El vacío que dejaste sigue esperando… no se llena, no se ocupa, se mantiene y a veces incluso siento que crece.
Las tormentas azotaban mi cabeza, pensamientos confusos, turbulentas decisiones agitaban mi espíritu cada noche, pero bastaba una mirada tuya para serenarme, para darme cuenta que siempre había una oportunidad más allá de nuestros límites, que ante todo, siempre había un motivo una razón para aceptar los envites de la vida. Con tu existir lograste ejemplificar las enseñanzas de aquel desgraciado que se volvió loco abrazando un caballo en Turín que decía que siempre a partir de un profundo dolor y de una desgracia, se puede llegar a edificar algo tan profundamente hermoso y fuerte como lo es la amistad, el amor, la fidelidad a uno mismo… porque eso me mostrabas a cada segundo, una amistad pura, un sentimiento de pertenencia, sin embargo, el amor a ti mismo y a tú libertad eran evidentes, no había cosa que más amaras en este mundo.
Serenidad y temple de acero, fueron las máximas que contigo aprendí y por las que siempre te admire. Mientras que yo era impulsivo y temperamental, vivía luchando constantemente contra la corriente, pude ver en ti que a veces es mejor dejarse llevar por el río, que no a todas las voces se les debe prestar atención, pues cuando prestamos atención a personas que no valen la pena, que solo buscan dañarnos, no solo nos distraemos, sino que perdemos algo que es más valioso aún para la felicidad, algo invaluable, que se va y como le rio jamás retorna; tiempo.
Hay tiempo para reír, tiempo para llorar, tiempo para aprender, debemos aprovechar el tiempo y siempre sacarle el mejor de los provechos, perdonar y darnos una segunda oportunidad es una de las mejores maneras de aprovechar el tiempo y eso nadie lo sabía mejor que tú, nadie. Y es que el tiempo tiene una manera muy extraña de trabajar, sería estúpido llamarle “cruel” pues el tiempo trasciende el bien y el mal, el tiempo se sitúa en una posición tan elevada que jamás ningún hombre podría llegar siquiera aspirar a entender, es una fuerza de la naturaleza que actúa, en sí, actúa porque así debe ser. Su transcurrir fluye por el caudal de la justicia más pura, con la que comparte un lugar en el peldaño de las entidades más elevadas, pues no logramos entenderla desde nuestra decadente moral, desde nuestra egoísta y corta visión. Sin embargo, nosotros como humanos somos capaces de notar cuando el flujo del tiempo está a punto de cambiar, cuando está por acelerar su paso, cuando estamos por volvernos viejos, cuando se vuelve lento ¡Y lo sabemos bien! Cual si esta fuera uno de los últimos remanentes de una elevación a la que alguna vez, en tiempos remotos tuvimos acceso. Y yo me di cuenta, cuando tú te volviste viejo, cuando tú me habías enseñado ya todo lo que tenías para mí y sin embargo decidiste aguardar un poco más y observar de qué manera aplicaría todas tus enseñanzas ¿A caso no confiabas en que había aprendido bien? ¿O simplemente te preocupabas demasiado por mí?
El espíritu es de las pocas cosas que es capaz de viajar contra las leyes naturales del tiempo, como si este le hubiese concedido alguna extraña clase de concesión, pues cuanto más viejo se vuelve, más sabio se torna, más cerca de la inmortalidad y más próximo a ascender se ubica.
Pude ver que te ibas a ir, que el adiós cada día era más cercano ¡Cuantas noches no tuve pesadillas con ese mezquino momento! Cuando sostendría tu cabeza entre mis manos, y tu cuerpo inerte se enfriaría poco a poco, ese maldito momento en que no quedarían más que fotos viejas, recuerdos de momentos en que reíamos y nos sabíamos inseparables, ese áspero instante en que nuestra amistad trascendería y se iría contigo y en mí no quedaría más que un eterno cariño por ti.
Tu cuerpo comenzó a irse, y yo me negaba a aceptarlo, comenzaste a volver a ser ese pequeño al que jamás conocí y precisabas de todos mis cuidados, sentí que hacía lo correcto hasta aquella tarde en que nos encontramos solos y después de un profundo abrazo en que yo sabía que el momento había llegado te mire a los ojos, pese a todos mis errores, pese a todos mi estupidez humana, esa humanidad que tanto te había herido, aún reflejaban un último destello de cariño hacia mí.
Hasta el último de los momentos que compartimos juntos no deje de aprender lecciones de ti amigo, aprendí a saber reconocer la diferencia entre amor y egoísmo, que aunque categóricamente las personas suelan colocarles como dos valores opuestos y en extremos contrarios, suelen difuminarse y mezclarse, resultando en una de las mezclas más peligrosas para el espíritu humano. A veces por más amor que sientas por alguien, este debe marcharse, debes aprender a soltarle, abrazarlo fuerte a tu pecho y guardar ese instante para ti mismo, amar a alguien es aceptarlo en su entereza y eso incluye su libertad, esta última es la más difícil de amar, por el miedo a perderlo, miedo a perder esa calidez que suele reconfortarnos y protegernos del frío.
El tiempo siguió su interminable camino desde que te fuiste, las cosas cambiaron, no es necesario que lo diga, pues es seguro que tú ya lo sabes, sin embargo ¿Cuánto tiempo más seguiré extrañándote? Caminar por las calles ahora se ha vuelto solitario y frío, no hay a quien dirigir miradas de complicidad y nadie espera por mi como tu solías hacerlo. Por la noche, cuando cansado regreso a casa, la calle está muerta y no queda rastro de aquellos saltos que solías dar, los movimientos de tu cola, la manera en que te revolcabas en el piso y esa ternura de tus pequeñas orejas agitándose por el revuelo. ¿Cuánto tiempo continuaré extrañándote, viejo Celicanto? No lo sé, el tiempo tiene maneras muy extrañas de actuar.
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