales, era un azul lleno de vida que se confundía con el azul más puro del océano profundo.

Aquel que miraba a Azul, caía rendido ante su indescriptible pureza, a su elevada condición, más allá de este tiempo en el que se vive de poses y falsos momentos aprisionados en altares que no les corresponden. Azul era rebeldía en su estado más puro, con esa sonrisa que cegaba a los pocos que aún se atrevían a levantar la mirada, volviéndose locos de alegría, embriagados al no soportar algo que hacía años habían perdido la capacidad de digerir.

Era lunes, un lunes ardiente, el aire llegaba hasta el rostro como ondas ígneas que incineraban la piel; aire lleno de furia que buscaba con ansias el aniquilamiento, destrucción, porque el mundo se había convertido en un campo de lucha, con arenas rojas por la sangre de los caídos. Aquellos que no eran capaces de seguir, moribundos, se tambaleaban agonizantes, víctimas de su propia debilidad hasta que caían rendidos y sobrepasados por aquellos que se esforzaban en perpetuar el error que durante siglos se ha estado cocinando en nuestras calderas.

Azul permanecía indiferente ante esto. La diferencia entre azul y el resto era que azul se sabía finito, sabía que su finalidad única y real era el aniquilamiento, se reconocía atemporal, y aunque estaba encaminado a cumbres más elevadas ¿Qué importaban los muertos que el camino había dejado tras de sí? ¿A caso hubiese sido mejor que las cosas fueran de otro modo? ¿Alguien recordaría en el futuro lo que Azul había venido a representar en este mundo? Nada de esto importaba y Azul no reparaba en preocupaciones inútiles que únicamente le robarían el cielo despejado de sus ojos. Azul sabía que no viviría más allá de hoy y extendía sus brazos y abría bien los pulmones para dejar que el aire entrara de lleno en él. Porque para Azul no importaba nada más que el aire que respiraba, el sol que le bañaba y la certeza de saberse propio de sí mismo.

Azul como contradicción de lo que el mundo al que fue arrojado le gritaba en la cara.

Azul como elevación, como acontecimiento inmaculado.

Azul como infinito que decidió terminar.

Azul como proyecto que no quiso iniciar.

Azul como el verbo que nunca fue pronunciado, como la carta que jamás tuvo destinatario.

Azul como un beso dado al aire, que nunca encuentra receptor en la basta frialdad del universo indiferente.

Azul como el recuerdo de un sentimiento ahogado; que murió en la oscura soledad de un pecho del que nunca salió.

Azul como posible todo.

Azul como nada.


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