viernes, 2 de noviembre de 2018

La muerte triste.

-Texto: J. Lykaios
-Imagen: Melissa Sigala. 




Por las calles vacías de la ciudad resuenan los pasos lentos de una dama que anda en completa soledad, únicamente acompañada por el estruendo de las sirenas que calles abajo anuncian un deceso en la población y un incremento en la estadística de muerte anual. Solloza y se cubre la boca, pues teme que alguien la escuche y la descubran en medio de sus lamentos, que ahora ocupan más de una de sus noches. Es Mictecacíhuatl, diosa descarnada y señora de los muertos quien una vez al año viene desde las entrañas de su reino a visitar el mundo del que fue arrebatada cuando apenas había nacido, anda con paso calmo recorriendo los parques y jardines sin advertir el hermoso colorido de estos pues  esta triste y las lágrimas que salen de sus cuencas vacías tienen una razón. Ruedan los cristales por su rostro de porcelana con dientes de marfil cuando mira con atención el camino que su pueblo ha tomado.
¿Qué puede ser tan aberrante como para que la pálida señora vierta su llanto en silenciosa tristeza? Su sentir está manchado por vergüenza que inunda las calles y es perfumada por la esencia dulce de la decepción; bebe en soledad esta infusión y cierra los ojos para sentir aquel peligroso trago introducirse en su cuerpo y de esta forma recordar la sangre que su gente, aquella que por su culto y veneración a ella, había convertido en predilecta. Levanta su copa y bebe en honor del recuerdo, por aquel pueblo de la fiesta y de la alegría encontrada al final del camino de flores de cempasúchil. Esa misma gente que construía hermosos altares y ofrendaba a la dama del eterno luto para que por una noche le permitiese al primo Carlos venir a tomarse una cerveza con sus amigos, o al abuelo Jacinto volver a abrazar a sus nietos y besar a su viejita; ese mismo pueblo ahora necesitaba quien erigiera un altar con su foto en la cima y se preocupara por recibirle con vasos de agua al final del camino de flores, pues en algún punto se apagaron nuestras veladoras, perdimos de vista la ofrenda y nos apartamos del camino.
Otra vez el sol agoniza y precipita su caída para dar paso a la noche; los rayos de oro que iluminaban las calles son cambiados por un velo de fría plata que la luna cierne sobre toda existencia bajo ella. En medio de helados vientos que se cuelan por las ventanas o por debajo de las puertas, pálida y elegante se desliza La reina del Mictlan.
Resuena el eco de sus pasos, la Diosa descarnada se arrastra por el pavimento, la luz de la luna se refleja en sus huesos incorruptibles que recuerdan la pureza que ha conservado desde su origen y mira con desdén como sus hijos han dejado lado lo esencial y se han volcado en el amor por lo fútil y erigen altares dedicados a amores efímeros que traicionan sus ancestrales enseñanzas. Su mirada se clava en el piso, pero ella no mira el pavimento, ni siquiera se advierte rodeada por grandes edificios que se elevan tanto que la mirada no alcanza para verles fin. Con cada paso que da, ella recuerda y sus lágrimas brotan nuevamente; en sus ojos brillan las imágenes de recuerdos que sin necesidad de un altar encuentran el camino hasta su mente, recuerdos de antaño y se mira caminando por las grandes calzadas con sus puentes bajo los cuales el agua corría libremente. Sigue andando por las limpias calles con sus paredes pintadas con un blanco tan puro que la Señora Muerte se siente más que en casa, siente que la ciudad entera es una extensión de su cuerpo y camina libremente por las calles y sus ojos nuevamente se humedecen, pero esta vez de alegría; se conmueve y se regocija cuando mira a los niños del telpochcalli jugando con algún xoloitzcuintle y siendo instruidos no solo en las artes o el comercio, sino también en la vida y en el culto a ella, aprenden a mirarla de frente y a saludarle con cordialidad, pues saben que al final de sus días deberán de ser capaces superar los cuatro años de insufribles pruebas. Más que ser instruidos, se les enseña el significado de estar vivos; todos venimos al mundo a sufrir y perseverar.
Este era su gente, la que veía a la muerte a los ojos y se regocijaba, la que comprendía que nunca antes y nunca después, si lograban atravesar las nueves regiones prometidas, sería la mismísima señora quien los invitaría a pasar a sus eternos aposentos. Por esto mismo, aquellos hijos que tanto le habían venerado y a quienes ella siempre había observado, vivían con honor, honraban todo aquello que hacían, ya que, si aquella invitación a la que no podían negarse llegase cuando la llama de sus vidas ardían con mayor fuerza, ellos podían aceptarla con una sonrisa, siendo esto un motivo de fiesta entre quienes en vida los había amado, pues no había mayor honor que el de una muerte digna para una vida admirable.
Sigue andando la dama huesuda, navegando en su trajinera de nostalgia y buenos recuerdos. Nuevamente el ciclo se repite y el velo de plata es perforado por las agujas de oro que Huitzilopochtli lanza para clavarlas en la tierra y de esta forma despertar a la vida. El velo de plata se rompe y el sueño de la ancestral señora se desgarra con él, vuelve a la realidad gris, salta del pasado y cae de bruces en el presente, donde su gente no la honra más, donde son pocos los que la respetan; pues quienes no son indiferentes ante ella pues están sedados por el veneno de la violencia, se han vuelto apáticos y desconsiderados, la muerte ha desaparecido de sus miramientos y viven en absoluto egoísmo, el tiempo ha sido rebajado a una baratija vendida en un puesto callejero al menor costo y han dejado de honrar su vida, porque han olvidado el costo de la muerte. Por otro lado hay quienes son despreciados por la Señora de porcelana y marfil; aquellos que han profanado su imagen y lo que ella representa. Se han autonombrado sus sumos sacerdotes, sus emisarios y usan armas y cuanto tienen a su alcance para hacer la de ejecutores, irrisorios, agentes que ignoran lo que es la muerte, pues cuando la miran de cerca, desde la perspectiva del que es acogido bajo su manto, lloran y se lamentan, se reconocen cobardes y no tienen el valor de encontrar su mirada con la de la furiosa señora, pues no están listos para irse con ella, jamás honraron su tiempo en vida, ignoraron la canción y cuando se dieron cuenta, no había más para cantar.
La diosa descarnada esta triste y tiene una razón, pues hoy en su noche de fiesta hay más muertos en las calles, que vivos visitando los panteones. La señora de la muerte esta triste, pues ya nadie la mira con gusto y la reconoce como una compañera inminente y se sorprenden al verla, como si creyesen que nunca iban a morir; castigan en su nombre y ejecutan con su mano. Mira con tristeza como los blancos muros de su gran ciudad se han pintado de gris con manchas de sangre día con día salpican de la cabeza de una mujer que por la mañana se despidió de su hijo frente a su escuela, prometiéndole que volvería. La muerte esta triste, pues su adorado pueblo ha perdido el camino y no parece encontrar los pétalos de cempasúchil para regresar a casa. La muerte llora esta noche, no celebra más; su pueblo ya no la necesita, pues con propia mano se ha de ejecutar.


En la espera del olvido.





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