-Imagen: Melissa Sigala.
Por las calles vacías de la
ciudad resuenan los pasos lentos de una dama que anda en completa soledad,
únicamente acompañada por el estruendo de las sirenas que calles abajo anuncian
un deceso en la población y un incremento en la estadística de muerte anual.
Solloza y se cubre la boca, pues teme que alguien la escuche y la descubran en
medio de sus lamentos, que ahora ocupan más de una de sus noches. Es Mictecacíhuatl, diosa descarnada y
señora de los muertos quien una vez al año viene desde las entrañas de su reino
a visitar el mundo del que fue arrebatada cuando apenas había nacido, anda con
paso calmo recorriendo los parques y jardines sin advertir el hermoso colorido
de estos pues esta triste y las lágrimas
que salen de sus cuencas vacías tienen una razón. Ruedan los cristales por su
rostro de porcelana con dientes de marfil cuando mira con atención el camino
que su pueblo ha tomado.
¿Qué puede ser tan aberrante
como para que la pálida señora vierta su llanto en silenciosa tristeza? Su
sentir está manchado por vergüenza que inunda las calles y es perfumada por la esencia
dulce de la decepción; bebe en soledad esta infusión y cierra los ojos para
sentir aquel peligroso trago introducirse en su cuerpo y de esta forma recordar
la sangre que su gente, aquella que por su culto y veneración a ella, había
convertido en predilecta. Levanta su copa y bebe en honor del recuerdo, por
aquel pueblo de la fiesta y de la alegría encontrada al final del camino de
flores de cempasúchil. Esa misma gente que construía hermosos altares y
ofrendaba a la dama del eterno luto para que por una noche le permitiese al
primo Carlos venir a tomarse una cerveza con sus amigos, o al abuelo Jacinto
volver a abrazar a sus nietos y besar a su viejita; ese mismo pueblo ahora
necesitaba quien erigiera un altar con su foto en la cima y se preocupara por
recibirle con vasos de agua al final del camino de flores, pues en algún punto se
apagaron nuestras veladoras, perdimos de vista la ofrenda y nos apartamos del camino.
Otra vez el sol agoniza y
precipita su caída para dar paso a la noche; los rayos de oro que iluminaban
las calles son cambiados por un velo de fría plata que la luna cierne sobre
toda existencia bajo ella. En medio de helados vientos que se cuelan por las
ventanas o por debajo de las puertas, pálida y elegante se desliza La reina del
Mictlan.
Resuena el eco de sus pasos,
la Diosa descarnada se arrastra por el pavimento, la luz de la luna se refleja
en sus huesos incorruptibles que recuerdan la pureza que ha conservado desde su
origen y mira con desdén como sus hijos han dejado lado lo esencial y se han
volcado en el amor por lo fútil y erigen altares dedicados a amores efímeros
que traicionan sus ancestrales enseñanzas. Su mirada se clava en el piso, pero
ella no mira el pavimento, ni siquiera se advierte rodeada por grandes
edificios que se elevan tanto que la mirada no alcanza para verles fin. Con
cada paso que da, ella recuerda y sus lágrimas brotan nuevamente; en sus ojos
brillan las imágenes de recuerdos que sin necesidad de un altar encuentran el
camino hasta su mente, recuerdos de antaño y se mira caminando por las grandes
calzadas con sus puentes bajo los cuales el agua corría libremente. Sigue
andando por las limpias calles con sus paredes pintadas con un blanco tan puro
que la Señora Muerte se siente más que en casa, siente que la ciudad entera es
una extensión de su cuerpo y camina libremente por las calles y sus ojos
nuevamente se humedecen, pero esta vez de alegría; se conmueve y se regocija
cuando mira a los niños del telpochcalli jugando
con algún xoloitzcuintle y siendo
instruidos no solo en las artes o el comercio, sino también en la vida y en el
culto a ella, aprenden a mirarla de frente y a saludarle con cordialidad, pues
saben que al final de sus días deberán de ser capaces superar los cuatro años
de insufribles pruebas. Más que ser instruidos, se les enseña el significado de
estar vivos; todos venimos al mundo a sufrir y perseverar.
Este era su gente, la que
veía a la muerte a los ojos y se regocijaba, la que comprendía que nunca antes
y nunca después, si lograban atravesar las nueves regiones prometidas, sería la
mismísima señora quien los invitaría a pasar a sus eternos aposentos. Por esto
mismo, aquellos hijos que tanto le habían venerado y a quienes ella siempre
había observado, vivían con honor, honraban todo aquello que hacían, ya que, si
aquella invitación a la que no podían negarse llegase cuando la llama de sus
vidas ardían con mayor fuerza, ellos podían aceptarla con una sonrisa, siendo
esto un motivo de fiesta entre quienes en vida los había amado, pues no había
mayor honor que el de una muerte digna para una vida admirable.
Sigue andando la dama huesuda,
navegando en su trajinera de nostalgia y buenos recuerdos. Nuevamente el ciclo
se repite y el velo de plata es perforado por las agujas de oro que Huitzilopochtli
lanza para clavarlas en la tierra y de esta forma despertar a la vida. El velo
de plata se rompe y el sueño de la ancestral señora se desgarra con él, vuelve
a la realidad gris, salta del pasado y cae de bruces en el presente, donde su
gente no la honra más, donde son pocos los que la respetan; pues quienes no son
indiferentes ante ella pues están sedados por el veneno de la violencia, se han
vuelto apáticos y desconsiderados, la muerte ha desaparecido de sus miramientos
y viven en absoluto egoísmo, el tiempo ha sido rebajado a una baratija vendida
en un puesto callejero al menor costo y han dejado de honrar su vida, porque
han olvidado el costo de la muerte. Por otro lado hay quienes son despreciados
por la Señora de porcelana y marfil; aquellos que han profanado su imagen y lo
que ella representa. Se han autonombrado sus sumos sacerdotes, sus emisarios y
usan armas y cuanto tienen a su alcance para hacer la de ejecutores,
irrisorios, agentes que ignoran lo que es la muerte, pues cuando la miran de
cerca, desde la perspectiva del que es acogido bajo su manto, lloran y se
lamentan, se reconocen cobardes y no tienen el valor de encontrar su mirada con
la de la furiosa señora, pues no están listos para irse con ella, jamás
honraron su tiempo en vida, ignoraron la canción y cuando se dieron cuenta, no
había más para cantar.
La diosa descarnada esta
triste y tiene una razón, pues hoy en su noche de fiesta hay más muertos en las
calles, que vivos visitando los panteones. La señora de la muerte esta triste, pues ya nadie la mira con gusto y la reconoce
como una compañera inminente y se sorprenden al verla, como si creyesen que
nunca iban a morir; castigan en su nombre y ejecutan con su mano. Mira con
tristeza como los blancos muros de su gran ciudad se han pintado de gris con
manchas de sangre día con día salpican de la cabeza de una mujer que por la
mañana se despidió de su hijo frente a su escuela, prometiéndole que volvería.
La muerte esta triste, pues su adorado pueblo ha perdido el camino y no parece
encontrar los pétalos de cempasúchil para regresar a casa. La muerte llora esta
noche, no celebra más; su pueblo ya no la necesita, pues con propia mano se ha
de ejecutar.
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| En la espera del olvido. |

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