viernes, 16 de noviembre de 2018

Por la labor de los que escriben


Por los que a través de nuestra pupila vemos un renglón y plasmamos lo que somos, observándonos en las propias intenciones de todo eso que no somos.

Por la lira, por el mártir, por las rimas, por el lápiz.

Por el “por”, por la ironía. Por la hipérbole de amanecernos de noche y anochecernos de día.

Por aquéllos, los ajenos, los alienados y también por los sindicalizados.

Por los que ganan premios internacionales, por los que una moneda a cambio de un poema es el único premio que esperan.

Por los que aceptan el trabajo, en ocasiones, más peligroso y a la vez, gratificante que existe.

Por los que describen el agua en la roca y el petróleo en las plantas.

Por esos, los que les tiembla la muñeca cuando les tiembla el alma.

Por los que se arrancan las uñas del empeño por siquiera arañar la verdad.

Por los que sufren. Por los que gozan.

Por los que adoran las desventuras en la comedia y la gracia en las tragedias.

Por los que se endulzan los metacarpos para salivar tinta.

Por los que tienen quemadas las yemas de los dedos de puro hastío.

Por los que tiñen las historias de rojo, por los que gustan de matar al protagonista, por los que detestan que no haya cigarrillos, por los que valoran las extrañas costumbres, por los que les da igual si hay vasos y no hay alcohol.

Por todos los que nunca son escuchados o leídos.

Por los que atrapan al lector desde la primera página. Por los que son mandados muy lejos en el librero antes de pasar de párrafo.

Por los que son procesados en la fábrica del prólogo.

Por los que son atacados por el editor. Por los que son borrados por la censura.

Por los que violentan una página para contrarrestar la violencia del mundo.

Por los que hacen llorar, rabiar, reflexionar o hacer estremecer la piel en un escalofrío centelleante.

Por todos los que necesitan necesitar la melancolía para dejar en los huesos las letras. El amor, para enardecer las páginas y embelesar la lírica. La naturaleza, para que lluevan ideas y florezca la trama. La filosofía, para tenderle trampas a la realidad. La ciencia, para estrujar la verdad. El tiempo, para cauterizar los miedos. La realidad, para valorar la fantasía. La fantasía, para añorar la realidad.

Por los que con una mano empuñan la pluma y con la otra el corazón.

Por los que no respetan las reglas.

Por los hambrientos de estabilidad emocional.

Por esos que están siendo tragados por su tierra natal.

Por los Bernard Marx, los Harry Haller, por las Dulcinea, los Ahab, los Fausto, por los Roquentín, por las Lotte, por los Gregorio Samsa, por las Mrs. Ramsay.

Por los guardianes de la literatura clásica. Por la secta de los de la superación personal. Por el cónclave de los bestseller. Por el gremio de los que escriben algo que nadie entiende. Por el grupo de los que escriben por internet. Por la sección de los Nobel. Por los del género que esclarecen otro arte o disciplina. Por el rubro de los hechos película. Por la orden de los “enmarca pasiones”. Por el clan de los que todos creen entender pero son incognoscibles hasta para sí mismos. Por la cuadrilla de la perdición.

Por los que honran la agonía, por los de mente sátira.

Por los asqueados de vida, los agentes de la futilidad.

Por los que nacen, por los que se hacen o hemos hecho.

Por los que somos… por los que escribimos… Por los que somos lo que escribimos…

Por los que aun muertos, escribiremos lo que vivimos.


-Ulises García.

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